La estadística oficial continúa esquivando el relato del gobierno.

En el primer bimestre del año, la producción de petróleo en el país superó levemente los cinco millones de metros cúbicos (m3). La cifra representa una caída del 6% en relación con el mismo período del año anterior y del 19% cuando se la compara con la del 2008.
La producción de gas en el territorio nacional sigue esta misma tendencia, con caídas promedio del 7% y 16% respectivamente.
En mayo del año pasado, frente al fervor generado por la expropiación de YPF, la presidenta de la Nación, Cristina Fernández, anunciaba el inicio de un nuevo ciclo para la Argentina. "Volvemos a tener la soberanía energética del país y dejaremos de importar los 10.000 millones de dólares que el año pasado tuvimos que entregar para comprar energía", aseguraba en ese entonces en el Salón de la Mujer de la Casa Rosada. Entre ovaciones y estribillos de un centenar de jóvenes militantes de la agrupación La Cámpora, la presidenta pronunció un discurso por cadena nacional de unos 60 minutos. Culpó a YPF Repsol por la falta de inversiones y la caída de la producción de hidrocarburos en el país. Los otros. Siempre el dedo acusador intentando eludir sus propias responsabilidades. Una conducta que pareciera que está en la genética del kirchnerismo a la hora de irrumpir la crisis dentro del modelo nacional y popular.
El relato oficial en aquel mayo del 2012 auguraba un cambio de página para el país.
Pero en menos de un año, los hechos vuelven a contradecir la oratoria de la administración Kirchner.
"La única verdad es la realidad". Frase peronista si las hay. Palabras que encajan perfectamente con lo que está viviendo hoy la industria hidrocarburífera argentina.
La estadística oficial detalla que, pese a la fuerza discursiva de la presidenta, el año pasado se mantuvieron los valores de las importaciones, los que se deberían haber bajado tomando en cuenta las supuestas subas de producción de la estatizada YPF.
Pero las cosas no mejoran. Para este año las proyecciones privadas aseguran que las importaciones crecerán un piso del 20%, para ubicarse por encima de los 12.000 millones de dólares.
El concepto de fondo de todo este nuevo escenario es el fracaso del Estado sobre la política aplicada para la actividad.
Por acción u omisión, este gobierno derrochó toda la energía de los argentinos sin prever sus consecuencias. Como esta mala praxis no genera un cacerolazo masivo, ni reclamos frente a las urnas; es decir no tiene costos políticos de corto plazo, los responsables de esta crisis conservan sus funciones recorriendo el país con su relato de mayores inversiones y promesas de mejoras sobre un futuro totalmente incierto. Es así que el ministro De Vido y sus secretarios se mantienen atados al modelo.
Pero eso poco afecta al entorno íntimo de la presidenta.
Contrariamente al concepto eternizado en boca del general Juan Perón ("La única verdad es la realidad", que en realidad corresponde al filósofo Aristóteles) lo que pareciera que verdaderamente importa para el actual gobierno es lo que se dice y no lo que realmente se hace.
Ejemplos recientes de este nuevo y falso paradigma K lo podemos encontrar en la tragedia de Once y las catastróficas inundaciones ocurridas días atrás en La Plata que dejaron decenas de muertos.
Otra de las paradojas que enfrenta el relato con la realidad.
Una Argentina equivocada
Durante los algo más de cinco años, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner dio a conocer un relato sin contenidos, el que se distribuyó por todos los medios oficiales y no oficiales buscando convalidar las bondades que generaba la política energética aplicada desde el 2003 a la fecha.
Hoy, en definitiva, lo que se está pagando es el costo de la improvisación y la demagogia de un gobierno que recibió en su momento una de las actividades más competitivas que tenía la economía del país. Lo único que hizo hasta el presente, y con los resultados a la vista, fue derrochar la energía aprovechando la inercia que habían generado todas las inversiones realizadas en el sector durante la década menemista.
Pero, contra viento y marea, el relato K continúa.
Hacia afuera, siguen asegurando que las inversiones están llegando por miles de millones al país, que todo el mundo quiere asociarse con YPF para explorar el yacimiento Vaca Muerta o, sencillamente, señalan que la Argentina es un país de oportunidades y que nadie va a querer dejar de hacer negocios en nuestro territorio.
Hacia adentro, donde se concentra el núcleo del poder del oficialismo, y tal como informó esta semana el periodista Javier Blanco, en La Nación: "La política energética del kirchnerismo ya renunció al autoabastecimiento". Es decir, comienzan a asumir la imposibilidad de revertir en el mediano plazo los desequilibrios energéticos que sufre la economía del país. Tal vez, hasta encuentren nuevos culpables antes de hacer anuncios públicos sobre el tema.
En la actualidad, el 23% del gas que se consume en el territorio se importa. Para este año, las compras totales energéticas reportarán una fuga de divisas en torno de los 12.000 millones de dólares.
Mientras tanto, el gobierno insiste en perseguir a los ciudadanos que parten al exterior de vacaciones y a las agencias de viajes para que dejen de gastar sus dólares afuera.
Los primeros desequilibrios en nuestra matriz energética los marca el sentido común.
El gas importado se cancela hasta 17 dólares el millón de BTU cuando aquí se está pagando a las empresas productoras 2,6 dólares. ¿Quién puede pensar en que alguien vendrá a invertir en el país en estas condiciones?
Todo pareciera indicar que la idealización del kirchnerismo por el intervencionismo permanente en la economía generó la ilusión de continuidad en el crecimiento.
Y una de las naves insignias de esta épica discursiva fue, en los últimos diez años, la industria energética. No tuvo en cuenta que hasta el capitalismo estatista necesita sostener su demanda con rentabilidad e inversión. No alcanza sólo con mejoras en el poder adquisitivo.
Paralelamente a este nuevo nivel de intervencionismo, el kirchnerismo apostó a recrear una burguesía nacional como protagonista central de este crecimiento ininterrumpido de la economía.
Mientras tanto, los grupos concentrados fugaron sus capitales en lugar de invertir, pasando a engrosar sus patrimonios locales con subvenciones estatales.
Estos proyectos oficiales nunca terminaron por cumplirse. Y en el camino quedó la industria petrolera. Toda una mala praxis que termina por afirmar la consigna de haber vivido en una Argentina equivocada, con la sensación de enfrentarnos, nuevamente, a una década perdida.