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"Gorda lechona": discriminada y solidaria

Info5/24/2013





La vuelta de la estudiante de Derecho al local de comidas rápidas de San Justo donde la agredieron verbalmente por su sobrepeso. La angustia, el horror a las hamburguesas, la generosidad con los chicos de la calle. Conocé la historia publicada en el semanario Democracia.

Estuvo con presión alta, ataques de pánico y se le paralizó el rostro. El mal rato fue brutal, pero es parte de lo que les pasa a muchos argentinos todos los días. El 7 de abril a las 19.40, la estudiante de derecho Débora Rojas concurrió al McDonald’s ubicado en Arieta 3025 frente a la plaza de San Justo. Lo hacía dos veces al mes. A sus sobrinos les gusta jugar en el pelotero del primer piso y también, por qué no, era un programa que disfrutaba toda la familia. Ese día estaba sola. Era una forma de distraerse. La joven de 31 años es una de las tantas personas en el país acostumbrada a sacrificarse para progresar. Además de la facultad, donde cursa el último año de la carrera, trabaja como administrativa en una empresa de electrodomésticos y hace masajes y cosmetología en un salón de tratamientos estéticos de Lomas del Mirador. Aquel día se acercó a la caja y notó algo raro. Sin disimulo una empleada la miraba y se reía de ella. Cuando va a pagar, bajan la música del local y por el parlante se escucha tres veces un calificativo siniestro: “gorda lechona”.

Débora, indignada, hace el reclamo al gerente del local Esteban Pérez, quien le explica que le pusieron el ringtone con esa frase “porque le parecía gracioso a él y a sus compañeros”. A diferencia de mucha gente, que se resigna a que la bastardeen, Débora realizó un escrache en el lugar el domingo 12, junto a su familia, amigos, vecinos, compañeros de la facultad y del trabajo. Pero no se quedó ahí.

El viernes 17 concurrió al negocio junto a su madre, su hermana, su sobrina y “Democracia” a ver si alguien le pedía disculpas. No fue así. Pese a que en horas de la tarde había mantenido una reunión con las autoridades de la empresa en la Argentina, en el local nadie se inmutó. Eso le generó angustia, tanta angustia, que si bien pidió la “cajita feliz” como lo hacía siempre, con una hamburguesa y unas papas fritas, al sentarse con su familia “no la pudo probar”.

“Me genera mucha angustia entrar y recordar el lugar”, confiesa con los ojos al borde del llanto. “Para mí, la verdad es que no es agradable, no es agradable estar acá, tocar la comida, no es agradable absolutamente nada de este local. No me pone bien”. Estuvimos casi una hora. Estaban los mismos empleados que la habían agredido la vez anterior y nadie se acercó para pedir disculpas. Débora intentó, pero no pudo probar bocado. Decidió empaquetar todo lo que había comprado para ella y para su familia, y salir a buscar a algún humilde que tuviera hambre. Y así fue, cuando estábamos en la plaza vimos que dos niños muy pequeños esperaban en la puerta de McDonald’s que alguien les convidara algo para comer.

La joven se acercó y les regaló las “cajitas felices”. Los niños celebraron. Sus padres habían ido a cartonear a Capital Federal y ellos habían quedado solitos junto a sus siete hermanos en Carlos Casares. Como el estómago no daba más, se tomaron el colectivo y fueron a San Justo a instalarse frente al local de comidas rápidas. Tuvieron suerte, al menos por un rato.

Allí estaba Débora, angustiada pero feliz al mismo tiempo, por haber hecho sonreír a dos niños desamparados (ver recuadro).

–¿Qué sentiste, Débora, cuando les diste de comer a los chicos?
–Recordaba lo que me había comentado la gente cuando estuvimos haciendo la manifestación. Me comentaron de casos que se han vivido en locales de McDonald’s, de chicos que entran y por la vestimenta o por características determinadas les piden o los obligan a comer en la calle las hamburguesas, a pesar de que los chicos las compran. O sea, aunque las paguen tienen que comerlas en la calle. Son comentarios que nos ha acercado la gente (ver recuadro).

–Contame qué pasó aquel día.
–Ese día llegué y cuando estaba a la altura de la escalera veo a una empleada que estaba en la parte de atrás de las gaseosas, que mira hacia atrás, como si alguien le hablara, me vuelve a mirar y se ríe, como si alguien le hubiese dicho algo de mí. Cuando me acerco a la caja para hacer el pedido, viene alguien del mismo sector donde estaba la chica y me pide que me vaya a otra caja porque esa estaba cerrada. Me lo dijo de mala manera. Yo igualmente fui a la otra caja y es ahí cuando se corta la música que estaba sonando y se escucha en tres oportunidades “gorda lechona”.

–¿Se sabe quién lo dijo?
–No, era un ringtone de un celular con esa frase de Francella, que te podés bajar.

–¿Y vos estás segura que iba dirigido a vos?
–Sí, porque me lo admite el gerente del local, Esteban Pérez. Me dijo que lo hizo porque les parecía gracioso a él y a sus compañeros.

–Hoy deberían estar todos los empleados del local disculpándose.
–Deberían, ¿no?, vos lo dijiste. Pero no lo hicieron.

–¿Te llamaron las autoridades de McDonald’s?
–Hoy me reuní con dos personas encargadas en la empresa y me pidieron disculpas.

–¿Echaron al empleado que te discriminó?
–No, no, sigue.

–¡Esperemos que no lo elijan empleado del mes!
–¡Esperemos!

–¿Qué sentiste hoy al entrar acá?
–Entré solamente porque estoy con vos, con él (hace referencia al fotógrafo Nahuel Ventura) y con parte de mi familia. Sola no entraría nunca más. Para mí la verdad es que no es agradable entrar acá, nos es agradable tocar la comida, no es agradable absolutamente nada en este local. El día de la manifestación también, me generó mucha angustia entrar y recordar en qué lugar estaba cuando sucedió aquello.

–¿Cómo fue el escrache que hicieron?
–La manifestación la hicimos el domingo 12. Cuando llegamos, las puertas estaban abiertas y pudimos pasar. Pero cuando se dieron cuenta que nosotros habíamos llegado, bajaron la cortina y echaron a la gente que estaba acá adentro y se cerró.

–¿Venías seguido a este local?
–Iba dos veces al mes a McDonald’s, pero no siempre a este local. Aquí he venido con mis sobrinos porque hay pelotero y a los chicos les encanta.

–Te veo angustiada.
–Es por lo que te digo, me siento incómoda estando acá adentro. Todo me remite a ese momento, y fue tan denigrante haber vivido una situación así. El daño que se le genera a una persona es inconcebible, es hasta te diría incomprensible para una persona que no lo ha vivido.

–Además hoy en día, cuando se lucha tanto contra la discriminación.
–Hemos avanzado en un montón de cuestiones respecto de la discriminación pero creo que con el tema de características físicas y sobre todo con la obesidad, estamos muy alejados todavía, muy alejados.

–¿Viste el programa “Cuestión de peso” en la televisión?
–Sí. Me parece que si el programa fuera solamente educativo, sería bastante interesante. No miro mucha TV, pero he visto segmentos o me han comentado cómo ridiculizan a los participantes. Recuerdo haber visto imágenes de gente que corría con mucha dificultad y seguir haciéndolos correr o sobreexigiéndolos, cuando en realidad vos tenés que cuidarlos.

–¿Cómo tomó lo que ocurrió tu familia?
–Con bastante indignación, son los que me contienen, me acompañan en el reclamo. Ellos son los que me ayudaron todo este tiempo, porque no la estoy pasando bien.

“Me pareció horroroso”

“Todos de chicos recibimos algún tipo de burla, y al contarme ella lo que le había pasado me pareció horroroso”, agrega su hermana Nadia Hernández, quien junto a su hija de 4 años, Iara, y su madre Eva la acompañaron nuevamente al lugar.

“Creo que no es lindo para nadie que alguien se esté riendo, creo que fue una situación horrible, algo muy feo. Que las personas se rían de una enfermedad es muy triste. Mi hija me dice que no quiere venir más a un McDonald’s porque le rompieron el corazón a su tía”, confesó.

“Nosotros tratamos de estar con ella”, agrega Eva, mamá de Débora. "Pero tratamos también de no tocar tanto el tema porque le hace mal. La acompañamos en esta lucha porque es muy importante”, agregó la señora.

–Débora, ¿a dónde hiciste la denuncia?
–Fui al Inadi y a la oficina de Defensa del Consumidor de San Justo. En el Inadi me recomendaron que no hiciera la denuncia, lo que me llamó poderosamente la atención. Les dije: “¡Ustedes son el organismo competente, deberían encargarse de esto, de tomar la denuncia!”. Yo había llevado el ticket de ese día y la hoja donde hice el reclamo en el local, firmada por el gerente.

–¿El libro de quejas?
–No, una hoja donde dejé constancia de mi disconformidad. Porque me dijeron que por política de la empresa en McDonald’s no hay libro de quejas. Creo que a este hecho hay que relacionarlo también con la violencia de género, porque yo estaba sola, y seguramente si hubiera estado acompañada por un hombre esto no me hubiera pasado.

–¿Te gustaría que te reciba la Presidenta o el gobernador?
–No, lo que me gustaría es que si existe alguna comisión contra la discriminación en el Congreso trate el tema, que ajusten todos los tornillos que haya que ajustar en la normativa. No es una cuestión para dejar pasar.

–¿Qué consejos tenés para la gente que sufre algún tipo de discriminación?
–Lamentablemente en la Argentina es muy común que la gente sufra algún tipo de discriminación. Les digo que no se sientan débiles, que no se sientan inferiores, que hay que tener en cuenta que el que siente este tipo de conducta es una persona que necesita agredir al otro para sentirse superior. La debilidad está en quien comente el acto, no en quien lo recibe.

–Hay que aprender a defenderse.
–Sobre todo eso. Hay una ley antidiscriminación que es una ley penal. La persona que discrimina viola un derecho fundamental y debe tener una condena.

–Estamos en un país donde la gente está muy resignada a que la bastardeen.
–Lamentablemente sí. Quizás hay gente como yo que lucha y se defiende, pero creo que en otro momento de mi vida no hubiera hecho lo mismo. Creo que como muchas personas, en otra época hubiera vuelto a mi casa, me hubiese puesto a llorar. Me hubiera ido corriendo sin decir nada, me hubiera hecho la que no escuché, y me hubiera bancado la bronca y angustia. Pero cambié mi actitud y creo que tenemos que cambiarla todos.

–Me parece que vas a ser una excelente abogada.
–Ojalá. Amo la carrera, me apasiona, la llevo en la sangre. Me gusta porque creo que hay que promover el conocimiento de los derechos y las obligaciones de cada uno. Es muy importante conocer la Constitución porque allí están los derechos y las garantías fundamentales de cada uno de nosotros.

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