Caudillo, ejército, pueblo. La Venezuela del presidente Chávez
Por Norberto Ceresole
(extracto)
Introducción
Del 1 de enero al 5 de marzo de 1999 (1)
«Hay dos chavismos. El de los partidarios de Ceresole y el de los que creen en la democracia. Hay un chavismo, pues, ceresoliano, y un chavismo democrático representado por José Vicente Rangel» (2).
«Pero entonces llega Ceresole y dice que hay que pulverizar a los partidos (con lo cual estoy de acuerdo), y entonces se arma el escándalo» (3).
«El plan cívico-militar parecía el único hueso sano (del gobierno de Chávez), encabezado por el ministro de la Defensa, un prestigioso oficial del ejército venezolano. lucía alentador, positivo, hasta que apareció Ceresole» (4).
«Ahora resulta que después de tanto Bolívar, de tanto Zamora, de tanto Simón Rodríguez, la pócima de Ceresole parece ser la que, en realidad, ha embriagado el ánimo de Chávez. La pócima de Ceresole es la del absolutismo caudillista» (5).
La crisis política que se originó en Venezuela por mi presencia en ese país durante los primeros meses de 1999 no tiene, tal vez, antecedentes en el mundo actual. Nunca una persona privada, sin ningún tipo de apoyatura organizativa, ni mucho menos oficial, generó tanta polémica política e institucional, ni tanto espacio en la prensa escrita, ni tantas horas de radio y televisión, en un período tan corto de tiempo (6). Cualquier lector que recorra los archivos electrónicos de los principales diarios de Venezuela podrá contabilizar más de 350 artículos desde finales de febrero hasta finales de diciembre de 1999, y ni uno sólo de ellos favorable ni a mi persona ni a mis ideas, lo que confirma la tesis del presidente Chávez sobre el carácter mafioso y regiminoso de las empresas periodísticas de Venezuela.
Se trató sin duda de uno de los «episodios más desconcertantes que pueda haber vivido un país latinoamericano, indicativo del grado de confusión en que ha caído la sociedad venezolana» (7). Nunca se dieron las circunstancias para que un intelectual aislado lograra polarizar a un país entero de la manera como yo lo hice en Venezuela, aunque lamentando haberme convertido, contra mi voluntad, en un «super star» (8).
Para que tal increíble circunstancia se produjera fue necesario que confluyeran, en tiempo y espacio, dos poderosos factores primarios, y un tercero, secundario, que era mi historia personal en ese país, mi antigua amistad con el comandante Chávez y mi expulsión de Venezuela en junio de 1995.
Los dos factores principales fueron la inestable y frágil situación interna de Venezuela, y la agresiva posición adoptada contra mi persona por la comunidad judía venezolana y por la alta dirigencia del Estado de Israel (9). A los pocos días de abandonar yo Venezuela llegó a Caracas, sin ser invitado por el gobierno, el entonces ministro israelí de Seguridad Interior, Avigdor Kahalani, con un portafolios lleno de ofertas, como es habitual en estos casos. Israel venía a ofrecer asesoría sobre seguridad, sistemas, cuerpos policiales, «y la manera cómo éstas pueden proteger el territorio» (El Nacional, 20 de marzo de 1999). «La presencia de Norberto Ceresole en Venezuela generó interferencias en las relaciones entre el gobierno venezolano y la comunidad judía. A propósito de estos ruidos, y en un intento por contemporizar, el gobierno emprendió una negociación, ya bastante avanzada, para la adquisición de misiles israelíes. Esas transacciones y la presencia en el país del ministro de Seguridad Interior de Israel., señala que la política venezolana comienza a interesar por aquellos predios. Desde allí, por cierto, el Premio Nobel de la Paz, Shimon Peres, acaba de enviar una carta, dirigida al partido Acción Democrática, en la cual manifiesta su inquietud por el proceso de cambios que se desarrolla en Venezuela y, sobre todo, por el papel que los radicales fundamentalistas pudieran tener en él. Se refería Peres a la presencia del sociólogo argentino en nuestro país, hace unas semanas» (10).
Uno de los periodistas venezolanos más sensibles y antagónicos al chavismo, Roberto Giusti, dio en el clavo: ante tantos asesores frustrados del presidente, y contrariamente a las propuestas abstractas pero sobre todo irrepresentativas que llegan al Palacio Miraflores, «la formulación teórica de Ceresole tiene una traducción, se manifiesta en las calles vestidas de boinas rojas y patriotas bandas vociferantes dispuestas a imponer la dictadura de la mayoría». La Venezuela del comandante Chávez presenta dos opciones. Entre ellas, «. con sus correspondientes matices y variantes. hay toda una ofensiva y contraofensiva, una pugna de intereses que se pone de manifiesto en el señalamiento de Ceresole, según el cual existe un lobbie (sic) del capitalismo internacional incrustado en el dominio del alto gobierno» (11). Es cierto. Mi propuesta para Venezuela es representativa en lo civil y en lo militar. En todo momento estuvo respaldada no sólo en la calle, por los «boinas rojas» (distintivo de las unidades de paracaidistas: una versión «militarizada» de los «descamisados» argentinos) del chavismo. También fue asumida como propia en cuarteles y organizaciones populares de base, a todo lo largo y ancho del país. Esa demostrada y aún demostrable representatividad de mi pensamiento, a escala nacional, y no mi humilde persona, fue lo que provocó el pánico y la histeria del establishment, instalado tanto dentro como fuera del gobierno.
Ello fue acertadamente expresado en una columna de opinión de El Universal, titulada «La conversión» (se refiere naturalmente a la «conversión» ideológica que, según el articulista, está experimentando el Presidente), quien «. viene de una cosmovisión demasiado primitiva y porque necesita alcanzar otra demasiado avanzada. Porque viene de esa mezcla confusa y atávica de fascismo y moral medieval, que se sintetiza en un nombre: Ceresole. (sin embargo) el verdadero problema es lograr que la conversión se produzca en la masa de gente que lo acompaña, en el conjunto de cuadros y dirigentes que han asumido conscientemente la posibilidad de un proceso revolucionario. Para ellos, el choque entre la inevitable economía de mercado y el deseo de redención social, entre el inexorable capitalismo y la revolución que creen estar adelantando, será muy difícil de asimilar» (12).
La «cuestión judía» y el Estado de Israel
La cuestión judía, en su doble e inseparable dimensión (la que representa la comunidad judía residente en Venezuela y los intereses específicos del Estado de Israel en la región) tuvo y tiene una influencia particularmente importante en esta crisis, debido a cuestiones que no tienen nada que ver con Venezuela. La primera agresión contra mi persona, a nivel público, la produjo el periodista Jorge Olavarría el domingo 21 de febrero. Allí ese señor, entre despectivo y arrogante, me acusa de «antisemita» — con un desconocimiento absoluto sobre mis libros — y de ser, al mismo tiempo, el «mentor del presidente»(13). Una oportunidad única ¡Un «antisemita» influye sobre el presidente!
Por supuesto que no soy ni «antisemita» ni «neonazi». Recientemente una revista «seria», la pretendida versión en lengua española de Foreign Affairs, (Política Exterior, Madrid, noviembre-diciembre de 1999, p.32, Vol.XIII, Nº 72) me definió como «montonero», la «ultraizquierda del peronismo en los años setenta») (14).
Soy, eso sí, un crítico del Estado de Israel y de las organizaciones judías internacionales, a las cuales dediqué mis últimos libros. Me considero parte de un nuevo revisionismo que tiene por objeto demostrar :
-que una parte importante del relato canónico de la deportación y de la muerte de los judíos bajo el sistema nazi ha sido arreglada en forma de mito.
-que dicho mito es utilizado hoy en día para preservar la existencia de una empresa colonial dotada de una ideología religiosa (monoteísta y místico-mesiánica): la desposesión por Israel de la Palestina árabe.
-que ese mito es asimismo utilizado para chantajear financieramente al Estado alemán, a otros Estados europeos y a la propia comunidad judía en los Estados Unidos de América y de otros países con diásporas significativas.
-que la existencia de tal empresa política (Israel: un poder concretado en el monopolio de monoteísmo, e implementado por un ejército, varias policías, cárceles, torturas, asesinatos, etc.) busca consolidarse por una serie de manipulaciones ideológicas en el seno del poder hegemónico de los Estados Unidos, que procura por cualquier medio hacerse aceptar como amo del mundo, mediante el terror generalizado y además mediante prácticas disuasivas y persuasivas.
Mi caso es un «testigo» que muestra cómo los revisionistas se van convirtiendo, a pesar suyo en ciertos casos, en un elemento de importancia creciente, en la deconstrucción de las ideologías que sostienen estas empresas hegemónicas.
Entre todos los sentidos que se le ha dado a la palabra «revisionista», se trata de señalar principalmente el que distingue a los historiadores y científicos sociales que consideran comprobado el hecho de que no hubo — en ningún caso — (en los campos de concentración alemanes de la época del Tercer Reich, incluido el territorio no alemán administrado militarmente por Alemania) uso de gases homicidas que supuestamente se operaban en recintos llamados «Cámaras». Junto con muchos otros expertos, químicos, por ejemplo, el revisionista considera, en consecuencia, que no existe cifra definitivamente establecida para evaluar las pérdidas humanas en las comunidades judías durante la segunda guerra mundial pero que, en todo caso, la de seis millones de personas es absolutamente desmesurada y contrapuesta a la ofrecida por los registros de la Cruz Roja Internacional (150.000 muertos — judíos y no judíos, del comienzo al fin de la guerra — en Auschwitz-Birkenau).
El 21 de septiembre de 1989 la ex agencia oficial soviética Tass hizo públicos los archivos de Auschwitz y de otros campos de concentración alemanes. Allí constan los registros de los prisioneros y de los fallecidos, uno a uno. Desde 1939 hasta 1944-45 hubo un total de 300.000 prisioneros en Auschwitz y también un total de 74.000 fallecidos en el mismo campo. Los soviéticos no especifican cuántos de ellos eran judíos, aunque sí señalan que más de la mitad de esos fallecimientos se debieron a desnutrición, tifus y otras enfermedades (que por lo demás eran compartidas con el resto del pueblo alemán, tanto civil como militar). Por lo tanto durante unos cinco años habrían sido asesinados en Auschwitz (y no necesariamente por las autoridades alemanas del campo, sino por las «mafias» que lo gobernaban en el interior), no cuatro millones de personas (en su mayoría judías, según el mito), sino algo menos de 40.000, entre judíos y no judíos. Sin duda alguna un horror. Pero recordemos que durante la misma guerra, y solamente en Hamburgo, en una sola noche de bombardeo aliado, murieron asesinados 48.000 civiles alemanes, en su mayoría niños, mujeres y ancianos (para no hablar del genocidio de Dresden).
Desde la óptica «holocáustica» no hay ninguna posibilidad de hacer ni historia ni arqueología, en su más estricta definición académica. Pasados 55 años desde el final de la segunda guerra en su frente occidental, y abiertos los archivos de Moscú hace ya una década, no existe aún, ni existirá jamás ningún documento ni resto físico o químico que demuestre la existencia de las «fábricas de la muerte» tal como se ven en las películas de Hollywood, imaginadas bien a partir de novelas, o bien a partir de «memorias» de testigos indirectos.
El análisis revisionista ha demostrado hasta la saciedad que esas «memorias», que pretenden reemplazar a documentos inexistentes (como por ejemplo órdenes de exterminio [oficiales o extraoficiales], presupuestos económicos para construir «fábricas de muerte», diseños o representaciones creíbles del «arma del crimen», procedimientos administrativos para ejecutar tan vasto y único crimen, etc. etc.), o bien están basadas en hechos falsos, o bien en testigos directos de dudosa credibilidad. Es imposible, además, reconstruir los hechos históricos a partir de la pura «memoria». Por otra parte sabemos con absoluta precisión de dónde (de qué «campos», exactamente), y qué factores provocaron la muerte de personas que muestran ciertas fotografías que se exponen como «pruebas» en el mundo entero desde finales de la segunda guerra.
Es por eso que los revisionistas tienen una buena noticia que darle al mundo: la maldad humana absoluta (como p.e. el «jabón judío» presentado como «prueba» por los soviéticos en esa aberración jurídica que fue el Tribunal Militar Internacional de Nuremberg), inventada para definir una etapa de la historia de Europa, y en especial de Alemania, definitivamente no existe; la historia real humana no es un duelo entre ángeles y demonios (15).
Los revisionistas reclaman la aplicación de los métodos de rutina en historia para estudiar los acontecimientos que condujeron al origen y al fin de la segunda guerra mundial, porque constituyen el fundamento común de la historia de nuestro tiempo. El revisionismo no es político y no tiene línea política. El revisionismo es lo común y corriente para cualquier historiador serio. Es lo que distingue la historia del dogma religioso. En un dogma, la verdad ha sido establecida y autentificada de una vez por todas. No hay lugar para la duda. La mente humana anhela las certidumbres y puede encontrar consuelo y amparo en unos dogmas establecidos — en el «mundo antiguo» — desde mucho antes de la aparición de los primeros síntomas del llamado «monoteísmo».
La historia en cambio es una tentativa para comprender el pasado desde el punto de vista del presente. Queremos conocer y comprender, con nuestras palabras propias, lo que sucedió hace veinte, cincuenta, quinientos años. Lo que nuestros antecesores hayan entendido no es más que un elemento del cuadro que nos interesa. Pensamos que debemos revisar el juicio de aquéllos a la luz de nuestro propio modo de pensar y con el aporte de los documentos de los que disponemos, y que posiblemente consideremos con un enfoque diferente. Nuestra comprensión forma parte de un caudal que no termina de modificarse. Esto vale para la forma en que consideramos a Atila o a Julio César, vale también en lo tocante al Renacimiento italiano o a la Revolución francesa. A la colonización española de América, Meridional y Septentrional, y a la Inquisición. Es inevitable que un día ocurra lo mismo para lo relativo a la segunda guerra mundial y a los inmensos sufrimientos que provocó en nuestro pequeño universo europeo.
Nunca antes en mi vida había percibido el «problema judío» hasta el momento que descubrí, empíricamente, que los llamados «atentados terroristas de Buenos Aires» (1992 y 1994, a cuyo estudio dediqué hasta el momento cuatro libros(16)) correspondían a una crisis interna del Estado de Israel y no a la acción de un supuesto «terrorismo islámico». Fue en ese momento, a partir de 1995, que «los judíos» irrumpen en mi vida. «Los descubría de pronto no tales como los había conocido hasta entonces, es decir como individuos distintos unos de otros, sino como elementos imposibles de desprenderse unos de otros, un grupo unido por el odio, y para usar el término que prefieren, la «cólera». Frenéticos, echando espuma por la boca, en tono que combinaba el gemido y la amenaza, me venían a gritar que mis trabajos los erizaban, que mis conclusiones eran falsas y que tenía que rendir pleitesía a su propia concepción de la historia. Los responsables de estas asociaciones me tratan a menudo de «nazi», cosa que no soy. Más bien, soy, en mi relación con ellas, un «palestino», tratado como tal e inclinado a creer que los judíos en la diáspora tratan a los que les caen mal como lo hace el Estado de Israel, a ojos del mundo entero, a los palestinos en Palestina. Si se quiere mis escritos son las piedras de mi Intifada. Y francamente no descubro diferencia esencial entre la conducta de los responsables sionistas en Tel Aviv o Jerusalén y la de los responsables judíos de París o Nueva York [Buenos Aires, Caracas, y la totalidad del «mundo occidental», NC]: la misma dureza, el mismo espíritu de conquista y de dominación, los mismos privilegios, sobre un fondo incesante de chantaje..» (Robert Faurisson, Écrits Révisionnistes (1974-1998), Vol 1, Introduction).
Hacia fines de febrero de 1999, el ministro de relaciones exteriores de Venezuela, José Vicente Rangel, me «acusó» de ser un «negador» del «Holocausto» (es decir: un «negacionista», que es el término con que los judíos designan a los revisionistas). Atacó mis declaraciones a las que definió de asquerosas y repugnantes, y yo le respondí, en su momento, intempestivamente, que él era un estúpido. Aunque en La Falsificación de la Realidad (op.cit.) ya hice un esbozo general de mi pensamiento, dejaré para un próximo libro una respuesta más acabada (17). Por el momento reproduciré, ante tamaña ignorancia de un tema capital de nuestra época, las opiniones de mi amigo, el sociólogo francés Serge Thion: «El revisionismo Histórico, que ha ganado todas las batallas intelectuales desde hace veinticinco años, cada día va perdiendo la batalla ideológica. El revisionismo choca con lo irracional, contra un pensamiento cuasi religioso, la negativa a tomar en cuenta lo que proceda de un polo no judío; estamos en presencia de una especie de teología laica de la cual Elie Wiesel es el gran sacerdote internacional consagrado por la atribución del premio Nobel».
El día 1 de diciembre de 1999, es decir a sólo 14 días de la histórica elección estratégica que realizó el pueblo de Venezuela, un jefe religioso judío, Pynchas Brener, rabino principal de la Unión Israelita de la comunidad judía residente en Venezuela, utilizando un lenguaje militar al mejor estilo de Josué, escribió una nota de opinión en «El Nacional», titulada «El rey está desnudo». Nadie que haya leído esa nota pudo dejar de percibir — porque ése fue el objetivo del autor — que el «rey desnudo» es el presidente Hugo Chávez. A quien el bueno de Brener — un «profeta del odio» sionista — le dedica explícitamente el último largo párrafo del escrito. En lo personal hacía muchos años que no había leído nada que destilara tanto odio: el «religioso» judío Brener toma parte activa en la política de los «nativos» y compara al comandante Chávez nada menos que con Hitler y con Stalin; plomo del supergrueso vomita Brener, exige sangre como Josué. Pero de acuerdo con Esdras, esa sangre será la de «los otros», la de los «nativos» y no la de los «elegidos»:
Líderes carismáticos, pero pasajeros, tiranos de turno bajo el manto de un interés profundo por el trabajador y las clases desposeídas, tal como lo hicieran Hitler y Stalin, con demagogia, siguiendo las enseñanzas de Goebels (sic.), tergiversan la realidad, abusando de palabras como igualdad y oportunidad, cuando lo que siembran es el desequilibrio, la incertidumbre y la pobreza. Se nos quiere convencer de la propiedad y de la justicia del líder. El temor y la cobardía, la protección del hogar obliga a muchas personas a no disentir, incluso hasta apoyar. Pero tarde o temprano llega alguien que abre los ojos de la comunidad, y señala que ese líder carece de un designio claro para el crecimiento y avance de la sociedad. Sus promesas de un futuro mejor son sólo parte de una demagogia que, tarde o temprano, quedará al descubierto, de darse cuenta la sociedad que el rey estaba desnudo (
Hay un odio de clase pero sobre todo un odio racial, o genético, en este texto: los «índígenas» (bíblicos, del Antiguo Testamento) chavistas, cobardes, pobres y de piel oscura, serán despertados por un nuevo mesías blanco, rico, neoliberal e iluminado.
Dado que el judío-polaco Pynchas Brener es el rabino principal — la máxima autoridad religiosa y moral- de la comunidad judía residente en Venezuela, su opinión, por lógica, no es personal sino colectiva. La interpretación correcta del texto es — entonces — que toda esa comunidad señala al presidente Chávez como la reencarnación del «mal absoluto» (Hitler y Stalin), y al pueblo venezolano como cómplice (del mal) y cobarde (ante su propia malvada creación). Se debe suponer, asimismo, que tal concepto es también representativo de los «judíos por elección», como es el caso de José Vicente Rangel, quien hace unos pocos meses dijo: «Mi conducta en la vida se inspira en la epopeya del pueblo judío. Así he criado a mis hijos y a mis nietos. Es una epopeya que inspira la lucha por la vida, por la dignidad del ser humano» (Congreso Judío Latinoamericano, Boletín OJI, Nº668, mayo de 1999, E-mail: [email protected]).
Un analista judío residente en Venezuela, Sammy Eppel, me definió como «. practicante de una de las disciplinas más despreciables del género humano, el Revisionismo Histórico.» (18). En el mismo sentido se expidió desde Nueva York Abraham Foxman, Director de la poderosa Liga Antidifamatoria (ADL): «Comentarios como el formulado por el señor Ceresole son característicos del movimiento de propaganda antisemita del revisionismo del Holocausto.» (Carta de la ADL al presidente Chávez, publicada en El Universal, el 6 de mayo de 1999).
Para las organizaciones judías los revisionistas somos Untermenschen, sub-hombres a los que no se les puede dar existencia: «No podemos debatir con esos sujetos., no podemos darnos el lujo de darles existencia. Cuando (en Francia) en Abate Pierre (en relación con el juicio contra Roger Garaudy) propuso que se organizara un debate entre historiadores para discutir las tesis negacionistas yo me opuse terminantemente, porque es inaceptable que estos señores puedan asistir a un debate en la radio o la televisión para justificar todas las atrocidades y absurdos que promueven. El día que sean tenidos en cuenta para un debate, habrán ganado la partida, y su «pensamiento» empezará a ser considerado como una escuela» (19).
La cuestión judía en Hispanoamérica (en la doble dimensión antes señalada) tiene una larga historia que no es posible analizar en este trabajo (20). Esa historia comienza con la Expulsión española de 1492. Pero desde la fundación del Estado de Israel en 1948, esa presencia judía — ya a nivel estatal — se especializa en cuestiones de seguridad. Es posible afirmar, sin ningún margen de error, que no existió ningún proceso insurreccional en Hispanoamérica, en las últimas décadas, que no haya tenido su otra cara, la contra insurreccional apoyada, siempre y en todos los casos, por «asesores israelíes» y por armamento israelí. Sobre este tema existe una abundante documentación que yo utilizo en otro de mis libros recientes. Esa historia, mitad contrainsurreccional y mitad negocios armamentísticos, tiene una expresión puntual en Venezuela y Colombia en estos momentos. En Colombia es público que la apoyatura contrainsurreccional de los llamados «paramilitares» — esos asesinos de poblaciones civiles sospechosas de apoyar a la guerrilla — son los «asesores israelíes». Se trata de un hecho de enorme implicancia para la política interior venezolana (el jefe de esa banda amenazó, desde Colombia, con perseguir hasta Caracas a los guerrilleros de las FARC y del ELN, al mismo tiempo que el jefe del Comando Sur del ejército de los EUA pedía al ejército venezolano «estrechar el cerco» sobre los irregulares colombianos). Simultáneamente las fuerzas armadas venezolanas estaban negociando con una empresa israelí la compra, nada menos, que de ¡misiles antimisiles! ¡Un país con el 86% de pobreza y ubicado fuera de cualquier zona de conflicto de alta intensidad estaba — está — negociando comprar una tecnología propia de la guerra de las galaxias! Como ocurre en todos los casos, inexorablemente, la comunidad judía residente en Venezuela vino rápidamente en auxilio del Estado judío. Mientras el presidente Chávez — con absoluta cordura — se declaraba neutral respecto de la guerra civil del país hermano y asumía la realidad tal cual es (que hay dos partes beligerantes en Colombia), la comunidad judía lo atacaba asociándolo conmigo, con mi «antisemitismo». Sin mencionar, naturalmente, la escandalosa apoyatura israelí a los «paramilitares» colombianos. Todos los dirigentes judíos residentes en Venezuela corrieron rápidamente en auxilio de la estrategia norteamericano-israelí orientada a internacionalizar el conflicto colombiano, a partir del reforzamiento, como parte beligerante, de las bandas paramilitares del señor Castaño, quien prometió asesinar al mismo presidente de Venezuela.
Madrid, diciembre de 1999.
Capítulo 1. Caudillo, ejército, pueblo
Caracas, enero, febrero de 1999
La orden que emite el pueblo de Venezuela el 6 de diciembre de 1998 es clara y terminante. Una persona física, y no una idea abstracta o un «partido» genérico, fue «delegada» — por ese pueblo — para ejercer un poder. La orden popular que definió ese poder físico y personal incluyó, por supuesto, la necesidad de transformar integralmente el país y re-ubicar a Venezuela, de una manera distinta, en el sistema internacional.
Hay entonces una orden social mayoritaria que transforma a un antiguo líder militar en un caudillo nacional. La transformación de aquel líder en este caudillo hubiese sido imposible de no haber mediado: 1) el golpe de Estado anterior no consumado y, 2) de no haberse producido la decisión democrática del pueblo de Venezuela del 6 de diciembre de 1998. Es una decisión democrática pocas veces vista en la historia moderna lo que transforma a un líder «golpista» en un jefe nacional. Hubo decisión democrática (6 de diciembre de 1998) porque antes hubo una militarización de la política (27 de febrero de 1989 y su contraparte inexorable, el 4 de febrero de 1992). Esas tres fechas están íntima e indisolublemente unidas. El anterior golpismo — la necesaria militarización de la política — fue la condición sine qua non de la existencia de un Modelo Venezolano posdemocrático. De allí que no deba sorprender a nadie la aparición — en el futuro inmediato — de un «partido» cívico-militar, como conductor secundario — detrás del caudillo nacional — del proceso revolucionario venezolano.
Todos estos elementos [«Orden», o «mandato popular»; líder militar devenido en caudillo o jefe nacional; ausencia de instituciones civiles intermedias eficaces; presencia de un grupo importante de «apóstoles» (núcleo del futuro partido «cívico-militar») que intermedian con generosidad y grandeza entre el caudillo y la masa; ausencia de ideologizaciones parasitarias preexistentes, etc.] conforman un modelo de cambio — en verdad, un modelo revolucionario — absolutamente inédito, aunque con claras tradiciones históricas, hasta el momento subestimadas y denigradas por el pensamiento sociológico anglo-norteamericano.
El modelo venezolano no es una construcción teórica, sino una emergencia de la realidad. Es el resultado de una confluencia de factores que podríamos definir como «físicos» (en oposición a los llamados factores «ideológicos») que no habían sido pre-pensados. El resultado de esa confluencia de factores es un modelo revolucionario que pivota sobre una relación básica entre un caudillo nacional y una masa popular absolutamente mayoritaria, que lo designó a él, personalmente, como su representante, para operar un cambio amplio pero sobre todo profundo.
El modelo venezolano no se parece a nada de lo conocido, aunque nos recuerda una historia propia, que generalmente hemos negado por nuestra anterior adscripción y subordinación ante los tabúes del pensamiento occidental-racionalista (marxismo incluido):
Se diferencia del «modelo democrático» (tanto liberal como neo-liberal) porque dentro de la orden popular (mandato) está implícita — con claridad meridiana — la idea de que el poder debe permanecer concentrado, unificado y centralizado (el pueblo elige a una persona (que es automáticamente proyectada al plano de la metapolítica) y no a una «idea» o «institución»). No es un modelo «anti-democrático», sino «pos-democrático».
Se diferencia de todas las formas de «socialismo real» conocidas durante el siglo XX, porque ni la «ideología» ni el «partido» juegan roles dogmáticos, ni siquiera significativos. En todos los casos conocidos los partidos comunistas llegan al poder por guerra civil interior, guerra internacional o invasión militar.
Se diferencia de los caudillismos tradicionales o «conservadores», porque el mandato u orden popular que transforma a un líder militar en un dirigente nacional con proyecciones internacionales fue expresado no sólo democráticamente, sino, además, con un sentido determinado: conservación de la cultura (independencia nacional), pero transformación de la estructura (social, económica y moral).
Es distinto de los nacionalismos europeos de la primera posguerra, por algunos de los elementos ya señalados que lo diferencian del «socialismo real»: ni «partido» ni «ideología» cumplen funciones motoras dentro del modelo, aunque aquellos partidos nacionalistas hayan llegado al poder por decisiones originalmente democráticas (voto popular).
El modelo venezolano posdemocrático es una manifestación clara de que en la América de raíz hispánica existen fuerzas profundas que buscan diferenciarla de los modelos independentistas instaurados por las revoluciones inglesa y francesa del siglo XVIII. Los antecedentes de la posdemocracia venezolana deben buscarse en otros movimientos nacionales y populares, como el peronismo argentino, que siempre gobernó dentro del sistema democrático (ni un sólo día dejaron de funcionar los tres poderes de la dogmática liberal), pero requiriendo permanentemente la participación de un pueblo dignificado y de un ejército nacionalizado e industrializado (21). Es asimismo irresistible comparar la posdemocracia venezolana con el proceso de la revolución cubana: desde la caída de Moscú lo único que hoy queda vivo en ella es la acción pertinaz de un caudillo que aglutina al pueblo-nación. Sin ese cemento implosionaría la totalidad del sistema: después de cuarenta años de experimentos nada quedaría en pie a los pocos minutos de la eventual desaparición del caudillo. En ese sentido, también, la posdemocracia venezolana es una tradición fuertemente arraigada en la cultura política hispano-criolla.
Liberales (y neoliberales) y marxistas de todo tipo buscarán atacar al modelo venezolano — simultánea o alternativamente — desde dos ángulos que ya han sido perfectamente diseñados. Los primeros exigirán la «distribución o democratización del poder», y los segundos la «participación popular», en el sentido de sustitución (reemplazo) de «líder» (concreto, físico) por «pueblo» (abstracto, genérico). Por lo demás, y en toda lógica, la distribución o licuación del poder parece casar muy bien con la idea de «participación popular». Y ello es así en la exacta medida que el marxismo representó, en la historia de las ideas, la exacerbación (su puesta en el límite) del Iluminismo y sus concecuencias: el racionalismo y el positivismo.
Los primeros exigirán desmontar el «presidencialismo», potenciar el corruptor pseudo caudillismo local (gobernaciones, municipalidades, etc.), reforzar los poderes legislativo y judicial, liquidar el «centralismo» del Estado y, finalmente, diluir su poder para insertarlo en el «Nuevo Orden Mundial». Los segundos buscarán fundamentar la falsa idea y la demencial esperanza (nunca jamás verificada en la historia) de que puede existir «participación popular» sin liderazgo físico y personal, sin «dialéctica» masa/caudillo, o que esa participación puede (y debe) buscarse fuera o independientemente de esa relación entre los dos polos centrales del modelo: el caudillo y la masa.
Esas serán las dos vías básicas de la contrarrevolución venezolana. Ambas ya están activadas y se están manifestando con mucha fuerza en torno a la Constituyente, pero ahora los intentos por desvirtuarla ya no se manifiestan como oposición a la misma, sino como impulsos orientados a su desnaturalización.
Venezuela ha comenzado a transitar el camino hacia la guerra civil
La polarización política que ha planteado la candidatura presidencial del teniente coronel Arias Cárdenas — en tanto única polarización posible — es el inicio de un camino que, si no se lo bloquea a tiempo, desembocará inexorablemente en una catastrófica guerra civil en Venezuela. Lo que hoy está actuando en este país, por encima de todas las coyunturas, es el viejo principio clausewitziano de la «ascención a los extremos».
La de Arias es la única polarización posible porque dentro del sistema anterior de partidos, no existe ninguna equivalencia ni siquiera imaginable. El poder de Arias, su legitimidad, literalmente, es un sub-poder y una sub-legitimidad derivados de la existencia previa e insoslayable del Caudillo: Arias es el anti-Caudillo (lo sub-poderoso y lo sub-legítimo). Tal derivación subalterna es la vía que adopta la restauración «democrática», proclamando a diestro y siniestro sus «grandes principios» universales y universalistas de siempre. A mi me recuerda el discurso de la OTAN a pocos días de machacar Belgrado con bombas de grafito.
El único personaje disponible para realizar esta vasta y compleja operación es un hombre remotamente emparentado con el Caudillo, «tocado» por él, a pesar de haberlo traicionado reiterada y sistemáticamente, optando siempre por alternativas patológicamente menores (lo de «repartidor de leche» de Caldera es técnicamente exacto, aunque no represente la más rastrera de sus acciones).
Se ha seleccionado con toda exactitud no sólo al candidato, sino sobre todo a sus circunstancias (con sabiduría, se han desechado a otras figuras menores, como la del descerebrado Urdaneta, que nunca debió haber alcanzado el grado de sargento). Porque el objetivo real tras las imágenes no es ofertar una alternativa «democrática» al «caudillismo populista», sino eliminar radicalmente esta última realidad, cuanto antes, por medios políticos, si fuese posible; eliminarla antes de que se convierta en un hecho estratégico definitivo y definitivamente desestabilizador de la América Meridional.
Naturalmente la eliminación política — indolora — del principio caudillista, que está en la naturaleza e informa a la revolución venezolana, es por definición una empresa imposible: y ello se sabe con certeza en Washington. En definitiva el cambio de régimen sólo se podrá realizar por la vía de la fractura militar, es decir, de la guerra civil. Ese conocimiento exacto está en el núcleo del crimen que se piensa cometer.
A esta estrategia del enemigo le debe corresponder una contraestrategia nacional y popular, aún inexistente. A través de su implementación rigurosa, el Caudillo no sólo debe ganar políticamente las próximas elecciones. Sino obtener, en el momento oportuno, una victoria militar aplastante, y si fuese posible «preventiva», en la guerra civil que se cierne sobre el Oriente de la Gran Colombia. Lo urgente por lo tanto es expulsar cuanto antes (a más tardar el 30 de mayo de 2000) a la Weltanschauung de los Rangel y Cía, y a las mafias étnicas y económicas que los sustentan, enemigas declaradas de la revolución. Y, de paso, licenciar pacíficamente a ese «saco de gatos», a esos inútiles para todo servicio, a esos revolucionarios de opereta que son los dirigentes de un business llamado «quinta república». La polarización planteada es, paradógicamente, el tiempo final de un juego político que se desarrolló irresponsablemente, con irrealismo y «falsa astucia»: a ritmo rococó-tropical, sin rozar siquiera lo versallesco. Como si este conflicto fuese un gentleman's agreement.
La fórmula de la victoria política y militar es tremendamente simple: solidificar la ecuación Caudillo+Ejército+Pueblo. No hay ningún otro camino para ahorrar sangre venezolana. Y en la mejor opción, para demostrar que la cuota de sacrificio que deberá poner el enemigo sobre el campo de batalla será de una magnitud tan horrorosa y contundente, que resulte suficiente su sola imagen o mención para limitar su estrategia, paralizar sus movimientos y anular sus intenciones.
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