En mayo de 1943, el 861º Batallón de Ingenieros comenzó a hacer los trabajos necesarios para construir un nuevo campo de aviación que permitiese a los bombarderos pesados de la USAF estadounidense despegar desde allí rumbo a las ciudades alemanas para soltar su mortífera carga de bombas.
Lo que no sabían los ingenieros era que, para poder allanar la superficie, era necesario mover una gran piedra que estaba situada en el bosque de Dukes. Algunos de los lugareños, al ver que la piedra iba a ser trasladada a otro lugar, dijeron a los ingenieros que no lo hicieran; la causa era que aquella roca tenía un valor sagrado para los habitantes de la zona.
Sin aclarar bien el motivo de la importancia de la piedra, los habitantes afirmaban que, según la tradición, debajo de la roca estaba enterrada una bruja que había sido quemada siglos atrás en la hoguera. Para dar aún más misterio a la historia, los más ancianos del lugar aseguraban que fue justo en ese lugar en donde apareció asesinado un guardabosques en 1856, sin que jamás se hallara al culpable.
Los habitantes de la región estaban convencidos de que mover la piedra de su lugar original no podía acarrear más que desgracias.
Uno de los primeros percances que sufrieron los ingenieros fue que ningún trabajador se atrevió a mover la piedra. Tan solo había uno que no creía en historias de brujería se dispuso a removerla con su excavadora pero, cuando iba a levantar la piedra, la maquinaria sufrió una inexplicable avería, lo que obligó a aplazar la operación. Para los habitantes de la zona no había ya ninguna duda; el lugar estaba maldito.
Al final, otra excavadora trasladó la piedra sin sufrir ningún percance, pero el ganado de la zona cayó víctima de una extraña enfermedad, lo que fue achacado de inmediato a la venganza de la bruja al haber profanado
su lugar de eterno descanso.
Una vez que, superando todas estas dificultades, el campo de aviación entró por fin en servicio, parecía que la maldición había desaparecido o no existió nunca, pero los hechos demostrarán que eso estaba muy lejos de la realidad.
Un avión Thunderbolt del 56º Grupo de Caza se vio obligado a realizar un aterrizaje de emergencia en la recién estrenada pista, con tan mala fortuna que su tren de aterrizaje acabó impactando con la excavadora que estaba realizando trabajos de mantenimiento, matando a su conductor. Esa excavadora era precisamente la que había trasladado la piedra.
Unas semanas más tarde, el comandante de la base, que había manifestado que no creía en historias de brujas, murió repentinamente de un ataque al corazón, por lo que la maldición sobre el aeródromo se vio fatalmente confirmada.
Parece ser que la maldición de la bruja acabó con el fallecimiento del oficial al mando de la base, pues no volvió a producirse ningún otro suceso extraño. El día a día del trabajo en el aeródromo se impuso poco a poco a las fantasías sobre la maldición de la piedra sagrada. Las supersticiones que rodeaban el lugar fueron olvidándose mientras los aviones continuaron despegando rumbo a Alemania.
El final de la guerra y el desmantelamiento parcial de la base supuso el final de la maldición. De hecho, pocos habitantes de la zona mostraron ya algún interés por los supuestos poderes sobrenaturales de la piedra, ya que acabó sirviendo de adorno en el aparcamiento de un pub del pueblo de Boreham, que se encuentra junto a la base.