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Fabricando fósiles

Info6/1/2013

Una vez que la teoría de la evolución darwiniana alcanzó el prestigio necesario entre los científicos, comenzó la búsqueda de pruebas sobre la configuración pasada de las especies vivas del presente. A finales del siglo XIX la cuestión candente era si el hombre realmente descendía del mono. Al aceptar el darwinismo, también se tomó en consideración esa idea, por lo que se inició el trabajo de dibujar el árbol genealógico de los prehumanos.

En esa carrera han abundado los errores premeditados y los fraudes, muchas veces, ante la falta de argumentos sólidos para probar una línea determinada de la que pudiéramos ser descendientes, no se dudó en fabricar fósiles artificiales.

Respecto al tema de la relación entre el hombre y el mono, Darwin siempre se mostró muy reservado. En sus escritos no hizo sino recordarnos lo lejanos que somos los humanos respecto de los simios actuales, que no caminan totalmente erguidos y tienen los caninos mucho más desarrollados.

Tanto simios como humanos tenemos un antepasado común, del que luego se desarrollaron varias ramas por separado. Para encontrar las pruebas definitivas de nuestra evolución, se intentó localizar a los diferentes “eslabones perdidos” de muchas y muy variadas formas, algunas de ellas totalmente fraudulentas. En los albores del siglo XX el famoso naturalista alemán Ernst Haeckel presentó una serie de pruebas gráficas con el fin de aplastar, mostrando hechos irrefutables, los focos de resistencia creacionista. En una serie de preparaciones, con embriones de varias especies, se intentaba demostrar que el proceso de desarrollo de un ser humano, desde la concepción al nacimiento, pasa por ser un resumen de la evolución de toda la vida en la Tierra. Así, en determinadas fases de crecimiento, los embriones humanos muestran vestigios de branquias o de colas, recuerdos evolutivos de nuestros ancestros, los peces y los mamíferos inferiores.
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Básicamente, la idea se ha mostrado correcta. Lo que ya no era tan correcto eran las piezas que se utilizaron para ejemplarizar la teoría. Para hacer que los embriones de simios parecieran casi totalmente humanos sin ninguna duda, Haeckel no dudó en utilizar el cortar y pegar donde le pareció más oportuno. Igualmente lo hizo con los embriones de pollos, peces y anfibios. Así, al ver la exposición de las láminas, no cabe ninguna duda sobre la similitud de los procesos de crecimiento embrionario entre especies muy diferentes. Si hubiera utilizado embriones reales las cosas no estarían tan claras, pues muchos de esos vestigios, aun estando presentes, no son del todo reconocibles a primera vista. Para facilitar las cosas, no había más que incluir retazos embrionarios de peces en las muestras de humanos o partes de embriones humanos en los de simios.

La imagen de conjunto es totalmente convincente, la idea general es totalmente cierta, pero los medios utilizados fueron totalmente legales dentro de lo que debería ser el trabajo científico. En esa misma época los libros de historia natural padecían una manía especial. La pasión por los árboles genealógicos del hombre. A pesar de casi no contar con ejemplos de fósiles reales para rellenar las casillas, no ocurría nada. Lo ideal era recurrir a los artistas para dibujar prehombres en cada una de las ramas y así se arreglaba el tema.

En algunos casos no se reconoce lo que se tiene delante durante mucho tiempo. Los primeros fósiles del hombre de Neanderthal fueron descubiertos en 1856, pero nadie dijo con acierto que podrían ser de homínidos que coevolucionaron con el hombre en épocas prehistóricas.

Su similitud con la anatomía del hombre moderno llevó a muchos expertos a pronunciar conclusiones totalmente absurdas. Se dijo que esos fósiles pertenecieron a un hombre con graves problemas de artritis, que padeció raquitismo o que, simplemente, eran los restos de un soldado de la época napoleónica. Incluso el gran Thomas Huxley decidió que no podía ser un fósil de un homínido.

Darwin mismo nunca se pronunció sobre el caso, pensando que no se tenían aún datos precisos para clasificarlo. Demostró así su cautela y sabiduría sobre la mayoría de los científicos de su tiempo. Hoy no se tienen dudas de su pertenencia a una rama evolutiva emparentada directamente, aunque no antecesora, con nosotros. Es, definitivamente, el Homo Sapiens Neanderthalensis. Pero, sin duda, el ejemplo más pasmoso de fraude en cuanto a supuestos fósiles prehumanos lo constituye el Hombre de Pil***, que visitará este blog más adelante.

Parece que hoy día no se intentan fabricar pruebas para demostrar lo que ya, para cualquiera con dos dedos de frente, es una teoría totalmente validada, la evolución de las especies. Pero no estamos libres de manchas, porque proliferan imbecilidades como las de los creacionistas o el diseño inteligente.
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