Muerte del Gral. Lavalle Agosto y septiembre: grandes triunfos de los ejércitos de Rosas. El general Mariano Acha es derrotado en San Juan por el gobernador de esta provincia y fusilado. Acha, el que traicionó y entregó a Dorrego, merece la muerte. El 19 de septiembre es vencido Lavalle por Oribe, en Famaillá. El 24, Ángel Pacheco aniquila al ejército de Lamadrid en el Rodeo del Medio, en Mendoza. En los mismos días en que Acha es fusilado, Lamadrid cruza los Andes, y Lavalle, con un grupito de fieles, huye hacia el norte. Mariano Acha En Tucumán un oficial de Lavalle se pasa al enemigo y le entrega a Oribe presos a tres generales de Ejército Libertador, después de haber muerto a otros tres. También cae el gobernador de Tucumán, Marco Avellaneda, instigador de la Coalición del Norte. Oribe lo manda a fusilar y poner su cabeza en una pica, en la plaza de Tucumán. No quedan vivos sino Lavalle y el ex gobernador de Catamarca, José Cubas. Lavalle se encuentra en Jujuy, resuelto a refugiarse en Bolivia. Está holgándose con una muchacha salteña cuando golpean a la puerta. Levántase del lecho y acude a los llamados. La partida que lo persigue hace fuego por el ojo de la cerradura y Juan Lavalle cae mortalmente herido. José Cubas A Cubas lo toma preso Mariano Maza en un lugar de la montaña. Lo hace ejecutar, junto con sus ministros, y colgar su cabeza en un palo, en la plaza de Catamarca. ¡Tremendo el escarmiento que hace Maza! Ya había anunciado que en Catamarca habría “violín y violón”, es decir, degüellos. El 4 de noviembre informa: “Veinte entre jefes y oficiales salvajes han sido ejecutados”. La fuerza de Cubas, “de este salvaje unitario tenaz pasaba de seiscientos hombres, y todos han concluido, pues así prometí pasarlos a cuchillo”. Explicación de las violencias Estas cabezas clavadas en las plazas, como la de Castelli en Dolores, infunde hoy horror. Pero son cosas de los tiempos. Veintidós años más tarde, los generales sirven al ejército nacional, en plena época “civilizada”, y dirigidos por Sarmiento, fusilan al general Peñaloza, el Chacho, y cuelgan su cabeza en Olta, su pueblo. Y Sarmiento aplaude: “sin cortarle la cabeza a aquél inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían convencido, en meses, de su muerte”. Tampoco debe asombrar las ejecuciones de prisioneros en las provincias. Ni hay cárceles ni es posible recorrer centenares de leguas con prisioneros a cuestas, teniendo que alimentarlos y exponiéndose a que se subleven. Recordemos lo de Bonaparte en San Juan de Acre. Y ni siquiera es Rosas el autor de esas violencias. Son sus generales, a quienes él no puede reprochar lo que todo el Partido Federal aprueba. Tampoco hizo Maza degollar a los seiscientos de Cubas. Se ha combatido en Catamarca durante dos horas y la mayoría de esas víctimas han caído combatiendo. El exagerar la ferocidad es entonces un recurso político. Por otra parte, esos fusilamientos son represalias. Fusílase a Acha porque entregó a Dorrego; a Avellaneda, porque se le cree culpable del asesinato de Heredia; a Cubas, por ser uno de los que han originado esta guerra civil, esta tremenda mortandad, y por haber traicionado a la Federación y a la causa de la independencia americana. Todos son culpables, federales y unitarios. Avellaneda, el mejor de los unitarios, había escrito a Augier, gobernador de Catamarca: “echa contribuciones, y, si no las pagan, haz rodar cabezas”. Y los coroneles Boedo y Pereda fueron víctimas suyas. La muerte de Lavalle provoca regocijo en Buenos Aires. Iluminaciones, músicas, cohetes y gritos. Créese que va a terminar la guerra. Rosas dirige a los jefes de los acantonamientos “sus más íntimas congratulaciones por la muerte que Dios Nuestro Señor ha dado al salvaje unitario Juan Lavalle, en justo castigo de sus enormes delitos”. Rosas recibe felicitaciones de todos los gobernadores, de los funcionarios, de los jefes, del obispo de San Juan. Adeodato de Gondra, hombre culto, ministro de Santiago del Estero, le manda a Rosas “el más dulce abrazo”. Y la Sala, en un nuevo gesto de servilismo, quiere declarar fiesta cívica su cumpleaños, lo que él no acepta. Entre las felicitaciones recibidas por Rosas, ninguna más reveladora de su poder así como del servilismo de los otros, que la del obispo de San Juan. El prelado, que acaba de ser designado gobernador provisorio de San Juan, se dirige a don Juan Manuel en ese carácter con palabras violentísimas contra los unitarios. Rosas le contesta, no se sabe si irónicamente o convencido de ser verdad lo que dice, que sus sentimientos son dignos de un prelado evangélico. Agrega: “Descargando V.S.I. un anatema justo contra los salvajes unitarios, impíos enemigos de Dios y de los hombres, ofrece un lucido ejemplo eminente. Resalta la verdadera caridad cristiana que, enérgica y sublime por el bien de los pueblos, desea el exterminio de un banco sacrílego, feroz, bárbaro…” Manuel Gálvez
Asesinato del Gral. Lavalle, cuando huía a Bolivia
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