Todos tenemos un olor, , un olor a nosotros. Es un olor que aunque sea feo es casi rico. No molesta, no da asco, no choca… no se nota.
Por Fernando Peña
Naturalmente todos tenemos un olor, un olor a nosotros, un olor que nos ayuda a reconocer un par de medias entreverado entre varios otros pares. Ese olor que nos hace saber si ese suéter olvidado en una reunión era, efectivamente, el nuestro. Es un olor que aunque sea feo es casi rico, o por o menos si no llega a rico es neutro porque es nuestro. No molesta, no da asco, no choca… no se nota.
Todos estamos formados por un montón de diferentes sustancias químicas y cada uno de nosotros las tiene dosificadas en distintas y variadas dosis. Cada uno de nosotros huele diferente y cada uno de nosotros soporta o naturalmente tolera ciertos olores. A algunos les encanta el olor a jazmín y a otros el mismo olor les huele a vieja. Hay quienes disfrutan del olor a cuero y para otros es vomitivo, lo asocian con mugre o humedad. Hay cosas que huelen mejor de lo que saben cuando se comen o se toman, por ejemplo el ajo o el café, por lo general son más ricos cuando los olemos. La pimienta es también un buen ejemplo. La coliflor es más rica cuando la comemos que cuando la olemos mientras se cocina.
Cuando se trata de olores la gente tiene reacciones variadísimas, es lógico. Hay gente a la que le gusta el olor a nafta, a otros el olor a quemado y a algunos el olor a cuando otro fuma, sin embargo ellos no fuman. Sobre olores, como sobre gustos, no hay nada escrito. Hay tantos olores como gente en el mundo.
Ahora bien, es peligrosísimo cuando el olor es indiscutiblemente feo, hediondo, repugnante, revulsivo y quien así huele no lo nota. No necesariamente se debe a no bañarse. Pueden existir varias razones, tal vez el placard en donde guarda la ropa tiene humedad, también la persona puede haber estado mucho tiempo encerrada en un lugar en donde se fumó mucho, o trae impregnada la famosa fritanga de un restorán mal ventilado. En lo que a ventilación se refiere hay muchísimos lugares que no le prestan atención a este tema, ya sean oficinas, casas, cines, o cualquier otro tipo de espacio cerrado.
En Buenos Aires la gente en su mayoría es friolenta, los lugares en invierno y entrada la primavera tienen las ventanas cerradas, se asientan olores, se tornan densos, presentes. Esto es muy notorio en medios de transporte, es común ver cómo los vidrios de los colectivos o los trenes se empañan, la gente tose, el ambiente está embotado, la gente entra en un estado de embriaguez, de entumecimiento, parecen zombies y nadie hace nada, nadie es capaz de pedir que por favor alguien abra una ventana. Es esa vergüencita tan argentina de manifestarse en voz alta... Hay taxis que huelen espantoso, a pelo mal lavado, a vaho. Es que muchos taxistas usan la misma ropa para trabajar día tras día y como es su propio olor no perciben cuán desagradable es.
Los olores feos nos persiguen a diario. Los notamos en seguida al entrar en lugares, cuando se nos acerca alguien, o andando en la ruta cuando hizo pis un zorrino. También hay olores diferentes que no llegan a ser feos, son diferentes, no somos nosotros, no es nuestra esencia, no es de lo que estamos hechos y nos produce un rechazo fuerte de todas maneras.
Mucha gente no aguanta los perfumes por mejores o caros que sean, personalmente considero que lo mejor es oler a jabón y punto, los sahumerios son un tema delicado y ni hablar de los aerosoles. El olor a caca en un baño es nauseabundo y asqueroso, estamos de acuerdo, pero si encima el que usó el baño tira esos productos es diez veces más horrible. Para peor ahora inventaron unos “aromas” extrañísimos como “caricia de bebe”, “frutos del bosque” o “brisa de vainilla” que rociado sobre lo hecho parece un postre en descomposición. En sí la palabra aroma siempre tiene un olor sospechoso.
Recomiendo estar atentos a como olemos, chequear los sobacos, porque no, ponernos la mano en la boca y respirar a ver como venimos de aliento, airear los lugares y preguntarles a los más íntimos si olemos bien porque nadie nos lo va a decir y los olores son parte de la llevadera convivencia en sociedad.
Fuente
Por Fernando Peña
Naturalmente todos tenemos un olor, un olor a nosotros, un olor que nos ayuda a reconocer un par de medias entreverado entre varios otros pares. Ese olor que nos hace saber si ese suéter olvidado en una reunión era, efectivamente, el nuestro. Es un olor que aunque sea feo es casi rico, o por o menos si no llega a rico es neutro porque es nuestro. No molesta, no da asco, no choca… no se nota.
Todos estamos formados por un montón de diferentes sustancias químicas y cada uno de nosotros las tiene dosificadas en distintas y variadas dosis. Cada uno de nosotros huele diferente y cada uno de nosotros soporta o naturalmente tolera ciertos olores. A algunos les encanta el olor a jazmín y a otros el mismo olor les huele a vieja. Hay quienes disfrutan del olor a cuero y para otros es vomitivo, lo asocian con mugre o humedad. Hay cosas que huelen mejor de lo que saben cuando se comen o se toman, por ejemplo el ajo o el café, por lo general son más ricos cuando los olemos. La pimienta es también un buen ejemplo. La coliflor es más rica cuando la comemos que cuando la olemos mientras se cocina.
Cuando se trata de olores la gente tiene reacciones variadísimas, es lógico. Hay gente a la que le gusta el olor a nafta, a otros el olor a quemado y a algunos el olor a cuando otro fuma, sin embargo ellos no fuman. Sobre olores, como sobre gustos, no hay nada escrito. Hay tantos olores como gente en el mundo.
Ahora bien, es peligrosísimo cuando el olor es indiscutiblemente feo, hediondo, repugnante, revulsivo y quien así huele no lo nota. No necesariamente se debe a no bañarse. Pueden existir varias razones, tal vez el placard en donde guarda la ropa tiene humedad, también la persona puede haber estado mucho tiempo encerrada en un lugar en donde se fumó mucho, o trae impregnada la famosa fritanga de un restorán mal ventilado. En lo que a ventilación se refiere hay muchísimos lugares que no le prestan atención a este tema, ya sean oficinas, casas, cines, o cualquier otro tipo de espacio cerrado.
En Buenos Aires la gente en su mayoría es friolenta, los lugares en invierno y entrada la primavera tienen las ventanas cerradas, se asientan olores, se tornan densos, presentes. Esto es muy notorio en medios de transporte, es común ver cómo los vidrios de los colectivos o los trenes se empañan, la gente tose, el ambiente está embotado, la gente entra en un estado de embriaguez, de entumecimiento, parecen zombies y nadie hace nada, nadie es capaz de pedir que por favor alguien abra una ventana. Es esa vergüencita tan argentina de manifestarse en voz alta... Hay taxis que huelen espantoso, a pelo mal lavado, a vaho. Es que muchos taxistas usan la misma ropa para trabajar día tras día y como es su propio olor no perciben cuán desagradable es.
Los olores feos nos persiguen a diario. Los notamos en seguida al entrar en lugares, cuando se nos acerca alguien, o andando en la ruta cuando hizo pis un zorrino. También hay olores diferentes que no llegan a ser feos, son diferentes, no somos nosotros, no es nuestra esencia, no es de lo que estamos hechos y nos produce un rechazo fuerte de todas maneras.
Mucha gente no aguanta los perfumes por mejores o caros que sean, personalmente considero que lo mejor es oler a jabón y punto, los sahumerios son un tema delicado y ni hablar de los aerosoles. El olor a caca en un baño es nauseabundo y asqueroso, estamos de acuerdo, pero si encima el que usó el baño tira esos productos es diez veces más horrible. Para peor ahora inventaron unos “aromas” extrañísimos como “caricia de bebe”, “frutos del bosque” o “brisa de vainilla” que rociado sobre lo hecho parece un postre en descomposición. En sí la palabra aroma siempre tiene un olor sospechoso.
Recomiendo estar atentos a como olemos, chequear los sobacos, porque no, ponernos la mano en la boca y respirar a ver como venimos de aliento, airear los lugares y preguntarles a los más íntimos si olemos bien porque nadie nos lo va a decir y los olores son parte de la llevadera convivencia en sociedad.
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