primero que nada este post lo hago solo para compartir la LA MEJOR EXPERIENCIA DE MI VIDA y no para que me dejen puntos o algo de eso, obvio que si quieren dejarme son bienvenidos.
ocurrio el dia que cumpli 18 me levante a eso de la 10 de la mañana, estaba solo xq estaban todos trabajando y a eso de la 10 y 40 suena el timbre,salgo a ver quien era, y eran martin y joaquin mis 2 mejores amigos, me dijeron dale vamos que te tenemos una sorpresa,me vesti y nos subimos al auto de la madre de martin, que el lo manejaba.
las preguntas no servian de nada me decian que era una sorpresa. De repente, estábamos entrando en un aeródromo y un letrero terminó por sacarme de dudas: ¡¡iba a saltar en paracaídas!! ya les habia comentado que queria saltar pero se los comente como una cosa que sabia q nunca iba a pasar.
Sensaciones de lo más ambiguas se adueñaron de mí. La exaltación de la amistad por el gran regalo, La excitación por la experiencia de la caída libre pero rapidamente me vino esa sensacion de apretada de culo, y cuando me confirmaron que iba a saltar, entre como en una mezcla de panico y shock, como que esta medio obligado a saltar.
esto parece mentira pero tuvieron que llamar a un istructor re buena onda para que me tranqiulizara jajaj el mas cagon..
Tras rellenar el papeleo y firmar, ya sólo quedaba esperar nuestro turno. Conocí al instructor para mi salto, un hombre de Bulgaria al que lancé la pregunta que ronda la cabeza de todo primerizo: “che, ¿y si falla el paracaídas?”. Su respuesta fue de lo más tranquilizadora. Había saltado más de 5.000 veces, y sólo le había fallado en dos. Por supuesto, en ambas ocasiones el de repuesto cumplió su cometido. con lo de 5000 me parece que me chamuyo pero cualquier cosa me servia.
Tras colocarnos los arneses y escuchar las diversas indicaciones del instructor, llegó el momento de subir a la avioneta. Era pequeña, y mi cabeza prácticamente iba tocando el techo. Una vez sentado y comenzando a arrancar, noté los tirones en mi espalda del instructor enganchando mi arnés al suyo. Enfrente mío, estaba uno de mis amigos. El ensordecedor ruido de la avioneta impedía prácticamente escucharnos a pesar de los gritos. Tampoco hacía falta, nuestras caras hablaban por sí solas. me vino esa sensancion de que mierda hago aca la concha de lalora me quiero bajar.
Con la avioneta ya estabilizada a 4.000 metros de altura, llegó el momento. El paracaidista que me haría el reportaje fotográfico saltó, y yo me coloqué justo en la entrada de la avioneta. Sin duda es el momento que más te hace dudar sobre si hacerlo o no, pero ya no había marcha atrás. Con la ayuda del instructor te dejas caer y empieza la aventura.
Es un momento mágico. De la forma más repentina, cambias el gigantesco ruido de la avioneta por un par de segundos del silencio más absoluto que nunca habia snetido en mi vida. Como si estuvieras rompiendo una barrera en el espacio, en el tiempo. Y entonces, una sensación indescriptible se apodera de ti. Sé que suena a tópico, pero es algo que por mucho que intentes explicar, sólo te haces a la idea viviéndolo.
Aunque llevas a un paracaidista delante tuyo grabándote en vídeo, aunque tu instructor está justo pegado a tu espalda, es imposible escuchar nada que no sea el roce del viento en tus oídos. Cerca de un minuto de caída libre. El instructor, con dos breves toques en mi espalda, me hizo la señal. Ya podía soltar las manos de los tirantes y expandirlos como si fueran alas. Estaba cayendo a una velocidad de 200 km/h, y sin embargo tenía la sensación de estar suspendido en el aire.
Al principio te sientes desbordado por las sensaciones, pero terminas acostumbrándote, por decirlo de alguna manera, y es cuando incluso te fijas en el paisaje. Es una sensación de libertad máxima. Y entonces, se abre el paracaídas y con una fuerza bestial este tira de ti hacia arriba mientras los arneses se clavan en tu cuerpo. Y de nuevo, el silencio.
Es el momento de relajarse, si eres capaz. De disfrutar de unos cinco minutos de tranquilidad meciéndote por el aire, tras la descarga de adrenalina. El instructor me otorgó los mandos, y por unos instantes pude manejar el paracaídas. Tirar del derecho para hacer círculos hacia un lado. Tirar del izquierdo para hacer círculos hacia el otro.
Llegó el momento del aterrizaje, y por tanto de levantar las piernas, no fuera a partírmelas contra el suelo. De repente, la tierra firme me resultaba extraña. Y más aún con aquel tembleque de piernas debido a la tensión y la adrenalina. Había sido algo único. Una experiencia totalmente recomendable, y que desde que la pruebas provoca que crezca en ti un gusanillo, que te hace desear repetirlo una y otra vez.
espero que les haya gustado mi relato y lo recomiendo totalmente
ocurrio el dia que cumpli 18 me levante a eso de la 10 de la mañana, estaba solo xq estaban todos trabajando y a eso de la 10 y 40 suena el timbre,salgo a ver quien era, y eran martin y joaquin mis 2 mejores amigos, me dijeron dale vamos que te tenemos una sorpresa,me vesti y nos subimos al auto de la madre de martin, que el lo manejaba.
las preguntas no servian de nada me decian que era una sorpresa. De repente, estábamos entrando en un aeródromo y un letrero terminó por sacarme de dudas: ¡¡iba a saltar en paracaídas!! ya les habia comentado que queria saltar pero se los comente como una cosa que sabia q nunca iba a pasar.
Sensaciones de lo más ambiguas se adueñaron de mí. La exaltación de la amistad por el gran regalo, La excitación por la experiencia de la caída libre pero rapidamente me vino esa sensacion de apretada de culo, y cuando me confirmaron que iba a saltar, entre como en una mezcla de panico y shock, como que esta medio obligado a saltar.
esto parece mentira pero tuvieron que llamar a un istructor re buena onda para que me tranqiulizara jajaj el mas cagon..
Tras rellenar el papeleo y firmar, ya sólo quedaba esperar nuestro turno. Conocí al instructor para mi salto, un hombre de Bulgaria al que lancé la pregunta que ronda la cabeza de todo primerizo: “che, ¿y si falla el paracaídas?”. Su respuesta fue de lo más tranquilizadora. Había saltado más de 5.000 veces, y sólo le había fallado en dos. Por supuesto, en ambas ocasiones el de repuesto cumplió su cometido. con lo de 5000 me parece que me chamuyo pero cualquier cosa me servia.
Tras colocarnos los arneses y escuchar las diversas indicaciones del instructor, llegó el momento de subir a la avioneta. Era pequeña, y mi cabeza prácticamente iba tocando el techo. Una vez sentado y comenzando a arrancar, noté los tirones en mi espalda del instructor enganchando mi arnés al suyo. Enfrente mío, estaba uno de mis amigos. El ensordecedor ruido de la avioneta impedía prácticamente escucharnos a pesar de los gritos. Tampoco hacía falta, nuestras caras hablaban por sí solas. me vino esa sensancion de que mierda hago aca la concha de lalora me quiero bajar.
Con la avioneta ya estabilizada a 4.000 metros de altura, llegó el momento. El paracaidista que me haría el reportaje fotográfico saltó, y yo me coloqué justo en la entrada de la avioneta. Sin duda es el momento que más te hace dudar sobre si hacerlo o no, pero ya no había marcha atrás. Con la ayuda del instructor te dejas caer y empieza la aventura.
Es un momento mágico. De la forma más repentina, cambias el gigantesco ruido de la avioneta por un par de segundos del silencio más absoluto que nunca habia snetido en mi vida. Como si estuvieras rompiendo una barrera en el espacio, en el tiempo. Y entonces, una sensación indescriptible se apodera de ti. Sé que suena a tópico, pero es algo que por mucho que intentes explicar, sólo te haces a la idea viviéndolo.
Aunque llevas a un paracaidista delante tuyo grabándote en vídeo, aunque tu instructor está justo pegado a tu espalda, es imposible escuchar nada que no sea el roce del viento en tus oídos. Cerca de un minuto de caída libre. El instructor, con dos breves toques en mi espalda, me hizo la señal. Ya podía soltar las manos de los tirantes y expandirlos como si fueran alas. Estaba cayendo a una velocidad de 200 km/h, y sin embargo tenía la sensación de estar suspendido en el aire.
Al principio te sientes desbordado por las sensaciones, pero terminas acostumbrándote, por decirlo de alguna manera, y es cuando incluso te fijas en el paisaje. Es una sensación de libertad máxima. Y entonces, se abre el paracaídas y con una fuerza bestial este tira de ti hacia arriba mientras los arneses se clavan en tu cuerpo. Y de nuevo, el silencio.
Es el momento de relajarse, si eres capaz. De disfrutar de unos cinco minutos de tranquilidad meciéndote por el aire, tras la descarga de adrenalina. El instructor me otorgó los mandos, y por unos instantes pude manejar el paracaídas. Tirar del derecho para hacer círculos hacia un lado. Tirar del izquierdo para hacer círculos hacia el otro.
Llegó el momento del aterrizaje, y por tanto de levantar las piernas, no fuera a partírmelas contra el suelo. De repente, la tierra firme me resultaba extraña. Y más aún con aquel tembleque de piernas debido a la tensión y la adrenalina. Había sido algo único. Una experiencia totalmente recomendable, y que desde que la pruebas provoca que crezca en ti un gusanillo, que te hace desear repetirlo una y otra vez.
espero que les haya gustado mi relato y lo recomiendo totalmente