Cita con una chica muy especial
En Monterrey hay una casa muy vieja y ahí vivía una chava muy bonita, cabello castaño y chino, piel blanca… era un poco pálida. Un chavo era nuevo en la colonia y se enamoró de ella aunque ella no le tomaba importancia.
Ella siempre estaba encerrada en su casa. Un día el chavo le preguntó que si quería salir, ella no le contestó. El siguiente viernes le preguntó:
- ¿A dónde vas?
Ella no respondió y siguió caminando. Él la esperó frente a su casa, tardó mucho en llegar, y cuando ella llegó, llegó llorando. Él le preguntó:
- ¿Qué pasó? ¿Qué te hicieron? ¿Por qué lloras?
Ella fue lo abrazó llorando y le dijo que no podía verlo más, que ella lo quería, que no le quería decir por miedo a que él no la quisiera, y él le dijo que él la quería mucho. La chava sonrió y el chavo le preguntó que porqué ella no podía verlo más, y ella le dijo que la siguiera. Él la siguió al hospital y le dijo que preguntara por una chava que él no conocía, pero él preguntó por ella, fue al cuarto y vio a la misma persona quien estaba parada al lado de él. Ella le dijo que estaba en coma y por eso no lo podía verle más.
Él no huyó, se quedó y la acompañó pero ya era de noche y durmió sentado al lado de ella, tomándole la mano. El espíritu desapareció.
Al día siguiente en la mañana una enfermera los encontró a los dos muertos tomados de la mano.
La Llorona
Ésta es la más famosa leyenda de México. Es tan trascendental para los mexicanos, que algunos de inmigrantes que viven en Estados Unidos y Canadá, aseguran haber visto a la Llorona en la ribera de los ríos.
Existen varias versiones de la misma leyenda, pero la más popular relata que a mediados del siglo XVI, los habitantes de la Ciudad de México acostumbraban a refugiarse en sus hogares a la hora del toque de queda, especialmente los sobrevivientes de la antigua Tenochtitlan. Cerraban puertas y ventanas, y todas las noches algunos despertaban por los llantos de una mujer que andaba en las calles gritando "!Ay, mis hijos!" (de allí su nombre de la Llorona). Este suceso se repitió por mucho tiempo.
Quienes se cercioraron del llanto durante las noches de luna llena, dijeron que la iluminación de la luna les permitió ver que las calles se llenaban de una neblina espesa a ras del suelo y también a una persona que parecía ser una mujer vestida de blanco con un velo en su rostro recorriendo con pasos lentos cualquier dirección de la ciudad, pero siempre se detenía en la Plaza Mayor para arrodillarse y volver su rostro al oriente y luego se levantaba para continuar su recorrido. Al llegar a la ribera del lago de Texcoco, desaparecia. Pocos hombres se arriesgaron a acercarse a la manifestación fantasmal y sufrieron espantosas revelaciones o se murieron.
Otra versión es sobre una mujer que tenía dos hijos y que en un baile conoció a un hombre y se enamoró de él, pero un día le dijo que se iba de viaje y ella le preguntó cómo podía hacer para que él se quedara y le contesto que matara a sus hijos, ella se quedó pensando hasta que decidió asesinarlos, pero después lo vio en un baile con otra y por el remordimiento se puso a llorar gritando "¡Ay, mis hijos!".
Sin embargo la historia mas antigüa se refiere a una Diosa Azteca de nombre Chihuacóalt que predecia la conquista de "sus hijos" y lanzaba una plegaria que decía: "Hay mis hijos, como escaparan a tan funesto destino".
El fantasma de la monja
A mediados del siglo XVI vivió María de Ávila, una mujer bonita y joven , quién se enamoró de un humilde mestizo de apellido Arrutia quería casarse con ella para conseguir fortuna y linaje.
Al ent darle mucho dinero con la condición de que se fuera a vivir lejos de la ciudad y él aceptó . Después de dos años Doña María seguía en depresión y sus hermanos acordaron enclaustrarla en el Antiguo Convento de la Concepción.
Una noche se ahorcó en un árbol de duraznos en el patio del convento. Ella fue enterrada ahí mismo en el cementerio del lugar. Un mes después, el fantasma de la ahorcada María acostumbró a aparecerse todas las noches reflejándose en las aguas de la fuente del convento cuando alguna novicia o monja se veía el rostro. Las madres superiores prohibieron la salida de las monjas a la huerta después de la puesta del sol. Estas apariciones se prolongaron por mucho tiempo después. Ni muerta soportó la ausencia de su amado y salió en busca de él, matándolo para, aunque sea, estar con él en la muerte ya que en vida se lo habían prohibido
EL TEMIBLE CHARRO NEGRO
Allá por el año de 1966, el señor Abundio Rosas regresaba a su casa, situada en las afueras del puerto de Veracruz. Aunque había luna, ésta se escondía entre las copas de los árboles, por lo que reinaba cierta oscuridad, que causaba gran impresión por las formas fantasmagóricas que se formaban con las sombras de la luna. De pronto, don Abundio sintió que alguien lo seguía pero no quiso voltear, sino que apresuró más el paso, empuñando el machete que siempre lo acompañaba. Sin embargo, cada vez sent&
iacute;a más cerca a ese alguien que lo seguía. De repente, un sudor frío se apoderó de él, sintió que se desmayaba, pero pese al miedo decidió enfrentarse a lo que fuera, volteó el rostro y con asombro vio una diabólica escena. ...Era un gran caballo negro, de pelo brillante y lustroso, pero con ojos espeluznantes que parecían lanzar fuego. Lo montaba un hombre alto y flaco, con un sombrero negro. No tenía ojos, nariz ni boca. En suma, era algo espantoso, por lo que don Abundio yano pudo moverse, ni hablar.
Temblaba de terror y más cuando el siniestro charro sacó una mano que se veía roja y con larguísimas uñas, tomó una bolsa de su caballo y la extendió ofreciéndosela al aterrado hombre, quien vio cómo la bolsa se abrió y mostró su interior lleno de dinero; pero don Abundio no quiso aceptarla. El jinete se la volvió a ofrecer y tampoco le hizo caso. Entonces el charro negro se volvió con su caballo sin pronunciar palabra y se alejó... Pero Abundio nunca escuchó el galopar del caballo, cosa que lo atemorizó mas pronto se sobrepuso y continuó su camino rumbo a su casa.
Al llegar estaba tan asustado que no pudo cenar. Contó lo sucedido a su esposa. La cual también se aterrorizó. Como es de suponerse, esa noche ambos no pudieron dormir, por lo que al día siguiente Abundio se levantó temprano y acudió al lugar donde se le había aparecido el misterioso charro. Buscó con cuidado, pero no halló nada que pudiera tomarse como indicio de su existencia. Por la noche don Abundio tuvo la necesidad de volver a pasar por el lugar, temeroso de encontrarse con el charro, pero ya no se le apareció esa noche ni otra más... ni hubo más apariciones.
OTRA VEZ EL CHARRO
Paso el tiempo y Abundio ya casi ni se acordaba del encuentro con aquel misterioso charro negro... Pero una noche, ya muy cerca de su casa, se topó de nuevo con el aparecido, quien con voz cavernosa le dijo que tomara la bolsa con el dinero. Como el hombre no la aceptó por temor a que fuera cosa del diablo, entonces el charro le dijo con voz aún más cavernosa: --“Me volverás a ver muy pronto”--. Don Abundio medio muerto de miedo, sin volver la cabeza, echó a correr y no paró hasta llegar adentro de su casa. Su mujer salió espantada y le gritó: “¡Abundio, mira, el charro se está asomando por la ventana... Anda, sal y orínate en cruz afuera de la puerta, dicen que así no puede pasar el maligno!”.
Abundio, tembloroso, salió de su casa y se orinó en cruz fuera de la puerta. En cuanto terminó de rociar el piso, el caballo relinchó en forma macabra, y jinete y animal a todo galope se perdieron en la oscuridad de la noche. Desde entonces ni Abundio ni su mujer han vuelto a ver al “charro negro”... Pero muchas otras personas de la región han contado la misma historia y aseguran que también lo han visto.
¿OTRO CHARRO NEGRO?... O EL MISMO PERO EN OTRO LADO
La leyenda del “charro negro” también se ha difundido por el estado de Puebla. Se dice que en un poblado cerca de Atlixco, los choferes ya no quieren llevar pasajeros después de la media noche porque en las calles o en la carretera, un tipo vestido de charro negro les hace la parada, se sube en el asiento trasero del taxi y después de avanzar durante algunos minutos sale del coche sin abrir la portezuela. ¡Y desaparece sin dejar rastro alguno!... A manera de despedida suelta una estruendosa y horripilante carcajada.
Algunos de estos taxistas afirman que al querer verlo por el espejo retrovisor, no se ve nada, como si el hombre fuese invisible, pero se percibe que sigue sentado ahí atrás. ¿Verdad, mentira, superchería?... ¿Será acaso exceso de imaginación?... Eso, como todas las leyendas, nadie lo puede asegurar... ¡Hasta que no lo vive!Y mientras tanto, ¡la leyenda continúa!
La chica del barranco
Se cuenta que una noche (de esas particularmente tétricas) una joven de 15 años iba caminando por la calle, cuando en un cruce aparecieron dos tipos que la violaron y ella, por la vergüenza que sentía de si misma, decidió acabar con su vida arrojándose a un barranco.
Los padres de la chica la buscaron como locos, pero no encontraron nada -es como si se la hubiera tragado la tierra- decían sus padres. Así pasaron dos semanas y nada. Pero un día su madre, (que en realidad parecía más la hermana de la chica ya que quedó embarazada de ella a los 14 años) iba caminando por el mismo rumbo donde su hija fue violada, e iba llorando desconsolada, tan triste que no se dió cuenta de que empezó a seguir un sendero que acababa en un barranco.
Cuando dió un paso más la señora resbaló y alcanzó a sujetarse de una rama. Empezó a rezar pero sus rezos fueron interrumpidos porque una figura apareció adelante de ella ayudándole a subir. La señora quiso agradecerle a su salvador, pero cuál fue su sorpresa al ver que era ¡su hija!
La señora la quiso abrazar, pero su hija se hacía para atrás. La señora le preguntó:
- ¿Por qué te fuiste?
Pero su hija no hizo más que llorar, aunque le tomó la mano a su madre mostrándole lo mucho que sufrió la noche en la que desapareció. Su madre rompió en llanto y se echó a correr a por su esposo para contarle lo que había pasado.
Al siguiente día fueron a buscar el cuerpo de su hija para enterrarla y ofrecerle una misa. Pero al estarla enterrando, la señora empezó a acordarse de lo que había vivido su hija (y vio al cogerle la mano), y al voltear vio el fantasma de su hija llorando, y desde entonces se rumorea que en ese barranco se ve a una muchacha que empieza a caminar y de repente se avienta (tira)… escuchándose un grito aterrador.
Varias personas la han visto y han tratado de detenerla pero nunca la pueden detener, se piensa que la chica no abandona ese lugar porque se siente culpable por todo el sufrimiento que le ocasionó a su madre
La Cara de Caballo
Cuenta la gente de San Pedro de las Colonias que cierto día, un señor, el típico borrachito, vagaba a altas horas de la noche por una de las calles principales de esa ciudad; esto ya hace aproximadamente treinta años. Este señor iba caminando, tambaleándose debido a los efectos del alcohol, y, como era conocido en ese poblado que era un señor solo, siempre andaba deambulando de coqueto, cuando traía unas copas encima.
Esa noche él estaba fuera de su casa cuando, de pronto, pasó una dama delgada, alta, que tenía una apariencia hermosa, de cabello hasta la cintura, negro y lacio, pero él sólo la había visto de espaldas. Él decidió seguirla hasta una de las plazuelas principales del poblado, chistándole y hablándole; ella no volteaba, permanecía fría y firme, ella seguía su paso… rumbo al panteón.
El borrachito, desesperado, la volteó por la espalda y… ¡¡la mujer tenía la cara de caballo!! El señor, del susto, salió disparado corriendo y hasta lo borracho se le quitó de la impresión.
Dicen que por los poblados vecinos esa mujer se sigue apareciendo, siempre espanta a los borrachos, trasnochadores y con malas intenciones.
Hace poco menos de 20 años, un par de hombres más la vieron debajo de un puente; su amigo los encontró temblando de la impresión, todo ocurrió en circunstancias semejantes.
Esta leyenda sirve de advertencia para aquellos hombres que salen de la tranquilidad de su casa con malas intenciones, piensen dos veces.
La Planchada o La enfermera visitante
Esta leyenda, cuyo título podría ser también el de “La Enfermera visitante“, hace recordar a muchos potosinos episodios de misterio, originados hacia finales del siglo antepasado.
El antiguo Hospital se encontraba entre los barrios de El Montecillo y de San Sebastián, cerca del costado sur del Templo de San José (en la cuidad de San Luis Potosí, México). Cuenta la conseja que en dicha institución entró a formar parte del personal una enfermera llamada Eulalia, de buena presencia, quien desde luego dio muestras de profesionalismo y diligencia; por lo tanto, se captó la simpatía y el aprecio del personal médico y administrativo.
Eulalia repartía su tiempo entre su trabajo en el hospital y en atender a su familia que consistía en su madre y dos hermanos menores. Llevaba una vida tranquila, sosegada y, al mismo tiempo, activa; nada perturbaba el horizonte de esta eficaz mujer, hasta que un día ingresó al hospital un joven médico, apuesto, de nombre Joaquín. Era costumbre en el Hospital que cuando llegaba un nuevo médico, el Director reunía al personal para presentarlo; ese día Eulalia estaba atendiendo a un paciente, mas hubiera podido dejar su trabajo un momento, suficiente para ser presentada al recién llegado, pero no quiso asistir al llamado del Director. Al anochecer, cuando llegó a su casa, refirió a su madre:
- Hoy llegó al Hospital un nuevo médico; aunque no lo conozco ya me imagino que es uno de esos recién salidos de la escuela, fatuos y orgullosos, que ven a una como inferior; pero ya verá…. ya verá….
- Hija, es la primera vez que te oigo hablar así ¿te ha ocurrido algo?
- No, nada, nada en realidad; bueno, he tenido algunos contratiempos sin importancia.
Al día siguiente, Eulalia fue solicitada para auxiliar al nuevo médico, en la extracción de una bala de la pierna de un herido. Desde el primer momento en que la enfermera vio al doctor, quedó prendada de él, a grado tal que no acertaba a darles los instrumentos debidos. A medida que pasaba el tiempo, ella se enamoró apasionadamente del galeno, en cambio él no mostraba el mismo interés. Sin embargo, pasados algunos meses, Eulalia y Joaquín se hicieron novios. Ella sintió que por fin se estaban realizando sus aspiraciones, se veía feliz y en torno a ese amor giraba toda su existencia, pero él no mostraba la misma pasión que ella. Los años transcurrían y en el Hospital continuaban de novios el médico y la enfermera.
Un día de tantos, dice Joaquín:
- Eulalia, estoy invitado mañana a una recepción; no tengo ropa adecuada pero un colega me la va a prestar; como tú sales antes que yo hazme un gran favor: te llevas la ropa a tu casa y si me lo permites, allí me cambiaré. ¿Te parece bien?
- Con todo gusto lo haré Joaquín; vas a ir a tu recepción hecho un príncipe, te verás muy guapo.
Como acordaron, al día siguiente Joaquín llegó a la casa de Eulalia; ya vestido en traje de etiqueta, charla un rato con su novia y, al despedirse, le dijo:
- Olvidaba decirte que asistiré a un seminario de medicina interna; será cuestión de unos quince días.
Pasó algún tiempo que a la enfermera se le hizo eterno, sin recibir noticias de su novio. Un día, un empleado del Hospital que anteriormente la cortejaba, le declaró su amor pero Eulalia le contestó:
- Soy la prometida del doctor Joaquín, no creo que usted lo ignore.
- Pero Eulalia, su doctor tardará mucho tiempo en regresar de su viaje de bodas; ¿no sabía usted que se casó en la fecha que renunció a su trabajo en este Hospital?
Eulalia jamás pudo recuperarse de la decepción que le causó el engaño, por más que se decía a sí misma: “debía darme cuenta que él nunca me quiso de verdad; no debo abatirme”. Pero lo cierto es que siempre sufrió por el perdido amor, aun cuando tanto su trabajo como atender su casa, absorbían la mayor parte de su tiempo. Jamás volvió a enamorarse de otro hombre, ni tuvo novio alguno; siguió dedicándose a su profesión, pero ya no era la misma enfermera activa, dinámica, capaz. Se dice que descuidaba a los enfermos, que se volvió demasiado estricta con los demás, que se llenó de amargura. Llegó a tal punto su indiferencia, que aun dentro de su turno desatendía a los pacientes y en más de una ocasión, algunos murieron por su negligencia.
Años después se inauguraba un flamante hospital con el nombre del Dr. Miguel Otero, en la que hoy es Avenida Juárez; a este hospital pasó la mayor parte del personal del antiguo Hospital Civil; entre ellos estaba Eulalia. Transcurrió el tiempo y la enfermera Eulalia, tras una penosa enfermedad, murió en el mismo hospital donde trabajaba.
Se cuenta que en este hospital se aparecía una enfermera pulcramente vestida de blanco y que de vez en cuando, atendía pacientes.
Mucho después se fundó en la ciudad el Hospital Central Dr. Morones Prieto, al cual pasó parte del antiguo personal del Hospital Miguel Otero.
Una mañana entra una de las nuevas enfermeras al cuarto de un paciente y lo saluda:
- ¿Cómo esta? ¿Cómo pasó la noche?
- Bien, gracias a Dios y gracias también a la enfermera que además de darme la cucharada, me dio el elixir que me hizo mucho bien.
- ¿Y a qué hora sucedió eso? – preguntó extrañada la enfermera.
- Como dos horas antes de que usted llegara.
Aun cuando la nueva enfermera sabía que no podía ser, nada dijo al paciente; salió del cuarto a continuar su trabajo. Otro día uno de sus pacientes le dice:
- Anoche me dolió mucho la cabeza, pero una enfermera me dio una pastilla y se me quitó el dolor como por encanto.
- Ah, ¿Sí? ¿Cuándo le dieron la pastilla?
- Tal vez en la madrugada.
A la hora de comer, quería comentar esto con la enfermera Elena Wong Rivas, amiga suya, quien con mucha naturalidad le dijo:
- Ah sí. Seguramente es “La Planchada”; le decimos así porque siempre anda muy almidonada, con la bata bien planchada, jamás se le arruga no se le ensucia, sí, también se aparece en los pasillos y se introduce en los cuartos de los pacientes. Una vez, en un cuarto donde había pacientes, ahí en la sección de mujeres, yo debía inyectar a una de ellas; mi sorpresa fue grande cuando me dijeron, al preguntar por qué estaba dormida una de ellas:
- La acaban de inyectar, un poco antes de que usted entrara.
- ¿Quién la inyectó?
- Una enfermera vestida de largo, son su ropa bien almidonada.
La nueva enfermera siguió con la duda, aunque su amiga le había referido que se trataba de La Planchada. Estaba verdaderamente intrigada, hasta que al fin pudo platicar ampliamente con otra amiga suya, la enfermera Conchita Armendáriz Hernández; tras de contarle sus experiencias en relación con la enfermera fantasma, Conchita le dijo:
- Pues sí es verdad, yo la he visto y algunos médicos también. Figúrate que un día llegó un Doctor nuevo, joven distinguido y de porte aristócrata, quien a salir de su consultorio, nos encontramos en el pasillo y me dijo:
- ¿Quién es esa enfermera que entró a mi consultorio sin mi permiso, se sentó frente a mi escritorio saludándome y llamándome por mi nombre?
- Como ve, no hay nadie, Doctor. Pero no se preocupe, es La Planchada.
En el Hospital Central “Dr. Morones Prieto”, se han acostumbrado a ver deambular por los pasillos, o saber que ha entrado en los cuartos de algunos pacientes, a una enfermera con su vestido largo blanco, impecable y almidonado. Nadie duda que alguna vez haya asistido como ayudante en las operaciones que los nuevos médicos practican en el quirófano; ese sitio que en el antiguo Hospital donde trabajó Eulalia, se llamaba “ Sala de Operaciones”.
La niña de las iglesias
No sé si este relato realmente pasó, pero aquí en México es muy sonada esta historia:
Siendo una noche como todas, pero en especial, ésta era una noche un poco más fría, más obscura, cerca de la 1 de la madrugada, un taxista regresaba a su casa después de todo un día de arduo trabajo, en la calle ya no había ni alma de gente, pero al pasar frente al cementerio general de la ciudad se percató que una chica le hacía la parada, éste se siguió pensando que ya estaba muy cansado y que era muy tarde para hacer otra dejada.
Sin embargo reflexionó y pensando en su sobrina de 17 años que fué violada y asesinada 3 años atrás, dijo, “pobre chica, no la puedo dejar ahí expuesta a no se qué miserable”.
Retrocedió su taxi y llegó hasta ella, tenía aproximadamente entre 18 – 19 años. Al contemplar su rostro, el taxista sintió un frío intenso y cierto sobresalto, al que no le dió importancia, pues la niña era dueña de un rostro angelical, inspiraba pureza, de piel blanca, muy blanca, cabello sumamente largo, era delgada, facciones finas, con unos ojos grandes, azules, pero infinitamente tristes, tenía un vestido blanco, de encaje, y en su cuello colgaba un relicario bellísimo de oro, que se veía de época.
El taxista acongojado le preguntó adónde la dejaba, y le dijo que quería que la llevara a visitar 7 iglesias de la ciudad, las que él quisiera, su voz era suave, muy triste, pero dejaba notar un timbre muy extraño, que le dejó una sensación de miedo y misterio.
Para no hacerla larga, el taxista la llevó a cada una de las siete iglesias sin replicar, en cada una pasaba cerca de 3 minutos y salía con una expresión de serenidad, de tranquilidad, pero sin abandonar de sus ojos esa mirada de infinita tristeza.
Al final del paseo, ella le pidió un favor. “Discúlpeme si he abusado mucho de su bondad, mi nombre es Alicia, no tengo dinero para pagarle ahora, sin embargo le dejaré éste relicario, y podría hacerme un último favor? Vaya a la colonia Jazmines ahí vive mi padre, entréguele mi relicario y pídale que le pague su servicio, ah, y dígale que lo quiero y que no se olvide de mí. Déjeme donde me recogió por favor.”
El taxista se sintió como en un trance, en donde actuaba automáticamente a la petición de la chica, y la dejó ahí, frente al cementerio. El hombre se fue a su casa, se sentía mareado, le dolía intensamente la cabeza, y su cuerpo le ardía por la fiebre que empezaba a tener, su esposa lo atendió de ese repentino mal, duró así casi 3 días.
Cuando al fín pudo reaccionar y se sintió mejor, recordó su última noche en el taxi, recordó a la niña angelical de las iglesias, y recordó su última petición, que le hizo sentir un escalofrío intenso que hizo que se simbrara de pies a cabeza, aunque él no comprendía nada, pensó “que raro fue todo, seguro se fue de su casa, o tiene problemas, pero, ¿por qué en el cementerio? ¿quién era?, ¡¡El relicario!!”, sí ahí estaba, sobre su mesita de cama, el relicario de Alicia, que ahora tenía restos de tierra.
Se paró como un resorte, tomó su taxi y fue a la dirección que le diera la chica, pero no con la intención de cobrar, sino de descubrir, conocer, aclarar la verdad detrás de ese misterio que le inquietaba, que le estremecía, que no quería ni pensar.
Tocó, era una casa grande, estilo colonial, vieja, entonces abrió un hombre, de edad avanzada, alto, de aspecto extranjero, con unos ojos, si los ojos de Alicia, así de tristes. El taxista le dijo “Disculpe señor, vengo de parte de su hija Alicia, ella solicitó mis servicios, me pidió que la llevara a visitar siete iglesias, así lo hice y me dejó su relicario como penda para que usted me pagara”. El hombre al ver la joya rompió en llanto incontrolable, hizo pasar al taxista y le mostró un retrato, el de Alicia, idéntica a la de hace 3 noches.
¿Es ella mi Alicia?, le dijo el hombre, “Sí ella, con ese mismo vestido”.
“No puede ser, hace tres noches cumplió 7 años de muerta, murió en un accidente automovilístico, y este relicario que le dió fue enterrado con ella, y ese mismo vestido, su favorito… hija, perdón, debí hacerte una misa, debí haberme acordado de tí, debí….”
El hombre lloró como un niño, lloró y lloró, el taxista estaba pálido, pasmado de la impresión,”había convivido con una muerta” eso lo explicaba todo.
Volviendo de su estupor, le dijo al padre de Alicia, “señor, yo la ví, yo hablé y conviví con ella, me dijo que lo amaba, que lo amaba mucho, y que no se volviera a olvidar de ella, creo que eso le dolió mucho”.
Se dice que el padre de Alicia recompensó al taxista, le regaló toda una flotilla de taxis para que iniciara un negocio, todo en agradecimiento por haber ayudado a su niña adorada a visitar las iglesias en su aniversario fúnebre