En el cine y la televisión de los últimos tiempos, no es poco común que el héroe tenga como principal arma su intelecto, y que los “malos” sean más aclamados que los “buenos”.
El año pasado, el servicio de transmisión de entretenimiento en línea Netflix comenzó a mostrar los primeros frutos de su estrategia de no solo poner a disposición de su cada vez más grande audiencia una gran cantidad de cine y televisión, sino también producir sus propias series de televisión.
Su “buque insignia” fue “House of Cards”, un thriller político con un elenco encabezado por el actor Kevin Spacey, dos veces ganador del premio Óscar (por “Los Sospechosos de Siempre” y “Belleza Americana”) y con la dirección y producción del aclamado cineasta David Fincher, realizador de filmes como “Los Siete Pecados Capitales”, “Zodíaco”, “El Curioso Caso de Benjamin Button” y “Red Social”.
Spacey interpreta a Frank Undewood, un congresista de los Estados Unidos que fue clave en la victoria electoral del nuevo presidente, lo que se suponía le sería recompensado con el puesto de Secretario de Estado, aunque a último momento se decide que lo van a dejar como congresista, por lo que Frank comienza una elaborada venganza.
Frank es una persona extremadamente inteligente y manipuladora, empleando tácticas moralmente reprobables y directamente ilegales para lograr su cometido, con poca o nula preocupación por las personas a las que podría perjudicar –y ciertamente acaba dañando irreparablemente– en su camino hacia la retribución; no está por encima de chantajear, extorsionar, mentir, espiar y cosas mucho peores. Es una persona corrupta en un mundo corrupto.
Y sin embargo como protagonista es un derroche de carisma, un ingenioso hablador y habilidoso estratega que desde el primer momento en que aparece hace que uno no pueda evitar sentir admiración por él, por mucho que a algunos puedan horrorizar sus actos. Es el último de una creciente lista de personajes de ficción que están reemplazando a, o por lo menos logran tanta validez como los protagonistas más tradicionales de buen corazón y/o destreza física.
La tendencia parece ser que la verdadera fuerza radica en el intelecto, y algunos de los personajes más queridos de la actualidad son principalmente intelectuales sin mucho despliegue físico.
Aunque es un ejemplo mucho menos malévolo que Frank Underwood, Tyrion Lannister de la serie “Game of Thrones” –y la saga de novelas de fantasía de George R.R. Martin en las que se basa– ciertamente califica. Al ser un enano, Tyrion está en una severa desventaja si debe recurrir a la violencia –y se ve obligado a hacerlo un par de veces–, y no es precisamente una mente maestra militar, pero es enormemente ingenioso y un político extremadamente habilidoso, lo que le permite no pocos momentos de triunfo –a veces contra otros expertos manipuladores a quienes logra utilizar como marionetas para servir sus propósitos– que acompaña con un gran carisma de parte del actor Peter Dinklage.
Ser uno de los personajes inherentemente “buenos” de la historia de Martin (en la cual la palabra “bueno” al definir a una persona se usa muy relativamente) no le quita a Tyrion la distinción de ser otro ejemplo de esta tendencia de glorificar al cerebro tanto o más que al músculo. Tampoco es el único ejemplo en la serie, pero sí el más destacado.
El anime, que en todo el mundo es quizá más famoso por protagonistas bondadosos que se sobreponen a los obstáculos con pura fuerza de voluntad, como “Dragon Ball” o “Naruto”, también tiene su buena dosis de genios inescrupulosos con roles protagónicos.
Quizá el caso más representativo de los últimos años es el de Light Yagami, de la serie de manga y anime “Death Note”. El personaje es presentado como un estudiante de extraordinario intelecto, que súbitamente es puesto en posesión de un cuaderno sobrenatural que un espíritu de la muerte dejó caer a la Tierra. El cuaderno permite a la persona en posesión de él matar escribiendo el nombre de la víctima, e incluso especificando la causa del fallecimiento.
El argumento sigue a Light mientras se dedica a eliminar a criminales con la intención de convertirse en el guardián del mundo, y luego se convierte en una guerra de intelectos cuando las autoridades se dan cuenta de que todas las muertes de criminales no pueden ser coincidencia, y ponen a una de las mentes detectivescas más brillantes del planeta a cazar al asesino.
Light comienza con aspiraciones (más o menos) nobles, pero pronto deja en claro que eliminará a cualquiera que se interponga en su camino, sea o no criminal, diferenciándose así de otros anti-héroes asesinos con moral como Dexter Morgan de la serie “Dexter”, o de justicieros como el personaje de cómics Punisher, que no duda en matar pero nunca tiene como blancos a personas inocentes. Sin embargo, el impresionante duelo de inteligencia que disputa con el detective “L”, durante el cual ambos buscan predecir los movimientos y acciones del otro, engañarse entre sí y desplegar enmarañadas intrigas, se ganó la afición de millones de personas en todo el planeta.
Similar es el caso de otro protagonista de anime, Lelouch Lamperouge de “Code Geass”, que de forma similar a Light utiliza un poder sobrenatural –en este caso la habilidad de controlar a las personas a su alrededor– para cambiar el mundo futurista en el que vive, liderando una rebelión en una versión de Japón ocupada por una superpotencia denominada el Imperio de Britannia.
De nuevo, sus métodos son altamente cuestionables, y en gran parte dependen de mantener engañados a sus amigos y enemigos, y no duda en ejecutar a enemigos vencidos o inclusive obligarlos a suicidarse, aunque sus motivos al final demuestran ser más altruistas.
Incluso cuando no son los protagonistas, los genios ficticios generalmente acaban convirtiéndose en lo más recordado de sus respectivas historias.
Pocos dudarán, por ejemplo, que el principal elemento de éxito del film de Batman “El Caballero de la Noche” fue el Joker del actor Heath Ledger. Más allá de la sobrecogedora y aterradora interpretación que hace el desaparecido actor, el personaje se beneficiaba de un trabajado guión que lo convertía en un ser que, aunque su finalidad era simplemente causar caos, lo hacía a través de complicados e inteligentes métodos, obligando a sus víctimas a hacer decisiones imposibles o prediciendo con exactitud sus acciones, y actuando él mismo en base a ellas.
Similar es el caso de Hans Landa, el coronel nazi interpretado por Christoph Waltz en el film de Quentin Tarantino "Bastardos sin Gloria" (2009), que su introducción extendida en una conversación al principio de la película se establece claramente como un agudo detective extremadamente eficaz a la hora de encontrar judíos escondidos, y un manipulador experto que logra sacar información casi sin recurrir a la violencia o a amenazas, valiéndose además de su dominio de varios idiomas –habla fluidamente inglés, alemán, francés e italiano– para confundir a sus interlocutores. El resultado fue uno de los villanos más memorables del cine de la década pasada.
Los héroes y antihéroes que emplean como arma principal el ingenio no son nada nuevo –ya hace más de 20 años teníamos al inolvidable Hannibal Lecter de Anthony Hopkins, y tampoco fue el primero–, pero parecen estar poniéndose cada vez más de moda mientras los guionistas buscan nuevas formas de sorprender y cautivar a sus públicos.

