Hola a todos hoy dia les traigo unos cuentos japoneses los pongo todos en un post por que pensé que se les podía hacer mas fácil leerlos así que aquí están :
Si es repost sepan disculpar.
EL SAMURAI HAKU :
Capitulo I: Un hombre honorable
- La lealtad te conduce al honor.
- ¿Lealtad a que abuelo? ¿Al Shogun? Todos los samuráis dicen que debemos de ser leales al Shogun.
- No puedes servir a ningún señor sino te sirves primero ti mismo. Dijo cortante el abuelo Tanaka.
- Se leal a tú corazón libre de pasiones. El principal enemigo que debe vencer un samurái es a si mismo!
Haku guardo silencio mientras su abuelo continuo con su lección diaria de caligrafía.
Capitulo II: Justo en la mitad.
El abuelo Tanaka siempre se quedaba absorto al observar los bosques de bambú que rodeaban la pequeña aldea de Emoto, Haku no entendía el porque.
Cierta mañana el abuelo salió de su mutismo y exclamo: - El bambú es el equilibrio entre lo blando y lo duro. Tiene la suficiente humildad para inclinarse ante el viento y el suficiente orgullo para erguirse después de la ventisca.
Capitulo III: El océano de la energía.
Haku acompañaba al abuelo en sus caminatas diarias, algunas veces lo llevaba a caminar por la playa cercana a la aldea.
- El Ki es como las olas del mar, cuando intentas atraparlo ya se ha desvanecido. En el inmenso océano de energía las olas fluyen apacibles sin ser detenidas.
- Haku, si tú estas lo suficientemente vació la ola del Ki golpeara en ti y se ira tan rápido como ha venido. El poder de un samurai proviene de ese instante en que el océano del Ki fluye a través de él.
- Abuelo, ¿ y que pasara en el instante en que el Ki me golpee?
- El resultado del golpe del Ki depende de la intención que le des, puede ser usado para curar como para matar. Para construir como para destruir, estas dos fuerzas generan la armonía del universo.
Capitulo IV: La lección del vació.
Haku había repasado una y otra vez la lección de caligrafía sin lograr atinar al símbolo que con tanta paciencia le enseñaba el abuelo.
- Haku, el presente te revela la perfección de la vida.
- Es que no logro concentrarme en esta lección de caligrafía.
- No lo logras porque no eres conciente de que respiras.
- ¿Que quieres decir abuelo?
- Cuando respiras la ilusión de tu mente se disipa. Solo existe el eterno presente, y en el se expresa el océano de la energía.
- Esta bien abuelo seguiré intentando, por cierto ¿que significa el símbolo?
- Significa Vacio.
Capitulo VI: La muerte del guerrero.
- Ahí veces Haku que me preocupa tú tristeza. Dijo el abuelo a su nieto. - Desde que tú y tú madre se mudaron aquí son pocas las veces que te he visto sonreír.
- Abuelo. Respondió Haku. - Ahí veces que extraño a mi padre.
- Tú padre tuvo una muerte honorable. El vivió como guerrero murió como guerrero.
- Tú padre era un samurai. El samurái vive para la muerte, vive porque no teme morir. Si muere, muere con honor porque no tuvo nada de que arrepentirse.
- Tú padre murió en paz porque su conciencia estaba tranquila. La paz de la conciencia es algo muy valioso para el samurái, ella te guiara con seguridad hacia la casa de tus antepasados.
- Me hubiera gustado ser grande para poder combatir al lado de mi padre.
- Recuerda Haku que todos los guerreros tienen cicatrices. No dejes que el resentimiento te destruya, conviértelo en una fuerza constructiva.
- ¿Cómo?
- No te victimices, ni maldigas tú suerte. Recuerda el resultado del flujo del Ki…
- Depende de la intención que le des. Respondió Haku mientras sonreía.
- Jajajaja…Haku… si ríes mucho terminaras llorando, si lloras mucho terminaras riendo.
Capitulo VII: La fortuna de un hombre-
Haku miraba absorto la katana, la espada usada por los samuráis que el herrero mostraba al abuelo.
- Abuelo ¿crees que esa katana podría valer lo que vale la tierra de nuestros ancestros?
- La fortuna de un hombre esta en sus amigos. Respondió el abuelo a Haku.
- Si quieres esa katana que tanto admiras, consíguete un amigo que tenga una igual, ganate su confianza y él con gusto compartirá su fortuna contigo.
Capitulo VIII: El único mandamiento.
Haku estaba especialmente interesado en la conversación del abuelo. El abuelo le hablaba acerca de su maestro samurai. El abuelo rara vez hablaba de su maestro.
- Haku, el Maestro Hitori era un hombre de pocas palabras, sus acciones revelaban el profundo sentido con el que vivía el modo del samurai, así enseñaba a sus discípulos.
- Una vez en un anoche estrellada como esta nos revelo lo que sus discípulos después conocimos como su único código de honor: Haz el bien y encuentra tú felicidad.
Capitulo IX: Ikebana
Haku solía acompañar al abuelo mientras limpiaba su uniforme de samurai.
- Haku, la guerra te absorbe por eso antes de entrar en tú casa, con tú familia, recuerda limpiar tu corazón.
- ¿Como limpio mi corazón abuelo?
- Nunca olvides maravillarte ante la belleza de la vida.
Haku guardo silencio, como cuando se encontraba en meditación y luego exclamo: - Sakura.
Capitulo X: Sakura.
Haku se encontraba con el abuelo orando a la abuela difunta en el altar de los antepasados.
- ¿Abuelo como te conociste con la abuela? Pregunto Haku.
- Nunca termine de conocerla. Cada día la descubría de diversas maneras. Haku, las mujeres son como las plantas que debes de regar para que florezcan. Por eso que no se te olvide el día de hoy decir te amo…especialmente a esa flor de cerezo que tanto te gusta…Sakura.
Capitulo XI: Honrar a los ancestros.
- Haku se leal a lo que te he enseñado. El bushido, el camino del guerrero he vivido, y así como he vivido así he enseñado, al igual que mi maestro Hitori.
- ¡Abuelo te necesito!
- No tanto como te necesita nuestra aldea en estos momentos, Haku. El samurai ayuda a armonizar el flujo del ki, ese es su propósito en esta tierra.
Haku, entrenado desde niño para ser un samurai, guardo silencio en señal de respeto por su moribundo abuelo.
Capitulo XII: El samurai Haku
Haku cuando cumple la edad requerida es presentado ante el Shogun, el señor de los samurais de esas tierras. El Shogun Takeshi, por generaciones ha contado con los servicios de la familia de Haku y su aldea.
- Yo seré como un padre para ti, y tú serás como un hijo para mi. Exclamo Takeshi.
- Agradezco su generosidad. Exclamo Haku.
- De ahora en adelante serás el Samurai Haku.
Capitulo XIII: El samurai del Señor Takeshi.
Haku gana reconocimiento entre los señores feudales por sus campañas en contra de las guerrillas campesinas que se oponen al mandato de los shogunes. Haku comienza a soñar con que se le deleguen nuevas tierras, para honrar la memoria de sus ancestros, especialmente la de sus abuelos al ganar el favor del Señor Takeshi.
Haku comienza a cortejar a Sakura hace algún tiempo.
- Sakura, pronto lograre el favor del Señor Takeshi y cuando obtenga las nuevas tierras que se me concederán por mis servicios podremos formalizar nuestra relación y tener un hogar juntos.
- Haku, el Señor Takeshi, no es como su padre el anterior shogun, es ambicioso, él quiere ser el señor de los shogunes, se que debes servirlo pero…
- ¿Pero qué? Pregunto Haku consternado.
- Si el Señor Takeshi continua expandiendo sus tierra, no habrá armonía, y vendrá la guerra. Temo por tú vida Haku.
Capitulo XIV: El concilio de lo samurais.
Haku es llamado a la casa del Señor Takeshi para su primer concilio de samurais. Su corazón no le cabe en el pecho al estar rodeado de algunos de los amigos de su abuelo.
- Haku tu comandaras la zona este, el shogun Tomoko ha descuidado sus obligaciones como shogun en esa zona. Su pueblo ha venido a pedir auxilio, debemos de ayudarlo para honrar la antigua amistad entre la casa Han y la casa Cho.
Haku recuerda las palabras de Sakura, pero su estricta disciplina militar le impide contradecir la palabra de su señor.
Capitulo XV: La hoguera
En la profundidad del bosque, acompañados por el calor de la fogata, los samuráis expresan su inconformidad.
- Ahora no somos más que mercenarios. ¿Qué nos distingue ahora de las guerrillas que combatimos?
- Ellos por lo menos defienden sus tierras, nosotros en cambio ayudamos a enriquecer a un señor que no comparte sus tierras con sus súbditos. ¿Quién de ustedes ha recibido algún feudo de la tierra que hemos arrebatado a estos campesinos?
Haku apela a su sentido del honor y anima a sus compañeros.
- Nos tenemos los unos a los otros, separados somos como llamas perdidas en la inmensidad de la noche, unidos somos como el fuego de esta fogata. El Shogun es quien nos une. Él es como un padre nosotros somos sus hijos.
Tetsu mira a Haku en señal de desafió y exclama:
- ¿Que padre arrebata el pan a sus hijos?
Capitulo XVI: La conspiración
- Haku no me gusta la invitación que te hacen. Exclamo Sakura.
- Estoy seguro que con esta misión podré ganar el favor del Señor Takeshi, y podré ganar el favor de tus padres y antepasados para vivir juntos.
- Orare por ti en el altar de los ancestros. Encenderé una vela de cera de abeja por cada día que te encuentres en servicio.
Capitulo XVII: El silencio de los inocentes
Sakura se encontraba orando en el altar de los ancestros cuando sintió un dolor agudo en su espalda, inmediatamente reconoció en su corazón el dolor de Haku al ser atravesado por las flechas que volaban hacia su cuerpo desde todas las direcciones.
Días después el Señor Takeshi se dirigio a la aldea para expresar su consternación al recibir la noticia de la conspiración que estaba realizando una bandada de sus samurais que andaban atemorizando a los campesinos, desplazandolos de sus tierras, para formar un nuevo shogunato, a favor del señor Tomoko, su jurado enemigo a partir de ese momento. Takeshi expreso su dolor de padre al tener que castigar a sus hijos relegados.
Sakura lloro lágrimas de dolor por la muerte de Haku y de odio por la impotencia que sentía en ese momento al escuchar al directo responsable de la muerte de su amado, lavarse las manos, y proseguir con su plan macabro de colonizar los otros shogunatos. Pero su estricto código de honor le impidió gritar la verdad a los cuatro vientos y decidió guardar silencio…una vez más.
EL CORTADOR DE BAMBÚ :
Había una vez un anciano llamado 竹取翁 Taketori-no-Okina ("anciano cortador de bambú" que vivía con su esposa. Un día fue a una plantación de bambú para recolectar brotes. Cuidadosamente cortó el bambú y se quedó asombrado al encontrar a un precioso bebé en el interior. Era una niña. Taketori decidió recogerla y llevarla a su casa.
- Mira lo que he encontrado - dijo llorando el anciano mientras le mostraba a la pequeña niña que encontró dentro del bambú a su esposa.
La viejita respondió:
- Ciertamente son los dioses los que nos han mandado a esta encantadora niña.
Decidieron quedarse con la niña y la llamaron かぐや姫 Kaguya-Hime (Princesa de la Luz Brillante).
La pequeña niña creció muy rápidamente y con el tiempo se volvió muy hermosa. Cuando el anciano o su esposa estaban cansados o de mal humor, solo les bastaba con ver a la niña para sentirse bien nuevamente. Ellos vivían muy felices con Kaguya Hime, a la que querían como si fuera su propia hija. Además, desde el mismo día en que había encontrado a la pequeña, siempre que Taketori cortaba un bambú encontraba oro dentro de él. Gracias a esto, pronto se hizo rico y pudo permitirse el lujo de construir una gran casa en la que vivir cómodamente con su anciana esposa.
Cuando Kaguya Hime creció, se convirtió en una mujer de gran belleza, que se hizo muy famosa en todo el mundo por su elegancia y hermosura, a pesar de que el anciano no permitía que su preciosa princesa saliera de casa. Cinco príncipes llegaron a su casa para pedir la mano de Kaguya en matrimonio. Pero ella era reacia a casarse, así que les propuso a sus pretendientes varias tareas imposibles para llevar a cabo antes de conseguir casarse con ella.
A su primer pretendiente, Kaguya le encargó traer el caliz sagrado de Buda que se encontraba en La India. Al segundo príncipe le encargó recuperar una legendaria rama hecha de plata y oro. El tercero tenía que intentar conseguir al legendario vestido del ratón de sol que se dice que está en China. Al cuarto le pidió que le trajera una joya de colores que brillaba al cuello de un dragón. Al último príncipe, le encargó una concha preciosa que las golondrinas guardaban como un tesoro. Esto desilusionó mucho a los pretendientes, pues la princesa les había pedido objetos que nadie sabía si existían realmente. Aún así decidieron intentarlo.
Un día, llego el primer hombre y trajo la taza de Buda que la princesa había pedido, pero pronto Kaguya descubrió que no había ido realmente a la India como ella lo pidió, sino que en su lugar le había traído una taza sucia de un templo cerca de Kyoto. Cuando la princesa lo vio, supo inmediatamente que esta no era la taza de Buda.
El segundo no tenía idea de donde podría encontrarse una rama de plata y oro, por lo que decidió ordenárselo a unos joyeros. Cuando los joyeros fabricaron la rama, él se la llevó a la princesa. Era una rama de plata y oro tan maravillosa que ella pensó que realmente se trataba de lo que había pedido y pensó que no podría escapar del matrimonio con este joven... de no ser porque los joyeros aparecieron para reclamar al pretendiente su dinero. De esta manera la princesa comprendió que esta rama no era la verdadera y por consiguiente no era lo que ella había pedido.
El tercer pretendiente, a quién se le había pedido el vestido del ratón del sol, les dio dinero a algunos comerciantes que iban a China. Ellos le trajeron una piel vistosa y le dijeron que pertenecía al ratón de sol. Se lo llevó a la princesa y ella dijo :
- Realmente es una piel muy fina. Pero la piel del ratón de sol no arde, aún cuando se tira al fuego. Probémoslo.
Y Kaguya tiró la piel en el fuego, y como era de esperar, la piel ardió.
El cuarto pretendiente era muy valiente e intentó encontrar al dragón por sí mismo. Navegó y vagó durante mucho tiempo, porque nadie sabía donde vivía el dragón. Pero durante una jornada, fue asediado por una tormenta en la que casi pierde la vida. La tormenta le impidió seguir buscando al dragón, así que regresó a su casa. De vuelta en su hogar, se encontró muy enfermo y no pudo volver con la Princesa Kaguya.
El quinto y último de los hombres buscó en todos los nidos, y en uno de ellos pensó que había encontrado lo que la princesa le había encargado; pero al bajar tan aprisa por la escalera, se cayó y se lastimó. Ni siquiera lo que tenía en su mano era la concha que la princesa había pedido, sino una golondrina vieja y dura.
De este modo todos los pretendientes fracasaron, y ninguno podría casarse con la princesa.
Un día, el Emperador quiso conocer la extraordinaria belleza de Kaguya Hime. En cuanto la vio, quedó prendado de la joven y le pidió que se casara con él y fuera a vivir a su palacio. Pero la princesa rechazó también su propuesta, diciéndole que era imposible, ya que ella no había nacido en el planeta y no podía ir con él.
Ese verano, cada vez que la princesa miraba la Luna, sus ojos se llenaban de lágrimas. Los ancianos estaban muy preocupados, pero la princesa guardaba silencio. Un día antes de la luna llena de mediados de agosto, la princesa explicó por qué estaba tan triste. Explicó que no había nacido en el planeta, sino que procedía de la Ciudad de la Luna (月の都 Tsuki no Miyako), a dónde debía regresar en la próxima luna llena, y que vendrían personas a buscarla.
Los ancianos trataron de convencerla de que no partiera, pero ella contestó que debía hacerlo. Así que Taketori corrió en busca del Emperador, y le contó toda la historia. El Emperador, para evitar que la princesa Kaguya se marchara, envió a su casa una gran cantidad de soldados.
Pero en la noche de la luna llena de mediados de agosto, una intensa luz los cegó a todos y las gentes de la Ciudad de la Luna bajaron a por la princesa. Los soldados no pudieron combatir ni tratar siquiera de impedirlo, porque estaban cegados por aquella intensa luz y porque extrañamente habían perdido las ganas de luchar.
La princesa se despidió de sus padres, y les dijo que no deseaba irse, pero que tenía que hacerlo. También se despidió del Emperador por medio de una carta.
El desolado Emperador envió un ejército entero de soldados a la montaña más alta de Japón, el gran Monte Fuji. La misión era subir hasta la cima y quemar la carta que Kaguya-Hime había escrito, con la esperanza de que llegara a la ahora distante princesa.
Años después, de la Luna cayó la capa que la gente de la Ciudad de la Luna le había dado a la princesa Kaguya. Un monje, llamado Miatsu, se enteró de la historia de la princesa y fue a ver al Emperador. Le dijo que si alguna vez la luna llena aparecía más de lo debido, llevaran la capa al Monte Fuji y lo quemaran. El monje le dijo que la princesa Kaguya había recibido la carta que el había quemado , y que se encontraba molesta por no haberse podido quedar en el planeta, por lo que había decidido convertir la Tierra en un lugar como la luna. El Emperador le pidió al monje que sellara a Kaguya en un lugar del cual jamás pudiera salir.
La princesa Kaguya se enteró por medio de un susurro de un sirviente del palacio que estaba encargado de cuidar el espejo que la mantenía cautiva del hechizo y el engaño del Emperador, así que le pidió a uno de los habitantes de la Ciudad de la Luna que hiciera que del Monte Fuji cayera fuego, lava, cenizas y gases venenosos que causaran la muerte de la región entera. Esa persona así lo hizo, y tomando la furia de la princesa como componente principal, creó al volcán (antes era nada más una montaña), que no hizo erupción debido a que la rabia de la princesa no era suficiente, por lo que tenían que esperar hasta que la rabia de la princesa se acumulara y fuera la suficiente para hacer estallar al volcán.
Desde entonces las erupciones del Fuji , aunque escasas, han sido violentas, debido a la furia de Kaguya Hime.
TARO URASHIMA :
"Hace mucho tiempo, en una aldea costera de las lejanas tierras del Japón, existió un pescador llamado Tarô Urashima.
Urashima vivía en una humilde cabaña con su anciana madre, a la que cuidaba con gran cariño. Gran parte del pescado que capturaba en sus salidas al mar, en lugar de venderlo, se lo daba a ella para que pudiera comer. Por eso se esforzaba siempre en pescar todo lo que pudiera y se sentía muy preocupado cuando la pesca era escasa, como le sucedía últimamente.
Cierto día en que Urashima regresaba a casa con las manos vacías, muy afligido por no haber logrado capturar ni un sólo pez y preocupado por no poder darle nada a su madre, le ocurrió una cosa maravillosa. Mientras caminaba por la playa, se encontró de repente con un grupo de pilluelos que estaban maltratando a una pequeña e indefensa tortuga. Le daban patadas, la ponían del revés sobre su concha, e incluso uno de ellos empezó a darle golpes con una vara.
Urashima, sintendo lástima de la tortuga, rogo a los niños que la dejaran en paz y le permitieran devolverla al mar. Pero los niños se negaron.
"¿Devolverla al mar, dices? ¡De eso nada! Esta tortuga la venderemos en el mercado del pueblo".
"En ese caso, vendédmela a mi", respondió Tarô. "No tengo dinero, pero os puedo dar mi camisa a cambio".
Los niños aceptaron el trato, considerando que una camisa vieja y harapienta era mejor que nada, y le entregaron la tortuga a Urashima. Éste la llevó al mar y la puso inmediatamente en libertad. La tortuga, antes de marcharse, asomó la cabeza por encima de la superficie del agua y saludó a Urashima con una reverencia en señal de agradecimiento.
Tras liberar a la tortuga, Urashima regresó a su casa, con las manos vacías pero contento por la buena acción que había realizado.
"Lo siento, madre", fue lo primero que dijo al entrar en casa, "hoy tampoco he podido pescar ni un sólo pez. Y además he tenido que darle mi camisa a unos niños para que dejaran de maltratar a una tortuga."
"Tranquilo", respondió la anciana, "has hecho lo que debías. No te preocupes por no haber podido traerme nada de comer".
"Mañana será muy distinto, seguro que conseguiré pescar muchos peces".
Al día siguiente, Urashima se hizo a la mar en su barca desde antes de que saliera el sol, pero tampoco en esta ocasión consiguió pescar ni un sólo pez. No obstante, en un momento dado, notó que el hilo de su caña se tensaba repentinamente. Al cabo de un momento, apareció sobre el agua la cabeza de la tortuga a la que había salvado el día anterior.
"Tarô Urashima, te ruego que subas a mi espalda", habló la tortuga.
"¿Cómo voy a subirme a tu espalda, con lo pequeña que eres?", respondió Tarô.
Tú no te preocupes y súbete a mi espalda", insistió la tortuga. Y Urashima se decidió a hacer lo que el animal le pedía, y con gran sorpresa suya, al poner los pies sobre el caparazón de la tortuga, ésta se hizo mucho más grande, de forma que podía transportar al pescador con holgura.
Nada más sentarse sobre el caparazón de la tortuga, Urashima se vio envuelto en un profundo y agradable sueño.
Al despertar, Urashima comprobó que se encontraba en un lugar totalmente desconocido. La tortuga le había transportado por las profundidades del mar hasta el maravilloso Palacio del Dragón (Ryûgû-jô). Frente a él, una hermosa princesa (otohime) le saludó.
"Tarô Urashima, espero que hayas tenido un buen viaje y que hayas descansado bien", le dijo la princesa, con voz dulce, mientras le tomaba de la mano. "Yo soy aquella tortuga a la que ayudaste ayer. Siempre que quiero salir al mundo de la superficie, tengo que cambiar de forma. Me convertí en una tortuga y sali al exterior, y tuve la mala suerte de ser capturada por aquellos niños. Seguramente me habrían matado de no haber sido por ti, y quiero darte las gracias por haberme salvado. En agradecimiento, te mostraré las maravillas del Palacio del Dragón. Te ruego que te quedes aquí para siempre."
Y así lo hizo. La princesa sentó a Urashima en una magnífica silla y le ofreció un espléndido banquete, con los manjares más exquisitos que el buen pescador había probado nunca. Después le tomó de la mano y le mostró hasta el último rincón del Palacio submarino del Dragón, un lugar de ensueño repleto de las maravillas más inimaginables.
Urashima pasó tres largos años en el Palacio del Dragón, disfrutando de los más deliciosos banquetes y de la amabilidad de su anfitriona, la princesa, y sus sirvientes. Pero, aunque allí se encontraba muy a gusto, llegó un momento en el que sintió preocupación por su anciana madre, y rogó a la princesa que le permitiera volver al exterior, ya que temía ser castigado por los dioses si no lo hacía.
La princesa aceptó, y como regalo de despedida, le ofreció a Urashima tres preciosas cajitas enjoyadas, montadas una sobre la otra. A continuación, volvió a convertirse en tortuga para transportar a Urashima, que de nuevo iba dormido sobre su caparazón, hasta la playa.
Al recobrar el conocimiento, Urashima se encaminó hasta su humilde cabaña, y cuál no sería su sorpresa cuando comprobó que de ella sólo quedaban en pie algunas vigas podridas y mohosas, como si hubieran llevado ahí centenares de años. Pero no era sólo eso lo que había cambiado, su aldea también estaba completamente distinta y nadie parecía reconocerle.
Urashima, totalmente desorientado y confuso, se acercó a un monje para preguntarle qué había sucedido durante su ausencia, y éste pensó que Urashima le estaba gastando una broma y no quiso creerle cuando le dijo su nombre. El monje le explicó que hace trescientos años había vivido en aquella aldea cierto pescador llamado Tarô Urashima, pero que un día desapareció en el mar mientras pescaba, y nadie volvió a saber nada de él. Se le había dado por muerto e incluso tenía su tumba erigida en el cementerio de la aldea.
Naturalmente, Urashima se encaminó rápidamente a comprobar las palabras del monje, y quedó totalmente abatido al ver que eran ciertas. Se dio cuenta de lo que había ocurrido y al momento le invadió una profunda tristeza. No eran tres años los que había pasado en el Palacio del Dragón como él creía, sino trescientos: un año allí equivalía a cien años en el mundo exterior.
Desolado, Urashima regresó a la playa sin saber qué hacer. En ese momento reparó en que aún conservaba en su poder las tres cajas enjoyadas que le había entregado la princesa, y decidió abrirlas para ver su contenido.
La primera cajita contenía unas blancas alas de grulla. De la segunda salió una espesa columna de humo blanco. Y en la tercera había un espejo, en el que Urashima pudo ver reflejada su propia imagen, la de un anciano de larga barba blanca, en cuya espalda nacía un par de blancas alas.
Gracias a aquellas alas, el anciano Urashima, convertido en una grulla, pudo volar y surcar los cielos libremente.En primer lugar se dirigió hasta el lugar donde estaba su tumba, y la sobrevoló tres veces. Y después se adentró en el mar, y allí pudo ver a una gran tortuga que emergía a la superficie.
Quizás esa tortuga fuera la princesa... "
Este que os acabo de narrar es uno de los más conocidos y representativos cuentos tradicionales japoneses. Espero que me disculpéis la torpeza y las posibles (y de hecho más que probables) inexactitudes de mi traducción. Narrar cuentos no es precisamente lo mío, y además no he tenido más remedio que tomarme algunas licencias en ciertos párrafos en los que no he llegado a entender del todo el significado exacto del original en japonés, aunque estas licencias de todos modos no afectan en ningún caso al desarrollo de la historia.
Quizás esta historia os resulte familiar a los que hayáis leído el cuento de Rip van Winkle, de Washington Irving (el autor de Sleepy Hollow), con el que guarda asombrosas similitudes: un personaje sencillo y humilde viaja por casualidad a un mundo maravilloso en el que el tiempo transcurre mucho más rápido, y al volver acaba convertido en un anciano. No obstante, el cuento de Irving tiene un tono bastante desenfadado y es mucho más amable en su final, ya que en el caso de Rip van Winkle, su ausencia no ha durado trescientos años, sino sólo veinte o treinta, lo que permite al protagonista reencontrarse con su familia, que sí le reconoce... además de con unos cambios decisivos en su país, que de ser una colonia sometida a la autoridad de la monarquía británica ha pasado durante su ausencia a convertirse en una República independiente.
Por lo demás, existen diversas versiones de este cuento, y algunas de ellas tienen un final bastante más amargo: la princesa le entrega a Urashima una sola caja, en vez de tres, y además le advierte que no la abra nunca, bajo ningún concepto. Y al abrir la caja, que contiene su verdadera edad de más de trescientos años, Taro se convierte en un anciano decrépito y poco después fallece. No os extrañéis de esto, ya que no es nada raro que los cuentos infantiles japoneses tengan un final triste, incluso injusto para el protagonista.
Bueno, ¿qué me decís? ¿Os ha gustado la historia? Si el tema os interesa, en próximos posts os contaré más cuentos tradicionales japoneses, todos ellos repletos de personajes fascinantes, humildes leñadores y carpinteros, hermosas princesas, astutos tanukis y zorros con sus habilidades para cambiar de forma a voluntad, niños nacidos de melocotones, encantadores abuelitos y abuelitas, terribles y vengativos demonios y ogros... ¡merecen la pena!
EL CEREZO DE LA NODRIZA :
Hace trescientos años, en la aldea de Asamimura, distrito de Onsengôri, provincia de Iyô, vivía un buen hombre llamado Tokubei. Este Tokubei era la persona más rica del distrito y el jefe de la aldea. La suerte le sonreía en muchos aspectos, pero alcanzó los cuarenta años de edad sin conocer la felicidad de ser padre. Afligidos por la esterilidad de su matrimonio, él y su esposa elevaron muchas plegarias a la diosa Fudô-myô-ô, que tenía en Asamimura un famoso templo, llamado Saihôji.
Fudô no desatendió sus plegarias, y al cabo de un tiempo, la mujer de Tokubei dio a luz a una preciosa niña a la que llamaron O-Tsuyu. No obstante, como la leche de la madre era deficiente, tuvieron que contratar a una nodriza, llamada O-Sodé, para que alimentara a la pequeña.
Pasaron los años, y O-Tsuyu se convirtió en una hermosa muchacha. Por desgracia, a los quince años cayó gravemente enferma y los médicos juzgaron inevitable su muerte. La nodriza O-Sodé, que amaba a O-Tsuyu con auténtico amor materno, fue entonces al templo Saihôji y fervorosamente rogó a la diosa Fudô por la salud de la niña. Todos los días, durante dos semanas, acudió al templo y oró a la diosa; al cabo de ese lapso, O-Tsuyu se recuperó súbita y totalmente.
Hubo, pues, gran regocijo en casa de Tokubei, el cuál decidió dar una gran fiesta para celebrar el feliz acontecimiento. Pero en la noche de la fiesta,O-Sodé cayó súbitamente enferma, y a la mañana siguiente, el médico que había acudido a atenderla anunció que la nodriza agonizaba.
Abrumada por la pena, la familia se congregó alrededor del lecho de la moribunda para despedirla. Pero ella les dijo:
- Es hora de que os diga algo que ignoráis. Mis plegarias han sido escuchadas. Solicité a Fudô-sama que me permitiera morir en lugar de O-Tsuyu, y la diosa me ha otorgado este favor. Por tanto, no debéis apenaros por mi muerte. Pero quisiera pediros algo: le prometí a Fudô-sama que si me concedía mi petición, haría plantar un cerezo en el jardín de Saihôji, en señal de gratitud y conmemoración. Yo no podré plantarlo con mis propias manos, así que os ruego que lo hagáis vosotros en mi lugar. Adiós, amigos míos, y recordad que me alegró poder morir en lugar de O-Tsuyu.
Después de los funerales de O-Sodé, los padres de O-Tsuyu plantaron un joven cerezo, el mejor que pudieron encontrar, en el jardín de Saihôhi. El árbol creció sano, y el día decimosexto del mes segundo del año siguiente, el aniversario de la muerte de O-Sodé, se cubrió maravillosamente de flores. Continuó dándolas durante doscientos cincuenta y cuatro años, siempre en el día decimosexto del mes segundo; y esas flores, blancas y rosadas, eran semejantes al pezón del pecho femenino y parecían rezumar leche. Y por eso la gente llamó a ese arbol Uba-zakura, el Cerezo de la Nodriza.
Pues sí, habéis visto bien, ¡hoy os ofrezco dos cuentos japoneses por el precio de uno! Y en esta ocasión, se trata de dos relatos muy diferentes de los habituales cuentos de tanukis, ogros, grullas, niños-melocotón y demás fauna. Mañana , 14 de febrero, es el día de San Valentín, como bien sabéis (aunque para mí no pasa de ser sino un día más del calendario, pero en fin... muchas felicidades a quienes sí lo celebréis ^_^), y con tal motivo creo que viene que ni pintada esta conmovedora historia de amor más allá de la tumba protagonizada por los prometidos O-Tei y Nagao, magistralmente narrada en su libro Kwaidan (4) por el escritor greco-irlandés nacionalizado japonés, Lafcadio Hearn,del que ya os hablé en mi post anterior sobre la historia de la Mujer de las Nieves. Yo no he añadido ni quitado nada al relato original de Hearn, sino que he copiado el texto prácticamente tal cual, con tan sólo algunos leves retoques de estilo.
(vale, lo confieso, me he adelantado un poco... pensaba haber publicado este post mañana, día de autos, pero ya que lo tenía preparado no he podido resistir la tentación de actualizar ya mismo U).
Y como propina, no he podido resistirme a incluir también la leyenda del Cerezo de la Nodriza, también recopilada por Hearn en dicho libro (de hecho viene inmediatamente después de la Historia de O-Tei); una leyenda que yo hasta ayer no conocía de nada, y os aseguro que me ha estremecido como pocas, me ha causado verdaderos escalofríos (y no es una exageración).
Por cierto, una variante de esta misma leyenda también está incluida en el libro Kaidan, con el título Juuroku-zakura, "el Cerezo del Día Decimosexto". En esta versión de la historia, es un anciano samurai de la provincia de Iyô quien que ofrece su propia vida mediante el ritual del Seppuku (5), para que el querido cerezo bajo el que jugaba en su niñez y que ya estaba marchitándose pudiera recuperar su esplendor. El espíritu del samurai entró en el cerezo, y desde entonces el árbol siguió floreciendo en el día decimosexto del mes primero cada año.
Según Lafcadio Hearn, este ritual de "transferir la propia vida" a cambio de la de otra persona, como sucede en la historia de la nodriza, o la de un árbol, como en la del samurai, o la de cualquier otra criatura, por intercesión de los dioses, se denomina en japonés 身代わりにたつ migawari ni tatsu, actuar como sustituto.
Si encontráis Kaidan por ahí, no dudéis en haceros con él, por cierto. Es un librito muy, pero que muy recomendable; si queréis ir un poco más allá de los cuentos japoneses que más o menos conoce todo el mundo, os llevaréis una gratísima sorpresa.
LA PUERTA DEL CIELO :
Un guerrero, un samurai, fue a ver al Maestro Zen Hakuin y le preguntó:"¿Existe el infierno?¿Existe el cielo? ¿Donde estan las puertas que llevan a ellos ? ¿Por donde puedo entrar?
Era un guerrero sencillo. Los guerreros siempre son sencillos, sin astucia en sus mentes, sin matemáticas. Sólo conocen dos cosas: La vida y la muerte. El no habia venido a aprender ninguna doctrina; solo quería saber donde estaban las puertas, para poder evitar el infierno y entrar en el cielo. Hauikin le respondió de una manera que sólo un guerrero podía haber entendido.
¿Quién eres?", le preguntó Hakuin.
"Soy un samurai, le respondió el guerrero, hasta el emperador me respeta".
Hakuin se rio y contestó "¿Un Samurai, tú?. Pareces un mendigo".
El orgullo del samurai se sintió herido y olvidó para que habia venido.Sacó su espada y ya estaba a punto de matar a Hakuin cuando éste dijo:
"Esta es la puerta del infierno. Esta espada, esta ira, este ego, te abren la puerta".
Esto es lo que un guerrero puede comprender. Inmediatamente el samurai entendió. Puso de nuevo la espada en su cinto y Hakuin dijo: "Aquí se abren las puertas del cielo.
La mente es el cielo, la mente es el infierno y la mente tiene la capacidad de convertirse en cualquiera de ellos. Pero la gente sigue pensando que existen en alguna parte, fuera de ellos mismos...El cielo y el infierno no estan al final de la vida, están aquí y ahora. A cada momento las puertas se abren...en un segundo se puede ir del cielo al infierno, del infierno al cielo.
HISTORIA DE UN SAMURAI :
Cerca de Tokio vivía un gran samurai ya anciano, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario.Cierta tarde, un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos, apareció por allí.
Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: Esperaba a que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para reparar en los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante.El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha.
Con la reputación del samurai, se fue hasta allí para derrotarlo y aumentar su fama.Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo acepto el desafío.Juntos, todos se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven comenzaba a insultar al anciano maestro.
Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió en la cara, le gritó todos los insultos conocidos -ofendiendo incluso a sus ancestros-.Durante horas hizo todo por provocarlo, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.
Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:
¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta indignidad?
¿Por qué no usaste tu espada, aún sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?
El maestro les preguntó: -Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo aceptan,
¿a quién pertenece el obsequio?
-A quien intentó entregarlo- respondió uno de los alumnos.
- Lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos -dijo el maestro-.
Cuando no se aceptan, continúan perteneciendo a quien los llevaba consigo.
EL SAMURAI Y EL PESCADOR : (RECOMENDADO).
Durante la ocupación Satsuma de Okinawa, un Samurai japonés que le había prestado dinero a un pescador, hizo un viaje para recolectarlo a la provincia Itoman, donde vivía el pescador. No siéndole posible pagar, el pobre pescador huyó y trató de esconderse del Samurai, que era famoso por ser corto de genio. El Samurai fue a su hogar y al no encontrarlo ahí, lo buscó por todo el pueblo. A medida que se daba cuenta que no lo encontraba se volvió furioso. Finalmente, al atardecer, lo encontró bajo un barranco que lo escondía de la vista. En su enojo, desenvainó su espada y dijo: "Qué tienes para decirme", le gritó.
El pescador replicó, "Antes que me mate, me gustaría decir algo. Humildemente le pido esa posibilidad." El Samurai dijo, "Ingrato! Te presto dinero cuando lo necesitas y te doy un año para pagarme y me retribuyes de esta manera. Habla antes que cambie de parecer."
"Lo siento", dijo el pescador. "Lo que quería decir era ésto. Acabo de comenzar el aprendizaje del arte de la mano vacía y la primera cosa que he aprendido es el precepto: 'Si alzas tu mano, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza, restringe tu mano."
El Samurai quedó anonadado al escuchar esto de los labios de un simple pescador. Envainó su espada y dijo: "Bueno, tienes razón. Pero acuérdate de esto, volveré en un año a partir de hoy, y será mejor que tengas el dinero." Y se fue.
Había anochecido cuando el Samurai llegó a su casa y, como era costumbre, estaba a punto de anunciar su regreso, se vio sorprendido por un haz de luz que provenía de su pieza, a través de la puerta entreabierta.
Afinó su ojo y pudo ver a su esposa tendida durmiendo y el contorno impreciso de alguien que dormía a su lado. Muy sorprendido y explotando de ira se dio cuenta de que era un samurai!
Sacó su espada y sigilosamente se acercó a la puerta de su pieza. Levantó su espada preparándose para atacar a través de la puerta, cuando se acordó de las palabras del pescador: "Si tu mano se alza, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza restringe tu mano."
Volvió a la entrada y dijo en voz alta. "He vuelto". Su esposa se levantó, abriendo la puerta salió junto con la madre del Samurai para saludarlo. La madre vestida con ropas de él. Se había puesto ropas de Samurai para ahuyentar intrusos durante su ausencia.
El año pasó rápidamente y el día del cobro llegó. El Samurai hizo nuevamente el largo viaje. El pescador lo estaba esperando. Apenas vio al Samurai, este salió corriendo y le dijo: "He tenido un buen año. Aquí está lo que le debo y además los intereses. No sé cómo darle las gracias!"
El Samurai puso su mano sobre el hombro del pescador y dijo: "Quédate con tu dinero. No me debes nada. Soy yo el que está en deuda."
DOS SAMURAIS :
En medio de un camino húmedo se encuentran dos samuráis.
El uno viste con lujo, destacan de sus rojas ropas un kimono lleno de adornos.
El otro, en cambio, porta un traje de sencilla apariencia, sin aliños, de un azul grisáceo apenas perceptible.
Ambos tienen el rostro sereno. Ambos son la representación del valor y la fuerza.
El Samurai de azul parece lejano en su pensamiento, y en su mirada extraviada se lee una profunda confusión. El samurai que viste de rojo tiene la ropa empolvada y sus pasos cansados revelan una batalla recientemente vivida.
Al encontrarse sus ojos nace esa mirada de desafío, estudiada. Se identifican de inmediato como antagonistas, de dueños enemigos, y al segundo se declaran en duelo, tal como corresponde a un samurai de buena cuna. Al cruzar la mirada entre ellos se define inmediatamente la situación:
El de rojo, después de una pausa se encorva y da dos pasos a la derecha llevándose la mano a la larga katana. El de azul también toma su postura, y en la tierra se dibuja el trazo de ese círculo que estrecha y tensa a los combatientes.
En un momento, el rojo levanta su katana al aire, y en furioso movimiento corre hacia su oponente, inclinado el cuerpo hacia delante, blandiendo su espada. El otro le espera erguido, y un segundo antes de recibir el tajo detiene el impuso del enemigo cruzando su katana. Ese sonido metálico y cristalino, revelador de la fuerza de los combatientes, es lo único que se oye en el bosque. Tal como se anuncia el espíritu de dos combatientes.
Después de retirarse y volver a la pelea en varias ocasiones, la katana roja no se queda quieta, aumenta en intensidad y repetición su acometida: tras un primer golpe se ha ingeniado otro, trazado en el aire de derecha a izquierda y de arriba hacia abajo;
con breve giro sobre sí mismo el de azul se encuentra con el hierro enemiga, sosteniéndolo por instantes, parando el nuevo golpe.
Tras unos minutos de comenzada la lucha, ambos guerreros dan señales de cansancio y su violencia casi ha desaparecido: el de azul, sin embargo, parece no poder contener más los embates.
La lucha silenciosa se vuelve un poco absurda. Sin pasión, casi mecánica.
Entonces, al bajar su brazo, el samurai azul recibe un tajo entre la cabeza y el hombro, que penetra hacia el corazón, como si de un tronco se tratara, golpe que ha permitido salir limpiamente al sable.
Se desploma sobre una rodilla y se lleva la mano libre al hombro, sabiendo que esta será su última guerra.
Mira a su antagonista y descubre en sus ojos ese atisbo de piedad muda que le evitará suplicar.
Y tal como lo prevé, el samurai rojo le obsequia, en su último momento, el honor de cortarle la cabeza de un tajo.
Aquella breve comunicación disipó la confusión del vencido: ya no más se torturaría pensando en lo que esta vida le había deparado, y en su suerte encontró un alma fuerte que le ayudó a comprender.
En el alma del vencedor no hubo duda, pues conoció que su oponente era valiente y merecía el honor de una muerte segura.
Apenas cayó tendido en el suelo, el guerrero reúne cabeza y cuerpo y los levanta y lleva a un lado del camino. Entonces con sus manos empieza a cavar una tumba. Coloca cuidadoso los restos del samurai, retirando su espada y ropas. Al final, cubre el cuerpo con la tierra, y tiende encima el ropaje y clava en el barro la katana.
Antes de partir, se inclina hacia la tumba. Aparentemente elevó una plegaria. Seguramente llevaba las palabras “valiente” y “honor” en sus labios.
LA TINIEBLA :
Un samurai le decía a otro:
- Cuando estoy frente al enemigo siento que penetro en las tinieblas y a causa de esto he sido herido gravemente... sin embargo, tú, que has librado numerosos combates y gueras, jamás resultaste herido. ¿Cómo lo has logrado?
El otro contestó:
- Cuando me enfrento con el enemigo, al igual que tú, siento penetrar en las tinieblas. Pero en ese mismo instante hago que mi mente se aquiete y no se conmueva, así todo se vuelve tan claro como una noche iluminada por la plateada luna. Si ataco en ese momento, sé que no seré herido. Esta es la situación en el momento de la verdad.
La tiniebla, al igual que la luz, son estados de la mente; por ello es posible verse sumido en la oscuridad aún en medio d ela luz, y ver tan clao en la tiniebla como si fuera bajo la luz del día. El budismo Zen recomienda combatir los estados mentales de confusión, angustia, ansiedad, desazón, etcétera, ya que todos ellos proceden del ego que cae presa del deseo y que procura el dominio. El primer guerrero fundaba sus pensamientos y estrategias en el ego, por ello resultaba herido. El segundo guerrero, en cambio, comprendía la situación tal como ésta se le presentaba, pues su estado mental no partía del ego, y su conciencia podía recoger fácilmente las señales que se le presentaban.
Nada amenaza al samurai que alcanza la comprensión de los otros y de lo que sucede. El ataque no requiere tanto de la fuerza como de la paciencia. Saber librar un ataque proviene del saber esperar, el saber esperar proviene del abandonar el ego, y quien abandona el ego encuentra siempre la solución a un problema, y en medio d ela tiniebla verá claro. Por ello, el combate no es tan sólo un hecho bélico; es también un acontecimiento de la conciencia, un acontecimiento filosófico. Quien anhela vencer será vencido; quien no teme por su vida vencerá.
La esencia del combate consiste en estar involucrado y a la vez en no estarlo. Se debe estar involucrado en la situación que se presenta y ser uno con ella; y a la vez no permitir que el ego se involucre por medio de sus deseos. El jinete, el caballo, el arco, la flecha y el blanco se mueven y actúan como si fueran uno solo. Si el guerrero separa cada una de las acciones por medio de su pensamiento, no dará en el blanco y será derribado.
EL QUE SE ENFADA PIERDE:
En tiempos de los respetados samurais existía un Emperador, luchador ya mayor, que gobernaba el Imperio de las Islas del Japón.
Por aquel entonces, a cambio de una suma de dinero, los nobles japonenses enviaban a sus hijos a escuelas donde se entrenaban para ser los temidos samurais de los cuentos. Por aquella razón un Maestro Samurai aceptó como pupilo a un despierto niño de 13 años.
Se entrenó duro, pero con prisas y cometió los errores propios de la inexperiencia y la irreflexión. Era corriente entonces que muchas familias poderosas se disputaran el trono, que no se cedía por sucesión hereditaria. Pero, incomprensiblemente, una de las mas influyentes, que había sido mano derecha del Emperador-Samurai, le traicionó y se rebeló contra él.
Entonces la costumbre era disputarse el trono, luchando. Aquél niño irreflexivo, con el paso del tiempo se convirtió en Samurai y formaba parte de aquella familia.
Éste se puso como objetivo el gobernar y retó a un duelo al poderoso Rey Samurai. Éste no aceptó el reto. Muy dolido, el inexperto Samurai de "formación express" intentó todas las artimañas para que el Emperador luchara; incluso, en su frivolidad, llegó a insultar a los antepasados del Monarca Samurai.
Ni que decir tiene que insultar a un antepasado era una ofensa descomunal, contra lo más sagrado; pero éste no se inmutó, haciendo un alarde de madurez y de auto control.
Al ver de que no servía de nada, el jovencito caprichoso se fue enfadado. Un familiar, extrañado lde su conducta, le preguntó cómo dejaba que le insultaran. El viejo samurai le respondió que la ira era como un mal regalo: si no la aceptabas se iba con quien te la había ofrecido....
ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO ! ! !