Una generación entera asocia el castillo de la Bella Durmiente y a Campanita con la voz en off que anunciaba: “Desde Disneylandia Walt Disney presenta...”, en una época en la que ningún hispanohablante habría llamado Disneyland a ese lugar.
Y es que, desde que en octubre de 1954 la cadena ABC estrenó el programa televisivo Disneyland, que sirvió para promocionar – casi un año antes de su apertura, el 17 de julio de 1955- al Reino Mágico y sus películas, los parques de diversiones verían con estupor la llegada de los parques temáticos.
En palabras de Margaret J. King, especialista en parques temáticos y cultura popular, Disneyland no es un ecosistema, sino un “egosistema”: un ambiente diseñado por sus creadores para que sus visitantes experimenten el “Mundo de Disney”: la realidad vista a través de los lentes de su fundador y sucesores, donde hasta la naturaleza es cuidadosamente presentada al visitante para que “se comporte” de una manera “más natural”.
La disneyficación de la realidad, de acuerdo con King, se resume en tres palabras: antropomorfización, sentimentalización y moralización. La compañía del ratón disneyficó a los hermanos Grimm, a Hans Christian Andersen, a Carlo Collodi y al mismísimo Víctor Hugo.
¿El mundo del mañana?
Durante años el mundo del mañana imaginado por Disney se convirtió en el mundo del “retrofuturismo”: un futuro en un universo paralelo al nuestro. Lo que en verdad parece cosa del futuro es la manipulación de la naturaleza que ahí se lleva a cabo: de acuerdo con el especialista forestal William T. Borrie, de la Universidad de Montana, en EU:
Cuando el parque cierra, “tratamientos químicos extensivos son usados para minimizar el número de insectos y malas hierbas, retardantes de crecimiento se emplean para mantener a las plantas dentro de sus lugares, mediante hormonas se induce al florecimiento de las plantas aun fuera de estación para mantener el colorido incluso en otoño e invierno, y la monotonía visual de las selvas reales se rompe al intercalar especies de otros ecosistemas”.
La tierra de la aventura... capitalista
Un estudio digno de Freud o de los autores del clásico Para leer al Pato Donald, pero escrito por el etnógrafo M. Gottdiener en 1982, asocia a cada tierra de Disneyland con una faceta del capitalismo: Frontierland con el capitalismo depredador, Adventureland con el colonialismo, Tomorrowland con el capitalismo de estado, Main Street con el capitalismo de escala familiar y Fantasyland con la ideología burguesa.
Etiquetas económicas aparte, lo cierto es que la exportación de parques Disneyland tuvo el mayor de sus éxitos en Japón y el fracaso más rotundo –por lo menos en sus inicios- en Europa. Y es que, entre muchas de las cosas no previstas en el viejo continente fue que -al contrario de EU- si algo abunda ahí son los castillos. Que no se permitiera la venta de vino, que se rehusaran de entrada a usar el sistema internacional de unidades en lugar del sistema inglés, y que esperaran que los turistas europeos visitaran el parque durante varios días seguidos –al estilo estadounidense- no hizo más que agravar el problema.
El reino de las filas
Dice la ley empírica de Erma Bombeck: “la fila de al lado siempre avanza más rápido”. En su estudio sobre la psicología de hacer filas David H. Maister analizó los numerosos efectos que puede tener sobre nosotros el esperar casi dos horas, con un niño en brazos y otro de la mano, nuestro turno para disfrutar los tres minutos y medio que dura el paseo en “Splash Mountain”.
De acuerdo con Maister:
1) el tiempo que pasamos sin hacer nada lo percibimos como más largo que si nos distrajéramos, por ejemplo, viendo cortos de Pluto;
2) si se consigue enfocar la atención de quien espera en la rapidez con que una fila avanza en lugar de en la longitud de la fila, la experiencia se vuelve más tolerable (por eso esta longitud se disfraza haciendo que la fila zigzaguee),
3) la ansiedad hace que la espera parezca más larga (por ello existen los boletos de entrada Fast Pass, que señalan la hora y el tiempo total de espera).
“Tenemos un papá Disneyland”
Si el lector o su papá son etiquetados como “padre Disneylandia” mal harían en celebrar, pues los psicólogos llaman así a aquellos progenitores divorciados que no viven en casa de sus hijos, y que se encargan de estos sólo los fines de semana para resaltar un rasgo común en ellos: como consecuencia de varios factores ligados a esta situación y sin importar el género, este tipo de padre invierte la mayor parte de ese tiempo fungiendo como acompañante de su hijo a cines, teatros, museos y estadios de futbol, lo que lo convierte en una especie de “padre de diversiones”.
La buena noticia es que estudios recientes indican que su involucramiento en la crianza de los niños es mayor que el que previamente se creía.
Memorias de fantasía
Si eres de los que asegura haber estrechado la mano de Bugs Bunny a la entrada del castillo de la Bella Durmiente, no estás solo. Un estudio de 2002 muestra cómo es relativamente sencillo para los publicistas sembrar en nosotros una memoria falsa mediante una estrategia conocida como “publicidad auto- biográfica”, muy usada para crear nostalgia hacia cierto producto –y, por supuesto, en el caso de Disneyland el que queramos visitar de nuevo el parque con nuestros hijos y nietos-.
En el experimento realizado por los autores de ese trabajo a los participantes se les mostró un anuncio de Disney que sugería que, siendo niños, habían saludado ahí al conejo de la compañía rival. Un 16% aseguró que, en efecto, recordaba haber estrechado la mano de Bugs en ese lugar.
Para conocer los números de la compañía, los personajes, y por supuesto la cronología de vida de Walt Disney navega en la infografía.
Y es que, desde que en octubre de 1954 la cadena ABC estrenó el programa televisivo Disneyland, que sirvió para promocionar – casi un año antes de su apertura, el 17 de julio de 1955- al Reino Mágico y sus películas, los parques de diversiones verían con estupor la llegada de los parques temáticos.
En palabras de Margaret J. King, especialista en parques temáticos y cultura popular, Disneyland no es un ecosistema, sino un “egosistema”: un ambiente diseñado por sus creadores para que sus visitantes experimenten el “Mundo de Disney”: la realidad vista a través de los lentes de su fundador y sucesores, donde hasta la naturaleza es cuidadosamente presentada al visitante para que “se comporte” de una manera “más natural”.
La disneyficación de la realidad, de acuerdo con King, se resume en tres palabras: antropomorfización, sentimentalización y moralización. La compañía del ratón disneyficó a los hermanos Grimm, a Hans Christian Andersen, a Carlo Collodi y al mismísimo Víctor Hugo.
¿El mundo del mañana?
Durante años el mundo del mañana imaginado por Disney se convirtió en el mundo del “retrofuturismo”: un futuro en un universo paralelo al nuestro. Lo que en verdad parece cosa del futuro es la manipulación de la naturaleza que ahí se lleva a cabo: de acuerdo con el especialista forestal William T. Borrie, de la Universidad de Montana, en EU:
Cuando el parque cierra, “tratamientos químicos extensivos son usados para minimizar el número de insectos y malas hierbas, retardantes de crecimiento se emplean para mantener a las plantas dentro de sus lugares, mediante hormonas se induce al florecimiento de las plantas aun fuera de estación para mantener el colorido incluso en otoño e invierno, y la monotonía visual de las selvas reales se rompe al intercalar especies de otros ecosistemas”.
La tierra de la aventura... capitalista
Un estudio digno de Freud o de los autores del clásico Para leer al Pato Donald, pero escrito por el etnógrafo M. Gottdiener en 1982, asocia a cada tierra de Disneyland con una faceta del capitalismo: Frontierland con el capitalismo depredador, Adventureland con el colonialismo, Tomorrowland con el capitalismo de estado, Main Street con el capitalismo de escala familiar y Fantasyland con la ideología burguesa.
Etiquetas económicas aparte, lo cierto es que la exportación de parques Disneyland tuvo el mayor de sus éxitos en Japón y el fracaso más rotundo –por lo menos en sus inicios- en Europa. Y es que, entre muchas de las cosas no previstas en el viejo continente fue que -al contrario de EU- si algo abunda ahí son los castillos. Que no se permitiera la venta de vino, que se rehusaran de entrada a usar el sistema internacional de unidades en lugar del sistema inglés, y que esperaran que los turistas europeos visitaran el parque durante varios días seguidos –al estilo estadounidense- no hizo más que agravar el problema.
El reino de las filas
Dice la ley empírica de Erma Bombeck: “la fila de al lado siempre avanza más rápido”. En su estudio sobre la psicología de hacer filas David H. Maister analizó los numerosos efectos que puede tener sobre nosotros el esperar casi dos horas, con un niño en brazos y otro de la mano, nuestro turno para disfrutar los tres minutos y medio que dura el paseo en “Splash Mountain”.
De acuerdo con Maister:
1) el tiempo que pasamos sin hacer nada lo percibimos como más largo que si nos distrajéramos, por ejemplo, viendo cortos de Pluto;
2) si se consigue enfocar la atención de quien espera en la rapidez con que una fila avanza en lugar de en la longitud de la fila, la experiencia se vuelve más tolerable (por eso esta longitud se disfraza haciendo que la fila zigzaguee),
3) la ansiedad hace que la espera parezca más larga (por ello existen los boletos de entrada Fast Pass, que señalan la hora y el tiempo total de espera).
“Tenemos un papá Disneyland”
Si el lector o su papá son etiquetados como “padre Disneylandia” mal harían en celebrar, pues los psicólogos llaman así a aquellos progenitores divorciados que no viven en casa de sus hijos, y que se encargan de estos sólo los fines de semana para resaltar un rasgo común en ellos: como consecuencia de varios factores ligados a esta situación y sin importar el género, este tipo de padre invierte la mayor parte de ese tiempo fungiendo como acompañante de su hijo a cines, teatros, museos y estadios de futbol, lo que lo convierte en una especie de “padre de diversiones”.
La buena noticia es que estudios recientes indican que su involucramiento en la crianza de los niños es mayor que el que previamente se creía.
Memorias de fantasía
Si eres de los que asegura haber estrechado la mano de Bugs Bunny a la entrada del castillo de la Bella Durmiente, no estás solo. Un estudio de 2002 muestra cómo es relativamente sencillo para los publicistas sembrar en nosotros una memoria falsa mediante una estrategia conocida como “publicidad auto- biográfica”, muy usada para crear nostalgia hacia cierto producto –y, por supuesto, en el caso de Disneyland el que queramos visitar de nuevo el parque con nuestros hijos y nietos-.
En el experimento realizado por los autores de ese trabajo a los participantes se les mostró un anuncio de Disney que sugería que, siendo niños, habían saludado ahí al conejo de la compañía rival. Un 16% aseguró que, en efecto, recordaba haber estrechado la mano de Bugs en ese lugar.
Para conocer los números de la compañía, los personajes, y por supuesto la cronología de vida de Walt Disney navega en la infografía.