InicioInfoel hombre mas rico del mundo
¿Quién es el hombre más rico del mundo? Para la revista Forbes, que se ocupa de esas cosas, es el mexicano Carlos Slim, después de haber desplazado al principal dueño de Microsoft, Billy Gates. Pero es muy discutible que estos magnates sean en realidad los hombres más poderosos.

opinan los foristas



El señor Slim o mister Gates no pueden disponer de gran parte de sus riquezas, consistentes -en gran parte- en papeles. El control que ejercen de sus empresas está representado en miles de acciones que no pueden negociar sino después de arduas conversaciones con quienes estén interesados en ellas. Y en el momento en que se decidieran a venderlas en su totalidad, las mismas presentarían un desplome en su precio porque el mercado reaccionaría negativamente a tal decisión.

Tampoco puede Slim manejar sus negocios de telefonía, por ejemplo, sin consultar a los gerentes a cargo de Telcel. No puede decidir inversiones sin estudiar los reportes que le preparan. No puede dejar de estar pendiente de la prensa especializada ni de los índices de las bolsas de valores del mundo entero para decidir si amplía sus negocios o vender alguna filial. Tiene que adaptarse a la burocracia que lo acompaña en el manejo de su emporio.



En cuanto a Gates, hace tiempo que dejó de ser un estudiante que programaba y soñaba. Hoy, siendo el mayor propietario de un emporio tecnológico, no puede sumergirse en proyectos fantasiosos que podrían ocasionar pérdidas millonarias para él y sus socios y el desempleo de miles de personas. Mr. Gates tiene que acoplarse a los procedimientos y hasta para sus admirables actividades filantrópicas tiene que tener presente los balances y los consejos de asesores bien pagados.



Tampoco una de las mujeres más ricas del mundo, la reina Isabel II de Inglaterra, puede disponer de todos sus bienes cuando quiera porque buena parte son patrimonio del pueblo británico aunque legalmente no sea así. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si una mañana se levantara la octogenaria con ganas de regalar el palacio escocés de Balmoral a su jardinero? ¿Nadie protestaría? ¿La justicia del reino o el Parlamento no moverían ficha buscando su relevo?

El dinero no significa siempre poder. O da un poder limitado. La suma de ambos, de dinero y de poder, si crea la posibilidad (o la sensación) de algo cercano a la omnipotencia. Tal es el caso de Hugo Chávez, quien en medio de un programa de televisión puede asignar miles de millones de dólares -sin limitación alguna- para sus proyectos fantasiosos, la mayoría nunca ejecutados. O despedir a veinte mil empleados de la petrolera estatal o mandar a hacer una lista para discriminar a más de tres millones de personas porque no lo apoyan.



Ningún empresario galáctico puede expropiar las propiedades que quiera y no pagar por ellas, es decir, robarlas. Haciendas, casas, edificios, empresas, canales de televisión, bancos. Nada ha escapado a su voracidad elemental, azuzada por el resentimiento y las caducas fórmulas de algún ignorante profesor que sueña con los bólidos Ferrari. Hay casos donde ganaderos han sido despojados de sus tierras después de haber pagado a funcionarios corruptos para que tal cosa no ocurriera. Ni Al Capone en el Chicago de 1920 hizo alarde de tales tácticas.

Ningún jefe de Estado ha viajado tanto como él ni repartido tantos favores a sus colegas. Desde hipotecar parte de la producción petrolera de los próximos veinte años a China hasta el regalo de una flota de aviones Mirage a Ecuador, pasando por la compra inflada de la deuda argentina. Desde la entrega casi gratuita de 150 mil barriles diarios de petróleo a la dictadura de los Castro para que éstos los revendan, hasta la compra multimillonaria de armamento a Rusia, mientras escuelas y hospitales venezolanos están en la ruina.



Nadie como él ha saboreado con tanta fruición las mieles del protocolo y el boato ni se ha pavoneado tanto con la banda presidencial. Ha inventado desfiles militares las veces que le ha dado la gana y declarado júbilo nacional hasta por su golpe asesino y chambón de 1992. Ha enriquecido a sus amigos y familiares con largueza mediante la arbitrariedad en la asignación de contratos, mientras la palabra licitación desaparecía del léxico administrativo bolivariano.

La memoria de Bolívar ha sido otro motivo para despilfarrar el dinero. Un verdadero adefesio colosal ha sido construido para trasladar allí sus restos, profanados con la intención delirante de demostrar un asesinato imperialista cuando el imperio aún no nacía.

Ni el austero Slim ni el filantrópico Gates tienen un armario repleto de trajes a la medida sin saber cómo llegaron allí, para luego sustituirlos por un mono con los colores de la bandera cubana. La partida presupuestaria de calzado y artículos de higiene de la Presidencia podría alimentar a miles de familias al año. La flota de vehículos asignados a la oficina presidencial (que con placer llama “Palacio”) no ha dejado de aumentar. Y tales carros no son Venirauto, injerto iraní desaparecido, sino marcas imperialistas.

La reina Isabel no posee una colección de relojes de lujo semejante. Este humilde socialista tiene uno para cada ocasión. Todavía no ha hecho una exhibición oficial de tales joyas, pero siempre se pueden ver gracias a su frenética adicción a las cámaras. Suponemos que algún día podrán ser apreciados en un museo patriótico.



Sus decisiones no son discutidas por nadie. Los consejos de ministros, transmitidos mientras confisca el espectro radioeléctrico, son meros monólogos donde diserta sobre cualquier tema y reparte los dineros nacionales.

Hasta ahora ni el inepto Poder Moral ni el Tribunal Supremo han hecho reparos a esta práctica ni a la creación de fondos que rompen la unidad del Tesoro y que sólo él sabe cómo se manejan. Los ingresos fiscales en estos 14 años superan el millón de millones de dólares.

Después de enriquecer a los suyos, gracias al nepotismo y al clientelismo de alto calado, queda algo para los pobres que se acercan a sus ahora esporádicas apariciones en la calle. Le tiran papeles con peticiones para resolver problemas personales que el gran socialista del siglo XXI manda a recoger del suelo para seguir alimentando las esperanzas frustradas. ¿Qué haría la fundación de Gates y su esposa con tal avalancha de necesidades?

Siempre se ha dicho que el mejor negocio es una empresa petrolera y el segundo es una empresa petrolera mal administrada. Pues el hombre más rico del mundo maneja un estado petrolero con una industria deteriorada (ejemplo palmario de ello es la tragedia de la refinería de Amuay) cuya tradición legal le permite obtener una renta inmensa sin haber trabajado nunca.



Ese es el personaje que repite que ser rico es malo. Malo para los demás, no para él. El mismo que ha despreciado a Venezuela para ofrecérsela en bandeja a Fidel Castro, el que siempre quiso poner sus botas sobre nuestras costas y sus manos en nuestras riquezas.

Al hombre más rico del mundo se le agota el tiempo y pronto tendrá que hacer uso de sus modestos ahorros.

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