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400 años de la creación del telescopio

Info10/3/2008
Para espiar hasta el confín del universo


Infrarrojo. Junto al telescopio espacial Hubble, el Spitzer mira al universo desde fuera del planeta

Hace exactamente 400 años, el óptico holandés de origen alemán Hans Lippershey dio el puntapié inicial de una revolución silenciosa. Nunca lo supo, pero su invención, un instrumento para ver de lejos llamado kijker o buscador, con una lente fija y otra móvil incrustadas en un tubo, cambió para siempre la imagen del universo para el ser humano. Su chiche, un prototelescopio luego perfeccionado por Galileo, le sacó a la humanidad la venda de los ojos para ver, desde entonces y para siempre, mucho más lejos de lo permitido por sus facultades naturales.

La historia de las ciencias está llena de fábulas y leyendas. A veces exageradas, a veces concisas. La más intrigante tal vez sea la del nacimiento del telescopio, un aparato que se multiplicó en capacidad y llegó a escapar del planeta para curiosear en la inmensidad del universo sin interferencias atmosféricas.

Aunque los principios ópticos del telescopio fueron enunciados en el siglo XIII por el monje y filósofo inglés Roger Bacon y aún no hay un consenso para determinar cuál fue el primero, Lippershey, dueño de una fábrica de anteojos en Middleburg, Holanda, fue el primero en solicitar por escrito una patente a principios de octubre de 1608, luego de ver a dos chicos jugando con un par de lentes.

Nadie sabe si el cuento es cierto. Y mucho no importa. Lippershey vio la veta comercial, se adelantó al español Juan Roget y a los holandeses Zacharias Janssen y Jacob Metius y lo describió por escrito. Sin embargo, nunca le dieron la patente porque el rey de los Países Bajos lo consideró un arma secreta y prohibió su comercialización. Años más tarde, Lippershey le entregó una copia a Maurits van Nassau, príncipe de Orange, para usarlo en la guerra contra los españoles. El gobierno le pagó 900 florines y reconoció su invención.

Pero la historia no se estanca ahí. Lippershey, consciente de la importancia de la publicidad, realizó un par de demostraciones públicas de su kijker. El rumor del “tubo óptico” –como era conocido por entonces– llegó hasta Padua y de ahí a los oídos de Galileo –astrónomo, físico, matemático, todo en uno– quien consiguió los diseños y los mejoró. De ahí surgieron doce instrumentos: el más grande fue uno de 92 cm de largo y 30 de aumento. Primero lo apuntó a la torre de Santa Giustina, después al mar Adriático y luego al cielo.

Fue en 1609 el amanecer de una de las revoluciones científicas más grandes de todos los tiempos. A partir de ese año –siete antes de la muerte de Shakespeare, como para tener una coordenada temporal–, los descubrimientos se dispararon y comenzaron a temblar las ideas ptolomeicas de la Iglesia, según las cuales la Tierra ocupaba el centro del universo. Galileo así divisó montañas y cráteres en la Luna (rebatiendo la perfección de los objetos celestes), advirtió las fases de Venus, se desayunó con manchas solares y, sobre todo, descubrió objetos –lunas– girando alrededor de Júpiter. Lo que se dice un hallazgo peligroso: fue la primera prueba de que en el universo no todo daba vueltas alrededor de la Tierra. La novela dice que Galileo después fue enjuiciado y encarcelado por la Iglesia católica y que el perdón le tardó en llegar unos 300 años, cuando el 31 de octubre de 1992 el papa Juan Pablo II le retiró la excomunión.

La astronomía nunca necesitó ni solicitó permisos religiosos para sorprender al mundo con su taxonomía de la fauna celeste. Como se dice, ver es creer. Galileo y sus rudimentarios telescopios –cuyo nombre se le ocurrió al matemático griego Ioannes Dimisiani en 1612– no hicieron más que abrir las puertas: en tan sólo 400 años, nada en la extensa vida del universo, estos artefactos evolucionaron en tamaño y extendieron su mirada. De centímetros pasaron a medir ocho pisos de alto, como los telescopios gemelos Keck I y II, emplazados en la cima del volcán Mauna Kea, en Hawai, Estados Unidos. Pesan 400 toneladas y son capaces de echar un vistazo a 12 o 13 mil millones de años luz de la Tierra.

Los siguen en monumentalidad el observatorio Gemini Norte y Sur, desparramados en Hawai y en cerro Pachón, Chile, el japonés Subaru, el Very Large Telescope (desierto de Atacama) y los espaciales Hubble –al que el gobierno estadounidense ya le bajó el pulgar– y el Spitzer.
Porotos en comparación de los que se vienen: el Telescopio Gigante Magallanes (que buscará exoplanetas y estará en el norte chileno), el TMT (“Telescopio de Treinta Metros”) y el sueco XLT (“el Telescopio Extremadamente Grande”), bestias astronómicas para saciar toda sed de conocimiento.


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