En lo más recóndito de la red florece un mercado de compraventa de estupefacientes. Un estudio asegura que, a través de él, se mueven más de 22 millones de dólares al año
Existe una parte de Internet que Google no puede rastrear. Un mundo digital que se mantiene, voluntariamente, fuera del radar. Pasadizos secretos para los que buscan anonimato y no ser descubiertos, sean cuales sean sus propósitos. Opositores políticos en regímenes dictatoriales, comerciantes de artículos prohibidos, o pedófilos. Se le suele llamar Deep web, la «web profunda».
En realidad, «web profunda» es el nombre común para toda la información que está en la red, pero fuera del escrutinio público. Ya sean documentos privados de cualquier institución, o mercados de drogas online. Los buscadores no pueden acceder a ellos, ni registrarlos. A veces porque no pueden abrir la puerta y entrar. Otras, porque ni siquiera saben dónde están. Es el caso de Silk Road —«la ruta de la seda»—, el mayor mercado de estupefacientes en Internet.
Silk Road es un lugar de encuentro online para la compraventa de artículos prohibidos. Sus productos estrella son todo tipo de drogas ilegales. Marihuana, opiáceos, alucinógenos, benzodiacepinas, éxtasis y otras. Da igual. En la «Ruta de la Seda» se puede vender casi cualquier cosa. Un investigador de la universidad Carnegie Mellon (Pennsylvania, EE.UU.) ha estudiado su funcionamiento durante seis meses y ha publicado sus conclusiones en arXiv. Según sus cálculos, el volumen de negocio supera los 22 millones de dólares al año.
Drogas, anonimato y criptoanarquismo
Al contrario que en la mayoría de tiendas online, en Silk Road no es fácil entrar. Su dirección cambia con cierta regularidad, y no termina en ‘.com’. El acceso se lleva a cabo a través de TOR, una tecnología que hace casi imposible saber quién se conecta a una web, o dónde está alojada ésta. Incluso para la policía.
Nicolas Christin, el investigador que ha estudiado Silk Road, programó un sistema que visitaba la web a diario para recopilar datos. Su software registraba y catalogaba de manera automática los nuevos productos a la venta, los vendedores y las valoraciones —obligatorias— de los compradores. Después hizo un estudio estadístico y económico de todo el fenómeno.
Existe una parte de Internet que Google no puede rastrear. Un mundo digital que se mantiene, voluntariamente, fuera del radar. Pasadizos secretos para los que buscan anonimato y no ser descubiertos, sean cuales sean sus propósitos. Opositores políticos en regímenes dictatoriales, comerciantes de artículos prohibidos, o pedófilos. Se le suele llamar Deep web, la «web profunda».
En realidad, «web profunda» es el nombre común para toda la información que está en la red, pero fuera del escrutinio público. Ya sean documentos privados de cualquier institución, o mercados de drogas online. Los buscadores no pueden acceder a ellos, ni registrarlos. A veces porque no pueden abrir la puerta y entrar. Otras, porque ni siquiera saben dónde están. Es el caso de Silk Road —«la ruta de la seda»—, el mayor mercado de estupefacientes en Internet.
Silk Road es un lugar de encuentro online para la compraventa de artículos prohibidos. Sus productos estrella son todo tipo de drogas ilegales. Marihuana, opiáceos, alucinógenos, benzodiacepinas, éxtasis y otras. Da igual. En la «Ruta de la Seda» se puede vender casi cualquier cosa. Un investigador de la universidad Carnegie Mellon (Pennsylvania, EE.UU.) ha estudiado su funcionamiento durante seis meses y ha publicado sus conclusiones en arXiv. Según sus cálculos, el volumen de negocio supera los 22 millones de dólares al año.
Drogas, anonimato y criptoanarquismo
Al contrario que en la mayoría de tiendas online, en Silk Road no es fácil entrar. Su dirección cambia con cierta regularidad, y no termina en ‘.com’. El acceso se lleva a cabo a través de TOR, una tecnología que hace casi imposible saber quién se conecta a una web, o dónde está alojada ésta. Incluso para la policía.
Nicolas Christin, el investigador que ha estudiado Silk Road, programó un sistema que visitaba la web a diario para recopilar datos. Su software registraba y catalogaba de manera automática los nuevos productos a la venta, los vendedores y las valoraciones —obligatorias— de los compradores. Después hizo un estudio estadístico y económico de todo el fenómeno.