Un infiltrado en Dios es amor
Un rato en la iglesia neopentecostal de moda y una inquietante pregunta; ¿por qué no pagan impuestos?
Por Sebastián Cabrera
Suena el despertador, son las nueve menos cinco de la mañana. Manoteo el reloj y lo apago, necesito dormir un poco más. Cinco minutos más, siete minutos, aunque sea. Es domingo y mi plan es ir a la Iglesia Pentecostal Dios es Amor, esa que compró el cine teatro Plaza. Se supone que hoy es el día en el cual los fieles harán una procesión desde el viejo local del ex cine Radio City en la calle Héctor Gutiérrez Ruiz hasta la sala de la Plaza Cagancha.
Pero no. Una vez que llego ahí me informan que no hay procesión ni mudanza. El culto de esta mañana es como el de cualquier otro domingo, con la diferencia de que a los fieles se les anunciará formalmente que la iglesia compró el Plaza.
En la calle hay tres ómnibus que, supongo, trajeron gente desde diferentes lugares de Montevideo o del interior. En la puerta, varios hombres de chaleco naranja y cartelito de seguridad en el pecho me miran de reojo cuando paso. Esta es la segunda vez que entro a la iglesia de Dios es Amor. La primera había sido una semana antes, cuando hice un informe para el suplemento Qué Pasa de El País.
Adentro hay cientos de personas, quizás 400 o 500, los dos pisos de la sala están casi llenos. Me siento en una butaca del lado derecho del viejo cine, donde vamos los hombres. Las mujeres, que son una amplísima mayoría, se sientan en el medio y en el lado izquierdo. Ahí abundan los cabellos blancos y las polleras casi hasta el piso.
Hay unos cuantos niños en la vuelta, algunos cantan, se saben las canciones que toca la orquesta. Pero hay uno que llora desconsolado.
El pastor Antonio habla y se queja por toda la polémica que se ha armado en torno a la venta del cine Plaza. También se queja por los intentos de expropiación y dice que el Señor ya sabía, hace 26 años cuando esta iglesia neopentecostal llegó a Uruguay, que podrían tener un gran templo propio y que todo esto pasaría. “Y por eso él fue formando este ejército”, dice Antonio y nos señala.
Después protesta por las comparaciones que hacen los medios de comunicación con “otra iglesia”. Se refiere, claro, a Pare de Sufrir.
-¡Nosotros no tenemos ningún aceite ni ningún jabón sagrado! –grita Antonio.
Y todos aplauden, rabiosos de alegría.
Me parece que los pastores pasan y me miran. Capaz es cosa mía, pero creo que llamo un poco la atención. Mi camisa blanca, por fuera del pantalón, contrasta con los trajes oscuros de casi todos los que me rodean. Y la edad también pesa: la mayoría tiene de 50 años para arriba, y yo con mis jóvenes 36.
Hay un olor penetrante a perfume acá en el medio de la sala. La gente viene con sus mejores ropas y se perfuma como para una fiesta. Quiero pasar desapercibido y por eso levanto los brazos como ellos, aplaudo, intento cantar. La música, tocada por la banda estable del lugar, es alegre, pero las letras no me motivan. Aleluya, aleluya. Gloria, gloria Señor, repiten.
Nos damos la mano con los que están cerca cuando lo pide el pastor Antonio. Cierro los ojos cuando todos oran. Y me impresionan los gritos de varios fieles. Después veo que algunos saltan en su lugar, pero no entiendo por qué.
El pastor pide que levanten la mano los que han sido sanados alguna vez en la iglesia. Y la levantan casi todos.
-Allá está Alejandro, el señor que se sanó del corazón –dice Antonio, el pastor-. El otro día hable con él.
Pero nadie le responde.
-Soy Ernesto –grita alguien, ahí en el medio de la sala.
-Es verdad, es Ernesto. Tenía un problema grave en el corazón, le iban a hacer un trasplante pero vino acá y se sanó –festeja el pastor.
Y todos aplaudimos otra vez. La mayoría sonríe.
Antonio dice que se precisa un gran esfuerzo, que un templo como el del Plaza no será fácil de mantener. Por eso pide que, quienes puedan, paguen un abono mensual de 500 pesos. Son 6.000 pesos al año, más allá del diezmo que quieren dejar en cada ceremonia. Unas 30 personas van hasta el frente, se acercan a la tarima y reciben una cuponera.
-¡No vamos a pagar más alquiler, no vamos a pagar más alquiler! -grita Antonio.
Ahora la iglesia es dueña del cine teatro Plaza. Pero en el nuevo local hay que hacer inversiones, mejorar la luz, el sonido, pagar la seguridad, entre otros rubros. Por eso, insiste que, por favor, colaboren.
Después se le acerca otro pastor y le comenta algo al oído. Un rato después Antonio dice algo que me inquieta un poco.
-Acá hay un infiltrado. Acá hay un periodista –sonríe-. Pero no importa, le damos la bienvenida, no le prohibimos la entrada a nadie.
Su comentario me deja tenso. No sé si me descubrieron, si hay otro “infiltrado” en el lugar o si lo dijo por decirlo nomás. Pero no me muevo.
Y llega el momento de recoger el diezmo. Aparecen varios funcionarios con bolsas negras y Antonio llama a que, todos los que quieran colaborar, se acerquen al estrado. Y se agolpan unos 200, quizás más, debajo de las banderas de Brasil y de Uruguay. Voy hasta ahí a mirar. Hay manos con varios billetes de 20 pesos, hay alguno de 100. Miro para atrás. Todos aplauden. Los techos descascarados le dan un aire algo decadente al ex cine Radio City.
Creo que ya es suficiente, salgo de la iglesia. Camino por Gutiérrez Ruiz hacia la plaza Cagancha. Hago cuentas y pienso que si todos los que se acercaron a dar el diezmo dejaron al menos 20 pesos, la iglesia sacó 4.000 pesos en el culto matutino del domingo. Y todavía queda el culto de la tarde y el de la noche. Y a eso hay que sumarle la cuota mensual que pagarán al menos 30. Claro que no todos los días son tan productivos. La vez anterior que fui a Dios es Amor era un martes de tarde y no había más de 30 personas.
Es obvio, no me gusta que esta iglesia se mude al Plaza y menos me gusta que se pierda un espacio para la cultura. Pero me parece una tontería insistir en lo de la expropiación. Es injustificable que alguien siquiera pueda pensar en que la intendencia invierta cuatro millones de dólares en comprar una sala teatral (cuando ya tiene otras) y tampoco se justifica que se ponga en el medio de un negocio entre dos privados.
Perdimos y Dios es Amor, esta multinacional religiosa brasileña, estará ahí en el Plaza, buscando conseguir nuevos fieles.
Pero, eso sí, creo que es hora de revisar la exoneración tributaria. En Uruguay casi todos pagamos tributos. ¿Cuál es el sentido de que una iglesia que puede comprar el Plaza por casi cuatro millones de dólares no lo haga? No podemos prohibir que estén acá ni que compren un gran teatro, pero por lo menos que le aporten algo a la economía del país o de la ciudad.
Ya sé lo que van a decir. ¿Cómo discriminamos cuáles iglesias tributan y cuáles no? Que paguen todas. En un país laico como este no se entienden estas exoneraciones. Y, de paso, también se le podría pedir a los partidos políticos -que ahora en la campaña empezarán a abrir decenas y decenas de clubes en todas las ciudades y pueblos- que también paguen tributos. No estaría mal.[/b]
Un rato en la iglesia neopentecostal de moda y una inquietante pregunta; ¿por qué no pagan impuestos?
Por Sebastián Cabrera
Suena el despertador, son las nueve menos cinco de la mañana. Manoteo el reloj y lo apago, necesito dormir un poco más. Cinco minutos más, siete minutos, aunque sea. Es domingo y mi plan es ir a la Iglesia Pentecostal Dios es Amor, esa que compró el cine teatro Plaza. Se supone que hoy es el día en el cual los fieles harán una procesión desde el viejo local del ex cine Radio City en la calle Héctor Gutiérrez Ruiz hasta la sala de la Plaza Cagancha.
Pero no. Una vez que llego ahí me informan que no hay procesión ni mudanza. El culto de esta mañana es como el de cualquier otro domingo, con la diferencia de que a los fieles se les anunciará formalmente que la iglesia compró el Plaza.
En la calle hay tres ómnibus que, supongo, trajeron gente desde diferentes lugares de Montevideo o del interior. En la puerta, varios hombres de chaleco naranja y cartelito de seguridad en el pecho me miran de reojo cuando paso. Esta es la segunda vez que entro a la iglesia de Dios es Amor. La primera había sido una semana antes, cuando hice un informe para el suplemento Qué Pasa de El País.
Adentro hay cientos de personas, quizás 400 o 500, los dos pisos de la sala están casi llenos. Me siento en una butaca del lado derecho del viejo cine, donde vamos los hombres. Las mujeres, que son una amplísima mayoría, se sientan en el medio y en el lado izquierdo. Ahí abundan los cabellos blancos y las polleras casi hasta el piso.
Hay unos cuantos niños en la vuelta, algunos cantan, se saben las canciones que toca la orquesta. Pero hay uno que llora desconsolado.
El pastor Antonio habla y se queja por toda la polémica que se ha armado en torno a la venta del cine Plaza. También se queja por los intentos de expropiación y dice que el Señor ya sabía, hace 26 años cuando esta iglesia neopentecostal llegó a Uruguay, que podrían tener un gran templo propio y que todo esto pasaría. “Y por eso él fue formando este ejército”, dice Antonio y nos señala.
Después protesta por las comparaciones que hacen los medios de comunicación con “otra iglesia”. Se refiere, claro, a Pare de Sufrir.
-¡Nosotros no tenemos ningún aceite ni ningún jabón sagrado! –grita Antonio.
Y todos aplauden, rabiosos de alegría.
Me parece que los pastores pasan y me miran. Capaz es cosa mía, pero creo que llamo un poco la atención. Mi camisa blanca, por fuera del pantalón, contrasta con los trajes oscuros de casi todos los que me rodean. Y la edad también pesa: la mayoría tiene de 50 años para arriba, y yo con mis jóvenes 36.
Hay un olor penetrante a perfume acá en el medio de la sala. La gente viene con sus mejores ropas y se perfuma como para una fiesta. Quiero pasar desapercibido y por eso levanto los brazos como ellos, aplaudo, intento cantar. La música, tocada por la banda estable del lugar, es alegre, pero las letras no me motivan. Aleluya, aleluya. Gloria, gloria Señor, repiten.
Nos damos la mano con los que están cerca cuando lo pide el pastor Antonio. Cierro los ojos cuando todos oran. Y me impresionan los gritos de varios fieles. Después veo que algunos saltan en su lugar, pero no entiendo por qué.
El pastor pide que levanten la mano los que han sido sanados alguna vez en la iglesia. Y la levantan casi todos.
-Allá está Alejandro, el señor que se sanó del corazón –dice Antonio, el pastor-. El otro día hable con él.
Pero nadie le responde.
-Soy Ernesto –grita alguien, ahí en el medio de la sala.
-Es verdad, es Ernesto. Tenía un problema grave en el corazón, le iban a hacer un trasplante pero vino acá y se sanó –festeja el pastor.
Y todos aplaudimos otra vez. La mayoría sonríe.
Antonio dice que se precisa un gran esfuerzo, que un templo como el del Plaza no será fácil de mantener. Por eso pide que, quienes puedan, paguen un abono mensual de 500 pesos. Son 6.000 pesos al año, más allá del diezmo que quieren dejar en cada ceremonia. Unas 30 personas van hasta el frente, se acercan a la tarima y reciben una cuponera.
-¡No vamos a pagar más alquiler, no vamos a pagar más alquiler! -grita Antonio.
Ahora la iglesia es dueña del cine teatro Plaza. Pero en el nuevo local hay que hacer inversiones, mejorar la luz, el sonido, pagar la seguridad, entre otros rubros. Por eso, insiste que, por favor, colaboren.
Después se le acerca otro pastor y le comenta algo al oído. Un rato después Antonio dice algo que me inquieta un poco.
-Acá hay un infiltrado. Acá hay un periodista –sonríe-. Pero no importa, le damos la bienvenida, no le prohibimos la entrada a nadie.
Su comentario me deja tenso. No sé si me descubrieron, si hay otro “infiltrado” en el lugar o si lo dijo por decirlo nomás. Pero no me muevo.
Y llega el momento de recoger el diezmo. Aparecen varios funcionarios con bolsas negras y Antonio llama a que, todos los que quieran colaborar, se acerquen al estrado. Y se agolpan unos 200, quizás más, debajo de las banderas de Brasil y de Uruguay. Voy hasta ahí a mirar. Hay manos con varios billetes de 20 pesos, hay alguno de 100. Miro para atrás. Todos aplauden. Los techos descascarados le dan un aire algo decadente al ex cine Radio City.
Creo que ya es suficiente, salgo de la iglesia. Camino por Gutiérrez Ruiz hacia la plaza Cagancha. Hago cuentas y pienso que si todos los que se acercaron a dar el diezmo dejaron al menos 20 pesos, la iglesia sacó 4.000 pesos en el culto matutino del domingo. Y todavía queda el culto de la tarde y el de la noche. Y a eso hay que sumarle la cuota mensual que pagarán al menos 30. Claro que no todos los días son tan productivos. La vez anterior que fui a Dios es Amor era un martes de tarde y no había más de 30 personas.
Es obvio, no me gusta que esta iglesia se mude al Plaza y menos me gusta que se pierda un espacio para la cultura. Pero me parece una tontería insistir en lo de la expropiación. Es injustificable que alguien siquiera pueda pensar en que la intendencia invierta cuatro millones de dólares en comprar una sala teatral (cuando ya tiene otras) y tampoco se justifica que se ponga en el medio de un negocio entre dos privados.
Perdimos y Dios es Amor, esta multinacional religiosa brasileña, estará ahí en el Plaza, buscando conseguir nuevos fieles.
Pero, eso sí, creo que es hora de revisar la exoneración tributaria. En Uruguay casi todos pagamos tributos. ¿Cuál es el sentido de que una iglesia que puede comprar el Plaza por casi cuatro millones de dólares no lo haga? No podemos prohibir que estén acá ni que compren un gran teatro, pero por lo menos que le aporten algo a la economía del país o de la ciudad.
Ya sé lo que van a decir. ¿Cómo discriminamos cuáles iglesias tributan y cuáles no? Que paguen todas. En un país laico como este no se entienden estas exoneraciones. Y, de paso, también se le podría pedir a los partidos políticos -que ahora en la campaña empezarán a abrir decenas y decenas de clubes en todas las ciudades y pueblos- que también paguen tributos. No estaría mal.[/b]