Descripcion completa en secciones del libro-documental La doctrina del Shock en comparacion con las declaraciones de la "mesa de enlace" de los terratenientes agrarios de Argentina"...
12-04-13 | Política
Asamblea de la Mesa de Enlace: pidieron "hacer desaparecer" al Gobierno
En un encuentro donde estuvieron los dirigentes ruralistas, los productores llamaron a no pagar impuestos "para que se caiga" el Ejecutivo. Y advirtieron sobre el posible ingreso "del marxismo y el chavismo" al país. El audio
Ante la primera plana de la Mesa de Enlace en una asamblea realizada en la capital de Santa Fe, productores lanzaron consignas contra el Gobierno y pidieron su destitución.
En un encuentro que duró algo más de tres horas, un productor agropecuario, que se identificó como Daniel, oriundo de la localidad santafesina de Avellaneda, dijo que "el Gobierno no le va a dar nada al campo, y por eso se tiene que ir".
"¿Nos vamos a ir nosotros? No, los que se van a ir son ellos", destacó.
Ante la atenta mirada de Eduardo Buzzi, de Federación Agraria, Carlos Garetto, de CONINAGRO, Luis Etchevehere, de la Sociedad Rural, y Rubén Ferrero, de CRA, el mismo productor sostuvo que "hay muchos métodos psiclógicos y de acción directa que se pueden implementar para destituir y hacer desaparecer a toda esta gente".
En la misma línea, el productor agropecuario Raúl Zorzón, oriundo de la localidad santafesina de Malabrigo, advirtió que a su criterio el Gobierno "va a ir por mucho más para destruir al país".
"Lo más peligroso es el tema judicial y la reforma de la Constitución, esta gente no quiere la reelección, sino cambiarle el espíritu para que entre el chavismo, el marxismo y ese maldito progresismo que no se sabe qué es", agregó el productor.
"Acá hay que frenarlos. ¡Porque van por más! Hoy, en la Argentina, alrededor de 13 millones de personas dependen, directa o indirectamente, de planes sociales. Saquen la cuenta para las próximas elecciones. ¡Vamos a frenar a este gobierno, señores! ¡Ese es el problema que tenemos en el país! Después, pongámonos de acuerdo cómo distribuimos la riqueza del campo, entre los productores", señaló el productor autoconvocado.
De Angeli, de la mano de Macri, se lanza como candidato a senador
Por su parte, una productora propuso "no pagar ningún impuesto hasta junio para que el Gobierno no pueda pagar los aguinaldos y se vaya de una buena vez".
Más allá de las consignas lanzadas por estos productores, durante la asamblea no alcanzaron a elaborar un documento con estas propuestas ante la imposibilidad de lograr un acuerdo entre los puntos plantados por la Federación Agraria y la Sociedad Rural y CRA.
Según cronistas que presenciaron el encuentro, los dirigentes nacionales de la Mesa de Enlace hablaron de la calidad institucional y del peligro de que se avasalle la justicia, pero no alertaron a los ruralistas del grave tono que estaba tomando el debate.
La asamblea realizada en Santa Fe fue la sexta del año, en el marco de las reuniones que la Mesa de Enlace viene desarrollando en el interior del país para unificar reclamos y definir una propuesta de lucha conjunta.
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¿Porque hay tantas inquietantes coincidencias entre lo que se dijo en
la reunion de la "mesa de enlace" y el libro-documental "la Doctrina del Shock"?
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Klein, Naomi.
La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre.
Paidós, 1ra. Ed. Argentina. 2008.
pp. 23-46.
1
Conocí a Jamar Perry en septiembre de 2005, en el gran
refugio jue la Cruz Roja había organizado en Baton Rouge,
Luisiana. Un grupo de jóvenes miembros de la cienciología
repartían, sonrientes, la cena entre la gente que esperaba
en fila, y él era uno de ellos. Me acababan de llamar la
atención por hablar con los evacuados sin un periodista a
mi lado y me estaba esforzando por disimular y mezclarme
con el gentío, una canadiense blanca en medio de un mar
de afroamericanos sureños. Me escabullí hasta la fila, detrás
de Perry, y le pedí que hablara conmigo como si fuéramos
amigos de toda la vida, y se avino amablemente.
Nacido y criado en Nueva Orleans, había pasado una
semana fuera de la ciudad inundada. Aparentaba unos
diecisiete años, pero me dijo que tenía veintitrés. Él y su
familia habían esperado a los autobuses de rescate hasta el
último momento. A falta de una evacuación organizada, se
habían lanzado al exterior, bajo un sol abrasador.
Finalmente habían terminado allí, en un inmenso centro de
congresos, en donde habitualmente se celebraban las ferias
de la industria farmacéutica y espectáculos de lucha libre
como Capital City Carnage: The Ultímate in Steel Cage
Fighting* Ahora, en el centro se apretujaban más de dos mil
2
camillas y una muchedumbre de gente exhausta y
enfadada bajo la vigilancia de los soldados de la Guardia
Nacional, tensos y con los nervios a flor de piel, recién
llegados de Irak.
<!--[if !supportLists]-->* <!--[endif]-->«Carnicería de la
capital: lo último en combates entre rejas». (N. de laT.)
Ese día corría la voz en el refugio de que Richard Baker, un
destacado congresista republicano de Nueva Orleans, le
había dicho a un grupo de presión: «Por fin hemos limpiado
Nueva Orleans de los pisos de protección oficial. Nosotros
no podíamos hacerlo, pero Dios sí».2 Joseph Canizaro, uno
de los constructores más ricos de Nueva Orleans, también
había expresado una opinión parecida:
«Creo que podemos empezar de nuevo, pasando página. Y en esa
página blanca tenemos grandes oportunidades».3 Durante
toda la semana, por el parlamento estatal de Luisiana en
Baton Rouge habían desfilado grupos de presión, y gente
de toda ralea con influencias y ganas de aprovechar esas
grandes oportunidades: menos impuestos, menos
regulaciones, trabajadores con salarios más bajos y «una
ciudad más pequeña y más segura», lo que en la práctica
equivalía a eliminar los proyectos de pisos a precios
asequibles y sustituirlos por promociones urbanísticas. Al
escuchar frases y expresiones como «empezar de nuevo» y
«pasar página», casi se le olvidaba a uno el hedor nocivo de
los escombros, las mareas químicas y los restos humanos
que se amontonaban a unos pocos kilómetros, en la autopista.
En el refugio, Jamar no podía pensar en otra cosa: «Para
mí no tiene nada que ver con limpiar la ciudad. Lo que yo
veo es un montón de gente del centro que ha muerto.
Personas que no deberían estar muertas».
Hablaba en voz baja, pero un hombre mayor que estaba en
la cola, delante de nosotros, le oyó y se dio la vuelta como
si le hubieran dado un latigazo: «¿Qué les pasa a esos
3
tipejos de Baton Rouge? Esto no es una oportunidad. Es una
maldita tragedia. ¿Están ciegos o qué?».
Una madre con dos niños intervino: «No, no están ciegos.
Son malvados. Tienen la vista perfectamente sana».
Milton Friedman fue uno de los que vio oportunidades en
las aguas que inundaban Nueva Orleans. Gran gurú del
movimiento en favor del capitalismo de libre mercado fue el
responsable de crear la hoja de ruta de la economía global,
contemporánea e hipermóvil en la que hoy vivimos. A sus
noventa y tres años, y a pesar de su delicado estado de salud,
el «tío Miltie», como le llamaban sus seguidores, tuvo
fuerzas para escribir un artículo de opinión en The Wall
Street Journal tres meses después de que los diques se
rompieran: «La mayor parte de las escuelas de Nueva
Orleans están en ruinas —observó Friedman—, al igual que
los hogares de los alumnos que asistían a clase. Los niños
se ven obligados a ir a escuelas de otras zonas, y esto es
una tragedia. También es una oportunidad para emprender
una reforma radical del sistema educativo».4
La idea radical de Friedman consistía en que, en lugar de
gastar una parte de los miles de millones de dólares
destinados a la reconstrucción y la mejora del sistema de
educación pública de Nueva Orleans, el gobierno entregase
cheques escolares a las familias, para que éstas pudieran
dirigirse a las escuelas privadas, muchas de las cuales ya
obtenían beneficios, y dichas instituciones recibieran
subsidios estatales a cambio de aceptar a los niños en su
alumnado. Era esencial, según indicaba Friedman en su
artículo, que este cambio fundamental no fuera un mero
parche sino una «reforma permanente».5
Una red de think tanks y grupos estratégicos de derechas
se abalanzaron sobre la propuesta de Friedman y cayeron
sobre la ciudad después de la tormenta. La administración
de George W. Bush apoyó sus planes con decenas de
millones de dólares con el propósito de convertir las
escuelas de Nueva Orleans en «escuelas chárter», es decir,
4
escuelas originalmente creadas y construidas por el Estado
que pasarían a ser gestionadas por instituciones privadas
según sus propias reglas. Hay un gran debate en torno a
las escuelas chárter en Estados Unidos, pues muchos
padres y madres afroamericanos opinan que son un paso
atrás en el camino de los derechos civiles, que garantizaba
una educación igual para todos los niños. Sin embargo,
para Milton Friedman el mismo concepto de sistema de
educación pública apestaba a socialismo. Desde su punto de
vista, las únicas funciones del Estado consistían en la
«protección de nuestras libertades, contra los enemigos del
exterior y los del interior: defender la ley y el orden,
garantizar los contratos privados y crear el marco para
mercados competitivos».6 En otras palabras, policía y
soldados; cualquier cosa más allá, incluyendo una
educación gratuita e igualitaria, era una interferencia
injusta en las leyes del mercado.
En brutal contraste con el ritmo glacial al que se repararon
los diques y la red eléctrica de Nueva Orleans, la subasta
del sistema educativo de la ciudad se realizó con precisión y
velocidad dignas de un operativo militar. En menos de
diecinueve meses, con la mayoría de los ciudadanos pobres
aún exiliados de sus hogares, las escuelas públicas de
Nueva Orleans fueron sustituidas casi en su totalidad por
una red de escuelas chárter de gestión privada. Antes del
huracán Katrina, la junta estatal se ocupaba de 123
escuelas públicas; después, sólo quedaban 4. Antes de la
tormenta, Nueva Orleans contaba con 7 escuelas chárter, y
después, 31.7 Los maestros de la ciudad solían enorgullecerse
de pertenecer a un sindicato fuerte. Tras el desastre,
los contratos de los trabajadores quedaron hechos pedazos,
y los 4.700 miembros del sindicato fueron despedidos.8
Algunos de los profesores más jóvenes volvieron a trabajar
para las escuelas chárter, con salarios reducidos. La mayoría
no recuperaron sus empleos.
Nueva Orleans era, según The New York Times, «el
principal laboratorio de pruebas de la nación para el
5
incremento de las escuelas chárter», mientras el American
Enterprise Institute, un think tank de inspiración
friedmaniana, declaraba entusiasmado que «el Katrina
logró en un día [...] lo que los reformadores escolares de
Luisiana no pudieron lograr tras varios años intentándolo».9
Mientras, los maestros de escuela, que eran testigos de
cómo el dinero destinado a las víctimas de las inundaciones
era desviado de su objetivo original y se utilizaba para eliminar
un sistema público y sustituirlo por otro privado,
tildaban el plan de Friedman de «atraco a la educación».10
Estos ataques organizados contra las instituciones y bienes
públicos, siempre después de acontecimientos de carácter
catastrófico, declarándolos al mismo tiempo atractivas
oportunidades de mercado, reciben un nombre en este
libro: «capitalismo del desastre».
La columna de opinión de Friedman sobre Nueva Orleans
terminó siendo su última recomendación sobre políticas
públicas: murió menos de un año después, el 16 de
noviembre de 2006, a los noventa y cuatro años. Puede
parecer que la privatización del sistema de educación pública
de una ciudad norteamericana de tamaño medio fue
una preocupación modesta para el hombre considerado el
economista más influyente del pasado medio siglo, entre
cuyos discípulos se cuentan varios presidentes
estadounidenses, primeros ministros británicos, oligarcas
rusos, ministros de Finanzas polacos, dictadores del Tercer
Mundo, secretarios generales del Partido Comunista chino,
directores del Fondo Monetario Internacional y los últimos
tres jefes de la Reserva Federal.
No obstante, su decidida
voluntad de aprovechar la crisis de Nueva Orleáns para
instaurar una versión fundamentalista del capitalismo
también fue un adiós extrañamente adecuado para el
profesor de metro cincuenta y ocho y energía sin límites
que, en el apogeo de sus facultades, se describió como «un
predicador a la antigua pronunciando el sermón de los
domingos».11
Durante más de tres décadas, Friedman y sus poderosos
6
seguidores habían perfeccionado precisamente la misma
estrategia: esperar a que se produjera una crisis de primer
orden o estado de shock, y luego vender al mejor postor los
pedazos de la red estatal a los agentes privados mientras
los ciudadanos aún se recuperaban del trauma, para
rápidamente lograr que las «reformas» fueran
permanentes.
En uno de sus ensayos más influyentes, Friedman articuló el
núcleo de la panacea táctica del capitalismo
contemporáneo, lo que yo denomino doctrina del shock.
Observó que «sólo una crisis —real o percibida— da lugar a
un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las
acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que
flotan en el ambiente. Creo que ésa ha de ser nuestra
función básica: desarrollar alternativas a las políticas
existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo
políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable».12
Algunas personas almacenan latas y agua en caso de
desastres o terremotos; los discípulos de Friedman
almacenan un montón de ideas de libre mercado. Y una vez
desatada la crisis, el profesor de la Universidad de Chicago
estaba convencido de que era de la mayor importancia
actuar con rapidez, para imponer los cambios rápida e
irreversiblemente, antes de que la sociedad afectada
volviera a instalarse en la «tiranía del statu quo». Estimaba
que «una nueva administración disfruta de seis a nueve
meses para poner en marcha cambios legislativos
importantes; si no aprovecha la oportunidad de actuar
durante ese período concreto, no volverá a disfrutar de
ocasión igual».13 Es una variación del consejo de Maquiavelo
según el cual vale más comunicar de una sola vez «las
malas noticias», y supuso uno de los legados estratégicos
más duraderos de Friedman.
Milton Friedman aprendió lo importante que era aprovechar
una crisis* o estado de shock a gran escala durante la
década de los setenta, cuando fue asesor del dictador
general Augusto Pinochet. Los ciudadanos chilenos no sólo
7
estaban conmocionados después del violento golpe de
Estado de Pinochet, sino que el país también vivía
traumatizado por un proceso de hiperinflación muy agudo.
Friedman le aconsejó a Pinochet que impusiera un paquete
de medidas rápidas para la transformación económica del
país: reducciones de impuestos, libre mercado, privatización
de los servicios, recortes en el gasto social y una
liberalización y desregulación generales. Poco a poco, los
chilenos vieron cómo sus escuelas públicas desaparecían
para ser reemplazadas por escuelas financiadas mediante el
sistema de cheques escolares. Se trataba de la transformación
capitalista más extrema que jamás se había
llevado a cabo en ningún lugar, y pronto fue conocida como
la revolución de la Escuela de Chicago, pues diversos
integrantes del equipo económico de Pinochet habían
estudiado con Friedman en la Universidad de Chicago.
Friedman predijo que la velocidad, la inmediatez y el
alcance de los cambios económicos provocarían una serie
de reacciones psicológicas en la gente que «facilitarían el
proceso de ajuste».14 Acuñó una fórmula para esta dolorosa
táctica: el «tratamiento de choque» económico. Desde
hace varias décadas, siempre que los gobiernos han
impuesto programas de libre mercado de amplio alcance
han optado por el tratamiento de choque que incluía todas
las medidas de golpe, también conocido como «terapia de shock».
Pinochet también facilitó el proceso de ajuste con sus
propios tratamientos de choque, llevados a cabo por las
múltiples unidades de tortura del régimen, y demás técnicas
de control infligidas en los cuerpos estremecidos de los que
se creía iban a obstaculizar el camino de la transformación
capitalista. Muchos observadores en Latinoamérica se
dieron cuenta de que existía una conexión directa entre los
shocks económicos que empobrecían a millones de
personas y la epidemia de torturas que castigaban a
cientos de miles que creían en una sociedad distinta. Como
el escritor uruguayo Eduardo Galeano se preguntaba,
«¿cómo se mantiene esa desigualdad, si no es mediante
8
descargas de shocks eléctricos?».15
Exactamente treinta años después de que estas tres
distintas metodologías de shock cayeran sobre el pueblo de
Chile, la fórmula resurgió con mayor violencia en Irak.
Primero fue la guerra, diseñada, según los autores del
documento de doctrina militar Shock and Awe, para «controlar
la voluntad del adversario, sus percepciones y su
comprensión, y literalmente lograr que quede impotente
para cualquier acción o reacción».16 Luego vino la terapia de
shock económica, radical e impuesta por el delegado de la
administración estadounidense, cuando el país aún se
encontraba devorado por las llamas. Paul Bremer decretó
las medidas de rigor: privatizaciones masivas, liberalización
absoluta del mercado, un impuesto de tramo fijo del 15 % y
un Estado cuyo papel se vio brutalmente reducido.
El ministro de Finanzas provisional de Irak, Alí Abdul-Amir
Allawi, declaró entonces que sus conciudadanos estaban
«hartos de ser conejillos de Indias. El sistema ha sufrido
bastantes golpes por el momento, así que no nos hace
ninguna falta una nueva terapia de shock económica».17
Cuando los iraquíes se resistieron, los pusieron contra la
pared: terminaron en cárceles, donde sus cuerpos y mentes
se enfrentaron a más traumas y shocks, algunos mucho
menos metafóricos.
Empecé a investigar la dependencia entre el libre mercado
y el poder del shock hace cuatro años, al principio de la
ocupación de Irak. Después de informar desde Bagdad
acerca de los fallidos intentos de Washington de seguir con
sus planes de terapia de shock, viajé a Sri Lanka, meses
después del catastrófico tsunami del año 2004. Allí
presencié otra versión distinta de las mismas maniobras: los
inversores extranjeros y los donantes internacionales se
habían coordinado para aprovechar la atmósfera de
pánico, y habían conseguido que les entregaran toda la
costa tropical. Los promotores urbanísticos estaban
construyendo grandes centros turísticos a toda velocidad,
impidiendo a miles de pescadores autóctonos que
9
reconstruyeran sus pueblos, antaño situados frente al mar.
«En una cruel broma del destino, la naturaleza ha ofrecido
a Sri Lanka una oportunidad única: de esta terrible tragedia
nacerá un destino turístico de primera clase», anunció el
gobierno.18 Cuando el Katrina destruyó Nueva Orleans, la
red de políticos republicanos, think tanks y constructores
empezaron a hablar de «un nuevo principio» y atractivas
oportunidades; estaba claro que se trataba del nuevo
método de las multinacionales para lograr sus objetivos:
aprovechar momentos de trauma colectivo para dar el
pistoletazo de salida a reformas económicas y sociales de
corte radical.
La mayoría de las personas que sobreviven a una catástrofe
de esas características desean precisamente lo contrario de
«un nuevo principio». Quieren salvar todo lo que sea
posible y empezar a reconstruir lo que no ha perecido, lo
que aún se tiene en pie. Desean reafirmar sus lazos con la
tierra y los lugares en los que se han formado.
«Cuando ayudo a reconstruir la ciudad, siento que también yo estoy
reconstruyéndome», afirmaba Cassandra Andrews,
residente en la zona de Lower Ninth Ward, terriblemente
asolada durante las inundaciones, mientras seguía
limpiando las ruinas después de la tormenta.19 Pero a los
capitalistas del desastre no les interesa en absoluto
reconstruir el pasado. En Irak, Sri Lanka y Nueva Orleans,
los procesos engañosamente llamados «de reconstrucción»
se limitaron a terminar la labor del desastre original,
tirando abajo los restos de las obras, comunidades y
edificios públicos que aún quedaban en pie para luego
reemplazarlos rápidamente con Una especie de Nueva
Jerusalén empresarial; todo antes de que las víctimas del
conflicto o del desastre natural fueran capaces de
reagruparse y reclamar lo que les pertenecía.
Mike Battles supo expresarlo mejor: «Para nosotros, el
miedo y el desorden representaban una verdadera
promesa».20 El ex agente de la CIA de treinta y cuatro años
se refería al caos posterior a la invasión de Irak, y cómo
10
gracias a eso su empresa de seguridad privada, Custer
Battles, desconocida y sin experiencia en el campo, pudo
obtener contratos de servicios otorgados por el gobierno
federal por valor de unos 100 millones de dólares.21 Sus
palabras podrían constituir el eslogan del capitalismo
contemporáneo: el miedo y el desorden como catalizadores
de un nuevo salto hacia delante.
Cuando me puse a investigar sobre la relación entre los
enormes beneficios de las empresas y las grandes
catástrofes, pensé que me hallaba frente a un cambio
radical en la forma en que la «liberalización» de mercados
se desarrollaba en todo el mundo. Durante mi implicación
en el movimiento contra el poder de las empresas que hizo
su primera aparición global en Seattle en 1999, ya había
sido testigo de políticas parecidas, que favorecían a las
grandes multinacionales y se imponían en las cumbres de la
Organización Mundial de Comercio, a menudo contra la
voluntad de los países desfavorecidos, bajo amenaza de
negarles los préstamos del Fondo Monetario Internacional
si se oponían a ellas.
Las tres grandes medidas habituales
—privatización, desregulación gubernamental y recortes en
el gasto social— solían ser muy impopulares entre la gente,
pero con el establecimiento de acuerdos firmados y una
parafernalia oficial, al menos se sostenía el pretexto del
consentimiento mutuo entre los gobiernos que negociaban,
así como una ilusión de consenso entre los supuestos
expertos. Ahora, el mismo programa ideológico se imponía
mediante las peores condiciones coercitivas posibles:
la ocupación militar de una potencia extranjera después de
una invasión, o inmediatamente después de una catástrofe
natural de gran magnitud. Al parecer, los atentados del
11 de septiembre le habían otorgado luz verde a
Washington, y ya no tenían ni que preguntar al resto del
mundo si deseaban la versión estadounidense del «libre
mercado y la democracia»: ya podían imponerla mediante
el poder militar y su doctrina de shock y conmoción.
Sin embargo, a medida que avanzaba en la investigación de
11
cómo este modelo de mercado se había impuesto en todo
el mundo, descubrí que la idea de aprovechar las crisis y
los desastres naturales había sido en realidad el modus
operandi clásico de los seguidores de Milton Friedman
desde el principio. Esta forma fundamentalista del capitalismo
siempre ha necesitado de catástrofes para avanzar.
Sin duda las crisis y las situaciones de desastre eran cada vez
mayores y más traumáticas, pero lo que sucedía en Irak y
Nueva Orleans no era una invención nueva, derivada de lo
sucedido el 11 de septiembre. En verdad, estos audaces
experimentos en el campo de la gestión y aprovechamiento
de las situaciones de crisis eran el punto culminante de tres
décadas de firme seguimiento de la doctrina del shock.
A la luz de esta doctrina, los últimos treinta y cinco años
adquieren un aspecto singular y muy distinto del que nos
han contado. Algunas de las violaciones de derechos
humanos más despreciables de este siglo, que hasta ahora
se consideraban actos de sadismo fruto de regímenes
antidemocráticos, fueron de hecho un intento deliberado
de aterrorizar al pueblo, y se articularon activamente para
preparar el terreno e introducir las «reformas» radicales
que habrían de traer ese ansiado libre mercado.
En la Argentina de los años setenta, la sistemática política de
«desapariciones» que la Junta llevó a cabo, eliminando a
más de treinta mil personas, la mayor parte de los cuales
activistas de izquierdas, fue parte esencial de la reforma de
la economía que sufrió el país, con la imposición de las
recetas de la Escuela de Chicago; lo mismo sucedió en
Chile, donde el terror fue el cómplice del mismo tipo de
metamorfosis económica. En la China de 1989, la masacre
de la plaza de Tiananmen fue el shock que desató oleadas
de detenciones, más de decenas de miles, las cuales
permitieron al Partido Comunista convertir el país en una
zona de exportación al por mayor, bien surtida de trabajadores
demasiado aterrorizados como para exigir ningún derecho laboral.
En la Rusia de 1993, Boris Yeltsin
decidió enviar los tanques al parlamento, y maniobrar para
impedir que los líderes de la oposición fueran un obstáculo
12
para la privatización fulminante que dio lugar a la nueva
clase dirigente del país: los famosos oligarcas.
La guerra de las Malvinas, en 1982, permitió a Margaret
Thatcher superar la crisis de las huelgas de los mineros.
Gracias a la excitación patriótica que recorrió el país como
un relámpago, pudo aplastar la revuelta de los mineros y
lanzar la primera gran marea privatizadora de una
democracia occidental. En 1999, el ataque de la OTAN
contra Belgrado permitió que más tarde la antigua
Yugoslavia fuera pasto de rápidas privatizaciones, un
objetivo anterior a la propia guerra. La economía no fue en
absoluto la única motivación que desató estos conflictos,
pero en todos y cada uno de los casos, un estado de shock
colectivo de primer orden fue el marco y la antesala para la
terapia de shock económica.
Los traumáticos episodios que «prepararon el terreno» no
siempre han sido de carácter abiertamente violento. En los
años ochenta, en Latinoamérica y África, las crisis a causa
de las deudas forzaban a los países a «privatizarse o morir»,
como dijo un ex funcionario del FMI.22 Devorados por la
hiperinflación, y demasiado endeudados como para
negarse a las exigencias que venían de la mano de los
préstamos extranjeros, los gobiernos aceptaban los
«tratamientos de choque» creyendo en la promesa de que
les salvarían de mayores desastres.
En Asia, la crisis
financiera de 1997 y 1998 —de consecuencias comparables
a la Depresión de 1929— bajó los humos de los
denominados Tigres de Asia, abriendo sus mercados en lo
que el New York Times describió como «la mayor liquidación
por cierre del mundo».23 Muchos de estos países eran
democrácticos, pero las transformaciones radicales que
crearon el «libre mercado» no se instauraron
democráticamente. Más bien al contrario:
tal y como lo
entendía Friedman, la atmósfera de crisis a gran escala
ofrecía los pretextos necesarios para desestimar los deseos
expresados por los votantes y entregar las riendas del país
a los «tecnócratas» económicos.
13
Por supuesto, ha habido casos en los que la adopción de las
políticas económicas de libre mercado se ha producido de
forma democrática. Los políticos han presentado
propuestas de línea dura, y han ganado las elecciones,
siendo la presidencia de Ronald Reagan en Estados Unidos
el mejor ejemplo, y la elección en Francia de Nicolás
Sarkozy uno más reciente. En estos casos, no obstante, los
cruzados del capitalismo se enfrentaron a la presión del
público, y tuvieron que suavizar y modificar sus planes
radicales, viéndose obligados a aceptar cambios graduales
en lugar de una conversión total.
En resumen, el modelo
económico de Friedman puede imponerse parcialmente en
democracia, pero para llevar a cabo su verdadera visión
necesita condiciones políticas autoritarias. La doctrina de
shock económica necesita, para aplicarse sin ningún tipo
de restricción —como en el Chile de los años setenta, China
a finales de los ochenta, Rusia en los noventa y Estados
Unidos tras el 11 de septiembre—, algún tipo de trauma
colectivo adicional, que suspenda temporal o
permanentemente las reglas del juego democrático.
Esta cruzada ideológica nació al calor de los regímenes dictatoriales
de América del Sur, y en los nuevos territorios que ha
conquistado recientemente, como Rusia y China, coexiste
con comodidad, y hasta con provecho, con un liderazgo de
puño de hierro.
LA TERAPIA DE SHOCK EN CASA
La Escuela de Chicago de Friedman se ha impuesto en
todo el mundo desde los años setenta, pero hasta hace
poco su visión jamás se había aplicado totalmente en su
país de origen. Ciertamente, Reagan fue un pionero, pero
Estados Unidos aún cuenta con una red de asistencia y
seguridad social, y escuelas públicas a las que los padres se
aferran, según las palabras de Friedman, con «un
irracional apego a un sistema socialista».24
Cuando los republicanos se hicieron con el Congreso en
1995, David Frum, canadiense residente en Estados Unidos
y futuro redactor de discursos para George W. Bush, era
14
uno de los neoconservadores que pedía una revolución
económica de terapia de shock para el país. «Así es como
creo que debería hacerse: en lugar de recortes residuales,
un poco por aquí, otro poco por allá, yo eliminaría
trescientos programas en un día, este verano, todos los
cuales cuestan cada uno mil millones de dólares o menos.
Quizá no sean reducciones muy sustanciales, pero vaya si
queda claro que las cosas van a cambiar. Y esto se puede
hacer ya».25
Frum no pudo llevar a cabo sus planes domésticos para la
terapia de shock en ese entonces, sobre todo porque no
hubo ninguna crisis que preparara el terreno. Pero eso
cambió en 2001. Cuando se produjeron los atentados del
11 de septiembre, en la Casa Blanca pululaban un buen
número de discípulos de Friedman, incluyendo su gran
amigo Donald Rumsfeld. El equipo de Bush aprovechó la
ocasión, el momento de vértigo colectivo con ávida rapidez.
Al contrario de lo que algunos han afirmado, no fue porque
la administración hubiera maquinado lo sucedido, sino
porque las figuras clave del gobierno, veteranos de los
anteriores experimentos del capitalismo del desastre de
Latinoamérica y Europa del Este, formaban parte de un
movimiento que reza para que se produzcan las crisis igual
que los granjeros sedientos rezan para que llueva, como
los cristianos apocalípticos rezan para que llegue el Rapto
que ha de llevarse a los fieles a la vera de Jesús. Cuando por
fin se desata la tragedia, saben inmediatamente que ha
llegado su momento.
Durante tres décadas, Friedman y sus discípulos sacaron
partido metódicamente de las crisis y los shocks que los
demás países sufrían, los equivalentes extranjeros del 11
de septiembre: el golpe de Pinochet otro 11 de septiembre,
en 1973. Lo que sucedió en el año 2001 fue que una
ideología nacida a la sombra de las universidades
norteamericanas y fortalecida en las instituciones políticas
de Washington por fin podía regresar a casa.
Rápidamente, la administración Bush aprovechó la
15
oportunidad generada por el miedo a los ataques para
lanzar la guerra contra el terror, pero también para
garantizar el desarrollo de una industria exclusivamente
dedicada a los beneficios, un nuevo sector en crecimiento
que insufló renovadas fuerzas en la debilitada economía
estadounidense. El término «complejo del capitalismo del
desastre» la describe con más precisión; tiene tentáculos
más poderosos y llega más lejos que el complejo industrialmilitar
contra el que Dwight Eisenhower lanzó sus advertencias
al final de su mandato.
Estamos ante una guerra
global cuyos combates se libran en todos los niveles de las
empresas privadas cuya participación se subvenciona con
dinero público, y cuya misión sin fin es la protección del
territorio estadounidense a perpetuidad, al tiempo que debe
eliminar todo «mal» exterior. En apenas unos años, el
complejo ha extendido su presencia en el mercado bajo
distintas y cambiantes formas: desde la lucha contra el
terrorismo hasta las misiones de paz internacionales, desde
la seguridad municipal hasta la reacción con motivo de los
desastres naturales. El objetivo último de las corporaciones
que animan el centro de este complejo es implantar un
modelo de gobierno exclusivamente orientado a los
beneficios (que tan fácilmente avanza en circunstancias
extraordinarias) también en el día a día cotidiano del funcionamiento
del Estado; esto es, privatizar el gobierno.
La administración Bush empezó por subcontratar, sin
ningún tipo de debate público, varias de las funciones más
delicadas e intrínsecas del Estado: desde la sanidad para
los presos hasta las sesiones de interrogación de los
detenidos, pasando por la «cosecha» y recopilación de
información sobre los ciudadanos. El papel del gobierno en
esta guerra sin fin ya no es el de un gestor que se ocupa
de una red de contratistas, sino el de un inversor
capitalista de recursos financieros sin límite que
proporciona el capital inicial para la creación del complejo
empresarial y después se convierte en el principal cliente de
sus nuevos servicios. Basta citar tres datos que
demuestran el alcance de la transformación: en 2003, el
16
gobierno estadounidense otorgó 3.512 contratos a
empresas privadas en concepto de servicios de seguridad.
Durante un período de veintidós meses hasta agosto de
2006, el Departamento de Seguridad Nacional había
emitido más de 115.000 contratos similares.26 La «industria
de la seguridad interior» —hasta el año 2001
económicamente insignificante— se había convertido en un
sector que facturaba más de 200.000 millones de dólares.27
En 2006, el gasto del gobierno de Estados Unidos en
seguridad interior ascendía a una media de 545 dólares por
cada familia.28
Y eso si hablamos únicamente del frente nacional de la
guerra contra el terror; las fortunas se ganan luchando en
el extranjero. Sin contar los fabricantes de armas, cuyos
beneficios se han disparado gracias a la guerra en Irak, el
mantenimiento del ejército estadounidense es uno de los
sectores de servicios que más ha crecido en el mundo
entero.29
«Jamás se ha librado una guerra entre dos países
que tengan un McDonald's en su territorio», afirmó sin
rubor el columnista Thomas Friedman en el New York
Times en diciembre de 1996.30 No solamente se puso de
manifiesto su error dos años más tarde, sino que gracias al
modelo de beneficios militares, ahora el ejército
norteamericano va a la guerra con Burger King y Pizza Hut,
puesto que los contrata para hacerse cargo de las
franquicias que han de alimentar a los soldados en sus
bases militares desde Irak hasta la «miniciudad» de la
bahía de Guantánamo.
Luego, el sector de las ayudas humanitarias y la
reconstrucción de las zonas declaradas catastróficas. Irak
también constituyó una experiencia piloto, y la
reconstrucción orientada a los beneficios ya se ha
convertido en el nuevo paradigma global, sin importar si la
destrucción original procedía de los tanques de una guerra
preventiva, como sucedió con los ataques de Israel contra
el Líbano en 2006, o de la furia de un huracán. La escasez
de recursos y el cambio climático han abierto la puerta a
17
una avalancha de nuevos desastres naturales, un desfilar
permanente de apetitosas oportunidades de negocio: la
ayuda humanitaria es un mercado emergente demasiado
tentador como para dejarlo en manos de las
organizaciones no gubernamentales. ¿Por qué debe ser
UNICEF la encargada de la reconstrucción de las escuelas
cuando puede hacerlo Bechtel, una de las empresas
constructoras más grandes de Estados Unidos? ¿Por qué
recolocar a la gente sin hogar del Misisipi en apartamentos
vacíos subvencionados por el Estado cuando los pueden
alojar en cruceros de las líneas Carnival? ¿Para qué enviar
tropas de pacificación de la ONU a Darfur cuando
empresas privadas como Blackwater andan a la caza y
captura de nuevos clientes?
Y ahí radica la diferencia tras el
11 de septiembre: antes, las guerras y los desastres
ofrecían oportunidades para una pequeña parte de la
economía, como los fabricantes de aviones de combate, por
ejemplo, o las empresas constructoras que reparaban los
puentes bombardeados. El principal papel económico de las
guerras consistía en abrir nuevos mercados que
permanecían cerrados y en generar largas épocas de
crecimiento durante la posguerra. Ahora, la respuesta y las
medidas de reacción frente a guerras y desastres han
alcanzado tan alto grado de privatización que constituyen
un nuevo mercado en sí mismas: no es necesario esperar a
que termine la guerra para que empiece el desarrollo
económico. El medio es el mensaje.
Una de las ventajas más claras de este enfoque posmoderno
es que, en términos de mercado, no puede fallar. Como
decía un analista de mercado acerca de un trimestre con
unos resultados financieros excepcionalmente buenos para
la empresa de servicios energéticos Halliburton: «Irak fue
mejor de lo que esperábamos».31 Eso fue en octubre de
2006, en aquel entonces el mes más cruento de la guerra,
con más de 3.709 bajas de civiles iraquíes.32 Pero pocos
accionistas podían quejarse de una guerra que había
generado más de 20.000 millones de dólares de ingresos
para una única empresa.33
18
Entre el tráfico de armas, la privatización de los ejércitos, la
industria de la reconstrucción humanitaria y la seguridad
interior, el resultado de la terapia de shock tutelada por la
administración Bush después de los atentados es, en
realidad, una nueva economía plenamente articulada. Nació
en la era Bush, pero existe independientemente de una
administración concreta y seguirá funcionando entre los
intersticios del sistema hasta que la ideología supremacista
y empresarial que la propulsa quede en evidencia, aislada y
en entredicho. El complejo empresarial está en manos de
multinacionales estadounidenses, pero su naturaleza es
global: las compañías británicas aportan su experiencia con
una red de ubicuas cámaras de seguridad, las empresas
israelíes su pericia en la construcción de vallas y muros de
última tecnología, la industria maderera canadiense vende
casas prefabricadas que son diez veces más caras que las
del mercado local, y así podríamos seguir indefinidamente.
«No creo que nadie se haya planteado la industria de la
reconstrucción tras los desastres naturales como un
mercado inmobiliario hasta ahora», afirmó Ken Baker,
presidente de un grupo de industriales madereros de
Canadá. «Es una estrategia que nos permitirá
diversificarnos a largo plazo».34
En cuanto a su escala, el complejo empresarial surgido del
capitalismo del desastre está en pie de igualdad con los
«mercados emergentes» y el auge de las tecnologías de la
información que tuvieron lugar en los años noventa. De
hecho, las fuentes consultadas afirman que las cifras
barajadas son mucho más altas que entonces, y que la
«burbuja de la seguridad» inyectó vida en el mercado
cuando el negocio de Internet empezó a flaquear. Junto con
los grandes beneficios de la industria de los seguros (se
cree que alcanzaron un récord de 60.000 millones de
dólares en el año 2006, sólo en Estados Unidos), así como
los excelentes resultados de las compañías petrolíferas
(que crecen con cada nueva crisis), la economía del
desastre quizá haya salvado al mercado mundial de la
tremenda recesión que amenazaba con desatarse en la
19
víspera de los atentados de 2001.35
Un problema recurrente se presenta cuando tratamos de
relatar la historia de la cruzada ideológica que ha
desembocado en la privatización radical de la guerra y del
desastre: la ideología cambia continuamente de forma, de
nombres y de identidades. Friedman se consideraba un
«liberal», pero sus discípulos estadounidenses, que
relacionaban el liberalismo con elevados impuestos y
hippies, tendieron a identificarse como «conservadores»,
«economistas clásicos», «defensores del libre mercado», y
más tarde, seguidores de las «reaganomics»* o del
«laissez-faire».
En la mayor parte del mundo, son
conocidos como neoliberales, pero a menudo se utilizan los
términos «libre mercado» o, sencillamente,
«globalización». Únicamente desde mediados de los años
noventa, este movimiento intelectual dirigido por los
think tanks de extrema derecha con los que Friedman
trabajó durante varios años —como Heritage Foundation,
Cato Institute o American Enterprise Institute— empezó
a autodenominarse «neoconservador», un enfoque que ha
enrolado toda la potencia del ejército y de la maquinaria
militar al servicio de los propósitos del conglomerado
empresarial.
<!--[if !supportLists]-->* <!--[endif]-->Reaganomics:
término que combina economics (economía) y el
nombre del presidente Ronald Reagan. Describe la
política económica que éste llevó a cabo durante su
mandato. (N. de la T.)
Todas estas reencarnaciones comparten un compromiso
para con una trinidad política: la eliminación del rol
público del Estado, la absoluta libertad de movimientos de
las empresas y un gasto social prácticamente nulo. Pero
ninguna de las múltiples nomenclaturas que esta ideología
ha recibido parece suficientemente adecuada. Friedman
declaró que su propuesta era un intento de liberar al
mercado de la tenaza estatal, pero el historial de los
distintos experimentos económicos que se han llevado a
20
cabo nos muestra una realización muy distinta de su visión
de purista. En todos los países en que se han aplicado las
recetas económicas de la Escuela de Chicago durante las
tres últimas décadas, se detecta la emergencia de una
alianza entre unas pocas multinacionales y una clase
política compuesta por miembros enriquecidos; una
combinación que acumula un inmenso poder, con líneas
divisorias confusas entre ambos grupos. En Rusia, los
empresarios multimillonarios que forman parte del juego
de alianzas reciben el nombre de «oligarcas»; en China,
los «príncipes»; en Chile, «los pirañas»; y en Estados
Unidos, los «pioneros» de la campaña Bush-Cheney.
En lugar de liberar al mercado del Estado, estas élites políticas
y empresariales sencillamente se han fusionado,
intercambiando favores para garantizar su derecho a
apropiarse de los preciados recursos que anteriormente
eran públicos, desde los campos petrolíferos de Rusia,
pasando por las tierras colectivas chinas, hasta los
contratos de reconstrucción otorgados para Irak.
El término más preciso para definir un sistema que elimina
los límites en el gobierno y el sector empresarial no es
liberal, conservador o capitalista sino corporativista. Sus
principales características consisten en una gran
transferencia de riqueza pública hacia la propiedad privada
—a menudo acompañada de un creciente endeudamiento—,
el incremento de las distancias entre los inmensamente
ricos y los pobres descartables, y un nacionalismo agresivo
que justifica un cheque en blanco en gastos de defensa y
seguridad. Para los que permanecen dentro de la burbuja de
extrema riqueza que este sistema crea, no existe una forma
de organizar la sociedad que dé más beneficios.
Pero dadas las obvias desventajas que se derivan para la gran mayoría
de la población que está excluida de los beneficios de la
burbuja, una de las características del Estado corporativista
es que suele incluir un sistema de vigilancia agresiva (de
nuevo, organizado mediante acuerdos y contratos entre el
gobierno y las grandes empresas), encarcelamientos en
masa, reducción de las libertades civiles y a menudo,
21
aunque no siempre, tortura.
LA TORTURA COMO METÁFORA
De Chile a Irak, la tortura ha sido el socio silencioso de la
cruzada por la libertad de mercado global. Pero la tortura
es más que una herramienta empleada para imponer reglas
no deseadas a una población rebelde. También es una
metáfora de la lógica subyacente en la doctrina del shock.
La tortura, o por utilizar el lenguaje de la CIA, los
«interrogatorios coercitivos», es un conjunto de técnicas
diseñado para colocar al prisionero en un estado de
profunda desorientación y shock, con el fin de obligarle a
hacer concesiones contra su voluntad.
La lógica que anima
el método se describe en dos manuales de la CIA que
fueron desclasificados a finales de los años noventa. En
ellos se explica que la forma adecuada para quebrar «las
fuentes que se resisten a cooperar» consiste en crear una
ruptura violenta entre los prisioneros y su capacidad para
explicarse y entender el mundo que les rodea.36 Primero, se
priva de cualquier alimentación de los sentidos (con
capuchas, tapones para los oídos, cadenas y aislamiento
total), luego el cuerpo es bombardeado con una
estimulación arrolladora (luces estroboscópicas, música a
toda potencia, palizas y descargas eléctricas).
En esta
etapa, se «prepara el terreno» y el objetivo es provocar
una especie de huracán mental: los prisioneros caen en un
estado de regresión y de terror tal que no pueden pensar
racionalmente ni proteger sus intereses. En ese estado de
shock, la mayoría de los prisioneros entregan a sus
interrogadores todo lo que éstos desean: información,
confesiones de culpabilidad, la renuncia a sus anteriores
creencias. Uno de los manuales de la CIA ofrece una
explicación particularmente sucinta: «Se produce un
intervalo, que puede ser extremadamente breve, de
animación suspendida, una especie de shock o parálisis
psicológica. Esto se debe a una experiencia traumática o
subtraumática que hace estallar, por así decirlo, el mundo
que al individuo le es familiar, así como su propia imagen
22
dentro de ese mundo. Los interrogadores experimentados
saben reconocer ese momento de ruptura y saben
también que en ese intervalo la fuente se mostrará más
abierta a las sugerencias, y es más probable que coopere,
que durante la etapa anterior al shock».37
La doctrina del shock reproduce este proceso paso a paso,
en su intento de lograr a escala masiva lo que la tortura
obtiene de un individuo en la sala de interrogatorios. El
ejemplo más claro fue el shock del 11 de septiembre, día en
el cual para millones de personas el «mundo que les era
familiar» estalló en mil pedazos, y dio paso a un período de
profunda desorientación y regresión que la administración
Bush supo explotar con pericia. De repente, nos
encontramos viviendo en una especie de Año Cero, en el
cual todo lo que sabíamos podía desecharse
despectivamente con la etiqueta de «antes del 11-S».
Aunque la historia jamás había sido nuestro fuerte,
Norteamérica se había convertido en una tabla rasa, una
verdadera «página en blanco» sobre la cual se podían
«escribir las palabras más nuevas y más hermosas», como
Mao le decía a su pueblo.38 Un nuevo ejército de
especialistas se materializó rápidamente para escribir
nuevas y hermosas palabras sobre el tapiz receptivo de
nuestra conciencia postraumática: «choque de civilizaciones
», grabaron. «Eje del mal», «fascismo islámico»,
«seguridad nacional». Con el mundo preocupado y absorto
por las nuevas y mortíferas guerras culturales, la
administración Bush pudo lograr lo que antes del 11 de
septiembre apenas había soñado: librar guerras privadas en
el extranjero y construir un conglomerado empresarial de
seguridad en territorio estadounidense.
Así funciona la doctrina del shock: el desastre original —
llámese golpe, ataque terrorista, colapso del mercado,
guerra, tsunami o huracán— lleva a la población de un país
a un estado de shock colectivo. Las bombas, los estallidos
de terror, los vientos ululantes preparan el terreno para
quebrar la voluntad de las sociedades tanto como la música
23
a toda potencia y las lluvias de golpes someten a los
prisioneros en sus celdas. Como el aterrorizado preso que
confiesa los nombres de sus camaradas y reniega de su fe,
las sociedades en estado de shock a menudo renuncian a
valores que de otro modo defenderían con entereza. Jamar
Perry y sus compañeros de evacuación en el refugio de
Baton Rouge tuvieron que sacrificar los pisos de protección
oficial y las escuelas públicas.
Después del tsunami, los
pescadores de Sri Lanka tenían que abandonar su valiosa
tierra frente al mar y cederla a los constructores de hoteles.
Los iraquíes, si todo iba según lo planeado, tenían que caer
en tal estado de shock que cederían el control de sus
reservas petrolíferas, sus compañías estatales, y toda su
soberanía nacional al ejército estadounidense y sus bases
militares y zonas verdes.
LA GRAN MENTIRA
En el torrente de artículos escritos en el panegírico de
Milton Friedman, apenas se mencionó el papel de los
sbocks y las crisis que tanto habían contribuido a difundir
su modelo económico. En vez de eso, el fallecimiento del
economista se convirtió en una ocasión perfecta para
reescribir la historia oficial: de cómo su propuesta de
capitalismo radical se había convertido en la ortodoxia del
gobierno en prácticamente todos los rincones del globo.
Es un cuento de hadas, libre de toda violencia e imposición
que tan íntimamente ligadas van en esta cruzada, y
representa el golpe propagandístico más exitoso de las últimas
tres décadas. El cuento empieza así.
Friedman dedicó su vida a una pacífica lucha de ideas
contra los que creían que los gobiernos tienen la
responsabilidad de intervenir en el mercado para suavizar
su dureza. El estaba convencido de que la historia se había
«equivocado de vía» cuando los políticos empezaron a
prestar atención a John Maynard Keynes, el arquitecto
intelectual del New Deal y del moderno Estado del
bienestar.39 El hundimiento del mercado en 1929 había
establecido un consenso general: el laissez-faire había
24
fallado y los gobiernos debían intervenir en la economía
para redistribuir la riqueza y fijar un marco de regulación
empresarial. Durante esa etapa oscura para el libre
mercado, cuando el comunismo conquistaba el Este, y
mientras Occidente se entregaba al Estado del bienestar
y el nacionalismo económico arraigaba en el Sur
poscolonial, Friedman y su mentor, Friedrich Hayek,
protegían con suma paciencia la llama del capitalismo en
estado puro, sin empañarse por los intentos keynesianos
para crear riquezas colectivas que fueran la base de una
sociedad más justa.
«En mi opinión, el mayor error —escribió Friedman a
Pinochet en 1975— consiste en creer que es posible hacer
el bien con el dinero de los demás.»40 Pocos escuchaban;
la mayoría de la gente insistía en que sus gobiernos podían
y debían hacer el bien. Friedman fue descrito por la
revista Time en 1969 en términos despectivos: «un
duende o un pesado», y era reverenciado como profeta de
una selecta minoría.41
Por fin, tras décadas exiliado en la jungla intelectual,
llegaron los años ochenta y los gobiernos de Margaret
Thatcher (que llamó a Friedman un «luchador por la
libertad intelectual») y de Ronald Reagan (que fue visto
con un ejemplar de Capitalismo y libertad, el manifiesto de
Friedman, durante su campaña presidencial).42
Aquellos líderes políticos sí tuvieron el valor de implementar una
absoluta liberalización del mercado en el mundo real.
Según la historia oficial, después de que Reagan y
Thatcher liberaran democrática y pacíficamente sus
respectivos mercados, la libertad y la prosperidad
subsiguientes fueron tan obviamente deseables que
cuando las dictaduras cayeron una tras otra, desde Manila
a Berlín, las masas voceaban para que las reaganomics se
instalaran en sus puertas, junto con sus Big Macs.
Cuando la Unión Soviética por fin se derrumbó, la gente
del «imperio del mal» también estaba ansiosa por unirse a
la revolución friedmanita, al igual que los comunistas
25
reconvertidos en capitalistas de China. Eso quería decir
que no existía ningún obstáculo para construir un
verdadero libre mercado global, en el cual las empresas
no sólo gozaran de libertad absoluta en sus países de
origen, sino que también pudieran cruzar las fronteras
sin burocracias ni impedimentos, desatando la
prosperidad allá donde fueran. Existían dos grandes reglas
acerca de cómo debían ser las sociedades: había que
celebrar elecciones para votar a nuestros políticos, y las
economías debían aplicar el modelo de Friedman.
Fue, como Francis Fukuyama lo bautizó, «el fin de la historia»,
«el punto final de la evolución ideológica de la humanidad
».43 La revista Fortune, en su tributo a Friedman,
escribió que «navegó con la marea de la historia»; se
aprobó una resolución en el Congreso alabándolo como
«uno de los defensores más destacados de la libertad en
todo el mundo, no sólo en el campo de la economía sino en
todos los aspectos»; el gobernador de California, Arnold
Schwarzenegger, declaró que el 29 de enero de 2007 sería
el Día de Milton Friedman en todo el estado, y varias
ciudades y pueblos imitaron su gesto.
Un titular en The
Wall Street Journal ofrecía una cápsula de ordenada
información: «El hombre de la libertad».44
Este libro es un desafío contra la afirmación más apreciada
y esencial de la historia oficial: que el triunfo del
capitalismo nace de la libertad, que el libre mercado
desregulado va de la mano de la democracia. En lugar de
eso, demostraré que esta forma fundamentalista del
capitalismo ha surgido en un brutal parto cuyas
comadronas han sido la violencia y la coerción, infligidas en
el cuerpo político colectivo así como en innumerables
cuerpos individuales. La historia del libre mercado contemporáneo
—el auge del corporativismo, en realidad— ha
sido escrita con letras de shock.
Hay mucho en juego. La alianza corporativista está cerca
de conquistar su última frontera: los mercados y las
economías del petróleo del mundo árabe, hasta ahora
26
cerrados, y sectores de las economías occidentales que
llevan tiempo protegidos de la regla de los beneficios,
incluyendo la respuesta ante los desastres naturales y los
ejércitos. Puesto que ni siquiera se pretende buscar el
consenso público para privatizar funciones tan esenciales,
ni en el frente doméstico ni en el extranjero, es necesario
convocar a los jinetes de la violencia creciente y de
catástrofes aún mayores para alcanzar dichos objetivos.
Paradójicamente, como el papel decisivo de los shocks y las
crisis ha sido expurgado tan eficientemente del historial del
auge del libre mercado, las tácticas extremas desplegadas
en Irak y Nueva Orleans a menudo se tachan de prácticas
incompetentes o de amiguismo por parte de la Casa Blanca
de Bush. En realidad, las hazañas de Bush son una mera
punta del icerberg creado, una diminuta porción de una
campaña monstruosamente violenta que lleva en pie de
guerra cincuenta años para lograr la absoluta
liberalización del mercado.
Cualquier intento de responsabilizar a determinadas
ideologías por los crímenes cometidos por sus seguidores
debe plantearse con absoluta prudencia. Es demasiado
fácil afirmar que la gente con la que no estamos de
acuerdo no sólo se equivoca, sino que también son
tiranos, fascistas y genocidas. Pero también es cierto que
algunas ideologías constituyen un peligro para la
sociedad, y que deben ser identificadas como tales. Me
refiero a las doctrinas fundamentalistas y reconcentradas,
incapaces de coexistir con otros sistemas de creencias.
Sus seguidores deploran la diversidad y exigen mano libre
para poner en marcha su sistema perfecto. El mundo tal y
como es debe ser destruido, para que su pura visión
pueda crecer y desarrollarse debidamente. Arraigada en
las fantasías bíblicas de grandes inundaciones y fuegos
místicos, esta lógica lleva ineludiblemente a la violencia.
Las ideologías peligrosas son las que ansían esa tabla rasa
imposible, que sólo puede alcanzarse mediante algún tipo
de cataclismo.
27
Generalmente, los sistemas que claman por la eliminación
de pueblos y culturas enteros con el fin de satisfacer una
visión pura del mundo son aquellos que profesan una
extrema religiosidad y que propugnan la segregación
racial. Pero desde el colapso de la Unión Soviética, se ha
producido un reconocimiento histórico de los grandes
crímenes cometidos en nombre del comunismo. Los
sótanos de las agencias de información soviéticas han
abierto sus puertas a investigadores que se han
apresurado a contar el número de muertos en
hambrunas, campamentos de trabajos forzados y
asesinatos. El proceso ha generado un fuerte debate en
todo el mundo respecto al papel de la ideología que había
detrás de estas atrocidades, y hasta qué punto ésta es
responsable de aquéllas, o bien si la distorsión del sistema
se debe a que tuvo líderes como Stalin, Ceaucescu, Mao o Pol Pot.
«Fue el comunismo de carne y hueso el que impuso la
represión en masa, que terminó creando un reinado del
terror estatal», escribe Stéphane Courtois, coautor del
polémico El libro negro del comunismo. «¿Podemos decir
que la ideología no tiene la culpa?»45 Por supuesto que no.
Pero tampoco se puede deducir que todas las formas de
comunismo sean intrínsecamente genocidas, corno se ha
dicho con total desparpajo. Ciertamente fueron
interpretaciones doctrinales y dictatoriales de la teoría
comunista que despreciaban la pluralidad las que llevaron a
las ejecuciones masivas de Stalin y a los campos de
reeducación de Mao. La dictadura comunista está, como
debe ser, por siempre empañada por esos experimentos en
sociedades reales.
¿Y qué hay de la cruzada contemporánea en pro de la
libertad de los mercados mundiales? Los golpes de Estado,
las guerras y las matanzas que han instaurado y apoyado
regímenes afines a las empresas jamás han sido tachados
de crímenes capitalistas, sino que en lugar de eso se han
considerado frutos del excesivo celo de los dictadores,
28
como sucedió con los frentes abiertos durante la Guerra Fría
y la actual guerra contra el terror. Si los adversarios más
comprometidos contra el modelo económico corporativista
desaparecen sistemáticamente, ya sea en la Argentina de
los años setenta o en el Irak de hoy en día, esa labor de
supresión se achaca a la guerra sucia contra el comunismo
o el terrorismo. Prácticamente jamás se alude a la lucha
para la instauración del capitalismo en estado puro.
No estoy afirmando que todas las formas de la economía de
mercado son violentas de por sí. Es perfectamente posible
poseer una economía de mercado que no exija tamaña
brutalidad ni pida un nivel tan prístino de ideología pura.
Un mercado libre, con una oferta de productos
determinada, puede coexistir con un sistema de sanidad
pública, escolarización para todos y una gran porción de la
economía —como por ejemplo una compañía petrolífera
nacionalizada— en manos del Estado. También es posible
pedirles a las empresas que paguen sueldos decentes, que
respeten el derecho de los trabajadores a formar sindicatos,
y solicitar a los gobiernos que actúen como agentes de redistribución
de la riqueza mediante los impuestos y las
subvenciones, con el fin de reducir al máximo las agudas
desigualdades que caracterizan al Estado corporativista.
Los mercados no tienen por qué ser fundamentalistas.
Keynes propuso exactamente esta combinación de
economía regulada y mixta después de la Gran Depresión,
una revolución en las políticas públicas que dio lugar al New
Deal y a transformaciones parecidas en todo el mundo. Era
exactamente el sistema de compromisos, equilibrios y
controles que la contrarrevolución de Friedman se dispuso
a desmantelar metódicamente en todo el mundo.
Bajo este prisma, la Escuela de Chicago y su modelo de capitalismo
tienen algo en común con otras ideologías peligrosas: el
deseo básico por alcanzar una pureza ideal, una tabla rasa
sobre la que construir una soci
12-04-13 | Política
Asamblea de la Mesa de Enlace: pidieron "hacer desaparecer" al Gobierno
En un encuentro donde estuvieron los dirigentes ruralistas, los productores llamaron a no pagar impuestos "para que se caiga" el Ejecutivo. Y advirtieron sobre el posible ingreso "del marxismo y el chavismo" al país. El audio
Ante la primera plana de la Mesa de Enlace en una asamblea realizada en la capital de Santa Fe, productores lanzaron consignas contra el Gobierno y pidieron su destitución.
En un encuentro que duró algo más de tres horas, un productor agropecuario, que se identificó como Daniel, oriundo de la localidad santafesina de Avellaneda, dijo que "el Gobierno no le va a dar nada al campo, y por eso se tiene que ir".
"¿Nos vamos a ir nosotros? No, los que se van a ir son ellos", destacó.
Ante la atenta mirada de Eduardo Buzzi, de Federación Agraria, Carlos Garetto, de CONINAGRO, Luis Etchevehere, de la Sociedad Rural, y Rubén Ferrero, de CRA, el mismo productor sostuvo que "hay muchos métodos psiclógicos y de acción directa que se pueden implementar para destituir y hacer desaparecer a toda esta gente".
En la misma línea, el productor agropecuario Raúl Zorzón, oriundo de la localidad santafesina de Malabrigo, advirtió que a su criterio el Gobierno "va a ir por mucho más para destruir al país".
"Lo más peligroso es el tema judicial y la reforma de la Constitución, esta gente no quiere la reelección, sino cambiarle el espíritu para que entre el chavismo, el marxismo y ese maldito progresismo que no se sabe qué es", agregó el productor.
"Acá hay que frenarlos. ¡Porque van por más! Hoy, en la Argentina, alrededor de 13 millones de personas dependen, directa o indirectamente, de planes sociales. Saquen la cuenta para las próximas elecciones. ¡Vamos a frenar a este gobierno, señores! ¡Ese es el problema que tenemos en el país! Después, pongámonos de acuerdo cómo distribuimos la riqueza del campo, entre los productores", señaló el productor autoconvocado.
De Angeli, de la mano de Macri, se lanza como candidato a senador
Por su parte, una productora propuso "no pagar ningún impuesto hasta junio para que el Gobierno no pueda pagar los aguinaldos y se vaya de una buena vez".
Más allá de las consignas lanzadas por estos productores, durante la asamblea no alcanzaron a elaborar un documento con estas propuestas ante la imposibilidad de lograr un acuerdo entre los puntos plantados por la Federación Agraria y la Sociedad Rural y CRA.
Según cronistas que presenciaron el encuentro, los dirigentes nacionales de la Mesa de Enlace hablaron de la calidad institucional y del peligro de que se avasalle la justicia, pero no alertaron a los ruralistas del grave tono que estaba tomando el debate.
La asamblea realizada en Santa Fe fue la sexta del año, en el marco de las reuniones que la Mesa de Enlace viene desarrollando en el interior del país para unificar reclamos y definir una propuesta de lucha conjunta.
---------------------------------------------
¿Porque hay tantas inquietantes coincidencias entre lo que se dijo en
la reunion de la "mesa de enlace" y el libro-documental "la Doctrina del Shock"?
---------------------
Klein, Naomi.
La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre.
Paidós, 1ra. Ed. Argentina. 2008.
pp. 23-46.
1
Conocí a Jamar Perry en septiembre de 2005, en el gran
refugio jue la Cruz Roja había organizado en Baton Rouge,
Luisiana. Un grupo de jóvenes miembros de la cienciología
repartían, sonrientes, la cena entre la gente que esperaba
en fila, y él era uno de ellos. Me acababan de llamar la
atención por hablar con los evacuados sin un periodista a
mi lado y me estaba esforzando por disimular y mezclarme
con el gentío, una canadiense blanca en medio de un mar
de afroamericanos sureños. Me escabullí hasta la fila, detrás
de Perry, y le pedí que hablara conmigo como si fuéramos
amigos de toda la vida, y se avino amablemente.
Nacido y criado en Nueva Orleans, había pasado una
semana fuera de la ciudad inundada. Aparentaba unos
diecisiete años, pero me dijo que tenía veintitrés. Él y su
familia habían esperado a los autobuses de rescate hasta el
último momento. A falta de una evacuación organizada, se
habían lanzado al exterior, bajo un sol abrasador.
Finalmente habían terminado allí, en un inmenso centro de
congresos, en donde habitualmente se celebraban las ferias
de la industria farmacéutica y espectáculos de lucha libre
como Capital City Carnage: The Ultímate in Steel Cage
Fighting* Ahora, en el centro se apretujaban más de dos mil
2
camillas y una muchedumbre de gente exhausta y
enfadada bajo la vigilancia de los soldados de la Guardia
Nacional, tensos y con los nervios a flor de piel, recién
llegados de Irak.
<!--[if !supportLists]-->* <!--[endif]-->«Carnicería de la
capital: lo último en combates entre rejas». (N. de laT.)
Ese día corría la voz en el refugio de que Richard Baker, un
destacado congresista republicano de Nueva Orleans, le
había dicho a un grupo de presión: «Por fin hemos limpiado
Nueva Orleans de los pisos de protección oficial. Nosotros
no podíamos hacerlo, pero Dios sí».2 Joseph Canizaro, uno
de los constructores más ricos de Nueva Orleans, también
había expresado una opinión parecida:
«Creo que podemos empezar de nuevo, pasando página. Y en esa
página blanca tenemos grandes oportunidades».3 Durante
toda la semana, por el parlamento estatal de Luisiana en
Baton Rouge habían desfilado grupos de presión, y gente
de toda ralea con influencias y ganas de aprovechar esas
grandes oportunidades: menos impuestos, menos
regulaciones, trabajadores con salarios más bajos y «una
ciudad más pequeña y más segura», lo que en la práctica
equivalía a eliminar los proyectos de pisos a precios
asequibles y sustituirlos por promociones urbanísticas. Al
escuchar frases y expresiones como «empezar de nuevo» y
«pasar página», casi se le olvidaba a uno el hedor nocivo de
los escombros, las mareas químicas y los restos humanos
que se amontonaban a unos pocos kilómetros, en la autopista.
En el refugio, Jamar no podía pensar en otra cosa: «Para
mí no tiene nada que ver con limpiar la ciudad. Lo que yo
veo es un montón de gente del centro que ha muerto.
Personas que no deberían estar muertas».
Hablaba en voz baja, pero un hombre mayor que estaba en
la cola, delante de nosotros, le oyó y se dio la vuelta como
si le hubieran dado un latigazo: «¿Qué les pasa a esos
3
tipejos de Baton Rouge? Esto no es una oportunidad. Es una
maldita tragedia. ¿Están ciegos o qué?».
Una madre con dos niños intervino: «No, no están ciegos.
Son malvados. Tienen la vista perfectamente sana».
Milton Friedman fue uno de los que vio oportunidades en
las aguas que inundaban Nueva Orleans. Gran gurú del
movimiento en favor del capitalismo de libre mercado fue el
responsable de crear la hoja de ruta de la economía global,
contemporánea e hipermóvil en la que hoy vivimos. A sus
noventa y tres años, y a pesar de su delicado estado de salud,
el «tío Miltie», como le llamaban sus seguidores, tuvo
fuerzas para escribir un artículo de opinión en The Wall
Street Journal tres meses después de que los diques se
rompieran: «La mayor parte de las escuelas de Nueva
Orleans están en ruinas —observó Friedman—, al igual que
los hogares de los alumnos que asistían a clase. Los niños
se ven obligados a ir a escuelas de otras zonas, y esto es
una tragedia. También es una oportunidad para emprender
una reforma radical del sistema educativo».4
La idea radical de Friedman consistía en que, en lugar de
gastar una parte de los miles de millones de dólares
destinados a la reconstrucción y la mejora del sistema de
educación pública de Nueva Orleans, el gobierno entregase
cheques escolares a las familias, para que éstas pudieran
dirigirse a las escuelas privadas, muchas de las cuales ya
obtenían beneficios, y dichas instituciones recibieran
subsidios estatales a cambio de aceptar a los niños en su
alumnado. Era esencial, según indicaba Friedman en su
artículo, que este cambio fundamental no fuera un mero
parche sino una «reforma permanente».5
Una red de think tanks y grupos estratégicos de derechas
se abalanzaron sobre la propuesta de Friedman y cayeron
sobre la ciudad después de la tormenta. La administración
de George W. Bush apoyó sus planes con decenas de
millones de dólares con el propósito de convertir las
escuelas de Nueva Orleans en «escuelas chárter», es decir,
4
escuelas originalmente creadas y construidas por el Estado
que pasarían a ser gestionadas por instituciones privadas
según sus propias reglas. Hay un gran debate en torno a
las escuelas chárter en Estados Unidos, pues muchos
padres y madres afroamericanos opinan que son un paso
atrás en el camino de los derechos civiles, que garantizaba
una educación igual para todos los niños. Sin embargo,
para Milton Friedman el mismo concepto de sistema de
educación pública apestaba a socialismo. Desde su punto de
vista, las únicas funciones del Estado consistían en la
«protección de nuestras libertades, contra los enemigos del
exterior y los del interior: defender la ley y el orden,
garantizar los contratos privados y crear el marco para
mercados competitivos».6 En otras palabras, policía y
soldados; cualquier cosa más allá, incluyendo una
educación gratuita e igualitaria, era una interferencia
injusta en las leyes del mercado.
En brutal contraste con el ritmo glacial al que se repararon
los diques y la red eléctrica de Nueva Orleans, la subasta
del sistema educativo de la ciudad se realizó con precisión y
velocidad dignas de un operativo militar. En menos de
diecinueve meses, con la mayoría de los ciudadanos pobres
aún exiliados de sus hogares, las escuelas públicas de
Nueva Orleans fueron sustituidas casi en su totalidad por
una red de escuelas chárter de gestión privada. Antes del
huracán Katrina, la junta estatal se ocupaba de 123
escuelas públicas; después, sólo quedaban 4. Antes de la
tormenta, Nueva Orleans contaba con 7 escuelas chárter, y
después, 31.7 Los maestros de la ciudad solían enorgullecerse
de pertenecer a un sindicato fuerte. Tras el desastre,
los contratos de los trabajadores quedaron hechos pedazos,
y los 4.700 miembros del sindicato fueron despedidos.8
Algunos de los profesores más jóvenes volvieron a trabajar
para las escuelas chárter, con salarios reducidos. La mayoría
no recuperaron sus empleos.
Nueva Orleans era, según The New York Times, «el
principal laboratorio de pruebas de la nación para el
5
incremento de las escuelas chárter», mientras el American
Enterprise Institute, un think tank de inspiración
friedmaniana, declaraba entusiasmado que «el Katrina
logró en un día [...] lo que los reformadores escolares de
Luisiana no pudieron lograr tras varios años intentándolo».9
Mientras, los maestros de escuela, que eran testigos de
cómo el dinero destinado a las víctimas de las inundaciones
era desviado de su objetivo original y se utilizaba para eliminar
un sistema público y sustituirlo por otro privado,
tildaban el plan de Friedman de «atraco a la educación».10
Estos ataques organizados contra las instituciones y bienes
públicos, siempre después de acontecimientos de carácter
catastrófico, declarándolos al mismo tiempo atractivas
oportunidades de mercado, reciben un nombre en este
libro: «capitalismo del desastre».
La columna de opinión de Friedman sobre Nueva Orleans
terminó siendo su última recomendación sobre políticas
públicas: murió menos de un año después, el 16 de
noviembre de 2006, a los noventa y cuatro años. Puede
parecer que la privatización del sistema de educación pública
de una ciudad norteamericana de tamaño medio fue
una preocupación modesta para el hombre considerado el
economista más influyente del pasado medio siglo, entre
cuyos discípulos se cuentan varios presidentes
estadounidenses, primeros ministros británicos, oligarcas
rusos, ministros de Finanzas polacos, dictadores del Tercer
Mundo, secretarios generales del Partido Comunista chino,
directores del Fondo Monetario Internacional y los últimos
tres jefes de la Reserva Federal.
No obstante, su decidida
voluntad de aprovechar la crisis de Nueva Orleáns para
instaurar una versión fundamentalista del capitalismo
también fue un adiós extrañamente adecuado para el
profesor de metro cincuenta y ocho y energía sin límites
que, en el apogeo de sus facultades, se describió como «un
predicador a la antigua pronunciando el sermón de los
domingos».11
Durante más de tres décadas, Friedman y sus poderosos
6
seguidores habían perfeccionado precisamente la misma
estrategia: esperar a que se produjera una crisis de primer
orden o estado de shock, y luego vender al mejor postor los
pedazos de la red estatal a los agentes privados mientras
los ciudadanos aún se recuperaban del trauma, para
rápidamente lograr que las «reformas» fueran
permanentes.
En uno de sus ensayos más influyentes, Friedman articuló el
núcleo de la panacea táctica del capitalismo
contemporáneo, lo que yo denomino doctrina del shock.
Observó que «sólo una crisis —real o percibida— da lugar a
un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las
acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que
flotan en el ambiente. Creo que ésa ha de ser nuestra
función básica: desarrollar alternativas a las políticas
existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo
políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable».12
Algunas personas almacenan latas y agua en caso de
desastres o terremotos; los discípulos de Friedman
almacenan un montón de ideas de libre mercado. Y una vez
desatada la crisis, el profesor de la Universidad de Chicago
estaba convencido de que era de la mayor importancia
actuar con rapidez, para imponer los cambios rápida e
irreversiblemente, antes de que la sociedad afectada
volviera a instalarse en la «tiranía del statu quo». Estimaba
que «una nueva administración disfruta de seis a nueve
meses para poner en marcha cambios legislativos
importantes; si no aprovecha la oportunidad de actuar
durante ese período concreto, no volverá a disfrutar de
ocasión igual».13 Es una variación del consejo de Maquiavelo
según el cual vale más comunicar de una sola vez «las
malas noticias», y supuso uno de los legados estratégicos
más duraderos de Friedman.
Milton Friedman aprendió lo importante que era aprovechar
una crisis* o estado de shock a gran escala durante la
década de los setenta, cuando fue asesor del dictador
general Augusto Pinochet. Los ciudadanos chilenos no sólo
7
estaban conmocionados después del violento golpe de
Estado de Pinochet, sino que el país también vivía
traumatizado por un proceso de hiperinflación muy agudo.
Friedman le aconsejó a Pinochet que impusiera un paquete
de medidas rápidas para la transformación económica del
país: reducciones de impuestos, libre mercado, privatización
de los servicios, recortes en el gasto social y una
liberalización y desregulación generales. Poco a poco, los
chilenos vieron cómo sus escuelas públicas desaparecían
para ser reemplazadas por escuelas financiadas mediante el
sistema de cheques escolares. Se trataba de la transformación
capitalista más extrema que jamás se había
llevado a cabo en ningún lugar, y pronto fue conocida como
la revolución de la Escuela de Chicago, pues diversos
integrantes del equipo económico de Pinochet habían
estudiado con Friedman en la Universidad de Chicago.
Friedman predijo que la velocidad, la inmediatez y el
alcance de los cambios económicos provocarían una serie
de reacciones psicológicas en la gente que «facilitarían el
proceso de ajuste».14 Acuñó una fórmula para esta dolorosa
táctica: el «tratamiento de choque» económico. Desde
hace varias décadas, siempre que los gobiernos han
impuesto programas de libre mercado de amplio alcance
han optado por el tratamiento de choque que incluía todas
las medidas de golpe, también conocido como «terapia de shock».
Pinochet también facilitó el proceso de ajuste con sus
propios tratamientos de choque, llevados a cabo por las
múltiples unidades de tortura del régimen, y demás técnicas
de control infligidas en los cuerpos estremecidos de los que
se creía iban a obstaculizar el camino de la transformación
capitalista. Muchos observadores en Latinoamérica se
dieron cuenta de que existía una conexión directa entre los
shocks económicos que empobrecían a millones de
personas y la epidemia de torturas que castigaban a
cientos de miles que creían en una sociedad distinta. Como
el escritor uruguayo Eduardo Galeano se preguntaba,
«¿cómo se mantiene esa desigualdad, si no es mediante
8
descargas de shocks eléctricos?».15
Exactamente treinta años después de que estas tres
distintas metodologías de shock cayeran sobre el pueblo de
Chile, la fórmula resurgió con mayor violencia en Irak.
Primero fue la guerra, diseñada, según los autores del
documento de doctrina militar Shock and Awe, para «controlar
la voluntad del adversario, sus percepciones y su
comprensión, y literalmente lograr que quede impotente
para cualquier acción o reacción».16 Luego vino la terapia de
shock económica, radical e impuesta por el delegado de la
administración estadounidense, cuando el país aún se
encontraba devorado por las llamas. Paul Bremer decretó
las medidas de rigor: privatizaciones masivas, liberalización
absoluta del mercado, un impuesto de tramo fijo del 15 % y
un Estado cuyo papel se vio brutalmente reducido.
El ministro de Finanzas provisional de Irak, Alí Abdul-Amir
Allawi, declaró entonces que sus conciudadanos estaban
«hartos de ser conejillos de Indias. El sistema ha sufrido
bastantes golpes por el momento, así que no nos hace
ninguna falta una nueva terapia de shock económica».17
Cuando los iraquíes se resistieron, los pusieron contra la
pared: terminaron en cárceles, donde sus cuerpos y mentes
se enfrentaron a más traumas y shocks, algunos mucho
menos metafóricos.
Empecé a investigar la dependencia entre el libre mercado
y el poder del shock hace cuatro años, al principio de la
ocupación de Irak. Después de informar desde Bagdad
acerca de los fallidos intentos de Washington de seguir con
sus planes de terapia de shock, viajé a Sri Lanka, meses
después del catastrófico tsunami del año 2004. Allí
presencié otra versión distinta de las mismas maniobras: los
inversores extranjeros y los donantes internacionales se
habían coordinado para aprovechar la atmósfera de
pánico, y habían conseguido que les entregaran toda la
costa tropical. Los promotores urbanísticos estaban
construyendo grandes centros turísticos a toda velocidad,
impidiendo a miles de pescadores autóctonos que
9
reconstruyeran sus pueblos, antaño situados frente al mar.
«En una cruel broma del destino, la naturaleza ha ofrecido
a Sri Lanka una oportunidad única: de esta terrible tragedia
nacerá un destino turístico de primera clase», anunció el
gobierno.18 Cuando el Katrina destruyó Nueva Orleans, la
red de políticos republicanos, think tanks y constructores
empezaron a hablar de «un nuevo principio» y atractivas
oportunidades; estaba claro que se trataba del nuevo
método de las multinacionales para lograr sus objetivos:
aprovechar momentos de trauma colectivo para dar el
pistoletazo de salida a reformas económicas y sociales de
corte radical.
La mayoría de las personas que sobreviven a una catástrofe
de esas características desean precisamente lo contrario de
«un nuevo principio». Quieren salvar todo lo que sea
posible y empezar a reconstruir lo que no ha perecido, lo
que aún se tiene en pie. Desean reafirmar sus lazos con la
tierra y los lugares en los que se han formado.
«Cuando ayudo a reconstruir la ciudad, siento que también yo estoy
reconstruyéndome», afirmaba Cassandra Andrews,
residente en la zona de Lower Ninth Ward, terriblemente
asolada durante las inundaciones, mientras seguía
limpiando las ruinas después de la tormenta.19 Pero a los
capitalistas del desastre no les interesa en absoluto
reconstruir el pasado. En Irak, Sri Lanka y Nueva Orleans,
los procesos engañosamente llamados «de reconstrucción»
se limitaron a terminar la labor del desastre original,
tirando abajo los restos de las obras, comunidades y
edificios públicos que aún quedaban en pie para luego
reemplazarlos rápidamente con Una especie de Nueva
Jerusalén empresarial; todo antes de que las víctimas del
conflicto o del desastre natural fueran capaces de
reagruparse y reclamar lo que les pertenecía.
Mike Battles supo expresarlo mejor: «Para nosotros, el
miedo y el desorden representaban una verdadera
promesa».20 El ex agente de la CIA de treinta y cuatro años
se refería al caos posterior a la invasión de Irak, y cómo
10
gracias a eso su empresa de seguridad privada, Custer
Battles, desconocida y sin experiencia en el campo, pudo
obtener contratos de servicios otorgados por el gobierno
federal por valor de unos 100 millones de dólares.21 Sus
palabras podrían constituir el eslogan del capitalismo
contemporáneo: el miedo y el desorden como catalizadores
de un nuevo salto hacia delante.
Cuando me puse a investigar sobre la relación entre los
enormes beneficios de las empresas y las grandes
catástrofes, pensé que me hallaba frente a un cambio
radical en la forma en que la «liberalización» de mercados
se desarrollaba en todo el mundo. Durante mi implicación
en el movimiento contra el poder de las empresas que hizo
su primera aparición global en Seattle en 1999, ya había
sido testigo de políticas parecidas, que favorecían a las
grandes multinacionales y se imponían en las cumbres de la
Organización Mundial de Comercio, a menudo contra la
voluntad de los países desfavorecidos, bajo amenaza de
negarles los préstamos del Fondo Monetario Internacional
si se oponían a ellas.
Las tres grandes medidas habituales
—privatización, desregulación gubernamental y recortes en
el gasto social— solían ser muy impopulares entre la gente,
pero con el establecimiento de acuerdos firmados y una
parafernalia oficial, al menos se sostenía el pretexto del
consentimiento mutuo entre los gobiernos que negociaban,
así como una ilusión de consenso entre los supuestos
expertos. Ahora, el mismo programa ideológico se imponía
mediante las peores condiciones coercitivas posibles:
la ocupación militar de una potencia extranjera después de
una invasión, o inmediatamente después de una catástrofe
natural de gran magnitud. Al parecer, los atentados del
11 de septiembre le habían otorgado luz verde a
Washington, y ya no tenían ni que preguntar al resto del
mundo si deseaban la versión estadounidense del «libre
mercado y la democracia»: ya podían imponerla mediante
el poder militar y su doctrina de shock y conmoción.
Sin embargo, a medida que avanzaba en la investigación de
11
cómo este modelo de mercado se había impuesto en todo
el mundo, descubrí que la idea de aprovechar las crisis y
los desastres naturales había sido en realidad el modus
operandi clásico de los seguidores de Milton Friedman
desde el principio. Esta forma fundamentalista del capitalismo
siempre ha necesitado de catástrofes para avanzar.
Sin duda las crisis y las situaciones de desastre eran cada vez
mayores y más traumáticas, pero lo que sucedía en Irak y
Nueva Orleans no era una invención nueva, derivada de lo
sucedido el 11 de septiembre. En verdad, estos audaces
experimentos en el campo de la gestión y aprovechamiento
de las situaciones de crisis eran el punto culminante de tres
décadas de firme seguimiento de la doctrina del shock.
A la luz de esta doctrina, los últimos treinta y cinco años
adquieren un aspecto singular y muy distinto del que nos
han contado. Algunas de las violaciones de derechos
humanos más despreciables de este siglo, que hasta ahora
se consideraban actos de sadismo fruto de regímenes
antidemocráticos, fueron de hecho un intento deliberado
de aterrorizar al pueblo, y se articularon activamente para
preparar el terreno e introducir las «reformas» radicales
que habrían de traer ese ansiado libre mercado.
En la Argentina de los años setenta, la sistemática política de
«desapariciones» que la Junta llevó a cabo, eliminando a
más de treinta mil personas, la mayor parte de los cuales
activistas de izquierdas, fue parte esencial de la reforma de
la economía que sufrió el país, con la imposición de las
recetas de la Escuela de Chicago; lo mismo sucedió en
Chile, donde el terror fue el cómplice del mismo tipo de
metamorfosis económica. En la China de 1989, la masacre
de la plaza de Tiananmen fue el shock que desató oleadas
de detenciones, más de decenas de miles, las cuales
permitieron al Partido Comunista convertir el país en una
zona de exportación al por mayor, bien surtida de trabajadores
demasiado aterrorizados como para exigir ningún derecho laboral.
En la Rusia de 1993, Boris Yeltsin
decidió enviar los tanques al parlamento, y maniobrar para
impedir que los líderes de la oposición fueran un obstáculo
12
para la privatización fulminante que dio lugar a la nueva
clase dirigente del país: los famosos oligarcas.
La guerra de las Malvinas, en 1982, permitió a Margaret
Thatcher superar la crisis de las huelgas de los mineros.
Gracias a la excitación patriótica que recorrió el país como
un relámpago, pudo aplastar la revuelta de los mineros y
lanzar la primera gran marea privatizadora de una
democracia occidental. En 1999, el ataque de la OTAN
contra Belgrado permitió que más tarde la antigua
Yugoslavia fuera pasto de rápidas privatizaciones, un
objetivo anterior a la propia guerra. La economía no fue en
absoluto la única motivación que desató estos conflictos,
pero en todos y cada uno de los casos, un estado de shock
colectivo de primer orden fue el marco y la antesala para la
terapia de shock económica.
Los traumáticos episodios que «prepararon el terreno» no
siempre han sido de carácter abiertamente violento. En los
años ochenta, en Latinoamérica y África, las crisis a causa
de las deudas forzaban a los países a «privatizarse o morir»,
como dijo un ex funcionario del FMI.22 Devorados por la
hiperinflación, y demasiado endeudados como para
negarse a las exigencias que venían de la mano de los
préstamos extranjeros, los gobiernos aceptaban los
«tratamientos de choque» creyendo en la promesa de que
les salvarían de mayores desastres.
En Asia, la crisis
financiera de 1997 y 1998 —de consecuencias comparables
a la Depresión de 1929— bajó los humos de los
denominados Tigres de Asia, abriendo sus mercados en lo
que el New York Times describió como «la mayor liquidación
por cierre del mundo».23 Muchos de estos países eran
democrácticos, pero las transformaciones radicales que
crearon el «libre mercado» no se instauraron
democráticamente. Más bien al contrario:
tal y como lo
entendía Friedman, la atmósfera de crisis a gran escala
ofrecía los pretextos necesarios para desestimar los deseos
expresados por los votantes y entregar las riendas del país
a los «tecnócratas» económicos.
13
Por supuesto, ha habido casos en los que la adopción de las
políticas económicas de libre mercado se ha producido de
forma democrática. Los políticos han presentado
propuestas de línea dura, y han ganado las elecciones,
siendo la presidencia de Ronald Reagan en Estados Unidos
el mejor ejemplo, y la elección en Francia de Nicolás
Sarkozy uno más reciente. En estos casos, no obstante, los
cruzados del capitalismo se enfrentaron a la presión del
público, y tuvieron que suavizar y modificar sus planes
radicales, viéndose obligados a aceptar cambios graduales
en lugar de una conversión total.
En resumen, el modelo
económico de Friedman puede imponerse parcialmente en
democracia, pero para llevar a cabo su verdadera visión
necesita condiciones políticas autoritarias. La doctrina de
shock económica necesita, para aplicarse sin ningún tipo
de restricción —como en el Chile de los años setenta, China
a finales de los ochenta, Rusia en los noventa y Estados
Unidos tras el 11 de septiembre—, algún tipo de trauma
colectivo adicional, que suspenda temporal o
permanentemente las reglas del juego democrático.
Esta cruzada ideológica nació al calor de los regímenes dictatoriales
de América del Sur, y en los nuevos territorios que ha
conquistado recientemente, como Rusia y China, coexiste
con comodidad, y hasta con provecho, con un liderazgo de
puño de hierro.
LA TERAPIA DE SHOCK EN CASA
La Escuela de Chicago de Friedman se ha impuesto en
todo el mundo desde los años setenta, pero hasta hace
poco su visión jamás se había aplicado totalmente en su
país de origen. Ciertamente, Reagan fue un pionero, pero
Estados Unidos aún cuenta con una red de asistencia y
seguridad social, y escuelas públicas a las que los padres se
aferran, según las palabras de Friedman, con «un
irracional apego a un sistema socialista».24
Cuando los republicanos se hicieron con el Congreso en
1995, David Frum, canadiense residente en Estados Unidos
y futuro redactor de discursos para George W. Bush, era
14
uno de los neoconservadores que pedía una revolución
económica de terapia de shock para el país. «Así es como
creo que debería hacerse: en lugar de recortes residuales,
un poco por aquí, otro poco por allá, yo eliminaría
trescientos programas en un día, este verano, todos los
cuales cuestan cada uno mil millones de dólares o menos.
Quizá no sean reducciones muy sustanciales, pero vaya si
queda claro que las cosas van a cambiar. Y esto se puede
hacer ya».25
Frum no pudo llevar a cabo sus planes domésticos para la
terapia de shock en ese entonces, sobre todo porque no
hubo ninguna crisis que preparara el terreno. Pero eso
cambió en 2001. Cuando se produjeron los atentados del
11 de septiembre, en la Casa Blanca pululaban un buen
número de discípulos de Friedman, incluyendo su gran
amigo Donald Rumsfeld. El equipo de Bush aprovechó la
ocasión, el momento de vértigo colectivo con ávida rapidez.
Al contrario de lo que algunos han afirmado, no fue porque
la administración hubiera maquinado lo sucedido, sino
porque las figuras clave del gobierno, veteranos de los
anteriores experimentos del capitalismo del desastre de
Latinoamérica y Europa del Este, formaban parte de un
movimiento que reza para que se produzcan las crisis igual
que los granjeros sedientos rezan para que llueva, como
los cristianos apocalípticos rezan para que llegue el Rapto
que ha de llevarse a los fieles a la vera de Jesús. Cuando por
fin se desata la tragedia, saben inmediatamente que ha
llegado su momento.
Durante tres décadas, Friedman y sus discípulos sacaron
partido metódicamente de las crisis y los shocks que los
demás países sufrían, los equivalentes extranjeros del 11
de septiembre: el golpe de Pinochet otro 11 de septiembre,
en 1973. Lo que sucedió en el año 2001 fue que una
ideología nacida a la sombra de las universidades
norteamericanas y fortalecida en las instituciones políticas
de Washington por fin podía regresar a casa.
Rápidamente, la administración Bush aprovechó la
15
oportunidad generada por el miedo a los ataques para
lanzar la guerra contra el terror, pero también para
garantizar el desarrollo de una industria exclusivamente
dedicada a los beneficios, un nuevo sector en crecimiento
que insufló renovadas fuerzas en la debilitada economía
estadounidense. El término «complejo del capitalismo del
desastre» la describe con más precisión; tiene tentáculos
más poderosos y llega más lejos que el complejo industrialmilitar
contra el que Dwight Eisenhower lanzó sus advertencias
al final de su mandato.
Estamos ante una guerra
global cuyos combates se libran en todos los niveles de las
empresas privadas cuya participación se subvenciona con
dinero público, y cuya misión sin fin es la protección del
territorio estadounidense a perpetuidad, al tiempo que debe
eliminar todo «mal» exterior. En apenas unos años, el
complejo ha extendido su presencia en el mercado bajo
distintas y cambiantes formas: desde la lucha contra el
terrorismo hasta las misiones de paz internacionales, desde
la seguridad municipal hasta la reacción con motivo de los
desastres naturales. El objetivo último de las corporaciones
que animan el centro de este complejo es implantar un
modelo de gobierno exclusivamente orientado a los
beneficios (que tan fácilmente avanza en circunstancias
extraordinarias) también en el día a día cotidiano del funcionamiento
del Estado; esto es, privatizar el gobierno.
La administración Bush empezó por subcontratar, sin
ningún tipo de debate público, varias de las funciones más
delicadas e intrínsecas del Estado: desde la sanidad para
los presos hasta las sesiones de interrogación de los
detenidos, pasando por la «cosecha» y recopilación de
información sobre los ciudadanos. El papel del gobierno en
esta guerra sin fin ya no es el de un gestor que se ocupa
de una red de contratistas, sino el de un inversor
capitalista de recursos financieros sin límite que
proporciona el capital inicial para la creación del complejo
empresarial y después se convierte en el principal cliente de
sus nuevos servicios. Basta citar tres datos que
demuestran el alcance de la transformación: en 2003, el
16
gobierno estadounidense otorgó 3.512 contratos a
empresas privadas en concepto de servicios de seguridad.
Durante un período de veintidós meses hasta agosto de
2006, el Departamento de Seguridad Nacional había
emitido más de 115.000 contratos similares.26 La «industria
de la seguridad interior» —hasta el año 2001
económicamente insignificante— se había convertido en un
sector que facturaba más de 200.000 millones de dólares.27
En 2006, el gasto del gobierno de Estados Unidos en
seguridad interior ascendía a una media de 545 dólares por
cada familia.28
Y eso si hablamos únicamente del frente nacional de la
guerra contra el terror; las fortunas se ganan luchando en
el extranjero. Sin contar los fabricantes de armas, cuyos
beneficios se han disparado gracias a la guerra en Irak, el
mantenimiento del ejército estadounidense es uno de los
sectores de servicios que más ha crecido en el mundo
entero.29
«Jamás se ha librado una guerra entre dos países
que tengan un McDonald's en su territorio», afirmó sin
rubor el columnista Thomas Friedman en el New York
Times en diciembre de 1996.30 No solamente se puso de
manifiesto su error dos años más tarde, sino que gracias al
modelo de beneficios militares, ahora el ejército
norteamericano va a la guerra con Burger King y Pizza Hut,
puesto que los contrata para hacerse cargo de las
franquicias que han de alimentar a los soldados en sus
bases militares desde Irak hasta la «miniciudad» de la
bahía de Guantánamo.
Luego, el sector de las ayudas humanitarias y la
reconstrucción de las zonas declaradas catastróficas. Irak
también constituyó una experiencia piloto, y la
reconstrucción orientada a los beneficios ya se ha
convertido en el nuevo paradigma global, sin importar si la
destrucción original procedía de los tanques de una guerra
preventiva, como sucedió con los ataques de Israel contra
el Líbano en 2006, o de la furia de un huracán. La escasez
de recursos y el cambio climático han abierto la puerta a
17
una avalancha de nuevos desastres naturales, un desfilar
permanente de apetitosas oportunidades de negocio: la
ayuda humanitaria es un mercado emergente demasiado
tentador como para dejarlo en manos de las
organizaciones no gubernamentales. ¿Por qué debe ser
UNICEF la encargada de la reconstrucción de las escuelas
cuando puede hacerlo Bechtel, una de las empresas
constructoras más grandes de Estados Unidos? ¿Por qué
recolocar a la gente sin hogar del Misisipi en apartamentos
vacíos subvencionados por el Estado cuando los pueden
alojar en cruceros de las líneas Carnival? ¿Para qué enviar
tropas de pacificación de la ONU a Darfur cuando
empresas privadas como Blackwater andan a la caza y
captura de nuevos clientes?
Y ahí radica la diferencia tras el
11 de septiembre: antes, las guerras y los desastres
ofrecían oportunidades para una pequeña parte de la
economía, como los fabricantes de aviones de combate, por
ejemplo, o las empresas constructoras que reparaban los
puentes bombardeados. El principal papel económico de las
guerras consistía en abrir nuevos mercados que
permanecían cerrados y en generar largas épocas de
crecimiento durante la posguerra. Ahora, la respuesta y las
medidas de reacción frente a guerras y desastres han
alcanzado tan alto grado de privatización que constituyen
un nuevo mercado en sí mismas: no es necesario esperar a
que termine la guerra para que empiece el desarrollo
económico. El medio es el mensaje.
Una de las ventajas más claras de este enfoque posmoderno
es que, en términos de mercado, no puede fallar. Como
decía un analista de mercado acerca de un trimestre con
unos resultados financieros excepcionalmente buenos para
la empresa de servicios energéticos Halliburton: «Irak fue
mejor de lo que esperábamos».31 Eso fue en octubre de
2006, en aquel entonces el mes más cruento de la guerra,
con más de 3.709 bajas de civiles iraquíes.32 Pero pocos
accionistas podían quejarse de una guerra que había
generado más de 20.000 millones de dólares de ingresos
para una única empresa.33
18
Entre el tráfico de armas, la privatización de los ejércitos, la
industria de la reconstrucción humanitaria y la seguridad
interior, el resultado de la terapia de shock tutelada por la
administración Bush después de los atentados es, en
realidad, una nueva economía plenamente articulada. Nació
en la era Bush, pero existe independientemente de una
administración concreta y seguirá funcionando entre los
intersticios del sistema hasta que la ideología supremacista
y empresarial que la propulsa quede en evidencia, aislada y
en entredicho. El complejo empresarial está en manos de
multinacionales estadounidenses, pero su naturaleza es
global: las compañías británicas aportan su experiencia con
una red de ubicuas cámaras de seguridad, las empresas
israelíes su pericia en la construcción de vallas y muros de
última tecnología, la industria maderera canadiense vende
casas prefabricadas que son diez veces más caras que las
del mercado local, y así podríamos seguir indefinidamente.
«No creo que nadie se haya planteado la industria de la
reconstrucción tras los desastres naturales como un
mercado inmobiliario hasta ahora», afirmó Ken Baker,
presidente de un grupo de industriales madereros de
Canadá. «Es una estrategia que nos permitirá
diversificarnos a largo plazo».34
En cuanto a su escala, el complejo empresarial surgido del
capitalismo del desastre está en pie de igualdad con los
«mercados emergentes» y el auge de las tecnologías de la
información que tuvieron lugar en los años noventa. De
hecho, las fuentes consultadas afirman que las cifras
barajadas son mucho más altas que entonces, y que la
«burbuja de la seguridad» inyectó vida en el mercado
cuando el negocio de Internet empezó a flaquear. Junto con
los grandes beneficios de la industria de los seguros (se
cree que alcanzaron un récord de 60.000 millones de
dólares en el año 2006, sólo en Estados Unidos), así como
los excelentes resultados de las compañías petrolíferas
(que crecen con cada nueva crisis), la economía del
desastre quizá haya salvado al mercado mundial de la
tremenda recesión que amenazaba con desatarse en la
19
víspera de los atentados de 2001.35
Un problema recurrente se presenta cuando tratamos de
relatar la historia de la cruzada ideológica que ha
desembocado en la privatización radical de la guerra y del
desastre: la ideología cambia continuamente de forma, de
nombres y de identidades. Friedman se consideraba un
«liberal», pero sus discípulos estadounidenses, que
relacionaban el liberalismo con elevados impuestos y
hippies, tendieron a identificarse como «conservadores»,
«economistas clásicos», «defensores del libre mercado», y
más tarde, seguidores de las «reaganomics»* o del
«laissez-faire».
En la mayor parte del mundo, son
conocidos como neoliberales, pero a menudo se utilizan los
términos «libre mercado» o, sencillamente,
«globalización». Únicamente desde mediados de los años
noventa, este movimiento intelectual dirigido por los
think tanks de extrema derecha con los que Friedman
trabajó durante varios años —como Heritage Foundation,
Cato Institute o American Enterprise Institute— empezó
a autodenominarse «neoconservador», un enfoque que ha
enrolado toda la potencia del ejército y de la maquinaria
militar al servicio de los propósitos del conglomerado
empresarial.
<!--[if !supportLists]-->* <!--[endif]-->Reaganomics:
término que combina economics (economía) y el
nombre del presidente Ronald Reagan. Describe la
política económica que éste llevó a cabo durante su
mandato. (N. de la T.)
Todas estas reencarnaciones comparten un compromiso
para con una trinidad política: la eliminación del rol
público del Estado, la absoluta libertad de movimientos de
las empresas y un gasto social prácticamente nulo. Pero
ninguna de las múltiples nomenclaturas que esta ideología
ha recibido parece suficientemente adecuada. Friedman
declaró que su propuesta era un intento de liberar al
mercado de la tenaza estatal, pero el historial de los
distintos experimentos económicos que se han llevado a
20
cabo nos muestra una realización muy distinta de su visión
de purista. En todos los países en que se han aplicado las
recetas económicas de la Escuela de Chicago durante las
tres últimas décadas, se detecta la emergencia de una
alianza entre unas pocas multinacionales y una clase
política compuesta por miembros enriquecidos; una
combinación que acumula un inmenso poder, con líneas
divisorias confusas entre ambos grupos. En Rusia, los
empresarios multimillonarios que forman parte del juego
de alianzas reciben el nombre de «oligarcas»; en China,
los «príncipes»; en Chile, «los pirañas»; y en Estados
Unidos, los «pioneros» de la campaña Bush-Cheney.
En lugar de liberar al mercado del Estado, estas élites políticas
y empresariales sencillamente se han fusionado,
intercambiando favores para garantizar su derecho a
apropiarse de los preciados recursos que anteriormente
eran públicos, desde los campos petrolíferos de Rusia,
pasando por las tierras colectivas chinas, hasta los
contratos de reconstrucción otorgados para Irak.
El término más preciso para definir un sistema que elimina
los límites en el gobierno y el sector empresarial no es
liberal, conservador o capitalista sino corporativista. Sus
principales características consisten en una gran
transferencia de riqueza pública hacia la propiedad privada
—a menudo acompañada de un creciente endeudamiento—,
el incremento de las distancias entre los inmensamente
ricos y los pobres descartables, y un nacionalismo agresivo
que justifica un cheque en blanco en gastos de defensa y
seguridad. Para los que permanecen dentro de la burbuja de
extrema riqueza que este sistema crea, no existe una forma
de organizar la sociedad que dé más beneficios.
Pero dadas las obvias desventajas que se derivan para la gran mayoría
de la población que está excluida de los beneficios de la
burbuja, una de las características del Estado corporativista
es que suele incluir un sistema de vigilancia agresiva (de
nuevo, organizado mediante acuerdos y contratos entre el
gobierno y las grandes empresas), encarcelamientos en
masa, reducción de las libertades civiles y a menudo,
21
aunque no siempre, tortura.
LA TORTURA COMO METÁFORA
De Chile a Irak, la tortura ha sido el socio silencioso de la
cruzada por la libertad de mercado global. Pero la tortura
es más que una herramienta empleada para imponer reglas
no deseadas a una población rebelde. También es una
metáfora de la lógica subyacente en la doctrina del shock.
La tortura, o por utilizar el lenguaje de la CIA, los
«interrogatorios coercitivos», es un conjunto de técnicas
diseñado para colocar al prisionero en un estado de
profunda desorientación y shock, con el fin de obligarle a
hacer concesiones contra su voluntad.
La lógica que anima
el método se describe en dos manuales de la CIA que
fueron desclasificados a finales de los años noventa. En
ellos se explica que la forma adecuada para quebrar «las
fuentes que se resisten a cooperar» consiste en crear una
ruptura violenta entre los prisioneros y su capacidad para
explicarse y entender el mundo que les rodea.36 Primero, se
priva de cualquier alimentación de los sentidos (con
capuchas, tapones para los oídos, cadenas y aislamiento
total), luego el cuerpo es bombardeado con una
estimulación arrolladora (luces estroboscópicas, música a
toda potencia, palizas y descargas eléctricas).
En esta
etapa, se «prepara el terreno» y el objetivo es provocar
una especie de huracán mental: los prisioneros caen en un
estado de regresión y de terror tal que no pueden pensar
racionalmente ni proteger sus intereses. En ese estado de
shock, la mayoría de los prisioneros entregan a sus
interrogadores todo lo que éstos desean: información,
confesiones de culpabilidad, la renuncia a sus anteriores
creencias. Uno de los manuales de la CIA ofrece una
explicación particularmente sucinta: «Se produce un
intervalo, que puede ser extremadamente breve, de
animación suspendida, una especie de shock o parálisis
psicológica. Esto se debe a una experiencia traumática o
subtraumática que hace estallar, por así decirlo, el mundo
que al individuo le es familiar, así como su propia imagen
22
dentro de ese mundo. Los interrogadores experimentados
saben reconocer ese momento de ruptura y saben
también que en ese intervalo la fuente se mostrará más
abierta a las sugerencias, y es más probable que coopere,
que durante la etapa anterior al shock».37
La doctrina del shock reproduce este proceso paso a paso,
en su intento de lograr a escala masiva lo que la tortura
obtiene de un individuo en la sala de interrogatorios. El
ejemplo más claro fue el shock del 11 de septiembre, día en
el cual para millones de personas el «mundo que les era
familiar» estalló en mil pedazos, y dio paso a un período de
profunda desorientación y regresión que la administración
Bush supo explotar con pericia. De repente, nos
encontramos viviendo en una especie de Año Cero, en el
cual todo lo que sabíamos podía desecharse
despectivamente con la etiqueta de «antes del 11-S».
Aunque la historia jamás había sido nuestro fuerte,
Norteamérica se había convertido en una tabla rasa, una
verdadera «página en blanco» sobre la cual se podían
«escribir las palabras más nuevas y más hermosas», como
Mao le decía a su pueblo.38 Un nuevo ejército de
especialistas se materializó rápidamente para escribir
nuevas y hermosas palabras sobre el tapiz receptivo de
nuestra conciencia postraumática: «choque de civilizaciones
», grabaron. «Eje del mal», «fascismo islámico»,
«seguridad nacional». Con el mundo preocupado y absorto
por las nuevas y mortíferas guerras culturales, la
administración Bush pudo lograr lo que antes del 11 de
septiembre apenas había soñado: librar guerras privadas en
el extranjero y construir un conglomerado empresarial de
seguridad en territorio estadounidense.
Así funciona la doctrina del shock: el desastre original —
llámese golpe, ataque terrorista, colapso del mercado,
guerra, tsunami o huracán— lleva a la población de un país
a un estado de shock colectivo. Las bombas, los estallidos
de terror, los vientos ululantes preparan el terreno para
quebrar la voluntad de las sociedades tanto como la música
23
a toda potencia y las lluvias de golpes someten a los
prisioneros en sus celdas. Como el aterrorizado preso que
confiesa los nombres de sus camaradas y reniega de su fe,
las sociedades en estado de shock a menudo renuncian a
valores que de otro modo defenderían con entereza. Jamar
Perry y sus compañeros de evacuación en el refugio de
Baton Rouge tuvieron que sacrificar los pisos de protección
oficial y las escuelas públicas.
Después del tsunami, los
pescadores de Sri Lanka tenían que abandonar su valiosa
tierra frente al mar y cederla a los constructores de hoteles.
Los iraquíes, si todo iba según lo planeado, tenían que caer
en tal estado de shock que cederían el control de sus
reservas petrolíferas, sus compañías estatales, y toda su
soberanía nacional al ejército estadounidense y sus bases
militares y zonas verdes.
LA GRAN MENTIRA
En el torrente de artículos escritos en el panegírico de
Milton Friedman, apenas se mencionó el papel de los
sbocks y las crisis que tanto habían contribuido a difundir
su modelo económico. En vez de eso, el fallecimiento del
economista se convirtió en una ocasión perfecta para
reescribir la historia oficial: de cómo su propuesta de
capitalismo radical se había convertido en la ortodoxia del
gobierno en prácticamente todos los rincones del globo.
Es un cuento de hadas, libre de toda violencia e imposición
que tan íntimamente ligadas van en esta cruzada, y
representa el golpe propagandístico más exitoso de las últimas
tres décadas. El cuento empieza así.
Friedman dedicó su vida a una pacífica lucha de ideas
contra los que creían que los gobiernos tienen la
responsabilidad de intervenir en el mercado para suavizar
su dureza. El estaba convencido de que la historia se había
«equivocado de vía» cuando los políticos empezaron a
prestar atención a John Maynard Keynes, el arquitecto
intelectual del New Deal y del moderno Estado del
bienestar.39 El hundimiento del mercado en 1929 había
establecido un consenso general: el laissez-faire había
24
fallado y los gobiernos debían intervenir en la economía
para redistribuir la riqueza y fijar un marco de regulación
empresarial. Durante esa etapa oscura para el libre
mercado, cuando el comunismo conquistaba el Este, y
mientras Occidente se entregaba al Estado del bienestar
y el nacionalismo económico arraigaba en el Sur
poscolonial, Friedman y su mentor, Friedrich Hayek,
protegían con suma paciencia la llama del capitalismo en
estado puro, sin empañarse por los intentos keynesianos
para crear riquezas colectivas que fueran la base de una
sociedad más justa.
«En mi opinión, el mayor error —escribió Friedman a
Pinochet en 1975— consiste en creer que es posible hacer
el bien con el dinero de los demás.»40 Pocos escuchaban;
la mayoría de la gente insistía en que sus gobiernos podían
y debían hacer el bien. Friedman fue descrito por la
revista Time en 1969 en términos despectivos: «un
duende o un pesado», y era reverenciado como profeta de
una selecta minoría.41
Por fin, tras décadas exiliado en la jungla intelectual,
llegaron los años ochenta y los gobiernos de Margaret
Thatcher (que llamó a Friedman un «luchador por la
libertad intelectual») y de Ronald Reagan (que fue visto
con un ejemplar de Capitalismo y libertad, el manifiesto de
Friedman, durante su campaña presidencial).42
Aquellos líderes políticos sí tuvieron el valor de implementar una
absoluta liberalización del mercado en el mundo real.
Según la historia oficial, después de que Reagan y
Thatcher liberaran democrática y pacíficamente sus
respectivos mercados, la libertad y la prosperidad
subsiguientes fueron tan obviamente deseables que
cuando las dictaduras cayeron una tras otra, desde Manila
a Berlín, las masas voceaban para que las reaganomics se
instalaran en sus puertas, junto con sus Big Macs.
Cuando la Unión Soviética por fin se derrumbó, la gente
del «imperio del mal» también estaba ansiosa por unirse a
la revolución friedmanita, al igual que los comunistas
25
reconvertidos en capitalistas de China. Eso quería decir
que no existía ningún obstáculo para construir un
verdadero libre mercado global, en el cual las empresas
no sólo gozaran de libertad absoluta en sus países de
origen, sino que también pudieran cruzar las fronteras
sin burocracias ni impedimentos, desatando la
prosperidad allá donde fueran. Existían dos grandes reglas
acerca de cómo debían ser las sociedades: había que
celebrar elecciones para votar a nuestros políticos, y las
economías debían aplicar el modelo de Friedman.
Fue, como Francis Fukuyama lo bautizó, «el fin de la historia»,
«el punto final de la evolución ideológica de la humanidad
».43 La revista Fortune, en su tributo a Friedman,
escribió que «navegó con la marea de la historia»; se
aprobó una resolución en el Congreso alabándolo como
«uno de los defensores más destacados de la libertad en
todo el mundo, no sólo en el campo de la economía sino en
todos los aspectos»; el gobernador de California, Arnold
Schwarzenegger, declaró que el 29 de enero de 2007 sería
el Día de Milton Friedman en todo el estado, y varias
ciudades y pueblos imitaron su gesto.
Un titular en The
Wall Street Journal ofrecía una cápsula de ordenada
información: «El hombre de la libertad».44
Este libro es un desafío contra la afirmación más apreciada
y esencial de la historia oficial: que el triunfo del
capitalismo nace de la libertad, que el libre mercado
desregulado va de la mano de la democracia. En lugar de
eso, demostraré que esta forma fundamentalista del
capitalismo ha surgido en un brutal parto cuyas
comadronas han sido la violencia y la coerción, infligidas en
el cuerpo político colectivo así como en innumerables
cuerpos individuales. La historia del libre mercado contemporáneo
—el auge del corporativismo, en realidad— ha
sido escrita con letras de shock.
Hay mucho en juego. La alianza corporativista está cerca
de conquistar su última frontera: los mercados y las
economías del petróleo del mundo árabe, hasta ahora
26
cerrados, y sectores de las economías occidentales que
llevan tiempo protegidos de la regla de los beneficios,
incluyendo la respuesta ante los desastres naturales y los
ejércitos. Puesto que ni siquiera se pretende buscar el
consenso público para privatizar funciones tan esenciales,
ni en el frente doméstico ni en el extranjero, es necesario
convocar a los jinetes de la violencia creciente y de
catástrofes aún mayores para alcanzar dichos objetivos.
Paradójicamente, como el papel decisivo de los shocks y las
crisis ha sido expurgado tan eficientemente del historial del
auge del libre mercado, las tácticas extremas desplegadas
en Irak y Nueva Orleans a menudo se tachan de prácticas
incompetentes o de amiguismo por parte de la Casa Blanca
de Bush. En realidad, las hazañas de Bush son una mera
punta del icerberg creado, una diminuta porción de una
campaña monstruosamente violenta que lleva en pie de
guerra cincuenta años para lograr la absoluta
liberalización del mercado.
Cualquier intento de responsabilizar a determinadas
ideologías por los crímenes cometidos por sus seguidores
debe plantearse con absoluta prudencia. Es demasiado
fácil afirmar que la gente con la que no estamos de
acuerdo no sólo se equivoca, sino que también son
tiranos, fascistas y genocidas. Pero también es cierto que
algunas ideologías constituyen un peligro para la
sociedad, y que deben ser identificadas como tales. Me
refiero a las doctrinas fundamentalistas y reconcentradas,
incapaces de coexistir con otros sistemas de creencias.
Sus seguidores deploran la diversidad y exigen mano libre
para poner en marcha su sistema perfecto. El mundo tal y
como es debe ser destruido, para que su pura visión
pueda crecer y desarrollarse debidamente. Arraigada en
las fantasías bíblicas de grandes inundaciones y fuegos
místicos, esta lógica lleva ineludiblemente a la violencia.
Las ideologías peligrosas son las que ansían esa tabla rasa
imposible, que sólo puede alcanzarse mediante algún tipo
de cataclismo.
27
Generalmente, los sistemas que claman por la eliminación
de pueblos y culturas enteros con el fin de satisfacer una
visión pura del mundo son aquellos que profesan una
extrema religiosidad y que propugnan la segregación
racial. Pero desde el colapso de la Unión Soviética, se ha
producido un reconocimiento histórico de los grandes
crímenes cometidos en nombre del comunismo. Los
sótanos de las agencias de información soviéticas han
abierto sus puertas a investigadores que se han
apresurado a contar el número de muertos en
hambrunas, campamentos de trabajos forzados y
asesinatos. El proceso ha generado un fuerte debate en
todo el mundo respecto al papel de la ideología que había
detrás de estas atrocidades, y hasta qué punto ésta es
responsable de aquéllas, o bien si la distorsión del sistema
se debe a que tuvo líderes como Stalin, Ceaucescu, Mao o Pol Pot.
«Fue el comunismo de carne y hueso el que impuso la
represión en masa, que terminó creando un reinado del
terror estatal», escribe Stéphane Courtois, coautor del
polémico El libro negro del comunismo. «¿Podemos decir
que la ideología no tiene la culpa?»45 Por supuesto que no.
Pero tampoco se puede deducir que todas las formas de
comunismo sean intrínsecamente genocidas, corno se ha
dicho con total desparpajo. Ciertamente fueron
interpretaciones doctrinales y dictatoriales de la teoría
comunista que despreciaban la pluralidad las que llevaron a
las ejecuciones masivas de Stalin y a los campos de
reeducación de Mao. La dictadura comunista está, como
debe ser, por siempre empañada por esos experimentos en
sociedades reales.
¿Y qué hay de la cruzada contemporánea en pro de la
libertad de los mercados mundiales? Los golpes de Estado,
las guerras y las matanzas que han instaurado y apoyado
regímenes afines a las empresas jamás han sido tachados
de crímenes capitalistas, sino que en lugar de eso se han
considerado frutos del excesivo celo de los dictadores,
28
como sucedió con los frentes abiertos durante la Guerra Fría
y la actual guerra contra el terror. Si los adversarios más
comprometidos contra el modelo económico corporativista
desaparecen sistemáticamente, ya sea en la Argentina de
los años setenta o en el Irak de hoy en día, esa labor de
supresión se achaca a la guerra sucia contra el comunismo
o el terrorismo. Prácticamente jamás se alude a la lucha
para la instauración del capitalismo en estado puro.
No estoy afirmando que todas las formas de la economía de
mercado son violentas de por sí. Es perfectamente posible
poseer una economía de mercado que no exija tamaña
brutalidad ni pida un nivel tan prístino de ideología pura.
Un mercado libre, con una oferta de productos
determinada, puede coexistir con un sistema de sanidad
pública, escolarización para todos y una gran porción de la
economía —como por ejemplo una compañía petrolífera
nacionalizada— en manos del Estado. También es posible
pedirles a las empresas que paguen sueldos decentes, que
respeten el derecho de los trabajadores a formar sindicatos,
y solicitar a los gobiernos que actúen como agentes de redistribución
de la riqueza mediante los impuestos y las
subvenciones, con el fin de reducir al máximo las agudas
desigualdades que caracterizan al Estado corporativista.
Los mercados no tienen por qué ser fundamentalistas.
Keynes propuso exactamente esta combinación de
economía regulada y mixta después de la Gran Depresión,
una revolución en las políticas públicas que dio lugar al New
Deal y a transformaciones parecidas en todo el mundo. Era
exactamente el sistema de compromisos, equilibrios y
controles que la contrarrevolución de Friedman se dispuso
a desmantelar metódicamente en todo el mundo.
Bajo este prisma, la Escuela de Chicago y su modelo de capitalismo
tienen algo en común con otras ideologías peligrosas: el
deseo básico por alcanzar una pureza ideal, una tabla rasa
sobre la que construir una soci