POR CULPA DE LOS ASCENSORES...
No es la primera vez que vengo y el ascensor está roto... Y lo peor que para llegar a su casa debo subir ciento sesenta y ocho escalones, no es que me moleste, pero me da miedo que no esté. Y subir-bajar tantos escalones para tener que volver, no me hace ninguna gracia.
Todo se solucionaría con un portero eléctrico.
Pienso mucho y me decido. Los voy a subir en etapa. Cincuenta y descanso, otros cincuenta y me topo con un ventanal abierto. Mientras tomo aire, veo las siluetas de la gente deambulando por la calle, hasta parece tentador volar y estrecharse en cada una de ellas, todo resulta tan pequeño desde aquí...
Otros cincuenta...
El último tramo es una risa, un premio. Llego entero, pero a pesar de esto me deshago de la corbata a rayas rojas, hace mucho calor.
Al final del pasillo está la casa. La puerta es de buena madera. No tiene timbre, así que golpeo levemente primero. Nadie contesta. Vuelvo a golpear más fuerte esta vez y retumba en el corredor el sonido del golpe en la madera. Creo que no está. Maldiciendo dejo una nota por debajo de la puerta: "vuelvo más tarde."
Al girar veo los escalones. Los malditos me esperan...
Bajar sin pensar debe ser lo apropiado. De manera que imagino una cerveza bien fría y me mando a por ellos. Es increíble, pero da resultado.
En el camino me topo con un hombre que transpira resignación, igual la imagen de la cerveza sigue en mi cabeza.
Ya en la calle me dirijo al bar de la esquina y la bebo sin detenerme, casi sin respìrar.
Me peino ante el espejo del baño y vuelve la corbata a lucir en mi cuello. Cuando salgo, el mozo me mira indiferente, mientras limpia el mostrador. Le pago y me largo de allí.
Tengo que caminar un largo trecho hasta la oficina, los ómnibus van cargados a esta hora y el calor es insoportable. Llego a la oficina y es otro mundo, el aire acondicionado me transporta a otro planeta, libre de computadoras y molestas secretarias de jefes que sólo pululan por los pasillos.
A la hora de salir, la tarde refrescó y está bonito el centro, a pesar de los autos y gente que camina a mil, sin mirarse siquiera y apurados por llegar.
Voy a lo del Turco a levantar mi máquina y sigo para la casa de los escalones.
Al entrar, estos me reciben indiferentes. Los miro desafiante y arranco para el ascensor.
El desgraciado sigue roto con la novedad del cartelito "disculpe la molestia." ¡Demonios!
Ahí están los escalones.
Ante el primero me saco el saco y la corbata. Subo un tramo y descanso, subo otro, el ventanal cerrado, otro y el último me dejo sin aire. Me enfrento a la puerta, golpeo y nada, otro golpe, casi una caricia y nada. ¡Maldita sea! Tiene que aparecer.
Otra vez los escalones. Ahora los bajo de dos en dos, con la cerveza en la cabeza. Casi no me pongo la corbata.
-Mañana vengo a primera hora- pienso mientras bebo. -Está más fresco.-
Ya en casa, mientras preparo los papeles para el otro día, pensé en esa casa, como sería el encuentro. Mal día. Me voy a dormir. No es fácil, hace bastante calor.
La mañana me encuentra al pie de los escalones y el ascensor roto. Resignado subo corriendo, sin etapas, sin ventanales ni nada.
Cuando llego arriba, creo morir, casi sin aire y mis piernas cansadas.
Hoy el pasillo huele distinto, limpio y perfumado. Miro hacia la puerta. También luce diferente. Tiene un cartel blanco con letras rojas:
-Se alquila. Tratar en inmobiliaria Sur. Teléfono 9005643 de 14 a 18 horas lunes a viernes -
Demasiado para mi.
Deshago la corbata y apoyo la cabeza en la puerta. Camino lentamente hacía la escalera.
Ellos duermen. Bajo sin ruido procurando no despertarlos.
Inútil: siento que los escalones se burlan hasta las lágrimas,
mientras me despiden para siempre.
acá revista entre evangelios...
No es la primera vez que vengo y el ascensor está roto... Y lo peor que para llegar a su casa debo subir ciento sesenta y ocho escalones, no es que me moleste, pero me da miedo que no esté. Y subir-bajar tantos escalones para tener que volver, no me hace ninguna gracia.
Todo se solucionaría con un portero eléctrico.
Pienso mucho y me decido. Los voy a subir en etapa. Cincuenta y descanso, otros cincuenta y me topo con un ventanal abierto. Mientras tomo aire, veo las siluetas de la gente deambulando por la calle, hasta parece tentador volar y estrecharse en cada una de ellas, todo resulta tan pequeño desde aquí...
Otros cincuenta...
El último tramo es una risa, un premio. Llego entero, pero a pesar de esto me deshago de la corbata a rayas rojas, hace mucho calor.
Al final del pasillo está la casa. La puerta es de buena madera. No tiene timbre, así que golpeo levemente primero. Nadie contesta. Vuelvo a golpear más fuerte esta vez y retumba en el corredor el sonido del golpe en la madera. Creo que no está. Maldiciendo dejo una nota por debajo de la puerta: "vuelvo más tarde."
Al girar veo los escalones. Los malditos me esperan...
Bajar sin pensar debe ser lo apropiado. De manera que imagino una cerveza bien fría y me mando a por ellos. Es increíble, pero da resultado.
En el camino me topo con un hombre que transpira resignación, igual la imagen de la cerveza sigue en mi cabeza.
Ya en la calle me dirijo al bar de la esquina y la bebo sin detenerme, casi sin respìrar.
Me peino ante el espejo del baño y vuelve la corbata a lucir en mi cuello. Cuando salgo, el mozo me mira indiferente, mientras limpia el mostrador. Le pago y me largo de allí.
Tengo que caminar un largo trecho hasta la oficina, los ómnibus van cargados a esta hora y el calor es insoportable. Llego a la oficina y es otro mundo, el aire acondicionado me transporta a otro planeta, libre de computadoras y molestas secretarias de jefes que sólo pululan por los pasillos.
A la hora de salir, la tarde refrescó y está bonito el centro, a pesar de los autos y gente que camina a mil, sin mirarse siquiera y apurados por llegar.
Voy a lo del Turco a levantar mi máquina y sigo para la casa de los escalones.
Al entrar, estos me reciben indiferentes. Los miro desafiante y arranco para el ascensor.
El desgraciado sigue roto con la novedad del cartelito "disculpe la molestia." ¡Demonios!
Ahí están los escalones.
Ante el primero me saco el saco y la corbata. Subo un tramo y descanso, subo otro, el ventanal cerrado, otro y el último me dejo sin aire. Me enfrento a la puerta, golpeo y nada, otro golpe, casi una caricia y nada. ¡Maldita sea! Tiene que aparecer.
Otra vez los escalones. Ahora los bajo de dos en dos, con la cerveza en la cabeza. Casi no me pongo la corbata.
-Mañana vengo a primera hora- pienso mientras bebo. -Está más fresco.-
Ya en casa, mientras preparo los papeles para el otro día, pensé en esa casa, como sería el encuentro. Mal día. Me voy a dormir. No es fácil, hace bastante calor.
La mañana me encuentra al pie de los escalones y el ascensor roto. Resignado subo corriendo, sin etapas, sin ventanales ni nada.
Cuando llego arriba, creo morir, casi sin aire y mis piernas cansadas.
Hoy el pasillo huele distinto, limpio y perfumado. Miro hacia la puerta. También luce diferente. Tiene un cartel blanco con letras rojas:
-Se alquila. Tratar en inmobiliaria Sur. Teléfono 9005643 de 14 a 18 horas lunes a viernes -
Demasiado para mi.
Deshago la corbata y apoyo la cabeza en la puerta. Camino lentamente hacía la escalera.
Ellos duermen. Bajo sin ruido procurando no despertarlos.
Inútil: siento que los escalones se burlan hasta las lágrimas,
mientras me despiden para siempre.
acá revista entre evangelios...