Los magos no conocen las leyes secretas que gobiernan el universo porque estas no existen. Son simples artistas, muy talentosos, que están entrenados para mentirnos. Pero nosotros también ayudamos porque queremos creer, queremos ser engañados. Dudo que alguien, en esta época de efectos especiales, no se sorprenda con este simple truco. link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=fb41Hafvoi4 La innovación en el mundo de la magia No es extraño entonces que esta milenaria industria genere un negocio multimillonario. Lo que sí es extraño es que la magia parece desmentir uno de los principios fundamentales de las leyes de propiedad intelectual: que sin la protección que brindan estas leyes no pueden existir mercados con fuerte innovación. Pero esta industria funciona con sus propias reglas. Los trucos de magia circulan libremente entre los magos y existen instituciones, revistas y empresas que se dedican a divulgar estos secretos entre la comunidad de magos amateurs y profesionales. Y sin embargo, la industria de la magia es altamente innovadora. Una primera razón para esto es que la magia es una rutina artística. El truco en si es importante pero mucho depende de como lo engalana el mago y de sus propias dotes histriónicas. Por eso, entre los magos está peor visto robar una rutina que un truco. Por supuesto, la explicación no es tan sencilla. Existen tres “niveles” de trucos. Los simples, que se venden en cualquier casa de curiosidades; los ”comunes”, que circulan entre profesionales; y los grandes trucos, que susurran entre secretos los grandes maestros. Estos últimos son los que generan fama, riqueza, envidia y traiciones. En 1870, por ejemplo, el gran mago francés Bautier de Kolta estaba en el escenario con uno de sus trucos más famosos, que consistía en hacer aparecer flores de papel del aire mismo. Ese día una ráfaga de viento hizo volar una de las flores al público y un asistente al show la tomó y salió corriendo. Pronto el truco fue realizado por un sinfin de imitadores y, hoy en día, las flores de Kolta se consiguen en cualquier casa especializada. Pero el mayor problema que enfrentan los magos no es que un rival les copie el truco o la rutina sino que se revele al público el secreto del truco. Crear un buen truco de magia requiere esfuerzo, talento y tiempo. Los magos están dispuestos a afrontar está inversión porque suponen que el truco la repagará. Pero, todos sabemos, que conocer el secreto arruina el truco. ¿Cómo protegen los magos sus creaciones? Las leyes de derecho de autor no les sirven. Estas no protegen las ideas en sí sino solo su expresión (art. 1 Ley 11.723). Y porque las ideas no tienen protección cualquiera puede replicar, a su modo, un truco o revelar su secreto. Tampoco sirven las leyes de patentes porque para obtenerlas hay que demostrar la novedad de la invención y para eso, por supuesto, hay que revelar el secreto. Las leyes que protegen los secretos comerciales (Ley 24.766) tampoco son muy efectivas porque el mago tiene que demostrar que el truco no puede ser fácilmente conocido por otras personas de su mismo circulo (otros magos). La ley también exige que quien pretende ampararse en ella realice esfuerzos para proteger el secreto, que es precisamente lo que los magos no hacen cada vez que realizan su rutina en público: siempre está la posibilidad de que otro mago, o un amateur talentoso, descubra el secreto del truco. Cualquiera sea la protección legal que los magos intenten el problema es siempre el mismo: para hacer valer la protección del derecho de autor, de las leyes de confidencialidad o de las de patente hay que litigar y litigar obliga a revelar el truco. Por eso, los magos protegen sus creaciones con reglas informales que ellos mismos se encargan de hacer cumplir. En primer lugar los distintos niveles de truco que señale arriba son una barrera de entrada al gremio. El común de los mortales solo accede a los simples, disponibles en cualquier revista o escuela de magia medio pelo. Para acceder a los comunes el mago necesita asistir a conferencias, charlas y comprar libros especializados, lo que lleva tiempo y esfuerzo. Y solo un gran mago accede a los grandes trucos pagando o poniéndose bajo la protección de un colega. En este proceso de aprendizaje los magos van internalizando las reglas informales de este gremio: El primer mago que invente un truco debe ser reconocido como su inventor. Si un truco no ha sido divulgado, compartido o recreado masivamente solo su creador puede utilizarlo. Nunca, nunca se debe revelar el secreto al público. Si un mago viola estas reglas pierde prestigio en la comunidad. No se lo invita a los eventos de la profesión y sufre el escarnio de sus pares. Por eso he visto un programa en cable donde un mago enmascarado revelaba los secretos. De la misma manera, los magos “controlan” los demás participes del negocio: si una tienda o revista especializada copia o revela un truco, perderá clientela y se verá forzada a cerrar (esto sucedió). Parecería que es más difícil hacer cumplir estas reglas a terceros ajenos a la comunidad, como el canal que produjo el programa del mago enmascarado, pero solo un mago puede revelar los secretos. Así, finalmente, alguien reveló el nombre del mago enmascarado, Val Valentino, que tuvo que “exiliarse” en Brasil por el escarnio de sus colegas, por algún tiempo (hoy está de vuelta en acción). ¿Crisis de las reglas informales? Sin embargo, no todo es color de rosas. Jim Steinmeyer, uno de los “ingenieros de trucos” más prolíficos de nuestros tiempos, afirma que cientos de magos han adquirido legitimamente su truco Origami pero que miles más han elegido adquirirlo de un imitador en Indiana, otro en Sicilia y de un grupo de ingenieros chinos. Steinmeyer, que también diseñó el truco por el cual David Copperfield hacía desaparecer la estatua de la libertad, hoy prefiere escribir libros de magia antes que invertir esfuerzo en un negocio que ya no le es rentable. Otro famoso mago, Teller, de Penn & Teller, acaba de demandar a un colega que ofreció revelar el secreto de su truco, la rosa y su sombra por dinero. Teller registró su truco en la oficina de registro de derecho de autor americana en 1983 y es en base a esta normativa que intentará detener al mago rebelde (spoiler alert: el último enlace lleva a un artículo que revela el truco). Teller cuenta que está es la primera vez que inicia acciones legales porque hasta ahora una simple llamada telefónica bastaba para recordar a sus rivales las reglas informales de la profesión. Queda por ver si estos son incidentes o un cambio de tendencia en esta milenaria industria. Yo prefiero creer que es lo primero y que en el mundo siguen existiendo los magos honrados.
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