Buenísimo este articulo que encontré en http://www.vavel.com/
Fue Noel Gallagher, ex Oasis y ahora líder de High Flying Birds, quien soltó la bomba: “Los músicos serán trabajadores. Las estrellas de rock morirán”. Y prosiguió: “Nadie ganará el suficiente dinero como para ser una estrella”. Las alarmas se dispararon: el rock está en las últimas. Pero, ¿ha llegado realmente el momento de sacar los pañuelos y vestir nuestro mejor atuendo de luto?
El miedo al fin de uno de los mejores sonidos del mundo –con permiso del jazz - no es nada nuevo. En los 60 y 70, guitarras fusionadas con multiplicidad de estilos y las mejores voces que se recuerdan regalaban al rock su época dorada. En 1963 Bob Dylan publicaba su segundo álbum, The Freewheelin 'Bob Dylan, del que florecería auténtica poesía. Sin ir más lejos, Blowin’ in the Wind, una de sus más clásicas canciones protesta, sale de este trabajo. 1969 fue el año que los Beatles eligieron para abandonar, como grupo, el panorama musical, no sin antes regalar al mundo su brillante Abbey Road. Los Rolling Stones, en cambio, estaban comenzando a despegar (un punto clave fue Beggars Banquet en el 68). Led Zeppelin creó, en 1971, su álbum más controvertido pero, a la vez, más rebosante de magnificencia: Led Zeppelin IV, que contenía Stairway to Heaven. Jim Morrison moría en 1971, dejando a su paso un legado inigualable con The Doors –un sonido menos inglés y más americano, más blues, pero de igual manera singular-. En el 79, AC/DC publicaría Highway to Hell, CD que incrementaría su fama de manera notable. Fueron años gloriosos.
Llegaron los 80 y con ellos los sintetizadores, la purpurina, todo ese cuero que embutía cuerpos y figuras andróginas y laca que cardaba peinados imposibles. Y un sonido… un sonido que muchos odiaron, pero que otros muchos idolatraron. La ‘década perdida del rock’, la llamaron, a pesar de que Guns N’ Roses publicó en 1987 su Appetite For Destruction. Incluso aunque Bon Jovi había lanzado un año antes Slippery When Wet, que les llevaría a la fama, entre otras, con el himno Livin’ On A Prayer. Journey nos hizo vibrar con su Don’t Stop Believing. Def Leppard y Twisted Sister sacaron nuestro lado más salvaje con Pour Some Sugar On Me y I Wanna Rock. Que nadie diga que no había buen rock hace treinta años (a pesar del dudoso look de los componentes de las bandas).
En los 90 se olía el peligro. Un grupo de chicos jovencitos y afeitados que se hacían llamar los Backstreet Boys empezaron a dominar el panorama musical y el corazón de las quinceañeras. No fueron los únicos: tenemos a Take That, el mismo perro con distinta correa –aunque hay que reconocer que sus habilidades vocales eran algo superiores-. El fenómeno de las ‘boy bands’ había invadido el mercado. Por si fuera poco, se dio también al revés: las Spice Girls se hicieron un hueco, por qué no, y llegaron a vender unos 80 millones de discos en total.
“El rock es historia”, se creía. El pop era lo que se llevaba, lo que estaba de moda. ¿En serio? Muchas bandas míticas y otras más novedosas se alzaron para gritar: no. Solo en 1991, la historia tuvo esa gracia de juntar cuatro –o cinco- de las más grandes creaciones del género: el Black Album de Metallica, Use Your Illusion I y II (Guns N’ Roses), Ten (Pearl Jam), y Nevermind (Nirvana). En 1992 y 1995 Bon Jovi publicó dos de sus trabajos más aplaudidos por la crítica, Keep The Faith y These Days, en los que se adentraban en sonidos más clásicos y dejaban atrás sus largas melenas. En el 97 Radiohead lanzó su exitoso OK Computer (la genial Karma Police data de esta época, imaginaos). Nirvana le enseñó al mundo lo que era el grunge, eso sí, durante una escasa carrera discográfica –Kurt Cobain se suicidó en 1994, conocido por muchos como el último gran héroe del rock-.
Así que, después de todo, por muchos miedos que pululasen por el ambiente, estos parecían infundados. Pop y rock convivían armonía. Pero los años pasaban, con ellos el sueño de ser una estrella de rock, y la pluralidad de estilos que empleaban música ‘enlatada’ proliferaban como la mala hierba. Aunque en la entrada al nuevo milenio las ‘boy bands’ ya estaban diluidas, vuelve el apogeo por los ‘yogurines’ con los Jonas Brothers –de los que no se habla demasiado últimamente- y One Direction, que se halla en su momento cumbre. Los fenómenos Disney pegan fuerte: Miley Cyrus –a pesar de sus múltiples demostraciones de que ya no es una niña-, Selena Gómez… Aunque el omnipresente por excelencia es Justin Bieber, el fenómeno pop del siglo XXI. El dance es el otro gran triunfador: Lady Gaga, Katy Perry, Ke$ha, Jessie J, incluso Rihanna… por no hablar de todos los artistas europeos que los entendidos del género presumiblemente conocerán. Adele se separa del mainstream para acercarse al soul más sentido: con su voz puede permitirse eso y lo que quiera. Así lo hizo Amy Winehouse antes de que la muerte se la llevase. Dos grandes divas en la era del pop.
Vale, ¿y el rock? ¿Dónde está? Sí, han destacado algunos grupos como Muse, que desde 2000 ha profundizado en una especie de rock alternativo-progresivo de lo más novedoso. Aunque The 2nd Law, previsto para octubre, promete ser más suave que sus anteriores trabajos y con varios toques electrónicos. The Libertines dio un golpe de esperanza al rock británico. Con solo dos álbumes y un estilo que se clasificó como post punk revival, la banda hizo historia. The Pretty Reckless, con la ex gossip girl Taylor Momsen al frente, es la gran revelación de esta nueva era. Sus influencias –todos y cada uno de los grandes- se notan en su composición. Su voz no puede confundirse con ninguna otra. Su actitud de chica dura recuerda a esos años pasados en los que se llevaban, de manera usual, las chaquetas de cuero y las medias rotas –su vestimenta habitual-.
Pero al final, todos esos oídos jóvenes que despiertan ávidos de rock clásico recurren, precisamente, a los clásicos: a los antiguos álbumes de Zeppelin, de los Stones, de los sempiternos Beatles, algún buen tema ochentero y, por qué no, alguno noventero. No me digáis que no es cierto. En los conciertos de las bandas mentadas que han sobrevivido el paso de los años, el público se levanta en masa y canta al unísono las viejas canciones, mientras que –en su mayoría- permanece tranquilo, como a la espera, cuando tocan los últimos singles. Las estrellas de rock que hace treinta o cuarenta años componían himnos ahora prefieren decantarse por temas más comerciales –y, repito, estoy generalizando- en busca de sonidos digeribles. Los viejos fans lo asumen por motivos de fidelidad mientras se refugian en sus antiguos CD.
Así que muchos de los que huimos de la música mainstream escuchamos lo que se hacía tiempo atrás. Gallagher comentaba que lo más “fascinante es que antes había una manera de hacer dinero y vender discos, que empezó en los 60 y que funcionó durante 30 años. Y, de repente, en tan solo una década, se ha esfumado y no volverá a funcionar nunca más”. Es duro. No obstante, ¿no tendrá, después de todo, más razón de la que puede parecer? ¿No será su comentario sobre la muerte de la estrella del rock una triste pero cierta profecía? Me gustaría pensar que no, que no son más que palabras vacías. Pero pensadlo: no existe un nuevo Bob Dylan que viaje por el mundo cantando en pro del pacifismo. El Chinese Democracy no fue comparable al Appetite. Satisfaction, Street Fighting Man o Sympathy for the Devil son prácticamente irrepetibles. Ya no podemos ser testigos ni protagonistas de ese furor del público y de sus gritos desenfrenados, -sobre de todo de las chicas-, al ver a los Beatles salir al escenario. Tal vez el único modo de salvar el rock sea vivir en el pasado.
Fue Noel Gallagher, ex Oasis y ahora líder de High Flying Birds, quien soltó la bomba: “Los músicos serán trabajadores. Las estrellas de rock morirán”. Y prosiguió: “Nadie ganará el suficiente dinero como para ser una estrella”. Las alarmas se dispararon: el rock está en las últimas. Pero, ¿ha llegado realmente el momento de sacar los pañuelos y vestir nuestro mejor atuendo de luto?
El miedo al fin de uno de los mejores sonidos del mundo –con permiso del jazz - no es nada nuevo. En los 60 y 70, guitarras fusionadas con multiplicidad de estilos y las mejores voces que se recuerdan regalaban al rock su época dorada. En 1963 Bob Dylan publicaba su segundo álbum, The Freewheelin 'Bob Dylan, del que florecería auténtica poesía. Sin ir más lejos, Blowin’ in the Wind, una de sus más clásicas canciones protesta, sale de este trabajo. 1969 fue el año que los Beatles eligieron para abandonar, como grupo, el panorama musical, no sin antes regalar al mundo su brillante Abbey Road. Los Rolling Stones, en cambio, estaban comenzando a despegar (un punto clave fue Beggars Banquet en el 68). Led Zeppelin creó, en 1971, su álbum más controvertido pero, a la vez, más rebosante de magnificencia: Led Zeppelin IV, que contenía Stairway to Heaven. Jim Morrison moría en 1971, dejando a su paso un legado inigualable con The Doors –un sonido menos inglés y más americano, más blues, pero de igual manera singular-. En el 79, AC/DC publicaría Highway to Hell, CD que incrementaría su fama de manera notable. Fueron años gloriosos.
Llegaron los 80 y con ellos los sintetizadores, la purpurina, todo ese cuero que embutía cuerpos y figuras andróginas y laca que cardaba peinados imposibles. Y un sonido… un sonido que muchos odiaron, pero que otros muchos idolatraron. La ‘década perdida del rock’, la llamaron, a pesar de que Guns N’ Roses publicó en 1987 su Appetite For Destruction. Incluso aunque Bon Jovi había lanzado un año antes Slippery When Wet, que les llevaría a la fama, entre otras, con el himno Livin’ On A Prayer. Journey nos hizo vibrar con su Don’t Stop Believing. Def Leppard y Twisted Sister sacaron nuestro lado más salvaje con Pour Some Sugar On Me y I Wanna Rock. Que nadie diga que no había buen rock hace treinta años (a pesar del dudoso look de los componentes de las bandas).
En los 90 se olía el peligro. Un grupo de chicos jovencitos y afeitados que se hacían llamar los Backstreet Boys empezaron a dominar el panorama musical y el corazón de las quinceañeras. No fueron los únicos: tenemos a Take That, el mismo perro con distinta correa –aunque hay que reconocer que sus habilidades vocales eran algo superiores-. El fenómeno de las ‘boy bands’ había invadido el mercado. Por si fuera poco, se dio también al revés: las Spice Girls se hicieron un hueco, por qué no, y llegaron a vender unos 80 millones de discos en total.
“El rock es historia”, se creía. El pop era lo que se llevaba, lo que estaba de moda. ¿En serio? Muchas bandas míticas y otras más novedosas se alzaron para gritar: no. Solo en 1991, la historia tuvo esa gracia de juntar cuatro –o cinco- de las más grandes creaciones del género: el Black Album de Metallica, Use Your Illusion I y II (Guns N’ Roses), Ten (Pearl Jam), y Nevermind (Nirvana). En 1992 y 1995 Bon Jovi publicó dos de sus trabajos más aplaudidos por la crítica, Keep The Faith y These Days, en los que se adentraban en sonidos más clásicos y dejaban atrás sus largas melenas. En el 97 Radiohead lanzó su exitoso OK Computer (la genial Karma Police data de esta época, imaginaos). Nirvana le enseñó al mundo lo que era el grunge, eso sí, durante una escasa carrera discográfica –Kurt Cobain se suicidó en 1994, conocido por muchos como el último gran héroe del rock-.
Así que, después de todo, por muchos miedos que pululasen por el ambiente, estos parecían infundados. Pop y rock convivían armonía. Pero los años pasaban, con ellos el sueño de ser una estrella de rock, y la pluralidad de estilos que empleaban música ‘enlatada’ proliferaban como la mala hierba. Aunque en la entrada al nuevo milenio las ‘boy bands’ ya estaban diluidas, vuelve el apogeo por los ‘yogurines’ con los Jonas Brothers –de los que no se habla demasiado últimamente- y One Direction, que se halla en su momento cumbre. Los fenómenos Disney pegan fuerte: Miley Cyrus –a pesar de sus múltiples demostraciones de que ya no es una niña-, Selena Gómez… Aunque el omnipresente por excelencia es Justin Bieber, el fenómeno pop del siglo XXI. El dance es el otro gran triunfador: Lady Gaga, Katy Perry, Ke$ha, Jessie J, incluso Rihanna… por no hablar de todos los artistas europeos que los entendidos del género presumiblemente conocerán. Adele se separa del mainstream para acercarse al soul más sentido: con su voz puede permitirse eso y lo que quiera. Así lo hizo Amy Winehouse antes de que la muerte se la llevase. Dos grandes divas en la era del pop.
Vale, ¿y el rock? ¿Dónde está? Sí, han destacado algunos grupos como Muse, que desde 2000 ha profundizado en una especie de rock alternativo-progresivo de lo más novedoso. Aunque The 2nd Law, previsto para octubre, promete ser más suave que sus anteriores trabajos y con varios toques electrónicos. The Libertines dio un golpe de esperanza al rock británico. Con solo dos álbumes y un estilo que se clasificó como post punk revival, la banda hizo historia. The Pretty Reckless, con la ex gossip girl Taylor Momsen al frente, es la gran revelación de esta nueva era. Sus influencias –todos y cada uno de los grandes- se notan en su composición. Su voz no puede confundirse con ninguna otra. Su actitud de chica dura recuerda a esos años pasados en los que se llevaban, de manera usual, las chaquetas de cuero y las medias rotas –su vestimenta habitual-.
Pero al final, todos esos oídos jóvenes que despiertan ávidos de rock clásico recurren, precisamente, a los clásicos: a los antiguos álbumes de Zeppelin, de los Stones, de los sempiternos Beatles, algún buen tema ochentero y, por qué no, alguno noventero. No me digáis que no es cierto. En los conciertos de las bandas mentadas que han sobrevivido el paso de los años, el público se levanta en masa y canta al unísono las viejas canciones, mientras que –en su mayoría- permanece tranquilo, como a la espera, cuando tocan los últimos singles. Las estrellas de rock que hace treinta o cuarenta años componían himnos ahora prefieren decantarse por temas más comerciales –y, repito, estoy generalizando- en busca de sonidos digeribles. Los viejos fans lo asumen por motivos de fidelidad mientras se refugian en sus antiguos CD.
Así que muchos de los que huimos de la música mainstream escuchamos lo que se hacía tiempo atrás. Gallagher comentaba que lo más “fascinante es que antes había una manera de hacer dinero y vender discos, que empezó en los 60 y que funcionó durante 30 años. Y, de repente, en tan solo una década, se ha esfumado y no volverá a funcionar nunca más”. Es duro. No obstante, ¿no tendrá, después de todo, más razón de la que puede parecer? ¿No será su comentario sobre la muerte de la estrella del rock una triste pero cierta profecía? Me gustaría pensar que no, que no son más que palabras vacías. Pero pensadlo: no existe un nuevo Bob Dylan que viaje por el mundo cantando en pro del pacifismo. El Chinese Democracy no fue comparable al Appetite. Satisfaction, Street Fighting Man o Sympathy for the Devil son prácticamente irrepetibles. Ya no podemos ser testigos ni protagonistas de ese furor del público y de sus gritos desenfrenados, -sobre de todo de las chicas-, al ver a los Beatles salir al escenario. Tal vez el único modo de salvar el rock sea vivir en el pasado.