Ante el anuncio de la partida de Benedicto XVI, comparto con ustedes unas breves líneas -que si bien fueron escritas por otro y hace casi cuarenta años- hoy, por esas misteriosas cosas de la existencia, reclaman ser puestas en la boca de nuestro papa. Mi marcha los ha sorprendido. Muchos no han comprendido y se hacen preguntas… Unos querían que adapte, otros que organice, todos que estabilice. Debo decirlo claramente: Me voy y no tengo intención de regresar. Pues he partido para vivir la única exigencia difícil de mi función. El papel de todo papa es favorecer la comunión de las iglesias… y yo he dejado el Vaticano para dignificar ese papel, según el evangelio. Como muchos de ustedes ahora, me he encontrado dividido, y lo sigo estando todavía. Pero poco a poco he visto madurar y fortalecerse esta decisión, que les pido que compartan conmigo. Desde hace siglos el papa se había convertido en una especie de ídolo para la galería del pueblo cristiano: parecía disponer de la inteligencia y de la voluntad de Dios, y todos le debían obediencia. Había que poner fin a esta situación. Jesús nunca trataba así a los que se le acercaban; siempre despertaba en ellos la libertad y la responsabilidad. He marchado para crea el vacío, para los que son hombres dejen de comportarse como niños; para que los cristianos lleguen a ser cristianos. Me doy cuenta –mejor que ustedes- de la ruptura que supone esta decisión, pero me atrevo a creer delante de Dios, que era le mejor manera de acoger la savia vivificante de la Tradición cristiana.Ser transmisor fiel del pasado no consiste en conservar las formas inmóviles, sino en hacerlo vital y fecundo hoy. La tradición no es la reproducción repetitiva sino la novedad que nace de lo mejor del pasado. He creído escuchar, como una invitación clara, las palabras de Jesús a los suyos: “Les conviene que me vaya”. He marchado, pero permaneceré presente y de mejor manera. Sé que algunos van a decir que destruyo el equilibrio de la iglesia, que voy a hacer perder la fe a las masas cristianas. ¿Desequilibrio? Sí, pero sólo se avanza en el perpetuo desequilibrio del camino. ¿Perder la fe? Sólo se pierde lo que se tiene, no se pierde lo que se es. Sé que el evangelio es imposible. Jesús murió por ello. Porque Jesús no quiso acomodar su vida y su mensaje a la sociedad de su tiempo, y corrió riesgo de muerte. Nosotros tenemos que buscar esa libertad, venciendo el miedo. Los profetas denunciaban y gritaban, abrían constantemente ante los hombres el espacio de Dios. Somos “cooperadores de la verdad”, pero cuántas veces hemos copiado a las sociedades como si el objetivo primordial fuera nuestra propia supervivencia y prosperidad, meramente humana, sin correr el riesgo de perder la estima, el dinero, el éxito sobre los hombres… sin correr el riesgo de morir, si hace falta, para las resurrecciones que sólo Dios da. A todos les quiero decir: En las dudas del presente, hay que amar el futuro, porque Dios viene a nosotros. Pero solo se puede amar el futuro entregándose a hacerlo y recibirlo. Un día sabremos cómo las manos de Dios entrelazaban con las nuestras, un día sabremos que el rostro de Dios era también el de los hombres que nos rodean. Solamente la sangre de nuestras vidas puede escribir las respuestas a las preguntas que nos dejan perplejos: el mundo y la Iglesia de mañana exigen todas nuestras energías de hoy. La incertidumbre, la inquietud, el vértigo y los conflictos quizás aumenten en estos años de equinoccio de la historia. Así pues, deseo que se apoyen los unos en los otros y tejan la red de los hombres reunidos. En el momento en que las seguridades del pasado desaparecen y el hombre se entrega a su libertad, que los cristianos puedan ser el fermento de humanidad. El reino de Dios está ahí, en todas partes, cerca. Porque Dios siempre está delante, y los que van tras él saben que las posibilidades no tiene límites cuando la humanidad se entrega al amor. Recen por mí, pues lo necesitaré. Descuiden, también oraré por ustedes. Su hermano Joseph Ratzinger. Original: G. Bessière. Nuevas aventuras del Papa Jacinto. SÍGUEME, España, 1974. Adapatación: H. Ascorra, 2013. He creído escuchar las palabras de Jesús: "les conviene que me vaya..."
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