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Rescate 096 [Cuento "corto"]

Humor8/25/2010
Argumento: Un tipo un día en que Montevideo se queda sin agua, y las peripecias causadas por unas fuertes ganas de ir al baño. Yo sé que muchos al leer la palabra "cuento", decidieron no entrar al post, también se que muchos otros, al ver el largo del cuento (que en el libro son poco más de 4 carillas), se aterrorizaron, y decidieron dejarlo luego de no hacer más que leer el título, por lo que no espero que a mucha gente le interese esto. Lo puse más porque tenía ganas de ponerlo, y por lo tanto sacarme un gusto, que por el placer que me van a dar los 2 o 3 comentarios - como mucho - que voy a recibir. Rescate 096 Recuerdo aquel día de abril en que Montevideo se quedó sin agua. Me enteré a las ocho y cuarto de la mañana, parado en pelotas debajo de la ducha. Llevé la mugre conmigo durante todo el día, y por la noche me senté en el living a ver un partido de Nacional por la Libertadores. Me quedé dormido a los cinco minutos. Desperté en el entretiempo, no por la música de Fox Sports sino por otra sinfonía, burbujeante, que salía de mi intestino grueso. Eran las 11.20 de la noche. Cinco minutos más tarde, realicé una llamada telefónica desde el inodoro. — ¿Ma? — ¿Qué pasó? —yo llevaba poco tiempo viviendo solo, y me pasaban cosas muy seguido. — Me estuve aguantando todo el día, porque no había agua, pero me vinieron terribles retortijones y tuve que cagar. No sabés lo que es esto —parecía un plato de albóndigas sumergidas en tuco marrón—. — ¿Comiste algo que te cayó mal? — La cena de anoche. — No, por la hora debe ser el almuerzo de hoy. —Te digo que me estuve aguantando todo el día porque sabía que no había agua. ¿Qué hago? —Tirá mucho perfume y abrí la ventana. —¡No! ¡No entendés! —deshacerse de la evidencia no era el problema—. ¡Ahora tengo que limpiarme el culo! (En varias oportunidades mi madre dejó de hablar porque estaba riendo a carcajadas. No señalaré cada una de ellas para hacer más fluido el relato.) —¿Qué te importa? Si vos no usás bidet —es cierto, lo tengo de revistero. —A ver si nos entendemos. Yo me voy a limpiar con papel higiénico, como siempre. ¡Pero después no me voy a poder lavar las manos! —¿No tenés agua en la heladera? Aunque sea Salus. —No. (La heladera sólo tenía medio litro de Coca-Cola y un sachet de mayonesa. Días más tarde, mi jefa sugirió que pusiera medio limón adentro. Le pregunté si eso le daría un rico aroma. «No, es para que vayas viendo cómo se pudre y te deprimas». Adoro mi trabajo.) —Si tuvieras alguna toallita húmeda... —Con eso no me alcanza. Voy a tener la sensación de manos sucias hasta que vuelva el agua, y quién sabe cuándo va a ser eso. No puedo ir a trabajar así. —Si no vuelve mañana de mañana te venís a lavar las manos a casa. Todavía nos queda un poco de agua en el tanque de la azotea. —¿Cómo voy a llegar hasta allá? ¿Cómo voy a manipular las llaves para abrir las puertas? Gracias a Dios dejé abierta la puerta del baño, o tendría que quedarme a dormir sentado en el water. —No sé, desde acá no puedo darte una solución. —Ya lo sé, llamaba solamente para que me dieras ánimo —tenía miedo de morir igual que Elvis. —¡Ánimo, hijo! —mi madre no suele hablar así, pero sabe seguirme la corriente. Prometí llamarla de nuevo y corté. Tengo llamadas gratis con ella, por eso cuando quiero hablar con mi viejo la llamo y le pido que le pase el celular. Opté por tomar un buen trozo de papel higiénico y moldearlo como si fuera una rosa, para tener una gran superficie de contacto. La tomé del tallo y tuve especial cuidado de que la materia líquida no atravesara todos los pétalos. El contacto directo en aquellas circunstancias podría ser letal. La remoción fue casi perfecta. De cualquier manera, me sentía como si me hubieran sumergido en una cámara séptica. Tenía que lavarme las manos y no tenía a quien recurrir. Si llamaba a mi vieja no podría volver a tocar ese teléfono celular. Por suerte el ingenio humano siempre responde ante situaciones límite. Como cuando había que terminar la Segunda Guerra Mundial y alguien inventó la bomba atómica. No tenía una sola gota de agua en toda la casa, pero tenía hielo. Vacié en un cuenco el contenido de dos cubeteras. Cubeteras que nunca volví a tocar. Así logré mi pequeña provisión del líquido elemento. No podía esperar a que se derritieran los cubitos, así que tomé dos de ellos y corrí al baño. El procedimiento fue desprolijo y mis manos perdieron sensibilidad, pero alcanzó para sentirme limpio. Llamé de nuevo. —¡Hielo! —Hola, ¿qué pasó? —¡Tenía hielo en el congelador! —Bien. Me imagino que lo derretiste en el microondas —qué viva, pensaba con claridad porque no estaba desesperada. —No, me lavé con los hielos. Casi no podía discar por tener los dedos entumecidos. —Bueno, pero te pudiste lavar las manos. —Sí, llamaba sólo para avisar. —Acordate que si el agua no vuelve, te podés duchar acá antes de ir a trabajar. —Cualquier cosa los llamo. Me despedí. Vi el final del partido sin dormirme y pasada la medianoche recibí un mensaje de texto de mi padre, diciendo que el agua había vuelto a su hogar. Abrí la canilla y, por segunda vez en pocas horas, un chorro de líquido marrón salió a borbotones en mi baño. Dejé abierto y un rato después pude lavarme las manos como Dios manda. («Usarás jabón y agua corriente», Isaías 13, 28.) Al otro día me paré debajo de la ducha, con el cuerpo cubierto de sudor y esmegma como para llenar un paquete de queso rallado Artesano. Fue la última vez que disfruté el hecho de darme un baño. Alcuri, Ignacio. "Temporada de pathos", Ed. Sudamericana, 2010. Por si llegaron hasta el final del cuento, y por alguna extraña razón, les gustó tanto como a mí, podrían considerar comprar el libro. También les dejo un link a su blog.
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