El reverendo Jim Jones se creía una mezcla de Cristo y Lenin.
La matanza de Guyana, ocurrida el 18 de noviembre de 1978, es gran parte producto de su locura, su sed de poder. Y del culto a la personalidad. En medio de la jungla, a 180 kilómetros de la capital de Guyana, quedaron diseminados 919 cadáveres. Entre ellos, casi trescientos chicos.
Todavía hoy, veinte años después de la tragedia, los investigadores siguen buscando respuestas a esa locura colectiva, que dejó sólo ochenta y cuatro sobrevivientes. La costa noreste de Sudamérica fue el lugar que eligió el líder del Templo del Pueblo para establecerse con sus seguidores. Había decidido dejar California porque estaba convencido de que una guerra nuclear era inevitable. Estaba convencido, también, de que la remota Guyana quedaría a salvo de la hecatombe. Allí, entonces, fundó Jonestown (Pueblo Jones), una granja de 140 hectáreas. Sus más fervientes seguidores eran su esposa y su hijo de 19 años. Entre sus fieles había un 70 por ciento de negros y un 25 por ciento de blancos. Jim era un evangélico pentecostal que leía a Marx y exhibía la Biblia como un arma de lucha
La masacre ocurrió horas después de que el senador norteamericano Leo Ryan, tres periodistas y un desertor de la secta fueron asesinados a tiros en una emboscada tendida en la cercana pista de aterrizazaje de Puerto Kaituma. Su objetivo era investigar supuestos malos tratos que recibían algunos miembros de la secta. La tragedia comenzó cuando mucha gente quiso irse en el avión con los funcionarios. Jones envió hombres armados para que no pudiéramos llegar al avión. La orden era matarnos a todos.
Según los expertos que estudiaron el caso durante años, Jones se dio cuenta de que había llegado a una situación sin salida. Por eso decidió apelar al suicidio revolucionario, como él llamaba. Explicó a su gente que su sociedad había sido destruida, y que era preferible matarse antes de seguir viviendo y tener que soportar lo que vendría después. Les aseguró que, de todos modos, se encontrarían en otra vida, después de una reencarnación. Algunos tomaron el veneno voluntariamente; otros fueron obligados a hacerlo; Cianuro y jugo de frutas fue el postre letal elegido por el reverendo para que lo tomaran sus seguidores.