1.- ¿Todavía hay abogados del diablo en la Iglesia?
No, el papa Juan Pablo II eliminó esa figura en 1982. El abogado del diablo era uno de los participantes necesarios en los procesos de beatificación y santificación. En ellos, y ante un tribunal eclesiástico, los promotores de esa “ascensión” exponían los datos y las pruebas sobre la santidad del candidato. Este “abogado”, experto en derecho canónico, se encargaba de buscar fallos, contradicciones, incongruencias...
2.- ¿Es cierto que los pintores tenían ‘negros’ que terminaban sus obras?
Hasta entonces, los pintores tenían talleres casi industriales con ayudantes que se ocupaban de preparar los lienzos y tablas, y moler los colores. Después, el pintor ejecutaba las figuras principales y los detalles, y sus empleados completaban los fondos, paisajes, cielos, marcos... bajo la supervisión de un jefe de taller. Solo así se entiende que genios como Rubens pintaran la enorme cantidad de metros cuadrados de cuadros y murales que firmó. Este equipo también realizaba copias, como la de La Gioconda de Da Vinci hallada en el Museo del Prado recientemente.
3.- ¿En qué consistía una prueba de fuego?
Era un modo de decidir sobre la culpabilidad o la inocencia, sobre todo en los siglos XIV y XV. En los juicios –principalmente de brujería y herejía, en los lugares donde no había una autoridad judicial central– el acusado era sometido a una prueba que normalmente conllevaba el uso del fuego y cierto nivel de dolor. Dependiendo de lo que tardasen en curar las heridas se consideraba si Dios estaba de parte del acusado y se dictaba sentencia. Una prueba bastante común era hacer sostener metal incandescente con las palmas de las manos y decidir en virtud al tiempo que tardaban en sanar las llagas.
4.- ¿Quién estableció los puntos cardinales?
No se sabe con exactitud, porque realmente no son invento, sino una convención que proviene de la lógica. Es evidente que los primeros humanos ya se orientaban por la posición del Sol (y de las estrellas) por lo cual, aunque no sepamos cómo lo expresaban, tenían una noción de la orientación. Sus puntos principales de referencia eran el lugar por el que salía el Sol y el punto por el que se ponía (este y oeste); y a partir de ellos les era fácil trazar una perpendicular que les diera la noción de norte y sur. En cuanto a los nombres, la adopción de esos términos –que muchas lenguas han adaptado de modo parecido– proviene de cuatro formas germánicas y escandinavas: “Nordri”, “Sudri”, “Austri” y “Vestri”. La adopción en español es relativamente reciente, porque antes se usaba mucho septentrión o boreal (norte),·meridión o austral (sur), oriente, levante y sol naciente para el este, y occidente o poniente para la coordenada oeste.
5.- ¿Cuál es el mayor mausoleo de la historia?
Es difícil afirmarlo, porque depende de los edificios que se tengan en cuenta. Pero muchos creen que es la tumba del primer emperador de China, Qin Shi Huangdi (siglo III a. C.). Él fue quien se hizo crear un ejército de 7.000 guerreros de terracota que le acompañaría en la vida ultraterrena. Pero ellos solo ocupan una de las cuatro enormes fosas alrededor de la colina artificial donde hizo instalar su enorme mausoleo. En total, el complejo funerario ocupaba unos 56 km2.
6.- ¿Por qué son tan famosos los suplicios tártaros?
Antes, aclaración: no se refieren al pueblo tártaro. En la mitología griega, el Tártaro era la zona más remota del infierno, y el lugar donde sufrían terribles castigos quienes ofendían a los dioses. Por ejemplo, Ixión pasó la eternidad en una rueda en llamas por arrojar a su suegro a un pozo incandescente. Ya en Roma, Virgilio (La Eneida) lo sitúa rodeado por un río de llamas y protegido por una hidra de 50 cabezas. El cristianismo recogió el mito del Tártaro, y en el Nuevo Testamento se tradujo como “infierno”; se tomó la parte por el todo, pero se mantuvo la idea de la tortura eterna y las llamas.
7.- ¿Es cierto que hubo un cuarto rey mago?
En realidad no sabemos si existieron, y mucho menos cuántos eran. La única mención que hay en los Evangelios es la que hace san Mateo (2:1-12), quien habla literalmente de “unos sabios del Oriente” que llegaron a Jerusalén, pero nunca se especifica el número. Un manuscrito del siglo VI, es el primero en establecer que eran tres y sus nombres.