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Alguien que abofetee a Kim

Info3/31/2013
Alguien que abofetee a Kim



El poder a veces se hereda, lo que no suele ser buena cosa. Si personas que han llegado a él por méritos propios no es raro que acaben perdiendo los papeles y con ellos cuantos merecimientos pudieran exhibir para ejercerlo, qué no puede suceder cuando la batuta está en manos de un imberbe cuyo principal título para sacudirla en el aire es que su papá se la pasó.

Los monarcas prudentes solían imponer a sus vástagos, y sobre todo a aquellos que podían heredarles el cetro, las suficientes pruebas y penalidades como para que el día en que se les hiciera entrega de su premio tuvieran alguna posibilidad de no gastarlo como unos perfectos insensatos. Cuentan que a los príncipes y princesas de Rusia los hacían dormir en catres de campaña, para que no se reblandecieran más de la cuenta. Lo que, a juzgar por cómo terminó la dinastía, no fue garantía de que salieran más juiciosos, o más queridos por el pueblo.

Que algo se ha descuidado gravemente en la educación de este príncipe, salta a la vista. Sólo ese descuido puede explicar que haya llegado a desentenderse hasta tal punto de la suerte que corran sus súbditos, que sea tan insensible a sus penalidades y que mantenga como prioridad absoluta una absurda agenda que nadie quiere y que no conduce a ninguna parte.

Pero el príncipe, emperrado en su quimera y sordo y ciego a las necesidades del pueblo que lo sustenta, sigue adelante empujado por unos genes que, para qué vamos a engañarnos, tampoco son como para tirar cohetes (o misiles). En su genealogía se alinean los déspotas, beneficiarios tan voraces como caprichosos del sudor de gentes a las que sólo ven como carne con la que alimentar una muchedumbre que los aclame en la plaza.

Cuando el príncipe llega a ese grado de idiotez congénita, fracasada su educación y prisionero de una naturaleza refractaria al aprendizaje, la única posibilidad que queda para devolverlo a la razón es que haya alguien que se la juegue e, ignorando sus órdenes inicuas y delirantes, lo abofetee como el niño malcriado que es. Del mismo modo en que el enano Tyrion Lannister, cuya sola existencia justifica tragarse toda la serie Juego de Tronos, le cruza la cara, jugándose la vida, al adolescente imbécil que resulta ser su sobrino y que lleva una corona en la cabeza.

Los norcoreanos están muertos de hambre y en estado de guerra desde este fin de semana porque en todo Pyongyang no parece haber nadie capaz de abofetear a Kim Jong-un, como tampoco lo hubo para hacer lo propio con su progenitor, el no menos estrafalario Kim Jong-il. A donde conduzca el esperpento es cuestión que se verá y que sólo cabe esperar que no dé en salpicar a demasiados inocentes, para lo que será preciso que otros pongan en la balanza el sentido común que falta bajo ese pelo cortado a tazón y bajo las palanganas invertidas que usan como gorra los generales que grotescamente lo rodean.

No es, sin embargo, el único príncipe desconectado de la realidad y falto de unos cachetes. Los hay más calamitosos y sanguinarios que él, véase el ex oculista Asad, que ha sumido a Siria en una guerra civil que ya dura dos años y cuenta sus víctimas por decenas de miles. Y lo más alarmante es que esa misma desconexión, desde que en 2008 se le fundieron los plomos a la economía occidental, se aprecia entre otra clase de líderes, en teoría designados por las urnas, pero que en la práctica se comportan como miembros de una casta que ejerciera su poder sobre una población destinada a obedecerles, y a la que no deben rendir más cuentas que las que les apetezcan.

Mientras perseveran en su sordera y su ceguera, tan principescas, muchos ciudadanos empiezan a sentir lo mismo. Que hace falta que alguien los abofetee. Pronto. Como a Kim.
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