Introducción
Entre los muchos conceptos problemáticos de la filosofía clásica, está ése que arrastran desde el Sócrates a punto de beber la cicuta a Séneca al abrirse las venas, la buena muerte, el prepararse toda la vida para morir bien, que es el acto de mayor dignidad para el filósofo. Creo que esto, más allá de las doctrinas mismas que lo justifican, se explica ante todo porque la cultura grecorromana es una cultura esencialmente guerrera, y en la guerra no hay mayor honor que morir empuñando las armas, supeditando el yo al bien de la formación de infantería, el yo al bien general. Esta belleza del joven que muere atravesado por una lanza no es para los griegos nada idealizado, basta leer cualquiera de las muertes que ocurren en la Ilíada, la cosa no es ni agradable ni algo que uno le desearía a un ser querido, pero sin embargo, más allá del barro y la sangre, hay una belleza en el gesto, en la acción misma del que se entrega en la flor de la juventud al deber de proteger la polis, la idea del ser cívico.
En nuestra Argentina, la última y delirante acción militar, en que esos mismos jóvenes se entregaron a una aventura que no protegía otra cosa que un poder bruto y criminal, nos ha hecho cortar los lazos para siempre con ese pasado heroico. Hoy vivimos la hazaña de los pobladores que derramaron su sangre en la batalla de Tucumán, o los que cruzaron los Andes, como un deber escolar, y olvidamos que efectivamente, murieron por ideas ciertas, por una idea de una polis o pueblo que estaba tratando de nacer, y eso, en cierta forma, hace de sus muertes anónimas, muertes bellas. Quizás cada uno de esos gauchos humildes haya muerto, lanza en mano, como un filósofo, como un Sócrates.
La tradición céltica de la guerra - Irlanda
Entre los pueblos que se desarrollaron al calor de la guerra, que se forjaron en las armas aún antes de haber podido forjar planchas para escribir sus leyendas, está el pueblo de Irlanda, colonizado por los celtas en la edad del hierro. Un pueblo que creía en la belleza de la guerra y las cabezas cortadas, pero sobre todo, en el poder de la poesía y la tradición oral. Dos figuras, alejadas de la sociedad, gozaban de dignidad especial, los druidas y los bardos. Ambos eran aún más temidos que los guerreros. Los segundos, los bardos, eran poetas, tocaban la lira y cantaban las hazañas de los héroes. Eran los guardianes de la memoria, y su música tenía valor mágico, encantaban a los ejércitos, les daban fuerzas sobrenaturales para la batalla. Los reyes les temían y los honraban, porque la única forma de ser inmortalizado era en estos seres capaces de actualizar los mitos a lo largo de los tiempos. El fin de los bardos y druidas llegaría con la escritura y la conquista otros guerreros, los romanos, y su nueva religión.
Entre todos los héroes de Irlanda el más grande fue Cuchulainn, el gran guerrero del Ulster. Cuchulainn murió en la flor de la edad, cargado de gloria y las almas de sus enemigos. Representó por milenios el ideal del guerrero céltico, tan distinto al grecorromano, y sin embargo, él, que representaba la máxima expresión de la guerra como gloria individual, dio su vida en pos de algo mayor que ese individuo, dio la vida protegiendo su ciudad que ni siquiera tenía esa dignidad de polis que tenía más al sur, del otro lado del mar.
El nacimiento - Setanta
Cuchulainn era, como en muchos mitos, hijo de un dios y una virgen. Su madre se llamaba Dechtira, y era ella misma de linaje divino. La madre de Dechtira, Maga, era hija del dios del amor, Aonghus. Su padre era el druida o sabio Cathbar, consejero del rey del Ulster, Conchobar Mac Nessa.
Dechtira fue dada en matrimonio a Sualtam Mac Roth, pero durante el banquete nupcial, entró en un sueño profundo cuando una mosca cayó en su copa de vino. Ella tuvo una visión de un joven bello y poderoso, que se cubriría de gloria pero moriría joven. Convertida junto a cincuenta doncellas en una bandada de pájaros, entró al mundo de los dioses. Entre los celtas se creía que nuestro mundo mortal coexistía con otros paralelos, y que existían puntos o puertas de intersección entre esos mundos. Esos tabiques se abrían en distintas fechas del año, la más temida era el 31 de Octubre (de ahí la fiesta de Halloween en el norte) cuando todas las puertas se abrían y los seres sobrenaturales caminaban por la tierra.
Pasaron tres años y una bandada de aves de los colores más bellos e inauditos sobrevoló el Ulster. Un grupo de héroes salió con sus hondas a intentar cazar alguno de esos pájaros maravillosos, pero ninguno pudo acertarles. El druida Cathbad se presentó ante el rey. Había tenido una visión. Poco después, en el bosque reaparecían Dechtira y sus doncellas luego de su estancia en el otro mundo. Ella estaba embarazada del dios máximo entre los celtas, Lugh, dios del sol.
Sultam Mac Roth estaba tan alegre de tener a su amada de vuelta, que aceptó al niño como propio. Cuando nació, lo llamaron Setanta.
El sabueso - el nombre
Setanta empezó a destacarse entre los niños por sus habilidades marciales. Manejaba todas las armas, pero sobre todo la espada y la lanza.
Siendo preadolescente, acompañó a su padre adoptivo a un banquete que daba el gran herrero Culann, hombre de confianza del rey. Culann tenía guardando su residencia a un sabueso gigantesco, que había sido criado con carne humana y era capaz de romper un cráneo con sus fauces. Mientras Setenta esperaba a su padre, fue atacado por el animal. Cuando Culann y Sualtam Mac Roth salieron de la casa, hallaron al joven Setanta junto al cadáver del perro. Le había desencajado las fauces con sus propias manos. Apenado, el joven se ofreció a ser guardaespaldas del herrero hasta que pudiera conseguir un nuevo guardián. Culann, impresionado, se negó, pero Setenta ahora tenía un apodo, la inmortalidad lo conocería como “el sabueso de Culann” Cuchulainn.
Descripción
Setanta empezó a destacarse entre los niños por sus habilidades marciales. Manejaba todas las armas, pero sobre todo la espada y la lanza.
Siendo preadolescente, acompañó a su padre adoptivo a un banquete que daba el gran herrero Culann, hombre de confianza del rey. Culann tenía guardando su residencia a un sabueso gigantesco, que había sido criado con carne humana y era capaz de romper un cráneo con sus fauces. Mientras Setenta esperaba a su padre, fue atacado por el animal. Cuando Culann y Sualtam Mac Roth salieron de la casa, hallaron al joven Setanta junto al cadáver del perro. Le había desencajado las fauces con sus propias manos. Apenado, el joven se ofreció a ser guardaespaldas del herrero hasta que pudiera conseguir un nuevo guardián. Culann, impresionado, se negó, pero Setenta ahora tenía un apodo, la inmortalidad lo conocería como “el sabueso de Culann” Cuchulainn.
Joseph Campbell cita la descripción de Cuchulainn que da el libro de Lienster: “Era un niño hermoso, tenía siete dedos en cada pie y otros tantos en cada mano; sus ojos brillaban con siete pupilas cada uno; y cada uno relucía con siete relámpagos como gemas. En cada mejilla tenía cuatro lunares, uno azul, uno escarlata, uno verde y uno amarillo. Entre una oreja y la otra tenía cincuenta trenzas de pelo amarillo claro, del color de la cera de las abejas o como broche de oro blanco que brillara bajo el sol más brillante. Llevaba un manto verde con broches de plata sobre el pecho y una camisa tejida en hilo de oro”. Es la digna descripción de un hijo de un dios más que de un ser humano. Recordemos que en estos pueblos no había una noción antropomórfica de dioses y héroes. Cuchulainn es como un adorno que cuantas más joyas se le agreguen mejor.
Pero el joven era por sobre todo un guerrero, y entre los nórdicos los guerreros no se caracterizaban por la mesura ni la frialdad de un Hoplita griego o de un Samurai japonés. Los vikingos solían entrar en un descontrol conocido como berzerk, sus grandes guerreros eran llamados berzerkers, hombres poseídos por una violencia sobrehumana. Era algo que se daba en los celtas también. Conocidos en toda Europa por su ferocidad, luchaban desnudos de la cintura para arriba, daban gritos terroríficos, la armadura era una señal de debilidad. No tenían ningún otro orden militar que luchar a pie, en carro de batalla o a caballo, y eran comunes las mujeres en las batallas. Tal era temor que sentían los romanos por ellos, que en el año 380 a.C., en el monte de Aria, el ejército de la república huyó ante el ruido de los gritos y gaitas, sumado el aspecto terrible de esos gigantes feroces de casi dos metros de altura. Su falta de coherencia militar y arrojo individual fue también la principal razón de su desaparición. Cuando los romanos al fin entendieron que eran humanos, desarrollaron la formación de Legión en cohortes y cuadros militares y los barrieron de la historia.
El bautismo de sangre
Un día Cathbad profetizó que quien recibiera su bautismo de sangre ese día sería “aquel cuyo nombre superaría al de todos en Irlanda, pero moriría joven”. Cuchulainn tomó las armas y su carro y se dirigió a una fortaleza guardada por los hijos semi-divinos de Nechtan: Foill, Fannell y Tuachell. Cuchulainn los mató a los tres y luego a todos los que estaban dentro. Fueron los primeros en ver al joven en su terrible transformación, su frenesí de batalla. El libro de Leinster describe a su joya convertida en un monstruo sanguinario: “Tenía un ojo hundido hasta el occipucio, ni una garza podría sacárselo con el pico. El otro, en cambio, sobresalía y descansaba sobre la mejilla. La boca llameante le llegaba de oreja a oreja. Los latidos de su corazón hacían tanto ruido como un mastín a la casa de un león luchando con los osos. Sobre su cabeza, entre las nubes, saltaban las salpicaduras ponzoñosas y las chispas ardientes de su cólera salvaje. Si se sacudiera un manzano sobre su revuelta cabellera ni una fruta llegaría al suelo, pues todas quedarían clavadas en los pelos erizados. En la frente llevaba el paroxismo como una piedra de amolar gigantesca. De su cabeza brotaba un chorro de sangre turbia, más alto y grueso que el mástil de un buque, que saltaba hacia los cuatro puntos cardinales y formaba una neblina mágica, como el humo que envuelve al palacio cuando retorna el rey a la caída de una tarde invernal”. Pintoresco, como mínimo.
Pero eso fue lo que vieron también, aterrados, en la capital de Ulster, Emain Macha, cuando Cuchulainn volvía con su carro cargado de cabezas. En el ínterin, su frenesí lo había llevado a matar varias manadas de ciervos con piedras y hasta sus manos. Todavía no estaba calmado, y se dirigía a la ciudad.
Pero había un plan. De la ciudad salieron ciento cincuenta muchachas desnudas con tres calderos llenos de agua. El joven se mostró aturdido, conocía la guerra, la sangre, pero no a las mujeres. Las jóvenes lo metieron en el primer caldero, que quedó vacío cuando el agua se evaporó. El segundo quedó con el agua hirviendo. Cuando lo metieron en el tercero, el agua quedó tibia, y Cuchulainn había sido apaciguado.
No sería la primera batalla de Cuchulainn con mujeres. Generalmente le planteaban más problemas que los hombres, a los que vencía sin dificultad.
Un sexo que entre los celtas no era tan débil
Cuchulainn se enamoró de Emer, que con el tiempo sería su esposa, pero el padre de la joven, Fogall, le dijo que para casarse con ella debería ir a la tierra de las sombras y volver con el conocimiento máximo de la guerra. Los maestros de la guerra en la tierra de las sombras eran tres amazonas imbatibles, la más famosa era Aoifa, que desafío a Cuchulainn. Debió haber sido notable, porque Cuchulainn sólo pudo vencerla a través del ingenio. Mientras luchaban él la distrajo haciéndole creer que el caballo principal de su carruaje estaba en peligro y aprovechó la desatención de la amazona. Como no podía ser de otra manera, Aoifa se enamoró y tuvo una relación con Cuchulainn. Cuando llegó el momento de la partida, Cuchulainn le regaló un anillo de oro a Aoifa, como agradecimiento a ella y a las otras amazonas, Scatchach, su hermana y Uatchach, su sobrina.
Se cuenta que Cuchulainn también se entrenó en la lejana isla de Skye, y para la peligrosa travesía un hombre misterioso le regaló una rueda de fuego para guiarlo, que no era otro que el padre del héroe, Lugh.
El campeón de Irlanda y el duelo trágico
Su coraje era rayano a la insensatez, y es así como logró ser el más grande de los nombres de Irlanda. Se cuenta que el gigante del agua, Uath, propuso un desafío a tres héroes: Laoghaire, Conall y Cuchulainn. Uath no quiere decir otra cosa que horror. El gigante colocó su cabeza en un bloque de madera y les presentó un hacha. Les dijo que podían descabezarlo, pero eso significaba que él podría hacer lo mismo al día siguiente con ellos. Laogharie y Colann dudaron. Cuchulainn dio un paso al frente y le corto la cabeza al gigante inmortal. Éste quedó tan impresionado por el valor del héroe que lo nombró el campeón supremo de Irlanda.
Cuchulainn peleó miles de duelos, muchas veces las batallas se decidían con el desafío entre dos campeones. Luchaba todos los días, comía y bebía entre combates, y la cantidad de ellos le llegó a dar un problema de insomnio. Su padre, apiadándose de él, le hizo caer en un sueño de tres días durante el cual le curó las heridas.
Un día llegó un joven a Emain Macha y retó a los héroes locales. El chico parecía no ser la gran cosa, así que el medio hermano de Cuchulainn, Conall, salió en respuesta al desafío, y ante la sorpresa de todos, fue vencido. Otros guerreros se enfrentaron a él, y fueron vencidos también. Al fin, Cuchulainn entendió que él era el único que podía enfrentarlo.
Tomaron las espadas, y Cuchulainn quedó sorprendido ante la habilidad del joven. Cuando su rival le cortó una de sus trenzas doradas, Cuchulainn se vio poseído por su frenesí de batalla y masacró al joven. Una vez calmado, Cuchulainn vio que el muerto llevaba el anillo de oro que él le había regalado a Aoifa. Era Conlai, el hijo de esa relación. Cuchulainn lloró durante días a su hijo y lo enterró en su propiedad.
El héore y el destino
Pero estaba la profecía de Cathbad, el destino que Cuchulainn había abrazado cuando probó su primera sangre. Y también tenía enemigos. Morrigan, la diosa funesta que recorre los campos de batalla en forma de cuervo le había hecho avances amorosos que él había rechazado. Estaban las hijas brujas de la familia Calatin, a la cual el había vencido en sus duelos, que lo habían maldecido. Todas las cosas se dieron para la hazaña máxima del gran Cuchulainn cuando la reina Medb, de Connacht, cruel y aguerrida, decidió invadir Ulster. No era causal que se tratara de una mujer, había una maldición sobre los ejércitos del Ulster, y tenía origen en otra mujer, la diosa de la guerra, Macha. Se dice que el marido de la diosa había dicho que ella, embarazada, era capaz de vencer a todas las carrozas del Ulster en una carrera. El rey se sintió ofendido y cometió alguna clase de sacrilegio. La venganza de Macha fue la más ingeniosa jamás planeada por una mujer. Maldijo a los soldados del Ulster decretando que un día, ante el mayor peligro que jamás fueran a enfrentar, sufrirían por cinco días el dolor del parto.
Medb sabía que ella era ese peligro, y reunió un ejército colosal, sabiendo que la ciudad estaría por cinco días indefensa. Pero había un problema. Medb recibió una profecía: “habrá carmesí y rojo en tus ejércitos por Cuchulainn”. Medb marchó hacia Emain Macha, capital de Ulster, desoyendo la profecía. Nadie se le interpuso, los hombres del Ulster no podían pelear.
Pero había un guerrero a salvo de la maldición, era el hijo de Lugh. Cuchulainn los emboscó, él sólo con el conductor de su carro, Laeg. Sus habilidades sobrehumanas le permitían huir y reaparecer dónde menos se le esperaba, con ataques devastadores de tipo relámpago. Cuchulainn, poseído por su frenesí, hizo pagar caro en carmesí y rojo, como dijo la profecía, al temible ejército de Medb. Por cinco días sembró el terror en las filas invasoras. Al quinto, Cuchlainn ya tenía varias heridas en el cuerpo, incluyendo una muy seria en el vientre. Laeg, su gran amigo, recibió una herida mortal que era para el sabueso del Ulster. Al final, Cuchulainn, presionado, herido y rodeado por todos los frentes, se encontró ante una roca alta, e incapaz de seguir en pie, se ató a ella para poder luchar hasta su último aliento. Con espada y escudo siguió aniquilando rivales hasta el final. Después de haber despachado más enemigos de los que había matado en todas sus batallas y duelos, Morrigan en forma de cuervo se posó sobre el hombro del héroe, que todavía sostenía las armas en los brazos inertes.
Medb ordenó que le cortaran la cabeza y el brazo derecho, pero su invasión ya había fallado. Los cinco días de ventaja habían terminado. El ejército de Ulster hizo que el de Connacht se retirara. El medio hermano de Cuchulainn, Connal, sería el encargado de vengarlo pasando por la espada a sus asesinos y recuperando la cabeza y la mano del héroe. Al final, Medb fue ultimada mientras se daba un baño por la honda de Forbai, el hijo del rey Conochbar Mac Nessa. El Ulster se había salvado.
Cuchulainn, el máximo símbolo del héroe que lucha por la gloria personal, que se destaca en el combate singular, que en su bautismo de sangre, en pleno frenesí, fue detenido por un grupo de jóvenes desnudas de atacar su propia ciudad, moría en defensa de su tierra. Fue la más grande de sus victorias.
El mito y la Historia
El guionista de la Historia, se sabe, tiene un sentido del humor bastante negro. Hoy el Ulster, en el nordeste de la isla verde de Irlanda, la tierra del invencible Cuchulainn, la tierra que ni la terrible Medb logró conquistar, es el único trozo de Irlanda que permanece en manos inglesas. Los fieros hombres del norte, la gente del Ulster, sigue teniendo a Cuchulainn como símbolo e inspiración en una lucha desigual contra un conquistador que ha sido el que escribió la historia, el que escribió al IRA como grupo de terrorsitas salvajes y a los ejércitos de la Reina como dignos y honorables. Quizás resulta un poco simplista invertir así los términos, se podrá decir que no hay buenos ni malos. También debería decirse que el único dueño de una tierra es el pueblo que la habita, no uno que lo domina desde una superioridad técnico-militar.
Los espartanos decían que no había muerte más bella que la del que cae en batalla. Cuchulainn no aceptó caer en la batalla, quiso estar de pie, espada en mano, ante el pobre que le tocara estar lo suficientemente cerca para ver el último relámpago apagarse en sus ojos de siete pupilas.
Entre los muchos conceptos problemáticos de la filosofía clásica, está ése que arrastran desde el Sócrates a punto de beber la cicuta a Séneca al abrirse las venas, la buena muerte, el prepararse toda la vida para morir bien, que es el acto de mayor dignidad para el filósofo. Creo que esto, más allá de las doctrinas mismas que lo justifican, se explica ante todo porque la cultura grecorromana es una cultura esencialmente guerrera, y en la guerra no hay mayor honor que morir empuñando las armas, supeditando el yo al bien de la formación de infantería, el yo al bien general. Esta belleza del joven que muere atravesado por una lanza no es para los griegos nada idealizado, basta leer cualquiera de las muertes que ocurren en la Ilíada, la cosa no es ni agradable ni algo que uno le desearía a un ser querido, pero sin embargo, más allá del barro y la sangre, hay una belleza en el gesto, en la acción misma del que se entrega en la flor de la juventud al deber de proteger la polis, la idea del ser cívico.
En nuestra Argentina, la última y delirante acción militar, en que esos mismos jóvenes se entregaron a una aventura que no protegía otra cosa que un poder bruto y criminal, nos ha hecho cortar los lazos para siempre con ese pasado heroico. Hoy vivimos la hazaña de los pobladores que derramaron su sangre en la batalla de Tucumán, o los que cruzaron los Andes, como un deber escolar, y olvidamos que efectivamente, murieron por ideas ciertas, por una idea de una polis o pueblo que estaba tratando de nacer, y eso, en cierta forma, hace de sus muertes anónimas, muertes bellas. Quizás cada uno de esos gauchos humildes haya muerto, lanza en mano, como un filósofo, como un Sócrates.
La tradición céltica de la guerra - Irlanda
Entre los pueblos que se desarrollaron al calor de la guerra, que se forjaron en las armas aún antes de haber podido forjar planchas para escribir sus leyendas, está el pueblo de Irlanda, colonizado por los celtas en la edad del hierro. Un pueblo que creía en la belleza de la guerra y las cabezas cortadas, pero sobre todo, en el poder de la poesía y la tradición oral. Dos figuras, alejadas de la sociedad, gozaban de dignidad especial, los druidas y los bardos. Ambos eran aún más temidos que los guerreros. Los segundos, los bardos, eran poetas, tocaban la lira y cantaban las hazañas de los héroes. Eran los guardianes de la memoria, y su música tenía valor mágico, encantaban a los ejércitos, les daban fuerzas sobrenaturales para la batalla. Los reyes les temían y los honraban, porque la única forma de ser inmortalizado era en estos seres capaces de actualizar los mitos a lo largo de los tiempos. El fin de los bardos y druidas llegaría con la escritura y la conquista otros guerreros, los romanos, y su nueva religión.
Entre todos los héroes de Irlanda el más grande fue Cuchulainn, el gran guerrero del Ulster. Cuchulainn murió en la flor de la edad, cargado de gloria y las almas de sus enemigos. Representó por milenios el ideal del guerrero céltico, tan distinto al grecorromano, y sin embargo, él, que representaba la máxima expresión de la guerra como gloria individual, dio su vida en pos de algo mayor que ese individuo, dio la vida protegiendo su ciudad que ni siquiera tenía esa dignidad de polis que tenía más al sur, del otro lado del mar.
El nacimiento - Setanta
Cuchulainn era, como en muchos mitos, hijo de un dios y una virgen. Su madre se llamaba Dechtira, y era ella misma de linaje divino. La madre de Dechtira, Maga, era hija del dios del amor, Aonghus. Su padre era el druida o sabio Cathbar, consejero del rey del Ulster, Conchobar Mac Nessa.
Dechtira fue dada en matrimonio a Sualtam Mac Roth, pero durante el banquete nupcial, entró en un sueño profundo cuando una mosca cayó en su copa de vino. Ella tuvo una visión de un joven bello y poderoso, que se cubriría de gloria pero moriría joven. Convertida junto a cincuenta doncellas en una bandada de pájaros, entró al mundo de los dioses. Entre los celtas se creía que nuestro mundo mortal coexistía con otros paralelos, y que existían puntos o puertas de intersección entre esos mundos. Esos tabiques se abrían en distintas fechas del año, la más temida era el 31 de Octubre (de ahí la fiesta de Halloween en el norte) cuando todas las puertas se abrían y los seres sobrenaturales caminaban por la tierra.
Pasaron tres años y una bandada de aves de los colores más bellos e inauditos sobrevoló el Ulster. Un grupo de héroes salió con sus hondas a intentar cazar alguno de esos pájaros maravillosos, pero ninguno pudo acertarles. El druida Cathbad se presentó ante el rey. Había tenido una visión. Poco después, en el bosque reaparecían Dechtira y sus doncellas luego de su estancia en el otro mundo. Ella estaba embarazada del dios máximo entre los celtas, Lugh, dios del sol.
Sultam Mac Roth estaba tan alegre de tener a su amada de vuelta, que aceptó al niño como propio. Cuando nació, lo llamaron Setanta.
El sabueso - el nombre
Setanta empezó a destacarse entre los niños por sus habilidades marciales. Manejaba todas las armas, pero sobre todo la espada y la lanza.
Siendo preadolescente, acompañó a su padre adoptivo a un banquete que daba el gran herrero Culann, hombre de confianza del rey. Culann tenía guardando su residencia a un sabueso gigantesco, que había sido criado con carne humana y era capaz de romper un cráneo con sus fauces. Mientras Setenta esperaba a su padre, fue atacado por el animal. Cuando Culann y Sualtam Mac Roth salieron de la casa, hallaron al joven Setanta junto al cadáver del perro. Le había desencajado las fauces con sus propias manos. Apenado, el joven se ofreció a ser guardaespaldas del herrero hasta que pudiera conseguir un nuevo guardián. Culann, impresionado, se negó, pero Setenta ahora tenía un apodo, la inmortalidad lo conocería como “el sabueso de Culann” Cuchulainn.
Descripción
Setanta empezó a destacarse entre los niños por sus habilidades marciales. Manejaba todas las armas, pero sobre todo la espada y la lanza.
Siendo preadolescente, acompañó a su padre adoptivo a un banquete que daba el gran herrero Culann, hombre de confianza del rey. Culann tenía guardando su residencia a un sabueso gigantesco, que había sido criado con carne humana y era capaz de romper un cráneo con sus fauces. Mientras Setenta esperaba a su padre, fue atacado por el animal. Cuando Culann y Sualtam Mac Roth salieron de la casa, hallaron al joven Setanta junto al cadáver del perro. Le había desencajado las fauces con sus propias manos. Apenado, el joven se ofreció a ser guardaespaldas del herrero hasta que pudiera conseguir un nuevo guardián. Culann, impresionado, se negó, pero Setenta ahora tenía un apodo, la inmortalidad lo conocería como “el sabueso de Culann” Cuchulainn.
Joseph Campbell cita la descripción de Cuchulainn que da el libro de Lienster: “Era un niño hermoso, tenía siete dedos en cada pie y otros tantos en cada mano; sus ojos brillaban con siete pupilas cada uno; y cada uno relucía con siete relámpagos como gemas. En cada mejilla tenía cuatro lunares, uno azul, uno escarlata, uno verde y uno amarillo. Entre una oreja y la otra tenía cincuenta trenzas de pelo amarillo claro, del color de la cera de las abejas o como broche de oro blanco que brillara bajo el sol más brillante. Llevaba un manto verde con broches de plata sobre el pecho y una camisa tejida en hilo de oro”. Es la digna descripción de un hijo de un dios más que de un ser humano. Recordemos que en estos pueblos no había una noción antropomórfica de dioses y héroes. Cuchulainn es como un adorno que cuantas más joyas se le agreguen mejor.
Pero el joven era por sobre todo un guerrero, y entre los nórdicos los guerreros no se caracterizaban por la mesura ni la frialdad de un Hoplita griego o de un Samurai japonés. Los vikingos solían entrar en un descontrol conocido como berzerk, sus grandes guerreros eran llamados berzerkers, hombres poseídos por una violencia sobrehumana. Era algo que se daba en los celtas también. Conocidos en toda Europa por su ferocidad, luchaban desnudos de la cintura para arriba, daban gritos terroríficos, la armadura era una señal de debilidad. No tenían ningún otro orden militar que luchar a pie, en carro de batalla o a caballo, y eran comunes las mujeres en las batallas. Tal era temor que sentían los romanos por ellos, que en el año 380 a.C., en el monte de Aria, el ejército de la república huyó ante el ruido de los gritos y gaitas, sumado el aspecto terrible de esos gigantes feroces de casi dos metros de altura. Su falta de coherencia militar y arrojo individual fue también la principal razón de su desaparición. Cuando los romanos al fin entendieron que eran humanos, desarrollaron la formación de Legión en cohortes y cuadros militares y los barrieron de la historia.
El bautismo de sangre
Un día Cathbad profetizó que quien recibiera su bautismo de sangre ese día sería “aquel cuyo nombre superaría al de todos en Irlanda, pero moriría joven”. Cuchulainn tomó las armas y su carro y se dirigió a una fortaleza guardada por los hijos semi-divinos de Nechtan: Foill, Fannell y Tuachell. Cuchulainn los mató a los tres y luego a todos los que estaban dentro. Fueron los primeros en ver al joven en su terrible transformación, su frenesí de batalla. El libro de Leinster describe a su joya convertida en un monstruo sanguinario: “Tenía un ojo hundido hasta el occipucio, ni una garza podría sacárselo con el pico. El otro, en cambio, sobresalía y descansaba sobre la mejilla. La boca llameante le llegaba de oreja a oreja. Los latidos de su corazón hacían tanto ruido como un mastín a la casa de un león luchando con los osos. Sobre su cabeza, entre las nubes, saltaban las salpicaduras ponzoñosas y las chispas ardientes de su cólera salvaje. Si se sacudiera un manzano sobre su revuelta cabellera ni una fruta llegaría al suelo, pues todas quedarían clavadas en los pelos erizados. En la frente llevaba el paroxismo como una piedra de amolar gigantesca. De su cabeza brotaba un chorro de sangre turbia, más alto y grueso que el mástil de un buque, que saltaba hacia los cuatro puntos cardinales y formaba una neblina mágica, como el humo que envuelve al palacio cuando retorna el rey a la caída de una tarde invernal”. Pintoresco, como mínimo.
Pero eso fue lo que vieron también, aterrados, en la capital de Ulster, Emain Macha, cuando Cuchulainn volvía con su carro cargado de cabezas. En el ínterin, su frenesí lo había llevado a matar varias manadas de ciervos con piedras y hasta sus manos. Todavía no estaba calmado, y se dirigía a la ciudad.
Pero había un plan. De la ciudad salieron ciento cincuenta muchachas desnudas con tres calderos llenos de agua. El joven se mostró aturdido, conocía la guerra, la sangre, pero no a las mujeres. Las jóvenes lo metieron en el primer caldero, que quedó vacío cuando el agua se evaporó. El segundo quedó con el agua hirviendo. Cuando lo metieron en el tercero, el agua quedó tibia, y Cuchulainn había sido apaciguado.
No sería la primera batalla de Cuchulainn con mujeres. Generalmente le planteaban más problemas que los hombres, a los que vencía sin dificultad.
Un sexo que entre los celtas no era tan débil
Cuchulainn se enamoró de Emer, que con el tiempo sería su esposa, pero el padre de la joven, Fogall, le dijo que para casarse con ella debería ir a la tierra de las sombras y volver con el conocimiento máximo de la guerra. Los maestros de la guerra en la tierra de las sombras eran tres amazonas imbatibles, la más famosa era Aoifa, que desafío a Cuchulainn. Debió haber sido notable, porque Cuchulainn sólo pudo vencerla a través del ingenio. Mientras luchaban él la distrajo haciéndole creer que el caballo principal de su carruaje estaba en peligro y aprovechó la desatención de la amazona. Como no podía ser de otra manera, Aoifa se enamoró y tuvo una relación con Cuchulainn. Cuando llegó el momento de la partida, Cuchulainn le regaló un anillo de oro a Aoifa, como agradecimiento a ella y a las otras amazonas, Scatchach, su hermana y Uatchach, su sobrina.
Se cuenta que Cuchulainn también se entrenó en la lejana isla de Skye, y para la peligrosa travesía un hombre misterioso le regaló una rueda de fuego para guiarlo, que no era otro que el padre del héroe, Lugh.
El campeón de Irlanda y el duelo trágico
Su coraje era rayano a la insensatez, y es así como logró ser el más grande de los nombres de Irlanda. Se cuenta que el gigante del agua, Uath, propuso un desafío a tres héroes: Laoghaire, Conall y Cuchulainn. Uath no quiere decir otra cosa que horror. El gigante colocó su cabeza en un bloque de madera y les presentó un hacha. Les dijo que podían descabezarlo, pero eso significaba que él podría hacer lo mismo al día siguiente con ellos. Laogharie y Colann dudaron. Cuchulainn dio un paso al frente y le corto la cabeza al gigante inmortal. Éste quedó tan impresionado por el valor del héroe que lo nombró el campeón supremo de Irlanda.
Cuchulainn peleó miles de duelos, muchas veces las batallas se decidían con el desafío entre dos campeones. Luchaba todos los días, comía y bebía entre combates, y la cantidad de ellos le llegó a dar un problema de insomnio. Su padre, apiadándose de él, le hizo caer en un sueño de tres días durante el cual le curó las heridas.
Un día llegó un joven a Emain Macha y retó a los héroes locales. El chico parecía no ser la gran cosa, así que el medio hermano de Cuchulainn, Conall, salió en respuesta al desafío, y ante la sorpresa de todos, fue vencido. Otros guerreros se enfrentaron a él, y fueron vencidos también. Al fin, Cuchulainn entendió que él era el único que podía enfrentarlo.
Tomaron las espadas, y Cuchulainn quedó sorprendido ante la habilidad del joven. Cuando su rival le cortó una de sus trenzas doradas, Cuchulainn se vio poseído por su frenesí de batalla y masacró al joven. Una vez calmado, Cuchulainn vio que el muerto llevaba el anillo de oro que él le había regalado a Aoifa. Era Conlai, el hijo de esa relación. Cuchulainn lloró durante días a su hijo y lo enterró en su propiedad.
El héore y el destino
Pero estaba la profecía de Cathbad, el destino que Cuchulainn había abrazado cuando probó su primera sangre. Y también tenía enemigos. Morrigan, la diosa funesta que recorre los campos de batalla en forma de cuervo le había hecho avances amorosos que él había rechazado. Estaban las hijas brujas de la familia Calatin, a la cual el había vencido en sus duelos, que lo habían maldecido. Todas las cosas se dieron para la hazaña máxima del gran Cuchulainn cuando la reina Medb, de Connacht, cruel y aguerrida, decidió invadir Ulster. No era causal que se tratara de una mujer, había una maldición sobre los ejércitos del Ulster, y tenía origen en otra mujer, la diosa de la guerra, Macha. Se dice que el marido de la diosa había dicho que ella, embarazada, era capaz de vencer a todas las carrozas del Ulster en una carrera. El rey se sintió ofendido y cometió alguna clase de sacrilegio. La venganza de Macha fue la más ingeniosa jamás planeada por una mujer. Maldijo a los soldados del Ulster decretando que un día, ante el mayor peligro que jamás fueran a enfrentar, sufrirían por cinco días el dolor del parto.
Medb sabía que ella era ese peligro, y reunió un ejército colosal, sabiendo que la ciudad estaría por cinco días indefensa. Pero había un problema. Medb recibió una profecía: “habrá carmesí y rojo en tus ejércitos por Cuchulainn”. Medb marchó hacia Emain Macha, capital de Ulster, desoyendo la profecía. Nadie se le interpuso, los hombres del Ulster no podían pelear.
Pero había un guerrero a salvo de la maldición, era el hijo de Lugh. Cuchulainn los emboscó, él sólo con el conductor de su carro, Laeg. Sus habilidades sobrehumanas le permitían huir y reaparecer dónde menos se le esperaba, con ataques devastadores de tipo relámpago. Cuchulainn, poseído por su frenesí, hizo pagar caro en carmesí y rojo, como dijo la profecía, al temible ejército de Medb. Por cinco días sembró el terror en las filas invasoras. Al quinto, Cuchlainn ya tenía varias heridas en el cuerpo, incluyendo una muy seria en el vientre. Laeg, su gran amigo, recibió una herida mortal que era para el sabueso del Ulster. Al final, Cuchulainn, presionado, herido y rodeado por todos los frentes, se encontró ante una roca alta, e incapaz de seguir en pie, se ató a ella para poder luchar hasta su último aliento. Con espada y escudo siguió aniquilando rivales hasta el final. Después de haber despachado más enemigos de los que había matado en todas sus batallas y duelos, Morrigan en forma de cuervo se posó sobre el hombro del héroe, que todavía sostenía las armas en los brazos inertes.
Medb ordenó que le cortaran la cabeza y el brazo derecho, pero su invasión ya había fallado. Los cinco días de ventaja habían terminado. El ejército de Ulster hizo que el de Connacht se retirara. El medio hermano de Cuchulainn, Connal, sería el encargado de vengarlo pasando por la espada a sus asesinos y recuperando la cabeza y la mano del héroe. Al final, Medb fue ultimada mientras se daba un baño por la honda de Forbai, el hijo del rey Conochbar Mac Nessa. El Ulster se había salvado.
Cuchulainn, el máximo símbolo del héroe que lucha por la gloria personal, que se destaca en el combate singular, que en su bautismo de sangre, en pleno frenesí, fue detenido por un grupo de jóvenes desnudas de atacar su propia ciudad, moría en defensa de su tierra. Fue la más grande de sus victorias.
El mito y la Historia
El guionista de la Historia, se sabe, tiene un sentido del humor bastante negro. Hoy el Ulster, en el nordeste de la isla verde de Irlanda, la tierra del invencible Cuchulainn, la tierra que ni la terrible Medb logró conquistar, es el único trozo de Irlanda que permanece en manos inglesas. Los fieros hombres del norte, la gente del Ulster, sigue teniendo a Cuchulainn como símbolo e inspiración en una lucha desigual contra un conquistador que ha sido el que escribió la historia, el que escribió al IRA como grupo de terrorsitas salvajes y a los ejércitos de la Reina como dignos y honorables. Quizás resulta un poco simplista invertir así los términos, se podrá decir que no hay buenos ni malos. También debería decirse que el único dueño de una tierra es el pueblo que la habita, no uno que lo domina desde una superioridad técnico-militar.
Los espartanos decían que no había muerte más bella que la del que cae en batalla. Cuchulainn no aceptó caer en la batalla, quiso estar de pie, espada en mano, ante el pobre que le tocara estar lo suficientemente cerca para ver el último relámpago apagarse en sus ojos de siete pupilas.