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La última cena

Info4/10/2013
Un fotógrafo norteamericano realizó una serie de fotografías sobre las curiosas elecciones de los condenados a la pena capital en ese país






Los presos condenados a ser ejecutados tienen derecho a una última comida a su elección antes de que se cumpla la pena capital. Las elecciones de los reclusos en ese delicado momento se convirtieron en la obsesión del fotógrafo norteamericano Jonathon Kambouris.

El artista investigo durante algunos años cuáles fueron las elecciones de los sentenciados en los Estados Unidos y presentó hace poco los resultados de su trabajo llamado de The Last Meals Project (El proyecto de la última comida).

El objetivo de The Last Meals Project , más allá de dar a conocer los detalles curiosos de este ritual, es cuestionar cuál es la función de la pena de muerte y si sirve realmente a la sociedad. Según cuenta Kambouris, basándose en datos de Amnistía Internacional y departamentos de justicia de diferentes estados, el gobierno norteamericano "gasta más de US$ 100 millones al año en la búsqueda de la ejecución de un puñado de convictos". "¿Qué pasaría si toda esa energía e inversión financiera fuera invertida en educación y mejores opciones para los niños para evitar que caigan en la pobreza y el crimen?", se pregunta el fotógrafo.

Para el fotógrafo, la elección de la última comida es en sí "un acto de honestidad y verdad", un ritual aún más importante que las últimas palabras del condenado, un momento en el que se manifiesta lo más básico de la condición humana.

Según la ley, la última comida de los reos tiene un límite. No puede costar más de US$ 40 y deben poder comprarse localmente. El objetivo es evitar pedidos extravagantes para demorar la ejecución.

Entre las comidas retratadas hay casos curiosos como el caso de Víctor Feguer quien pidió una sola aceituna sin caroso. Por otra parte el asesino serial Ted Bundy, ejecutado en la silla eléctrica en enero de 1989, solicitó como su última comida un bife, hash browns (una especie de croqueta de papas fritas), huevos y un café. En cambio Karla Faye Tucker, condenada por asesinar una pareja en un robo, pidió una ensalada con salsa "Ranch", un durazno y una banana. En 1998 recibió la inyección letal.

"Me parece que las elecciones más interesantes son las que tienen que ver con algún tipo de introspección en la mente de estos asesinos condenados", sostiene Kambouris.

No todos eligen comida. Aileen Carol Wuornos, una mujer que mató a siete hombres, pidió apenas un café negro antes de ser ejecutada en 2002. Gerard Lee Mitchell, también condenado por homicidio, solicitó una bolsa de caramelos. Jonathan Wayne Nobles, acusado de matar a dos personas, pidió que le dieran el sacramento de la eucaristía antes de ser ejecutado. Por su parte, Odell Barnes Jr, que recibió la pena de muerte por el homicidio de una mujer, escribió cuatro palabras en el papelito en el que debía poner su elección para la última comida: "Justicia, igualdad, paz mundial".

En declaraciones al diario La Nación de Buenos Aires Kambouris relató que "todo comenzó la mañana del 12 de junio de 2001. Leí un artículo en el periódico local sobre la ejecución de Timothy McVeigh . La nota describía los momentos finales previos a la ejecución y cuál fue su última comida.

Cuando leí que McVeigh eligió dos bochas de helado de menta granizada como su última comida, inmediatamente sentí un escalofrío que me corría por la espalda”.

McVeigh fue condenado a la pena capital por el atentado contra el edificio federal Alfred P. Murrah en Oklahoma City en1995, donde murieron 168 personas.

La pena capital más utilizada en los Estados Unidos hoy es la inyección letal. Se usan una mezcla química compuesta con tiopental sódico, un sedante, bromuro de pancuronio, un relajante muscular que hace colapsar el diafragma y los pulmones, y cloruro de potasio, que detiene el corazón.

Los datos recabados por Kambouris explican que el convicto ejecutado con esta técnica es declarado muerto aproximadamente a los siete minutos. El costo de esta inyección es de US$ 86. El verdugo, según la investigación, cobra 150 dólares por ejecución y la ley le permite mantener el anonimato.

Lo que más le llamó la atención a Kambouris en este caso, es la cantidad de personas a favor y en contra de la pena de muerte que debatieron acaloradamente este caso. "Me parece muy llamativo que nadie se haya interesado en esta persona hasta que fue condenada a muerte", plantea el fotógrafo. Y se pregunta: "¿Qué hubiera pasado si este mismo esfuerzo se hubiera puesto antes? ¿Hubiera sido un mejor disuasivo para evitar el crimen?”.
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