InicioInfoLa voz de Bob Dylan
En estos tiempos de concursos de canto en los que aspirantes a estrellas emulan a artistas como Michael Bublé, Christina Aguilera o Adele, uno se imagina a un joven Bob Dylan enfrentándose al veredicto de un juez como Simon y concluye que hubiera sido destrozado, incluso que pasaría a formar parte de esa lista de concursantes pintorescos que hacen que uno se pregunte: “¿Es que acaso no se oyen?”. Desde el principio de su carrera era claro que Dylan sí se oía, que sabía que no cantaba como un Frank Sinatra o un Bing Crosby. Afortunadamente, en lugar de audicionar para un remilgoso juez de canto inglés, lo hizo ante el legendario buscador de talentos John Hammond, quien había descubierto ya a Billie Holiday, cuya voz también era una “extraña fruta” en el mundo del jazz. Apenas un par de años después de su debut discográfico, el documental Don´t look back (1967) mostraba los problemas que tenían los periodistas para etiquetar a Dylan: ¿Cantante folk?, ¿cantante de protesta?, ¿anarquista? Una de las dificultades para categorizarlo tenía que ver con su peculiar “estética” vocal. En una escena le dice burlonamente a uno de ellos: “Yo canto tan bien como Enrico Caruso, tiene que fijarse mucho, pero al igual que él alcanzo todas las notas y puedo aguantar la respiración”. Soy de los que opinan que el Dylan cantante es tan importante como el compositor y letrista, a diferencia de las legiones que piensan que todo en él está bien si no fuera por cómo canta. Concuerdo plenamente con el panel de músicos y críticos convocados por Rolling Stone para determinar a los mejores cantantes de la era del rock, el cual lo ubicó dentro de los diez más grandes, solamente debajo de Ray Charles, Elvis Presley, Sam Cooke, John Lennon y Marvin Gaye. En esa edición de la revista, Bono le dedica un breve ensayo en estos términos: “Hizo lo que muy pocos cantantes han podido hacer: cambiar la manera de cantar canciones populares” y enumera una serie de adjetivos para describirla: “seductora”, “implorante”, “confesional”, “furiosa”, “conversacional”, “indignada”. El irlandés concluye diciendo que con el tiempo Dylan logró que su misma voz fuera tan elocuente como su poesía. Su gracia no era tanto que su voz fuera tan radical, ahí estaba ya Louis Armstrong con su canto crujiente de fama mundial. Y también le antecedían cantantes de blues, country, folk y rock and roll, que no eran precisamente unos crooners, que buscaban transmitir alma antes que lograr la pureza interpretativa. En mi opinión, lo que él cimentó fue la idea del cantautor poeta: aquel que muestra las imperfecciones de su voz como una desnudez cruda y brutal. En ese sentido, ayudó a que cantantes imperfectos como Lou Reed, Tom Waits y Elvis Costello fueran más creíbles que Plácido Domingo, José Carreras y Luciano Pavarotti. Aparte de no ser agradable para los estándares pop, hay otro aspecto problemático en su voz: es fácil de caricaturizar. Tiene un estilo que se antoja para la parodia, un poco a la manera en que el Elvis Presley de Las Vegas es fácilmente clonado. En ese sentido, tiene más mérito ver a Jimmy Fallon imitando a Neil Young, que a Dylan. Pero igual que sucede con el Rey del Rock, quienes no lo conozcan más que superficialmente, se quedarán con la falsa impresión de que aborda sus canciones de la misma manera, cuando una de sus principales cualidades es la versatilidad. Phil Spector decía que Elvis era más que cantante, un verdadero intérprete, a la manera de un actor. Algo así ocurre con Dylan, pero mientras Presley se mete en su papel de canción a canción, Dylan puede incluso hacerlo de estrofa a estrofa, e incluso de verso a verso. Puede no gustarle a mucha gente, pero no se le puede negar su oscilante expresividad. Quejándose del esfuerzo que le suponía cantar, Kurt Cobain llegó a comentar que le hubiera gustado seguir el camino de Dylan para no forzar tanto su garganta. Pero la elemental dinámica de las canciones de Nirvana no tiene comparación con la permanente ondulación de la voz de Dylan. No es tan monótono como Leonard Cohen o Lou Reed, y en el otro extremo no es tan exagerado como Tom Waits. No en balde Bono lo compara con Marlon Brando, el mejor actor de su generación. Dylan puede contar cuentos, con diálogos incluidos, como lo hace en “Tweeter and the monkey man” o “Tweedle Dee and Tweedle Dum”, puede sonar parrandero en “Rainy day women”, predicador en “The times they are a-changin’”, animado en “Watching the river flow”, hosco en “What was it you wanted”, suplicante en “Congratulations”. link: https://www.youtube.com/watch?v=90J6pAjzX9c Pero no toda su riqueza es emoción y textura, también está el ritmo: puede cantar deprisa en “Subterranean homesick blues” o crear un lento vals macabro en “Man with the long black coat”, puede girar como carrusel ondulante en “Thunder on the mountain” o tomarse su tiempo como en “What good am I”. Elton John lo pone así: “No es Tony Bennett, pero nadie frasea como él”. Es interesante detectar la influencia de Dylan en la voz de otros cantantes famosos. No todos los casos son obvios: Pete Townshend ha confesado que la interpretación de Roger Daltrey en “My generation”, la canción más emblemática de The Who, no hubiera sido posible sin tenerlo a él como inspiración, pero no es tan fácil dar con la semejanza. Sin embargo, sí es posible encontrar el rastro de su veneno disimulado entre los momentos más campiranos de Beck, entre las canciones más narrativas de Elvis Costello, entre las elevaciones más ásperas de Joaquín Sabina, todos ellos confesos admiradores del de Minnesota. link: https://www.youtube.com/watch?v=dr7BvhF7DJ0 La imitación es más clara en “There she goes again” por Lou Reed, “Don´t come around here no more” por Tom Petty, “Catch the wind” por Donovan o “Jimmy Jazz” por Joe Strummer; ni se diga en “Sultans of swing” por Mark Knopfler o en “Sleeping in the devil´s bed” por Daniel Lanois. Aun John Lennon, quien llegó a burlarse de su forma de cantar, no pudo evitar sonar como él en “You got to hide your love away” o en “Working class hero”. Más evidente aún: David Bowie en “Song for Bob Dylan” le manda un mensaje utilizando su voz como espejo. En fin, ya son cincuenta años de Bob Dylan. Cincuenta años de gente cerrándole sus oídos, pero también cincuenta de congregar admiradores. Cincuenta de esa voz fragmentada como pedazos de vidrio sobre el pavimento de una melodía impecable. Cincuenta de esa voz peluda hilando una telaraña inmensa que eclipsa a todos los concursos de canto. Cincuenta años de negro aleteo entre reflectores.
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