Erich Alfred Hartmann, también conocido como "El Diablo Negro" por sus adversarios soviéticos, fue un piloto de caza alemán durante la Segunda Guerra Mundial y comandante de la primera unidad de aviones de caza a reacción de la post-guerra en Alemania. Combatió toda su carrera en el Frente Oriental, acumulando 352 victorias en 1404 misiones de combate, durante las cuales entró en combate en 825 ocasiones. Es el piloto de caza as más exitoso de la historia.
Bajo el Tercer Reich, Erich Hartmann fue condecorado con la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro con Hojas de Roble, Espadas y Diamantes, la segunda condecoración militar alemana durante la guerra. (La primera era la Cruz de Hierro con Hojas de Roble en Oro, Espadas y Brillantes )
En esta entrevista,narrara los sucesos acontecidos en primera persona,sus vivencias,sensaciones y emociones al respecto,brindando al lector una mirada totalmente desconocida de la guerra.
Pregunta: Erich, ¿dónde y cuándo nació?
Respuesta: Nací el 19 de abril de 1922 en Weissach, una población cercana a Württemberg.
P: ¿Cómo era su familia?
R: Mi padre era un médico respetado que había ejercido en el ejército durante la Primera Guerra Mundial y mi madre tenía formación de piloto. Mi hermano también estudió medicina más tarde.
P: Háblenos de su juventud en China
R: Un primo de mi padre era diplomático allí y lo convenció de que nos mudásemos a China, ya que Alemania no era el mejor lugar para vivir, económicamente hablando. Vivimos en la provincia china de Changsha. Yo era tan joven (y mi hermano Alfred lo era aún más que yo) que apenas tengo recuerdos. Mi padre se marchó allí y nosotros le seguimos. Finalmente, las cosas se pusieron feas para los extranjeros y mi padre nos mandó a casa. Nos mudamos a Stuttgart, adonde mi padre volvió más tarde. Allí viví hasta que empezó la guerra.
P: ¿Cómo se hizo piloto?
R: Probablemente por los mismos motivos que movieron a muchos chicos en aquella época: la gloria de los ases gurante la Gran Guerra, así como el hecho de que mi madre fuera piloto. Ella solía llevarnos con ella para enseñarnos cosas, lo que quizá fuera el factor más importante. Yo sabía que quería volar y con catorce años ya era piloto de planeadores. A los quince me convertí en instructor en las Juventudes Hitlerianas. Alfred fue artillero de cola en un Stuka y fue capturado en Túnez, lo que probablemente le salvó la vida. A mi padre no le hacía mucha gracia que quisiera ser piloto, y quería que siguiéramos sus pasos en la medicina. También fue mi sueño, pero no pudo ser.
P: ¿Cuándo se unió a la Luftwaffe?
R: Comencé mi instrucción militar de vuelo en octubre de 1940, en Prusia Oriental. Este período duró hasta enero de 1942, cuando fui a Zerbst-Anhalt. Me gradué como teniente en marzo de 1942. Más tarde, fui a la escuela de artillería aérea, donde tuve algún que otro pequeño problema. Me estaba exhibiendo, pasando al raso por el aeródromo cuando me arrestaron. Irónicamente, mi compañero de cuarto usó el mismo avión que yo, tuvo problemas mecánicos y murió en el accidente. Resultó bastante irónico. Llegué a Rusia y me uní a la JG-52 justo antes de que comenzara el inverno, tras un pequeño contratiempo.
P: ¿Fue en esa ocasión cuando se estrelló con un Stuka?
R: Bueno, yo no usaría la palabra «estrellarse», porque nunca llegué a despegarme del suelo. Se suponía que teníamos que volar a Mariopol, pero cuando el Stuka arrancó me di cuenta de que no tenía frenos y que reaccionaba de forma diferente al Messerschmitt 109. Yo choqué con la caseta de operaciones y otro piloto clavó la nariz de su Stuka en el suelo. Nos enviaron en un Ju-52, pues lo consideraron más seguro para nosotros y para el aparato.
P: ¿Conoció en esa ocasión a Dieter Hrabak?
R: Sí, ha sido una gran amistad a lo largo de los años, como ya sabe. Dieter fue la primera que me dijo de hablar con usted, ya que él y los demás confían en usted. También yo. Dieter era una comandante muy comprensivo a la vez que disciplinado, con mucha experiencia. No se limitó en enseñarnos a volar y luchar, sino que también nos mostró a trabajar en equipo y a sobrevivir. Ése era su gran talento. Siempre estaba dispuesto a hablar de sus propios errores y de cómo aprendía de ellos, con la esperanza de que también nos ayudase. Hrabak me asignó al 7/III/JG-52, bajo el mando de Hubertus von Bonin, un águila veterana de la Guerra Civil Española y de la Batalla de Inglaterra. También aprendí mucho de él. Mi primera misión fue el 14 de octubre de 1942.
P: Su primera misión no fue precisamente espectacular. ¿Qué ocurrió?
R: Bueno, Rossmann y yo volábamos, cuando éste me dijo por radio que había divisado 10 aviones enemigos debajo de nosotros. Volábamos a 12.000 pies de altura y el enemigo muy por debajo de nosotros. No podía ver nada, pero me lanzé sobre ellos junto a Rossmann y muy pronto los tuvimos a tiro. Sabía que tenía que conseguir mi primer derribo, así que aceleré al máximo y dejé a Rossmann para disparar a un avión. Mis disparos erraron el blanco y casi choqué con él, así que tuve que parar. De repente, me vi rodeado por los soviéticos y tuve que entrar en una nube baja para escapar. Rossmann estuvo hablando conmigo todo el tiempo. La señal del nivel de combustible bajo se encendió, el motor se paró y aterricé de panza, destrozando el avión. Había violado casi todas las reglas que rigen la vida de un piloto y esperaba que me echasen.
P: ¿Qué pasó entonces?
R: Von Bonin me tuvo tres días trabajando con el personal de tierra. Me dio tiempo para pensar en lo que había hecho. Lo que aprendí de Rossmann, y después de Krupinski luego se lo enseñé a los pilotos nuevos cuando me convertí en comandante.
P: ¿Cuándo obtuvo su primera victoria?
R: Fue un día que nunca olvidaré, el 5 de noviembre de 1942, un Il-2 Sturmovik, que era el avión más difícil de derribar por su duro blindaje. Había que que disparar al radiador de aceite de la parte inferior del avión, de otra forma no se iba al suelo. Aquel día también tuve que hacer mi segundo aterrizaje forzoso, pues algunos restos del aparato enemigo chocaron con el mío. Aquel día aprendí dos cosas: acércate, dispara y frena justo después de derribar el avión enemigo. Obtuve mi siguiente victoria en febrero del año siguiente. Fue cuando Krupinski llegó a Taman, convirtiéndose en el líder de mi escuadrón.
P: Walter me contó lo que pasó el día que llegó, y el episodios con los dos caza. ¿Qué es lo que recuerda?
R: Él llegó, se presentó, pidió un avión, despegó, lo derribaron y lo trajeron a la base en coche. Entonces se hizo con otro avión, consiguió dos victorias, regresó y se fue a cenar. Todo el asunto se vio como si de una partida de cartas se tratara.
P: ¿Cómo se conocieron usted y Gunther Rall?
R: Bueno, ya sé que Gunther se le ha contado. Remplazó a von Bonin como Gruppenkommandeur y nos presentaron. Así empezó. En agosto de 1943, Rall me nombró Kommandeur del 9º escuadrón, que había sido el puesto de Graf.
P: Usted voló a menudo con Krupinki como compañero de ala. ¿Cómo era, y en qué se diferenciaba de volar con Rossmann?
R: Bueno, el trabajo en equipo se nos hizo un poco cuesta arriba al principio, pero descubrimos que podíamos trabajar bien en equipo. Los dos teníamos nuestros pros y contras, pero conseguimos superar los problemas. Funcionó bien; además, tenía que asegurarme de que volviera a casa por las numerosas novias que siempre esperaban su regreso. Me concedieron la Cruz de Hierro de 2ª Clase cuando volaba con «Krupi». Lo que aprendí de él fue que lo peor que puedes hacer es perder un compañero de ala. Las victorias importaban menos que la supervivencia. Sólo perdí un compañero de ala, Gunther Capito, antiguo piloto de bombarderos, debido a su inexperiencia con aviones de caza, aunque sobrevivió.
P: ¿Cuántas victorias consiguió antes de que le concedieran la Cruz de Caballero?
R: Había conseguí 148 victorias el 29 de octubre de 1943. Supongo que mi condecoración llegó un poco tarde. Hubo muchos pilotos con más de 50 victorias que no recibieron la Cruz de Caballero, algo que me parece muy injusto. También considero injusto que a hombres como Rall, Barkhorn, Kittel, Bär y Rudorffer no les concediesen condecoraciones más altas. Se las merecían.
P: Cuénteme su primer encuentro con Krupinski. Walter me contó su versión, pero me gustaría oír la suya.
R: Mi nuevo comandante de ala (Hrabak) estaba hablando comigo cuando un caza comenzó a echar humo, y repentinamente aterrizó, dio la vuelta y explotó. Sabíamos que el piloto había muerto. Uno de los presentes dijo que se trataba de Krupinski, cuando de entre los restos humeantes del avión salió un hombre con el uniforme hecho jirones, pero ileso. Sonreía y se quejaba de la artillería antiaérea del Cáucaso, pero sin mostrar verdadera sorpresa en los rasgos de su rostro. Aquél fue mi primer encuentro con «el conde».
P: ¿A quién le asignaron como primer compañero de ala?
R: El Feldwebel Eduard “Paule” Rossmann, quien me acogió bajo su ala.
P: ¿Era habitual que se le asignara un oficial a un suboficial como compañero de ala?
R: Para nosotros lo era, ya que era un veterano con mucha experiencia en combate. El rango no significaba nada al lado de la experiencia, y, en mi opinión, es la razón de nuestro gran éxito.
P: ¿Quién fue su mejor amigo durante aquellos días?
R: Había tantos, la mayor parte de los cuales aún vive, pero mi relación más estrecha era con Heinz Mertens, el encargado del personal de tierra. Confías en tu compañero de ala para que te cubra en el aire, y en el resto de los compañeros durante una batalla aérea, pero el hombre que hace que tu máquina funcione y sea segura es la persona más importante que conoces. Se convirtió en mi mejor amigo, y ninguno de mis éxitos hubiera sido posible sin él.
P: El vínculo entre ambos es legendario. ¿A qué se debe?
R: No puedo explicarlo. Cuando desaparecí en medio de una misión, fui capturado y me evadí, Mertens cogió un rifle y salió en mi busca. Él no se dio por vencido. Es un tipo de lealtad que no existe fuera del ejército.
P: Describa lo que pasó cuando fue capturado.
R: Los rusos estaban atacando en nuestro sector y Hrabak nos dio órdenes. Aquello fue en agosto de 1943 y nuestra misión era proteger los Stukas de Hans-Ulrich Rudel en un contraataque. Pero entonces las cosas cambiaron. La Fuerza Aérea Roja estaba bombardeando posiciones alemanas en tierra, de modo que mi grupo de ocho cazas localizó y atacó al enemigo, alrededor de cuarenta Laggs y Yaks con otros cuarenta Sturmovik. Yo derribé dos de ellos antes de que algo golpeara mi avión, obligándome a hacer un aterrizaje forzoso. Así fui capturado por soldados soviéticos, aunque me fingí herido mientras se aproximaban al aparato. Ello me creyeron, me llevaron a su cuartel general, para que mee examinara su médico, que también me creyó. Me tumbaron en una camilla en la parte trasera del camión (que era alemán). Cuando los Stukas atacaron, me abalancé sobre el centinela del camión, que se cayó, dejándome vía libre para escapar. En cuanto lo hice escuché cómo el camión se paraba. En cuanto escuché pararse al vehículo, entendí que tenía que seguir moviéndome, así que me interné en un campo de girasoles muy altos, donde intenté esconderme mientras corría. Al mismo tiempo mis perseguidores me disparaban sin descanso. Encontré un pequeño pueblo que estaba ocupado por los rusos, así que decidí regresar a la zona de la que procedía para esperar a que anocheciese. [Al mismo tiempo, Mertens, preocupado al ver que su amigo no había vuelto, se marchó en su busca con un rifle y agua]. Llegué a una zona seguro y eché un sueñecito. Cuando más tarde me desperté, reemprendí la marcha hacia el oeste. Divisé una patrulla de aviones rusos, unos 10, y decidí seguirlos. La patrulla desapareció detrás una pequeña colina y después pude escuchar disparos. Sabía que allí estaban las líneas alemanas, puesto que los aviones regresaron por encima de mí. Entonces fui al otro lado, donde un centinela alemán me dio el lato y me disparó, pasando la bala a través de la pernera de mi pantalón. Yo me enfadé, pero aquel hombre estaba muy asustado. Me dieron la bienvenida a su posición, me interrogaron y me pidieron que me preparase para el combate: otro grupo de rusos, obviamente borrachos, caminaron hasta nuestras trincheras y el teniente dio la orden de disparar cuando estaban a veinte metros de distancia. Todos murieron. Más tarde me contaron que un grupo de rusos habían entrado en su perímetro hablando alemán fluido, asegurando ser prisioneros de guerra que se habían escapado y cuando entraron sacaron sus armas y mataron a algunos hombres. Aquello explicaba sus reticencias hacia mí, pues carecía de identificación alguna: me lo habían quitado todo al capturarme.
P: ¿Qué pasó con Mertens? ¿Cómo regresó a su unidad?
R: El comandante de infantería contactó con Hrabak que confirmó mi historia. Me mandaron de vuelta en coche. Poco después me encontré con Krupi, que acababa de salir del hospital; también me informaron de los que Bimmel había hecho, algo que me molestó mucho. Al día siguiente, Bimmel regresó y organizamos una «fiesta de cumpleaños».
P: ¿Qué era una «fiesta de cumpleaños»?
R: Una fiesta en honor de un piloto que había sobrevivido a una situación que normalmente debería haberlo matado.
P: Quizá una de las leyendas más importantes sobre su vida sea la ocasió en que conoció a Ushi, y la relación que se afianzó con el paso de los años. Describa ese primer encuentro.
R: Estábamos en el mismo colegio y por fin junté valor para hablar con ella. Me encontré con ella y una amiga, detuve mi bicicleta y me presenté. Yo sabía que ella era la mujer de mi vida, aunque yo sólo tenía 17 años y ella dos menos. A nuestros padres no les entusiasmó la idea, de eso puede estar seguro, pero consintieron la relación.
P: Usted tenía competencia, ¿no es verdad?
R: Sí, pero era un problema que resolví pronto. Ushi y yo estábamos destinados a estar juntos, era nuestro sino. Además ella tuvo que esperar mucho tiempo, incluso tras el fin de la guerra. Nos casamos en 1944, pero nunca dispusimos de mucho tiempo para estar juntos. [En realidad Erich le advirtió a un muchacho mucho mayor que se alejara de ella, y cuando Ushi le dijo que él la estaba molestando, Erich le pegó una buena tunda, poniendo fin al problema]. Nos casamos después de que me concedieran los Diamantes, y Gerd (Barkhorn) hizo las veces de padrino, con Batz y Krupi como testigos. No nos pudimos casar en una iglesia por motivos logísticos, la ceremonia tuvo que esperar hasta 1956.
P: Cuénteme cómo recibió las Hojas de Roble de manos de Hitler.
R: Fue un momento extraño. En primer lugar, casi todos estábamos borrachos. Gerd Barkhorn, Wlter Krupinski, Johannes Wiese y yo fuimos llamados a Berchtesgaden. Todos, menos Gerd, íbamos a recibir las Hojas de Robles. A él le iban a dar las espadas. En aquel momento intentábamos que nuestro estado no saltara a la vista y mostrarnos sobrios. Walter afirmó años después que habíamos tenido que sostenernos los unos a los otros. Habíamos estado bebiendo cognac y champagne, una combinación fatal si no has comido nada en un par de días. La primera persona que nos encontramos en el tren fue al ayudante del Führer, el Major von Below, que entró en estado de shock por nuestro estado. Íbamos a reunirnos con Hitler en un par de horas y apenas podíamos tenernos en pie. Aquello sucedió en marzo de 1944, y había mucha nieve a esa altitud.
P: Hablé con Krupinski sobre el tema, y también leí algo sobre el “incidente de la gorra” en la biografía que escribieron Ray Toliver y Trevor Constable. ¿Qué ocurrió?
R: No encontraba mi gorra y mi vista no estaba pasando por su mejor momento, así que cogí una gorra de una estantería y me la puse, pero me venía muy grande, supe que no era mía al instante. Below se molestó mucho, me dijo que era la de Hitler, y que la dejara en su sitio. Todo el mundo empezó a reírse, excepto Below.
P: ¿Cómo era la atmósfera cuando ganó las Espadas?
R: Apenas acababa de aterrizar procedente de una misión exitosa cuando me dijeron que me habían concedido las Espadas. Aquello fue en junio de 1944. Llegué el 3 de agosto para encontrarme con Hitler una vez más para la ceremonia de entrega. En total éramos diez integrantes de la Luftwaffe. Hitler no era la misma persona. Todo aquello sucedió justo después del atentado con bomba: le temblaba el brazo izquierdo y tenía que girarse para usar el oído izquierdo siempre que alguien hablaba, pues la explosión le había dejado sordo del otro. Hitler habló del cobarde intento de asesinarlo y cargó contra sus generales, con algunas excepciones. También afirmó que Dios le había salvado la vida para que él pudiera evitar la destrucción de Alemania y que haría retroceder a los aliados occidentales. Todo aquello me sorprendió mucho. Yo quería marcharme para ir a ver a mi Ushi, y así lo hice.
P: ¿En qué se diferenció aquel encuentro con Hitler de los otros dos anteriores?
R: Bueno, Dieter Hrabak y el resto hicieron una fiesta antes de que me fuera, y me emborraché tanto que al día siguiente apenas podía mantenerme en pie. Suena como si todos fuéramos alcohólicos, pero no es así. Nosotros vivíamos y jugábamos peligrosamente. Nunca sabías lo que te iba a pasar al día siguiente. Volé con mi 109 a Insterburg escoltado por la JG-52. Cuando llegué a la Wolfsschanze el mundo había cambiado. Hitler ya había empezado con los juicios y las ejecuciones de los implicados, y todo el mundo estaba bajo sospecha. Había que atravesar tres controles de seguridad y nadie podía llevar armas en el último sector. Le dije al guardia de las SS que le dijera al Führer que no quería los Diamantes si no confiaba en mí y me dejaba llevar mi pistola Walther. Aquel tipo me miró asombrado y fue a hablar con von Below, que por entonces era coronel. Below salió para decirme que estaba de acuerdo. Con mi gorra y mi pistola fui recibido por Hitler, que me dijo: “¡Ojalá tuviera más hombres como usted y como Rudel!”, y me entregó los Diamantes, junto con un recambio para las Hojas de Roble y las Espadas. Durante el almuerzo y el café Hitler me confió que “militarmente, la guerra estaba perdida”, algo que yo ya debía de saber, y que esperaba que los aliados occidentales y los soviéticos entraran en guerra. Después habló del problema con los partisanos y me preguntó por mis experiencias. Hitler me pidió mi opinión sobre la tácticas empleadas en la lucha contra los bombarderos americanos y birtánicos. Como yo apenas tenía experiencia al respecto me limité a explicar lo que pensaba que era un hecho: las órdenes de Göring de hacerles frente y los métodos que se usaban eran erróneos. También le informé del deficiente entrenamiento que recibían los pilotos, corto e inadecuado, que provocaba que aquellos hombres malgastaran sus vidas. Hitler también hablo de nuevas armas y tácticas y después nos marchamos. Fue la última vez que lo vi, el 25 de agosto de 1944. Volé de regreso a mi unidad, donde me esperaba un permiso de 10 días. También tuve una reunión con Galland, en la que discutimos acerca de los Me-262. Después regresé a casa para casarme con mi Ushi, era lo único que me importaba.
P: Durante la guerra, ¿cuáles fueron sus miedos más angustiosos?
R: Bueno, me preocupaba que me capturasen en Rusia, no era una perspectiva muy prometedora. El bombardeo de nuestras ciudades también nos preocupaba, ya que teníamos mucho apego a nuestras familias. Supongo que me preocupaba que Ushi no me esperase, así que trataba de verla siempre que estaba de permiso. Las medallas venían acompañadas de permisos, por lo que eran un incentivo. Si me hubieran dado a elegir entre ella o devolver todas las condecoraciones, las habría devuelto sin dudarlo. Ella era muy importante para mí y siempre lo ha sido. Yo me enteré más tarde de que los rusos sabían quién era yo y que Stalin había ofrecido 10.000 rublos por mi cabeza. La recompensa aumentó con el tiempo; por Rudel y por mí se ofrecieron las recompensas más altas durante la guerra, más que por cualquier otro alemán, con la excepción de Hitler y otros miembros de la élite nazi. Cada vez que despegaba sabía que habría alguien buscándome. Pensaba en las películas del oeste americanas, cuando desafiaban al mejor pistolero a que saliera fuera, donde había alguien esperando. Yo me sentía marcado, así que cambiaba de avión de vez en cuando. Me sentía así cuando usaba el tulipán negro como enseña y tenía más dificultades para encontrar contrincantes, ya que casi todos me evitaban. Necesitaba camuflarme.
P: ¿Cómo eran las condiciones en Rusia?
R: Bueno, en invierno se lo puede imaginar. Rara vez disponíamos de un refugio adecuado, teniendo que vivir en tiendas. Los piojos eran lo peor y había poco que se pudiera hacer salvo arrojar la ropa al fuego y escucharlos explotar. Teníamos DDT y nos bañábamos cuando podíamos. Las enfermedades, sobre todo pulmonías y pies de trinchera, eran muy destructivas, especialmente entre el personal de tierra. La comida siempre daba preocupaciones, sobre todo en la fase final de la guerra. Las limitaciones de combustible dificultaban cada misión. Siempre volábamos desde pistas de hierba. Los rusos nos bombardeaban a menudo. Era fácil reparar esas pistas, aunque convertían cada aterrizaje o despegue en una aventura. A veces el tren de aterrizaje de los cazas se rompía, o los cazas se metían en un hoyo y capotaban. El mantenimiento era otra pesadilla, ya que los repuestos eran difíciles de conseguir, sobre todo cuando nos movíamos mucho. A pesar de todos estos problemas conseguí muchos éxitos en Crimea entre 1943 y 1944.
P: Sé que la JG-52, al igual que otras escuadrillas, voló junto fuerzas aéreas extranjeras. ¿Cuál fue su experiencia en este aspecto?
R: Teníamos asignada una unidad de la Real Fuerza Aérea Húngara, y también había croatas. Eran muy buenos pilotos y no tenían miedo en muchos sentidos. Buenos soldados. El contacto con este tipo de unidades fue aumentando, sobre todo con los rumanos cuando estuvimos destinados allí. Fue precisamente en Rumanía donde nos enfrentamos tanto a los americanos como a los soviéticos, una época con muchos desafíos. Volábamos en Rusia con una proporción de veinte a uno con respecto a los rusos. En Rumanía era de treinta contra uno.
P: Hrabak me describió la evacuación de Crimea. ¿Cómo fue para usted?
R: Bueno, yo no lo llamaría evacuación, sino retirada. Teníamos que abandonar la zona, y descubrí que sin la radio, la placa de blindaje y la barrera trasera podía meter a cuatro hombres en la cola, aunque tres fue el máximo que me atreví a llevar. Usando este método nos las arreglamos para evitar el cautiverio de numeroso personal de tierra que nos hacía mucha falta.
P: ¿Cómo eran los rusos que capturaron? ¿Hubo alguna muestra abierta de racismo entre sus hombres?
R: Para nada. De hecho diría que en nuestro grupo había una mayoría que encontraba repugnantes todas las idioteces nacionalsocialistas. Hrabak explicó a los nuevos pilotos más jóvenes que si pensaban que estaban luchando por el Nacionalsocialismo o el Führer deberían solicitar su traslado a las Waffen-SS. No tenía tiempo para politiqueo, estaba luchando en una guerra contra un enemigo magnífico, no celebrando un mitin político. Creo que esta postura deterioró su imagen a los ojos de Göring, pero él era un hombre de verdad y sólo se preocupaba por sus hombres. Hannes Trautloft era igual, al igual que Galland. Todos los grandes, con algunas excepciones, eran así. Uno de los prisioneros incluso nos enseñó cómo arrancar los motores a temperaturas por debajo de cero mezclando gasolina con el aceite del cárter. Nunca habíamos oído nada parecido, y pensábamos que íbamos a perder un caza en la explosión. Pero funcionó, porque el combustible diluía el aceite congelado y se evaporaba cuando el motor de arranque entraba en funcionamiento. Era maravilloso. Otro prisionero nos enseñó a prender fuego bajo la cubierta y arrancar el motor, otro truco muy útil. El mismo tipo nos enseñó a mejorar el mantenimiento de nuestras armas, sumergiéndolas en agua hirviendo. De esta forma perdían los lubricantes que congelaban los mecanismos de disparo. Sin aquellos lubricantes funcionaban bien. Me sentí mal por aquellos hombres, pues no odiaban a nadie y los habían obligado a luchar en una guerra que, de haber dependido de ellos, habrían preferido evitar.
P: ¿Cuáles son sus recuerdos más memorables en lo que se refiere al combate contra aviones enemigos?
R: Tengo en mente una situación en particular. Estaba manteniendo un duelo con un YAK-9, el piloto era muy bueno y estaba completamente loco. Intentaba ponerse detrás de mí por activa y por pasiva; siempre que abría fuego conseguía escaparme de sus ráfagas. Entonces giró, dio la vuelta y nos aproximamos de frente, mientras disparábamos, aunque ninguno alcanzó al otro. Esta maniobra se produjo dos veces. Al final yo me lancé en un picado de fuerza G negativa, fuera de su línea de visión, para poder ir detrás de él a toda potencia. Me aproximé a él desde abajo, saliendo de una capa de nubes, y conseguí que su aparato ardiera. El piloto tuvo que lanzarse en paracaídas para ser capturado más tarde. Me lo encontré más tarde y pude hablar con él, un capitán bastante simpático. Le dimos algo de comer y le dejamos rondar por la base después de prometer que no intentaría escapar. El piloto soviético estaba muy contento de estar vivo, pero estaba muy confundido, porque sus superiores le habían dicho que los alemanes disparaban a los pilotos rusos nada más capturarlos. Aquel piloto acababa de disfrutar de una de las mejores comidas en toda la guerra y había hecho nuevos amigos. Me gusta pensar que gente como él regresó a casa y les contó a sus paisanos la verdad sobre nosotros, no sólo la propaganda que comenzó a contarse tras la guerra, aunque no cabe duda de que se produjeron muchos sucesos terribles. Una vez ataqué una formación de cuatro IL-2, alcanzando con mis ráfagas a uno de ellos. Los cuatro trataron de descender en formación, y los cuatro se estrellaron contra el suelo, incapaces de recuperar altitud, pues su carga de bombas había reducido considerablemente su capacidad de maniobra. Fueron los cuatro derribos más fáciles que hice. No obstante, recuerdo el día en que pude ver a más de 20.000 alemanes muertos esparcidos a lo largo de un valle donde los blindados soviéticos y los cosacos habían atacado a una unidad aislada. Aquella visión, incluso desde el aire, es la más impresionante de mi vida. Aún hoy puedo cerrar los ojos y verlos allí. Menuda tragedia. Recuerdo que lloré cuando descendí para ver mejor la escena: no podía creer lo que veían mis ojos. En otra ocasión me encontraba cerca de Jassy, en mayo de 1944, y mi compañero de ala Blessin y yo fuimos atacados por cazas, él rompió la formación y los cazas enemigo lo siguieron. Yo también descendí para seguir a los cazas enemigos desde atrás. Le dije por radio a mi compañero de ala que ascendiera y se dirigiera hacia la derecha para que yo tuviera un buen campo de tiro. Le dije que volviera la vista y vigilase lo que pasa cuando no vigilas tu cola, y entonces disparé. El caza saltó en pedazos y cayó como confeti. Sin embargo, aparte del accidente de Krupinski el día que lo conocí, hay un suceso que resulta claro y cómico al mismo tiempo. Mi compañero de ala en muchas misiones era Carl Junger. Estaba haciendo una aproximación para aterrizar cuando un granjero polaco y su caballo se interpusieron en su camino. El impacto fue inevitable, el caballo murió y el caza se convirtió en una masa de hierros retorcidos. Todos los vimos y ya estábamos pensando en celebrar el funeral, cuando de repente los restos comenzaron a moverse. Carl salió de entre aquel amasijo de hierros sin un rasguño, con las gafas de sol aún puestas. Estaba listo para volver a volar. Increíble, ¿verdad? Otra cuestión eran los Mustangs americanos que tanto miedo nos daban, pues sabíamos que eran muchos mejores que nuestros aviones, más nuevos y con mayor alcance. Una vez que comenzamos a operar en Rumanía tuvimos experiencias muy interesantes tanto con rusos como con americanos.
Bajo el Tercer Reich, Erich Hartmann fue condecorado con la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro con Hojas de Roble, Espadas y Diamantes, la segunda condecoración militar alemana durante la guerra. (La primera era la Cruz de Hierro con Hojas de Roble en Oro, Espadas y Brillantes )
En esta entrevista,narrara los sucesos acontecidos en primera persona,sus vivencias,sensaciones y emociones al respecto,brindando al lector una mirada totalmente desconocida de la guerra.
Pregunta: Erich, ¿dónde y cuándo nació?
Respuesta: Nací el 19 de abril de 1922 en Weissach, una población cercana a Württemberg.
P: ¿Cómo era su familia?
R: Mi padre era un médico respetado que había ejercido en el ejército durante la Primera Guerra Mundial y mi madre tenía formación de piloto. Mi hermano también estudió medicina más tarde.
P: Háblenos de su juventud en China
R: Un primo de mi padre era diplomático allí y lo convenció de que nos mudásemos a China, ya que Alemania no era el mejor lugar para vivir, económicamente hablando. Vivimos en la provincia china de Changsha. Yo era tan joven (y mi hermano Alfred lo era aún más que yo) que apenas tengo recuerdos. Mi padre se marchó allí y nosotros le seguimos. Finalmente, las cosas se pusieron feas para los extranjeros y mi padre nos mandó a casa. Nos mudamos a Stuttgart, adonde mi padre volvió más tarde. Allí viví hasta que empezó la guerra.
P: ¿Cómo se hizo piloto?
R: Probablemente por los mismos motivos que movieron a muchos chicos en aquella época: la gloria de los ases gurante la Gran Guerra, así como el hecho de que mi madre fuera piloto. Ella solía llevarnos con ella para enseñarnos cosas, lo que quizá fuera el factor más importante. Yo sabía que quería volar y con catorce años ya era piloto de planeadores. A los quince me convertí en instructor en las Juventudes Hitlerianas. Alfred fue artillero de cola en un Stuka y fue capturado en Túnez, lo que probablemente le salvó la vida. A mi padre no le hacía mucha gracia que quisiera ser piloto, y quería que siguiéramos sus pasos en la medicina. También fue mi sueño, pero no pudo ser.
P: ¿Cuándo se unió a la Luftwaffe?
R: Comencé mi instrucción militar de vuelo en octubre de 1940, en Prusia Oriental. Este período duró hasta enero de 1942, cuando fui a Zerbst-Anhalt. Me gradué como teniente en marzo de 1942. Más tarde, fui a la escuela de artillería aérea, donde tuve algún que otro pequeño problema. Me estaba exhibiendo, pasando al raso por el aeródromo cuando me arrestaron. Irónicamente, mi compañero de cuarto usó el mismo avión que yo, tuvo problemas mecánicos y murió en el accidente. Resultó bastante irónico. Llegué a Rusia y me uní a la JG-52 justo antes de que comenzara el inverno, tras un pequeño contratiempo.
P: ¿Fue en esa ocasión cuando se estrelló con un Stuka?
R: Bueno, yo no usaría la palabra «estrellarse», porque nunca llegué a despegarme del suelo. Se suponía que teníamos que volar a Mariopol, pero cuando el Stuka arrancó me di cuenta de que no tenía frenos y que reaccionaba de forma diferente al Messerschmitt 109. Yo choqué con la caseta de operaciones y otro piloto clavó la nariz de su Stuka en el suelo. Nos enviaron en un Ju-52, pues lo consideraron más seguro para nosotros y para el aparato.
P: ¿Conoció en esa ocasión a Dieter Hrabak?
R: Sí, ha sido una gran amistad a lo largo de los años, como ya sabe. Dieter fue la primera que me dijo de hablar con usted, ya que él y los demás confían en usted. También yo. Dieter era una comandante muy comprensivo a la vez que disciplinado, con mucha experiencia. No se limitó en enseñarnos a volar y luchar, sino que también nos mostró a trabajar en equipo y a sobrevivir. Ése era su gran talento. Siempre estaba dispuesto a hablar de sus propios errores y de cómo aprendía de ellos, con la esperanza de que también nos ayudase. Hrabak me asignó al 7/III/JG-52, bajo el mando de Hubertus von Bonin, un águila veterana de la Guerra Civil Española y de la Batalla de Inglaterra. También aprendí mucho de él. Mi primera misión fue el 14 de octubre de 1942.
P: Su primera misión no fue precisamente espectacular. ¿Qué ocurrió?
R: Bueno, Rossmann y yo volábamos, cuando éste me dijo por radio que había divisado 10 aviones enemigos debajo de nosotros. Volábamos a 12.000 pies de altura y el enemigo muy por debajo de nosotros. No podía ver nada, pero me lanzé sobre ellos junto a Rossmann y muy pronto los tuvimos a tiro. Sabía que tenía que conseguir mi primer derribo, así que aceleré al máximo y dejé a Rossmann para disparar a un avión. Mis disparos erraron el blanco y casi choqué con él, así que tuve que parar. De repente, me vi rodeado por los soviéticos y tuve que entrar en una nube baja para escapar. Rossmann estuvo hablando conmigo todo el tiempo. La señal del nivel de combustible bajo se encendió, el motor se paró y aterricé de panza, destrozando el avión. Había violado casi todas las reglas que rigen la vida de un piloto y esperaba que me echasen.
P: ¿Qué pasó entonces?
R: Von Bonin me tuvo tres días trabajando con el personal de tierra. Me dio tiempo para pensar en lo que había hecho. Lo que aprendí de Rossmann, y después de Krupinski luego se lo enseñé a los pilotos nuevos cuando me convertí en comandante.
P: ¿Cuándo obtuvo su primera victoria?
R: Fue un día que nunca olvidaré, el 5 de noviembre de 1942, un Il-2 Sturmovik, que era el avión más difícil de derribar por su duro blindaje. Había que que disparar al radiador de aceite de la parte inferior del avión, de otra forma no se iba al suelo. Aquel día también tuve que hacer mi segundo aterrizaje forzoso, pues algunos restos del aparato enemigo chocaron con el mío. Aquel día aprendí dos cosas: acércate, dispara y frena justo después de derribar el avión enemigo. Obtuve mi siguiente victoria en febrero del año siguiente. Fue cuando Krupinski llegó a Taman, convirtiéndose en el líder de mi escuadrón.
P: Walter me contó lo que pasó el día que llegó, y el episodios con los dos caza. ¿Qué es lo que recuerda?
R: Él llegó, se presentó, pidió un avión, despegó, lo derribaron y lo trajeron a la base en coche. Entonces se hizo con otro avión, consiguió dos victorias, regresó y se fue a cenar. Todo el asunto se vio como si de una partida de cartas se tratara.
P: ¿Cómo se conocieron usted y Gunther Rall?
R: Bueno, ya sé que Gunther se le ha contado. Remplazó a von Bonin como Gruppenkommandeur y nos presentaron. Así empezó. En agosto de 1943, Rall me nombró Kommandeur del 9º escuadrón, que había sido el puesto de Graf.
P: Usted voló a menudo con Krupinki como compañero de ala. ¿Cómo era, y en qué se diferenciaba de volar con Rossmann?
R: Bueno, el trabajo en equipo se nos hizo un poco cuesta arriba al principio, pero descubrimos que podíamos trabajar bien en equipo. Los dos teníamos nuestros pros y contras, pero conseguimos superar los problemas. Funcionó bien; además, tenía que asegurarme de que volviera a casa por las numerosas novias que siempre esperaban su regreso. Me concedieron la Cruz de Hierro de 2ª Clase cuando volaba con «Krupi». Lo que aprendí de él fue que lo peor que puedes hacer es perder un compañero de ala. Las victorias importaban menos que la supervivencia. Sólo perdí un compañero de ala, Gunther Capito, antiguo piloto de bombarderos, debido a su inexperiencia con aviones de caza, aunque sobrevivió.
P: ¿Cuántas victorias consiguió antes de que le concedieran la Cruz de Caballero?
R: Había conseguí 148 victorias el 29 de octubre de 1943. Supongo que mi condecoración llegó un poco tarde. Hubo muchos pilotos con más de 50 victorias que no recibieron la Cruz de Caballero, algo que me parece muy injusto. También considero injusto que a hombres como Rall, Barkhorn, Kittel, Bär y Rudorffer no les concediesen condecoraciones más altas. Se las merecían.
P: Cuénteme su primer encuentro con Krupinski. Walter me contó su versión, pero me gustaría oír la suya.
R: Mi nuevo comandante de ala (Hrabak) estaba hablando comigo cuando un caza comenzó a echar humo, y repentinamente aterrizó, dio la vuelta y explotó. Sabíamos que el piloto había muerto. Uno de los presentes dijo que se trataba de Krupinski, cuando de entre los restos humeantes del avión salió un hombre con el uniforme hecho jirones, pero ileso. Sonreía y se quejaba de la artillería antiaérea del Cáucaso, pero sin mostrar verdadera sorpresa en los rasgos de su rostro. Aquél fue mi primer encuentro con «el conde».
P: ¿A quién le asignaron como primer compañero de ala?
R: El Feldwebel Eduard “Paule” Rossmann, quien me acogió bajo su ala.
P: ¿Era habitual que se le asignara un oficial a un suboficial como compañero de ala?
R: Para nosotros lo era, ya que era un veterano con mucha experiencia en combate. El rango no significaba nada al lado de la experiencia, y, en mi opinión, es la razón de nuestro gran éxito.
P: ¿Quién fue su mejor amigo durante aquellos días?
R: Había tantos, la mayor parte de los cuales aún vive, pero mi relación más estrecha era con Heinz Mertens, el encargado del personal de tierra. Confías en tu compañero de ala para que te cubra en el aire, y en el resto de los compañeros durante una batalla aérea, pero el hombre que hace que tu máquina funcione y sea segura es la persona más importante que conoces. Se convirtió en mi mejor amigo, y ninguno de mis éxitos hubiera sido posible sin él.
P: El vínculo entre ambos es legendario. ¿A qué se debe?
R: No puedo explicarlo. Cuando desaparecí en medio de una misión, fui capturado y me evadí, Mertens cogió un rifle y salió en mi busca. Él no se dio por vencido. Es un tipo de lealtad que no existe fuera del ejército.
P: Describa lo que pasó cuando fue capturado.
R: Los rusos estaban atacando en nuestro sector y Hrabak nos dio órdenes. Aquello fue en agosto de 1943 y nuestra misión era proteger los Stukas de Hans-Ulrich Rudel en un contraataque. Pero entonces las cosas cambiaron. La Fuerza Aérea Roja estaba bombardeando posiciones alemanas en tierra, de modo que mi grupo de ocho cazas localizó y atacó al enemigo, alrededor de cuarenta Laggs y Yaks con otros cuarenta Sturmovik. Yo derribé dos de ellos antes de que algo golpeara mi avión, obligándome a hacer un aterrizaje forzoso. Así fui capturado por soldados soviéticos, aunque me fingí herido mientras se aproximaban al aparato. Ello me creyeron, me llevaron a su cuartel general, para que mee examinara su médico, que también me creyó. Me tumbaron en una camilla en la parte trasera del camión (que era alemán). Cuando los Stukas atacaron, me abalancé sobre el centinela del camión, que se cayó, dejándome vía libre para escapar. En cuanto lo hice escuché cómo el camión se paraba. En cuanto escuché pararse al vehículo, entendí que tenía que seguir moviéndome, así que me interné en un campo de girasoles muy altos, donde intenté esconderme mientras corría. Al mismo tiempo mis perseguidores me disparaban sin descanso. Encontré un pequeño pueblo que estaba ocupado por los rusos, así que decidí regresar a la zona de la que procedía para esperar a que anocheciese. [Al mismo tiempo, Mertens, preocupado al ver que su amigo no había vuelto, se marchó en su busca con un rifle y agua]. Llegué a una zona seguro y eché un sueñecito. Cuando más tarde me desperté, reemprendí la marcha hacia el oeste. Divisé una patrulla de aviones rusos, unos 10, y decidí seguirlos. La patrulla desapareció detrás una pequeña colina y después pude escuchar disparos. Sabía que allí estaban las líneas alemanas, puesto que los aviones regresaron por encima de mí. Entonces fui al otro lado, donde un centinela alemán me dio el lato y me disparó, pasando la bala a través de la pernera de mi pantalón. Yo me enfadé, pero aquel hombre estaba muy asustado. Me dieron la bienvenida a su posición, me interrogaron y me pidieron que me preparase para el combate: otro grupo de rusos, obviamente borrachos, caminaron hasta nuestras trincheras y el teniente dio la orden de disparar cuando estaban a veinte metros de distancia. Todos murieron. Más tarde me contaron que un grupo de rusos habían entrado en su perímetro hablando alemán fluido, asegurando ser prisioneros de guerra que se habían escapado y cuando entraron sacaron sus armas y mataron a algunos hombres. Aquello explicaba sus reticencias hacia mí, pues carecía de identificación alguna: me lo habían quitado todo al capturarme.
P: ¿Qué pasó con Mertens? ¿Cómo regresó a su unidad?
R: El comandante de infantería contactó con Hrabak que confirmó mi historia. Me mandaron de vuelta en coche. Poco después me encontré con Krupi, que acababa de salir del hospital; también me informaron de los que Bimmel había hecho, algo que me molestó mucho. Al día siguiente, Bimmel regresó y organizamos una «fiesta de cumpleaños».
P: ¿Qué era una «fiesta de cumpleaños»?
R: Una fiesta en honor de un piloto que había sobrevivido a una situación que normalmente debería haberlo matado.
P: Quizá una de las leyendas más importantes sobre su vida sea la ocasió en que conoció a Ushi, y la relación que se afianzó con el paso de los años. Describa ese primer encuentro.
R: Estábamos en el mismo colegio y por fin junté valor para hablar con ella. Me encontré con ella y una amiga, detuve mi bicicleta y me presenté. Yo sabía que ella era la mujer de mi vida, aunque yo sólo tenía 17 años y ella dos menos. A nuestros padres no les entusiasmó la idea, de eso puede estar seguro, pero consintieron la relación.
P: Usted tenía competencia, ¿no es verdad?
R: Sí, pero era un problema que resolví pronto. Ushi y yo estábamos destinados a estar juntos, era nuestro sino. Además ella tuvo que esperar mucho tiempo, incluso tras el fin de la guerra. Nos casamos en 1944, pero nunca dispusimos de mucho tiempo para estar juntos. [En realidad Erich le advirtió a un muchacho mucho mayor que se alejara de ella, y cuando Ushi le dijo que él la estaba molestando, Erich le pegó una buena tunda, poniendo fin al problema]. Nos casamos después de que me concedieran los Diamantes, y Gerd (Barkhorn) hizo las veces de padrino, con Batz y Krupi como testigos. No nos pudimos casar en una iglesia por motivos logísticos, la ceremonia tuvo que esperar hasta 1956.
P: Cuénteme cómo recibió las Hojas de Roble de manos de Hitler.
R: Fue un momento extraño. En primer lugar, casi todos estábamos borrachos. Gerd Barkhorn, Wlter Krupinski, Johannes Wiese y yo fuimos llamados a Berchtesgaden. Todos, menos Gerd, íbamos a recibir las Hojas de Robles. A él le iban a dar las espadas. En aquel momento intentábamos que nuestro estado no saltara a la vista y mostrarnos sobrios. Walter afirmó años después que habíamos tenido que sostenernos los unos a los otros. Habíamos estado bebiendo cognac y champagne, una combinación fatal si no has comido nada en un par de días. La primera persona que nos encontramos en el tren fue al ayudante del Führer, el Major von Below, que entró en estado de shock por nuestro estado. Íbamos a reunirnos con Hitler en un par de horas y apenas podíamos tenernos en pie. Aquello sucedió en marzo de 1944, y había mucha nieve a esa altitud.
P: Hablé con Krupinski sobre el tema, y también leí algo sobre el “incidente de la gorra” en la biografía que escribieron Ray Toliver y Trevor Constable. ¿Qué ocurrió?
R: No encontraba mi gorra y mi vista no estaba pasando por su mejor momento, así que cogí una gorra de una estantería y me la puse, pero me venía muy grande, supe que no era mía al instante. Below se molestó mucho, me dijo que era la de Hitler, y que la dejara en su sitio. Todo el mundo empezó a reírse, excepto Below.
P: ¿Cómo era la atmósfera cuando ganó las Espadas?
R: Apenas acababa de aterrizar procedente de una misión exitosa cuando me dijeron que me habían concedido las Espadas. Aquello fue en junio de 1944. Llegué el 3 de agosto para encontrarme con Hitler una vez más para la ceremonia de entrega. En total éramos diez integrantes de la Luftwaffe. Hitler no era la misma persona. Todo aquello sucedió justo después del atentado con bomba: le temblaba el brazo izquierdo y tenía que girarse para usar el oído izquierdo siempre que alguien hablaba, pues la explosión le había dejado sordo del otro. Hitler habló del cobarde intento de asesinarlo y cargó contra sus generales, con algunas excepciones. También afirmó que Dios le había salvado la vida para que él pudiera evitar la destrucción de Alemania y que haría retroceder a los aliados occidentales. Todo aquello me sorprendió mucho. Yo quería marcharme para ir a ver a mi Ushi, y así lo hice.
P: ¿En qué se diferenció aquel encuentro con Hitler de los otros dos anteriores?
R: Bueno, Dieter Hrabak y el resto hicieron una fiesta antes de que me fuera, y me emborraché tanto que al día siguiente apenas podía mantenerme en pie. Suena como si todos fuéramos alcohólicos, pero no es así. Nosotros vivíamos y jugábamos peligrosamente. Nunca sabías lo que te iba a pasar al día siguiente. Volé con mi 109 a Insterburg escoltado por la JG-52. Cuando llegué a la Wolfsschanze el mundo había cambiado. Hitler ya había empezado con los juicios y las ejecuciones de los implicados, y todo el mundo estaba bajo sospecha. Había que atravesar tres controles de seguridad y nadie podía llevar armas en el último sector. Le dije al guardia de las SS que le dijera al Führer que no quería los Diamantes si no confiaba en mí y me dejaba llevar mi pistola Walther. Aquel tipo me miró asombrado y fue a hablar con von Below, que por entonces era coronel. Below salió para decirme que estaba de acuerdo. Con mi gorra y mi pistola fui recibido por Hitler, que me dijo: “¡Ojalá tuviera más hombres como usted y como Rudel!”, y me entregó los Diamantes, junto con un recambio para las Hojas de Roble y las Espadas. Durante el almuerzo y el café Hitler me confió que “militarmente, la guerra estaba perdida”, algo que yo ya debía de saber, y que esperaba que los aliados occidentales y los soviéticos entraran en guerra. Después habló del problema con los partisanos y me preguntó por mis experiencias. Hitler me pidió mi opinión sobre la tácticas empleadas en la lucha contra los bombarderos americanos y birtánicos. Como yo apenas tenía experiencia al respecto me limité a explicar lo que pensaba que era un hecho: las órdenes de Göring de hacerles frente y los métodos que se usaban eran erróneos. También le informé del deficiente entrenamiento que recibían los pilotos, corto e inadecuado, que provocaba que aquellos hombres malgastaran sus vidas. Hitler también hablo de nuevas armas y tácticas y después nos marchamos. Fue la última vez que lo vi, el 25 de agosto de 1944. Volé de regreso a mi unidad, donde me esperaba un permiso de 10 días. También tuve una reunión con Galland, en la que discutimos acerca de los Me-262. Después regresé a casa para casarme con mi Ushi, era lo único que me importaba.
P: Durante la guerra, ¿cuáles fueron sus miedos más angustiosos?
R: Bueno, me preocupaba que me capturasen en Rusia, no era una perspectiva muy prometedora. El bombardeo de nuestras ciudades también nos preocupaba, ya que teníamos mucho apego a nuestras familias. Supongo que me preocupaba que Ushi no me esperase, así que trataba de verla siempre que estaba de permiso. Las medallas venían acompañadas de permisos, por lo que eran un incentivo. Si me hubieran dado a elegir entre ella o devolver todas las condecoraciones, las habría devuelto sin dudarlo. Ella era muy importante para mí y siempre lo ha sido. Yo me enteré más tarde de que los rusos sabían quién era yo y que Stalin había ofrecido 10.000 rublos por mi cabeza. La recompensa aumentó con el tiempo; por Rudel y por mí se ofrecieron las recompensas más altas durante la guerra, más que por cualquier otro alemán, con la excepción de Hitler y otros miembros de la élite nazi. Cada vez que despegaba sabía que habría alguien buscándome. Pensaba en las películas del oeste americanas, cuando desafiaban al mejor pistolero a que saliera fuera, donde había alguien esperando. Yo me sentía marcado, así que cambiaba de avión de vez en cuando. Me sentía así cuando usaba el tulipán negro como enseña y tenía más dificultades para encontrar contrincantes, ya que casi todos me evitaban. Necesitaba camuflarme.
P: ¿Cómo eran las condiciones en Rusia?
R: Bueno, en invierno se lo puede imaginar. Rara vez disponíamos de un refugio adecuado, teniendo que vivir en tiendas. Los piojos eran lo peor y había poco que se pudiera hacer salvo arrojar la ropa al fuego y escucharlos explotar. Teníamos DDT y nos bañábamos cuando podíamos. Las enfermedades, sobre todo pulmonías y pies de trinchera, eran muy destructivas, especialmente entre el personal de tierra. La comida siempre daba preocupaciones, sobre todo en la fase final de la guerra. Las limitaciones de combustible dificultaban cada misión. Siempre volábamos desde pistas de hierba. Los rusos nos bombardeaban a menudo. Era fácil reparar esas pistas, aunque convertían cada aterrizaje o despegue en una aventura. A veces el tren de aterrizaje de los cazas se rompía, o los cazas se metían en un hoyo y capotaban. El mantenimiento era otra pesadilla, ya que los repuestos eran difíciles de conseguir, sobre todo cuando nos movíamos mucho. A pesar de todos estos problemas conseguí muchos éxitos en Crimea entre 1943 y 1944.
P: Sé que la JG-52, al igual que otras escuadrillas, voló junto fuerzas aéreas extranjeras. ¿Cuál fue su experiencia en este aspecto?
R: Teníamos asignada una unidad de la Real Fuerza Aérea Húngara, y también había croatas. Eran muy buenos pilotos y no tenían miedo en muchos sentidos. Buenos soldados. El contacto con este tipo de unidades fue aumentando, sobre todo con los rumanos cuando estuvimos destinados allí. Fue precisamente en Rumanía donde nos enfrentamos tanto a los americanos como a los soviéticos, una época con muchos desafíos. Volábamos en Rusia con una proporción de veinte a uno con respecto a los rusos. En Rumanía era de treinta contra uno.
P: Hrabak me describió la evacuación de Crimea. ¿Cómo fue para usted?
R: Bueno, yo no lo llamaría evacuación, sino retirada. Teníamos que abandonar la zona, y descubrí que sin la radio, la placa de blindaje y la barrera trasera podía meter a cuatro hombres en la cola, aunque tres fue el máximo que me atreví a llevar. Usando este método nos las arreglamos para evitar el cautiverio de numeroso personal de tierra que nos hacía mucha falta.
P: ¿Cómo eran los rusos que capturaron? ¿Hubo alguna muestra abierta de racismo entre sus hombres?
R: Para nada. De hecho diría que en nuestro grupo había una mayoría que encontraba repugnantes todas las idioteces nacionalsocialistas. Hrabak explicó a los nuevos pilotos más jóvenes que si pensaban que estaban luchando por el Nacionalsocialismo o el Führer deberían solicitar su traslado a las Waffen-SS. No tenía tiempo para politiqueo, estaba luchando en una guerra contra un enemigo magnífico, no celebrando un mitin político. Creo que esta postura deterioró su imagen a los ojos de Göring, pero él era un hombre de verdad y sólo se preocupaba por sus hombres. Hannes Trautloft era igual, al igual que Galland. Todos los grandes, con algunas excepciones, eran así. Uno de los prisioneros incluso nos enseñó cómo arrancar los motores a temperaturas por debajo de cero mezclando gasolina con el aceite del cárter. Nunca habíamos oído nada parecido, y pensábamos que íbamos a perder un caza en la explosión. Pero funcionó, porque el combustible diluía el aceite congelado y se evaporaba cuando el motor de arranque entraba en funcionamiento. Era maravilloso. Otro prisionero nos enseñó a prender fuego bajo la cubierta y arrancar el motor, otro truco muy útil. El mismo tipo nos enseñó a mejorar el mantenimiento de nuestras armas, sumergiéndolas en agua hirviendo. De esta forma perdían los lubricantes que congelaban los mecanismos de disparo. Sin aquellos lubricantes funcionaban bien. Me sentí mal por aquellos hombres, pues no odiaban a nadie y los habían obligado a luchar en una guerra que, de haber dependido de ellos, habrían preferido evitar.
P: ¿Cuáles son sus recuerdos más memorables en lo que se refiere al combate contra aviones enemigos?
R: Tengo en mente una situación en particular. Estaba manteniendo un duelo con un YAK-9, el piloto era muy bueno y estaba completamente loco. Intentaba ponerse detrás de mí por activa y por pasiva; siempre que abría fuego conseguía escaparme de sus ráfagas. Entonces giró, dio la vuelta y nos aproximamos de frente, mientras disparábamos, aunque ninguno alcanzó al otro. Esta maniobra se produjo dos veces. Al final yo me lancé en un picado de fuerza G negativa, fuera de su línea de visión, para poder ir detrás de él a toda potencia. Me aproximé a él desde abajo, saliendo de una capa de nubes, y conseguí que su aparato ardiera. El piloto tuvo que lanzarse en paracaídas para ser capturado más tarde. Me lo encontré más tarde y pude hablar con él, un capitán bastante simpático. Le dimos algo de comer y le dejamos rondar por la base después de prometer que no intentaría escapar. El piloto soviético estaba muy contento de estar vivo, pero estaba muy confundido, porque sus superiores le habían dicho que los alemanes disparaban a los pilotos rusos nada más capturarlos. Aquel piloto acababa de disfrutar de una de las mejores comidas en toda la guerra y había hecho nuevos amigos. Me gusta pensar que gente como él regresó a casa y les contó a sus paisanos la verdad sobre nosotros, no sólo la propaganda que comenzó a contarse tras la guerra, aunque no cabe duda de que se produjeron muchos sucesos terribles. Una vez ataqué una formación de cuatro IL-2, alcanzando con mis ráfagas a uno de ellos. Los cuatro trataron de descender en formación, y los cuatro se estrellaron contra el suelo, incapaces de recuperar altitud, pues su carga de bombas había reducido considerablemente su capacidad de maniobra. Fueron los cuatro derribos más fáciles que hice. No obstante, recuerdo el día en que pude ver a más de 20.000 alemanes muertos esparcidos a lo largo de un valle donde los blindados soviéticos y los cosacos habían atacado a una unidad aislada. Aquella visión, incluso desde el aire, es la más impresionante de mi vida. Aún hoy puedo cerrar los ojos y verlos allí. Menuda tragedia. Recuerdo que lloré cuando descendí para ver mejor la escena: no podía creer lo que veían mis ojos. En otra ocasión me encontraba cerca de Jassy, en mayo de 1944, y mi compañero de ala Blessin y yo fuimos atacados por cazas, él rompió la formación y los cazas enemigo lo siguieron. Yo también descendí para seguir a los cazas enemigos desde atrás. Le dije por radio a mi compañero de ala que ascendiera y se dirigiera hacia la derecha para que yo tuviera un buen campo de tiro. Le dije que volviera la vista y vigilase lo que pasa cuando no vigilas tu cola, y entonces disparé. El caza saltó en pedazos y cayó como confeti. Sin embargo, aparte del accidente de Krupinski el día que lo conocí, hay un suceso que resulta claro y cómico al mismo tiempo. Mi compañero de ala en muchas misiones era Carl Junger. Estaba haciendo una aproximación para aterrizar cuando un granjero polaco y su caballo se interpusieron en su camino. El impacto fue inevitable, el caballo murió y el caza se convirtió en una masa de hierros retorcidos. Todos los vimos y ya estábamos pensando en celebrar el funeral, cuando de repente los restos comenzaron a moverse. Carl salió de entre aquel amasijo de hierros sin un rasguño, con las gafas de sol aún puestas. Estaba listo para volver a volar. Increíble, ¿verdad? Otra cuestión eran los Mustangs americanos que tanto miedo nos daban, pues sabíamos que eran muchos mejores que nuestros aviones, más nuevos y con mayor alcance. Una vez que comenzamos a operar en Rumanía tuvimos experiencias muy interesantes tanto con rusos como con americanos.