El día que nació el mito
Marcelo, hijo del capo cómico, cuenta la mañana en que se enteró de la trágica muerte de su padre. Extracto del libro “El Negro Olmedo, mi viejo”.
El teléfono sonó poco antes de las ocho de la mañana. Tal vez a las siete y media. Yo dormía en mi habitación del departamento de Montevideo y Santa Fe donde vivía con mi hermano Mariano, mi vieja y mi tía desde que tenía quince años. Tenía contestador, de los primeros, parecía de madera. No me había acostado muy tarde porque, como a las once de la mañana, tenía que tomar un vuelo a Punta del Este con Mariano. Era el final de nuestras vacaciones. En los últimos dos o tres años siempre íbamos a Punta de Este y nos quedábamos esperando al viejo, que venía entre el diez y el quince de marzo más o menos para pasar mi cumpleaños y tomarse sus vacaciones después de la temporada teatral de Mar del Plata.
Ignoré el teléfono y seguí durmiendo. Segundos después entró en la habitación mi vieja, prendió la luz y me dijo con la cara crispada y los ojos húmedos:
-¡¡En la radio están diciendo que tu papá se mató!!
Me incorporé de la cama, Mariano también se levantó, alcancé a balbucear medio dormido:
-No puede ser…
-Llamala a Tita -dijo mi vieja, no terminó de decirlo que volvió a sonar el teléfono. Atendí. Era Tita. La radio de mi vieja y mi tía, que también se había levantado, estaban a todo volumen. No podía entender qué decían pero hablaban de la muerte del popular cómico Alberto Olmedo, cayó desde el balcón del departamento que ocupaba en el piso once del edificio Maral treinta y nueve frente a Playa Grande.
Al atender escuché la voz quebrada de Tita. Repetía:
-Marcelo… Marcelo… -lo dijo dos o tres veces. Después de decir hola me mantuve en silencio, aturdido por la situación que se había desatado. No habían pasado cinco minutos. No dije nada más. Le corté. O me cortó.
Desde ese momento empezó a sonar el teléfono sin parar, ya me había levantado y me estaba vistiendo, Mariano hacía lo mismo. Atendí a Hugo Sofovich y quedamos en vernos en media hora en el aeroparque. Busqué plata en un cajón, tomé mi billetera (algunas tragedias son más llevaderas con plata en el bolsillo), me aseguré de que estuvieran los documentos y las tarjetas de crédito y salimos con Mariano a tomar un taxi para llegar al aeroparque.
Con Mariano nos manteníamos en silencio en el taxi, pero el tachero subió el volumen de la radio, obviamente para escuchar lo que decían sobre la muerte de Olmedo. El taxista nos hizo algún comentario al respecto que no recuerdo con exactitud, del tipo: ¡Qué barbaridad!…
Se notaba que el hombre se sentía mal, estaba afectado por la noticia. Fue el primer indicio que tuve de que se trataba de una desgracia a nivel nacional, no era solamente la muerte de mi padre.
Al salir del edificio, el portero Ricardo y una vecina nos habían mirado con lástima y nos habían dado el pésame. La cosa se ponía densa. No estoy muy seguro, pero creo que fue desde entonces que empecé a usar anteojos negros con más frecuencia. Era la primera muerte que me tocaba enfrentar desde el lugar del deudo, ése al que todos quieren abrazar. La situación me resultaba molesta, pero sabía que sólo podía responder:
-Gracias…
Era (soy) el hijo de Olmedo; en ese entonces, tenía veinticinco años, bigote y buen pelo, no me podía permitir ser antipático. Tenía que estar a la altura de las circunstancias, no quería mostrar mis sentimientos en público. De cualquier manera funcionaba como autómata, debía llegar al aeroparque, sacar pasajes a Mar del Plata, tomar el avión, e ir hacia el edificio Maral treinta y nueve donde estaba toda la policía y el periodismo y hacerme cargo de la situación. Estudiaba Derecho, era su persona de confianza para los temas “serios”. Según mi viejo, era el que iba a salvar a la familia cuando alguno terminara en cana. Me ponía muchas fichas, quería que fuera “su hijo, el doctor”.
Cuando llegamos había periodistas en Aeroparque pero no nos reconocieron, Mariano y yo siempre tuvimos bajo perfil, igual que mis otros hermanos Javier y Sabrina. Nuestras caras no eran conocidas para la gente, aunque sí nos conocían los fotógrafos y periodistas. Al acercarnos a Hugo Sofovich, en el mostrador de venta, él ya había comprado varios pasajes para el primer vuelo a La Feliz. Le pregunté cuánto era y por supuesto, generoso y desprendido como fue siempre, me dijo que nada.
En el avión viajé en el asiento junto a Mariano y Tita.
El vuelo se movió un poco, era un día lluvioso tanto en Buenos Aires como en Mar del Plata. Los periodistas-poetas decían que el cielo lloraba.
Sentí algunas náuseas y tuve arcadas, pero sabía que no era por la turbulencia, era la manera en que se manifestaba mi estado de ánimo. Quería vomitar.
Al llegar a Mar del Plata, empezó el acoso periodístico en serio. Emilio Disi nos esperaba en su BMW marrón para llevarnos a Mariano y a mí al departamento donde estaban mis hermanos Fernando y Javier, pero le dije a Emilio que primero nos llevara al edificio donde todavía estaba el cuerpo de mi viejo tirado en la puerta. Lo hizo sin dudar. Nunca voy olvidar ni dejar de agradecerle a Emilio cómo se portó ese día. Nos seguían periodistas y fotógrafos en forma permanente.
Durante el viaje nos puso al tanto de lo que sabía, cómo había sido la noche anterior, dónde habían cenado, qué era lo que se decía que había sucedido.
Cuando llegamos al edificio, se habían llevado el cuerpo, subimos al piso once y nos encontramos con varios policías que revisaban el departamento, el entonces juez Hooft y el fiscal de turno. Emilio nos presentó y mientras él hablaba con el juez le dije a Mariano por lo bajo que tomara la cartera de papá y me la diera. Mi viejo usaba unas carteritas tipo morral chicas, como las que solía usar David Carradine, el protagonista de la serie Kung Fu. La encontró enseguida con habilidad y rapidez. La policía no la había visto o no le había prestado atención. Se la metió en un bolsillo. No quería que nadie viera el contenido antes que yo. En su cartera siempre guardaba los cigarrillos LM americanos, su encendedor Dupont o Cartier, alguna tarjeta de crédito, dinero o algunas otras cosas. Intentaba preservar su memoria.
Observé una mesita ratona de vidrio con varias botellas de champagne Chandón. En el balcón, el juez me hablaba con cara seria explicándome lo que habría sucedido. Aparentemente, mi viejo pisó en una maceta que usó de escalón para subirse a caballito de la baranda del balcón. Pude ver en el barro de la maceta la huella de un zapato. El relato del juez coincidía con lo que estaba observando yo en el lugar. Estaba tomando el champagne con Nancy Herrera, su última pareja conocida, de la que estaba distanciado hacía un año aproximadamente y que le dejó al viejo un sabor amargo y una decepción con un amigo.
También pude ver en la baranda negra del balcón la pintura arrancada por las uñas de papá, que se sostuvo colgando en el vacío todo lo que le aguantó el cuerpo y la mente. Más de un minuto y medio colgando, pidiéndole a Nancy que lo ayudara, que le agarrara la pierna. Ella no pudo o no tuvo la fuerza para subirlo. Los dos habían tomado mucho esa noche. El viejo siempre fue un sobreviviente y se aferró a la vida todo lo que pudo, cincuenta y tres años tenía cuando aflojó sus fuertes brazos, formados en la acrobacia del Club Newell’s Old Boys de Rosario y desde antes, cuando era un chico y tuvo que salir a laburar para ayudar a mi abuela, cargando canastas de frutas y verduras para hacer el reparto a domicilio, los bíceps que crecieron a los doce o catorce años trabajando en una carnicería, se relajaron y se soltó, según dijo Nancy alguna vez, como resignado.
Papá era un tipo muy sabio, lo fue para vivir y, estoy seguro, lo fue en el momento de la muerte. En un segundo supo que la caída era inevitable. Miró para abajo, evaluó en un instante la situación y el acróbata rosarino, sabiendo que no podía volver a subir al balcón, se tuvo fe, y se soltó.
Las pericias dicen que cayó en el pasto y rebotó hacia el asfalto. Un médico que pasaba le hizo masaje cardíaco y respiración boca a boca. Estaba vivo. Sobrevivió unos minutos.
Las pericias posteriores revelaron que había tratado de acomodar el cuerpo en el aire de manera de caer parado y amortiguar, como si fuera posible, el impacto. Cayó de rodillas.
Si hubiera sido unos pisos más abajo, si no hubiera tomado tanto, si se hubiera quedado cenando y bebiendo con su gente en el restaurant alemán en lugar de ir a encontrarse con Nancy… si hubiera hecho las cosas de otra manera quizás hoy estaría vivo.
Pero si hubiera hecho las cosas de otra manera no hubiera sido él. El Negro Olmedo murió en su ley, antes de tiempo, pero hizo la suya, como le gustaba decir.
El hombre, el artista, el amigo, el amante y el padre murieron la mañana del cinco de marzo de mil novecientos ochenta y ocho, el mismo día y a la misma hora en que nació el mito.
fuente:elortiba.org