InicioInfoDoctrina Shock pag121-140 y la mesa de enlace&desaparece
...continua desde

británico en Indonesia estimó la cifra en 400.000, pero
informó de que el embajador sueco, que había hecho
investigaciones adicionales, consideraba esa cifra «muy por
debajo de sus estimaciones». Algunos elevan la cifra a un
millón, aunque la CIA afirmó en un informe de 1968 que
250.000 habían sido asesinados, y lo calificó de «una de las
peores masacres del siglo XX». «Silent Settlement», Time,
17 de diciembre de 1965; John Pilger, The New Rulers of
the World, Londres, Verso, 2002, pág. 34; Kadane, «U.S.
Officials' Lists Aided Indonesian Bloodbath in '60s». op. cit.
50. «Silent Settlement», op. cit.
51. David Ransom, «Ford Country: Building an Elite for
Indonesia», en Steve Weissman (comp.), The Trojan
Horse: A Radical Look at Foreign Aid, Palo Alto, California,
Ramparts Press, 1975, pág. 99.
52. Nota a pie de página: Ibídem, pág. 100.
53. Robert Lubar, «Indonesia's Potholed Road Back»,
Fortune, 1 de junio de 1968.
54. Goenawan Mohamad, Celebrating Indonesia: Fifty
Years with the Ford Foundation 1953-2003, Yakarta, Ford
Fundation, 2003, pág. 59.
55. En el texto original, el autor escribe el nombre del
general como Soeharto; lo he cambiado por el más
extendido de Suharto por cuestión de coherencia.
Mohammad Sadli, «Recollections of My Career», Bulletin of
lndonesian Economic Studies, vol. 29, n°1, abril de 1993,pág. 40.
56. Los siguientes puestos fueron ocupados por graduados
del programa Ford: ministro de Finanzas, ministro de
Comercio, presidente de la Junta de Planificación Nacional,
vicepresidente de la Junta de Planificación Nacional,
secretario general de Marketing e Investigación de
Mercado, presidente del Equipo Técnico de Inversiones
Extranjeras, secretario general de la Industria y embajador

121
en Washington. Ransom, «Ford Country», op. cit., pág.110.
57. Richard Nixon, «Asia After Vietnam», Foreign Affairs 46,
n° 1, octubre de 1967, pág. 111. Nota a pie de página:
Arnold C. Harberger, Curriculum Vitae, noviembre de 2003,
.
58. Pilger, The New Rulers of the World, págs. 36-37.
59. CIA, «Secret Cable from Headquarters [Blueprint for
Fomenting a Coup Climate], September 27, 1970», en
Peter Kornbluh, The Pinochet File: A Declassified Dossier on
Atrocity and Accountability, Nueva York, New Press, 2003,págs. 49-56.
60. Valdés, Pinochet's Economists, op. cit., pág. 251.
61. Ibídem, págs. 248-249.
62. Ibídem, pág. 250.
63. Comité Selecto para el Estudio de las Operaciones
Gubernamentales relativas a las Actividades de
Inteligencia, Senado de Estados Unidos, Covert Action in
Chile 1963-1973, Washington, D.C., U.S. Government
Printing Office, 18 de diciembre de 1975, pág. 30.
64. Ibídem, pág. 40.
65. Eduardo Silva, The State and Capital in Chile : Business
Elites, Technocrats, and Market Economics, Boulder,
Colorado: Westview Press, 1996, pág. 74.
66. Orlando Letelier, «The Chicago Boys in Chile : Economic
Freedom's Awful Toll», The Nation, 28 de agosto de 1976.

segunda parte
LA PRIMERA PRUEBA
DOLORES DE PARTO

122
Las teorías de Milton Friedman le dieron el Premio
Nobel; a Chile le dieron el general Pinochet.
EDUARDO GALEANO, Días y noches de amor y de
guerra, 1983

No creo que nunca me hayan considerado
«malvado».
MlLTON FRIEDMAN, citado en The Wall Street Journal,
22 de julio de 2006

Capítulo 3
ESTADOS DE SHOCK
El sangriento nacimiento de la contrarrevolución

Las injurias deben hacerse de una vez, de modo
que, al tener menos tiempo para saborearlas,
ofendan menos.
NICOLÁS MAQUIAVELO, El príncipe, 1513

Si se adoptase esta estrategia del shock, creo que
debería anunciarse públicamente con detalle, para
pasar a estar en vigor al poco tiempo. Cuanto más
información tenga el público, más facilitará su
reacción al ajuste.
MlLTON FRIEDMAN en una carta al general
Augusto Pinochet, 21 de abril de 1975

123
El general Augusto Pinochet y sus seguidores se refirieron
siempre a los hechos del 11 de septiembre de 1973 no
como un golpe de Estado sino como «una guerra».

Santiago de Chile , desde luego, parecía zona de guerra:
carros blindados abrían fuego conforme avanzaban a través
de los bulevares y los edificios del gobierno eran atacados
por cazas de combate. Pero había algo extraño en esa
guerra: sólo combatía un bando.

Desde el principio, Pinochet tuvo el completo control del
ejército, la Armada, los marines y la policía. El presidente
Salvador Allende, mientras tanto, se opuso a que sus
seguidores se organizaran en ligas de defensa, así que no
disponía de ejército propio. La única resistencia procedió
del palacio presidencial, La Moneda, y de los tejados a su
alrededor, desde donde Allende y sus allegados intentaron
con gallardía defender la sede de la democracia chilena.

No se puede decir que fuera una lucha justa: a pesar de que
en el interior del palacio sólo había treinta y seis defensores
fieles a Allende, los militares lanzaron veinticuatro cohetes
contra el palacio.3
Pinochet, el vanidoso y volátil comandante (cuya
constitución recordaba a la de los tanques en los que se
desplazaba), claramente quería que el acontecimiento fuera
lo más dramático y traumático posible. A pesar de que el
golpe no fue una guerra, estaba diseñado para parecerlo, lo
que lo convierte en un precursor chileno de la estrategia de
shock y conmoción. Difícilmente podría el shock haber sido mayor.

A diferencia de la vecina Argentina, que había sido
dirigida por seis gobiernos militares en los cuarenta años
previos, Chile carecía de experiencia en ese tipo de
violencia: había disfrutado de 160 años de pacífico gobierno
democrático, los últimos 41 ininterrumpidos.

Ahora el palacio presidencial estaba en llamas y de él se
sacaba el cuerpo amortajado del presidente sobre una
camilla mientras se obligaba a sus colegas más próximos a
estirarse boca abajo en la calle bajo las bocas de los rifles
de los soldados.* A pocos minutos en coche del palacio

124
presidencial, Orlando Letelier, que acababa de retornar de
Washington para tomar el puesto de ministro de Defensa
de Chile , había ido a su despacho en el ministerio esa
mañana. Tan pronto como entró por la puerta, doce
soldados vestidos con uniforme de combate se echaron
sobre él, todos apuntándole con sus ametralladoras.4

<!--[if !supportLists]-->* <!--[endif]-->Allende fue
descubierto con la cabeza descerrajada por un tiro.
Continúa el debate sobre si fue alcanzado por una de
las balas que se dispararon contra La Moneda o si se
suicidó, prefiriendo morir a dejar en la memoria
colectiva de los chilenos la imagen de su presidente
electo rindiéndose ante un ejército insurrecto. La
segunda teoría es más creíble.

En los años que llevaron al golpe, asesores
estadounidenses, muchos de ellos de la CIA, habían
excitado el ánimo del ejército chileno, atizando un
anticomunismo rabioso y persuadiendo a los militares de
que los socialistas eran, de hecho, espías rusos, una fuerza
ajena a la sociedad chilena, una especie de «enemigo
interior» crecido en casa. Lo cierto es que fueron los
militares los que se convirtieron en el auténtico enemigo
doméstico, dispuestos a volver sus armas contra la población
que habían jurado proteger.

Con Allende muerto, su gabinete cautivo y sin indicios de
que fuera a haber resistencia popular, la gran batalla de la
Junta Militar había terminado a media tarde. Letelier y los
demás prisioneros «VIP» fueron al final trasladados a la
gélida isla Dawson, en el sur del estrecho de Magallanes, la
versión pinochetista de los campos de concentración siberianos.

Pero matar y encarcelar al gobierno no era
suficiente para la nueva Junta Militar chilena. Los generales
estaban convencidos de que sólo podrían retener el poder si
lograban que los chilenos vivieran completamente
aterrorizados, como había pasado con la población de
Indonesia. En los días que siguieron al golpe, unos trece mil
quinientos civiles fueron arrestados, subidos a camiones y

125
encarcelados, según un informe de la CIA recientemente
desclasificado.5 Miles acabaron en los dos principales
estadios de fútbol de Santiago, el Estadio de Chile y el
enorme Estadio Nacional. Dentro del Estadio Nacional, la
muerte reemplazó al fútbol como espectáculo público. Los
soldados paseaban entre las gradas al sol acompañados de
colaboradores encapuchados que señalaban a los
«subversivos» entre los detenidos; los seleccionados eran
enviados a los vestuarios o a los palcos, transformados en
improvisadas cámaras de tortura.

Cientos fueron
ejecutados. Cuerpos sin vida empezaron a aparecer en las
cunetas de las principales carreteras o flotando en
mugrientos canales urbanos.
Para asegurarse de que el terror se extendía más allá de la
capital, Pinochet envió a su comandante más despiadado,
el general Sergio Arellano Stark, en helicóptero en una
misión en las provincias del norte para visitar una serie de
prisiones en las que se retenía a «subversivos».

En cada ciudad y pueblo, Stark y su escuadrón de la muerte itinerante
escogían a los prisioneros de perfil más alto, a
veces hasta veintiséis a la vez, y los ejecutaban. El rastro
de sangre que dejaron durante esos cuatro días se
conocería como la caravana de la muerte.6 Al, poco tiempo
la comunidad entera había captado el mensaje: la resistencia es mortal.

A pesar de que la batalla de Pinochet sólo tuvo un bando,
sus efectos fueron tan reales como cualquier guerra civil o
invasión extranjera: en total, más de 3.200 personas
fueron ejecutadas o desaparecieron, al menos 80.000
fueron encarceladas y 200.000 huyeron del país por motivos políticos.7

EL FRENTE ECONÓMICO
Para los Chicago Boys, el 11 de septiembre fue un día de
vertiginosa anticipación y letal adrenalina. Sergio de Castro
había estado trabajando a fondo su contacto en la Armada,
consiguiendo que aprobara página a página «el ladrillo».

126
Ahora, el día del golpe, varios Chicago Boys estaban
acampados junto a las rotativas del periódico de derechas
El Mercurio. Mientras en la calle sonaban disparos,
trabajaron frenéticamente para que el documento quedara
impreso a tiempo para el primer día de gobierno de la
Junta. Arturo Fontaine, uno de los editores del periódico,
recuerda que las rotativas trabajaron «sin cesar para producir
copias de aquel largo documento». Y lo consiguieron,
por los pelos. «Antes del mediodía del miércoles 12 de
septiembre de 1973, los generales de las fuerzas armadas
que desempeñaban cargos de gobierno tenían el plan sobre
sus escritorios.»8

Las propuestas que aparecen en ese documento final se
parecen asombrosamente a las que hace Milton Friedman
en Capitalismo y libertad: privatización, desregulación y
recorte del gasto social; la santísima trinidad del libre mercado.

Los economistas chilenos educados en Estados
Unidos habían tratado de introducir esas ideas
pacíficamente, dentro de los confines del debate
democrático, pero habían sido rechazadas de forma
abrumadora.


Ahora los Chicago Boys y sus planes habían
vuelto en un clima mucho más permeable a su punto de
vista radical. En esta nueva era no era necesario que nadie
más allá de un puñado de hombres uniformados estuviera
de acuerdo con ellos. Sus oponentes políticos más
enconados estaban o encarcelados o muertos o huidos; el
espectáculo de los cazas de combate y las caravanas de la
muerte mantenía a todo el mundo a raya.

«Para nosotros, fue una revolución», dijo Cristian Larroulet,
uno de los asesores económicos de Pinochet.9 Era una
descripción adecuada. El 11 de septiembre de 1973 fue
mucho más que el violento final de la pacífica revolución
socialista de Allende; fue el principio de lo que The
Economist calificaría más tarde de «contrarrevolución», la
primera victoria concreta en la campaña de la Escuela de
Chicago por recuperar las ganancias que se habían
conseguido con el desarrollismo y el keynesianismo.
10

127
Adiferencia de la revolución parcial de Allende, templada y
matizada por el característico tira y afloja de la democracia,
esta revuelta, impuesta mediante la fuerza bruta, tenía las
manos libres para llegar hasta el final. En los años
siguientes, las políticas descritas en «el ladrillo» se
impondrían en docenas de otros países bajo la coartada de
una amplia gama de crisis. Pero Chile fue la génesis de la
contrarrevolución, una génesis de terror.

José Piñera, un alumno de la Facultad de Economía de la
Universidad Católica que se definía a sí mismo como un
Chicago Boy, era estudiante de posgrado en Harvard
cuando tuvo lugar el golpe. Al oír las buenas noticias,
regresó a casa «para ayudar a fundar un país nuevo,
dedicado a la libertad, de las cenizas del antiguo»
.

Según Piñera, que acabaría convirtiéndose en ministro de Trabajo
y Minería con Pinochet, ésta era «la auténtica revolución
[...] un movimiento radical, completo y sostenido hacia el
libre mercado».11

Antes del golpe, Augusto Pinochet tenía reputación de ser
muy educado, casi demasiado obsequioso, reputación de
adular y dar siempre la razón a sus superiores civiles.
Como dictador, Pinochet desveló nuevas facetas de su
carácter. Se adueñó del poder con un regocijo indecoroso y
adoptó la actitud de un monarca absoluto, declarando que
el «destino» le había otorgado su cargo.

Sin dilación, dirigió
un golpe dentro del golpe para deshacerse de los otros tres
líderes militares con los que había acordado dividirse el
poder y se hizo nombrar jefe supremo de la nación, además
de presidente. Le encantaba la pompa y la ceremonia,
prueba de su derecho a gobernar, y no desperdiciaba ninguna
ocasión de vestirse con su uniforme prusiano, con capa y todo.

Para moverse por Santiago, escogió una
caravana de Mercedes-Benz dorados y a prueba de balas.12
A Pinochet se le daba bien gobernar de forma autoritaria,
pero, igual que Suharto, no sabía prácticamente nada de
economía. Eso era un problema, porque la campaña de
sabotaje empresarial liderada por ITT había conseguido


128
hacer que la economía entrara en barrena y Pinochet se
encontró con una crisis entre manos.


Desde el principio se
produjo una lucha de poder dentro de la Junta entre los que
simplemente querían reinstaurar el statu quo anterior a
Allende y regresar rápidamente al sistema democrático, y
los de Chicago , que presionaban para conseguir una
liberalización del mercado de pies a cabeza
que tardaría
años en imponerse.

A Pinochet, que disfrutaba a fondo de
sus nuevos poderes, no le gustaba nada la idea de que su
destino fuera una simple operación de limpieza, limitada a
«restaurar el orden» y luego marcharse. «No somos como
una aspiradora que barrió el marxismo para luego darle el
poder a esos señores políticos»
, dijo.13

La visión de los de
Chicago de una remodelación completa del país estaba en
sintonía con su recién desatada ambición y, al igual que
Suharto con la mafia de Berkeley, de inmediato nombró a
varios licenciados de Chicago como sus principales asesores
económicos, entre ellos Sergio de Castro, el líder de hecho
del movimiento y principal autor del «ladrillo».

Los llamaba
los tecnos —los tecnócratas—, lo cual encajaba con la
pretensión de los de Chicago de que arreglar una economía
era una cuestión científica y no de elecciones humanas subjetivas.
Pese a que Pinochet entendía poco sobre inflación y tipos
de interés, los tecnos hablaban un lenguaje que
comprendía. Para ellos la economía era una fuerza de la
naturaleza a la que había que respetar y obedecer porque
«ir contra la naturaleza es contraproducente y es
engañarse a uno mismo», como explicó Piñera.

14 Pinochet
estaba de acuerdo: la gente, escribió en una ocasión, debe
someterse a la estructura porque «la naturaleza muestra
que el orden básico y la jerarquía son necesarios».15

Esta convicción compartida de obedecer unas leyes naturales
superiores formó la base de la alianza Pinochet- Chicago .

Durante el primer año y medio Pinochet siguió fielmente las
reglas de Chicago : privatizó algunas, aunque no todas,
empresas estatales (entre ellas varios bancos); permitió


129
formas nuevas y muy avanzadas de especulación
financiera; abrió las fronteras a las importaciones extranjeras,
derribando las barreras que habían protegido durante
muchos años a las manufacturas chilenas y recortó el gasto
público un 10 % excepto, claro, el gasto militar, que
aumentó significativamente.
16

También eliminó el control
del precios, una decisión radical en un país que llevaba
regulando el coste de productos de primera necesidad como
el pan y el aceite durante décadas.


Los de Chicago le aseguraron a Pinochet que si hacía que el
gobierno dejara de intervenir en esas áreas rápidamente,
las leyes «naturales» de la economía harían que se
recuperara el equilibrio y la inflación —que consideraban
una especie de fiebre económica que indicaba la presencia
de organismos insalubres en el mercado— descendería
mágicamente. Se equivocaban.


En 1974, la inflación alcanzó el 375 %,
la tasa más alta en todo el mundo y casi
el doble de su punto más alto con Allende.17 El precio de
productos de primera necesidad como el pan se puso por
las nubes.


En paralelo, los chilenos perdían su empleo
gracias a que el experimento de Pinochet con el «libre
mercado» estaba inundando el país de importaciones
baratas. Las empresas locales cerraban a docenas,
incapaces de competir; el desempleo alcanzó cifras récord,
y se extendió el hambre. El primer laboratorio de la Escuela
de Chicago estaba en caída libre.


Sergio de Castro y los demás de Chicago arguyeron, en el
mejor estilo de Chicago , que su teoría era perfectamente
correcta y que el problema era que no se estaba aplicando
de forma suficientemente estricta. La economía no había
podido corregirse sola y volver a un equilibrio armonioso
porque todavía quedaban «distorsiones», consecuencia de
casi medio siglo de interferencias gubernamentales.

Para que el experimento funcionase, Pinochet tenía que acabar
con esas distorsiones: más recortes, más privatizaciones y
todo llevado a cabo con más rapidez.
En ese año y medio, buena parte de la élite empresarial


130
chilena se hartó de las aventuras de los de Chicago con el
capitalismo radical. Los únicos que se beneficiaban de la
situación eran las empresas extranjeras y un pequeño
grupo de financieros conocidos como los «pirañas», que se
forraban especulando.


Los fabricantes industriales que
habían apoyado con entusiasmo el golpe estaban siendo
barridos. Orlando Sáenz —el presidente de la Sociedad de
Fomento Fabril que había sido quien había introducido a los
de Chicago en el complot del golpe— declaró que los
resultados del experimento constituían «uno de los mayores
fracasos de nuestra historia económica»
.18

A los empresarios no les gustaba el socialismo de Allende, pero
no tenían ningún problema con una economía controlada
por el gobierno. «Es imposible continuar con el caos
financiero que domina Chile », dijo Sáenz. «Es necesario canalizar
hacia inversiones productivas los millones y millones
de recursos financieros que hoy se utilizan en operaciones
especulativas alocadas frente a los ojos de los que no
tienen siquiera empleo.»
19

Con su plan en grave peligro, los de Chicago y los pirañas
(que en muchos casos eran las mismas personas)
decidieron que había llegado el momento de sacar la artillería.


En marzo de 1975, Millón Friedman y Arnold
Harberger volaron a Santiago invitados por un banco
importante para ayudar a salvar el experimento.

La prensa, controlada por la Junta, recibió a Friedman como
si fuera una estrella del rock, el gurú del nuevo orden. Cada
una de sus declaraciones acababa en los titulares, sus
clases se emitían en la televisión nacional y contó con la
audiencia más importante de todas: un encuentro privado
con el general Pinochet.

A lo largo de toda su visita, Friedman machacó un solo
tema: la Junta había empezado bien, pero necesitaba
abrazar el libre mercado sin ninguna reserva. En discursos
y entrevistas utilizó un término que hasta entonces jamás
se había aplicado a una crisis económica del mundo real:
pidió un «tratamiento de choque». Afirmó que era «la única


131
cura. Con certeza. No hay otra forma de hacerlo. No hay
otra solución a largo plazo».20 Cuando un periodista chileno
apuntó que hasta Richard Nixon, entonces presidente de
Estados Unidos, imponía controles para atemperar el libre
mercado, Friedman replicó: «Yo no los apruebo. Creo que
no deberíamos aplicarlos. Estoy en contra de que el
gobierno intervenga en la economía, sea el gobierno de mi
país o el de Chile »
.21

Después de su reunión con Pinochet, Friedman escribió
unas notas personales sobre el encuentro, que reprodujo
décadas más tarde en sus memorias. Observó que al
general «le atraía la idea de un tratamiento de choque,
pero le preocupaba claramente el aumento del desempleo
que podía crear».22

Llegados a este punto, Pinochet ya se
había hecho tristemente célebre en el mundo por ordenar
masacres en estadios de fútbol, de modo que el hecho de
que al dictador le «preocupara» el coste humano de su
terapia de shock debería haber hecho que Friedman reflexionara.

Pero en vez de ello insistió en sus tesis en una
carta de seguimiento en la que alabó las decisiones
«extremadamente sabias» del general, pero animaba a
Pinochet a recortar todavía mucho más el gasto público,
«un 25 % en los próximos seis meses [...] en todos los
apartados», y a la vez le pedía que adoptara un paquete de
políticas proempresariales que le acercarían más «al
completo libre mercado».


Friedman predijo que los cientos
de miles de personas que serían despedidas del sector
público pronto encontrarían trabajo en el sector privado,
que despegaría espectacularmente gracias a que Pinochet
eliminaría «tantos como sea posible de los obstáculos que
ahora perjudican el mercado privado»
.23

Friedman aseguró al general que si seguía sus consejos
podría anotarse el mérito de un «milagro económico»;
podría «acabar con la inflación en unos meses» mientras
que el problema del desempleo sería igualmente «breve —
cuestión de meses— y la subsiguiente recuperación
económica sería rápida». Pinochet tenía que actuar rápida y


132
decidídamente; Friedman subrayó la importancia del
«shock» repetidamente. Usó la palabra tres veces en su
carta y subrayó que el «gradualismo no era factible».24
Pinochet se convirtió. En su carta de respuesta, el jefe
supremo de Chile expresaba su «más alta y respetuosa
admiración» por Friedman y le aseguraba a éste que «el
plan está aplicándose plenamente en estos momentos».


Inmediatamente después de la visita de Friedman, Pinochet
despidió a su ministro de Economía y entregó el cargo a
Sergio de Castro, al que después ascendería a ministro de
Finanzas.

De Castro llenó el gobierno de colegas suyos de
Chicago y nombró a uno de ellos director del banco central.
Orlando Sáenz, que se había opuesto a los despidos
masivos y al cierre de fábricas, fue sustituido al frente de la
Sociedad de Fomento Fabril por alguien con una actitud
más favorable al shock. «Si hay empresarios que se quejan
de ello, que se vayan al infierno. No les defenderé», declaró
el nuevo director
.26

Libres de críticos, Pinochet y De Castro empezaron a
desmontar el Estado del bienestar para alcanzar su pura
utopía capitalista.

En 1975 recortaron el gasto público el 27
% de un solo golpe y siguieron recortando hasta que, hacia
1980, llegaron a la mitad de lo que era con Allende.27 Salud
y educación fue lo que más sufrió. Incluso The Economist,
una animadora del equipo del libre mercado, calificó lo que
sucedía como «una orgía de automutilación».


28 De Castro privatizó casi quinientas empresas y bancos estatales,
prácticamente regalando muchos de ellos, puesto que lo
que quería era ponerlos lo más rápido posible en el lugar
que les correspondía dentro del orden económico.29 No se
apiadó de las empresas locales y eliminó todavía más
barreras arancelarias.


El resultado fue la pérdida de
177.000 puestos de trabajo en la industria entre 1973 y
1983.30 A mediados de la década de 1980, la industria
como porcentaje de la economía descendió a niveles que no
se habían visto desde la Segunda Guerra Mundial.31
«Tratamiento de choque era un nombre adecuado para lo


133
que Friedman había recetado. Pinochet envió
deliberadamente a su país a una profunda recesión,
basándose en una teoría sin probar que afirmaba que la
súbita contracción haría que la economía recuperase la
salud. En su lógica interna, esta medida era
asombrosamente parecida a la de los psiquiatras que
recetaron terapia electroconvulsiva en las décadas de 1940
y 1950, convencidos de que las conmociones
deliberadamente inducidas con las descargas conseguirían
mágicamente reiniciar los cerebros de sus pacientes.

La teoría de la terapia de shock económica se basa en parte
en el papel de las expectativas como combustible de un
proceso inflacionario. Para poner freno a la inflación no
basta con cambiar la política monetaria sino que además
hay que cambiar la actitud de los consumidores,
empresarios y trabajadores.

Lo que hace un cambio súbito
y brutal de política es alterar rápidamente las expectativas
y señalar al público que las reglas del juego han cambiado
dramáticamente:

los precios no van a seguir subiendo ni
tampoco los sueldos. Según esta teoría, cuanto antes se
consigan mitigar las expectativas de inflación, más corto
será el doloroso período de recesión y alto desempleo. Sin
embargo, particularmente en países en los que la clase
dirigente ha perdido su credibilidad ante el público, se dice
que sólo un shock político enorme y decidido puede lograr
«enseñar» al público esta dura lección
.*

<!--[if !supportLists]-->* <!--[endif]-->Algunos
economistas de la Escuela de Chicago afirman que el
primer experimento con la terapia de shock se llevó a
cabo en Alemania Occidental el 20 de junio de 1948.

El ministro de Finanzas, Ludwig Erhard, eliminó la
mayoría de los controles aplicados a los precios e
introdujo una moneda nueva. Lo hizo rápidamente y
sin previo aviso, lo que supuso un shock tremendo
para la economía alemana, que llevó a una subida
masiva del desempleo. Pero ahí es donde terminan las
similitudes: las reformas de Erhard se limitaron a los

134
precios y a la política monetaria y no fueron
acompañadas de recortes en los programas sociales ni
por la rápida introducción del libre mercado, y se
tomaron muchas precauciones para proteger a los
ciudadanos del shock, entre ellas el aumento de los
salarios. Alemania Occidental, incluso después del
shock, se adecuaba con facilidad a la definición que
Friedman hacía de un Estado del bienestar casi socialista:

ofrecía vivienda de protección oficial, pensiones,
sanidad pública y un sistema educativo estatal,
mientras que además el gobierno dirigía y subsidiaba
casi todo, desde el teléfono a plantas productoras de aluminio.

Concederle a Erhard el mérito de haber
inventado la terapia de shock es una historia
agradable, puesto que su experimento tuvo lugar
después de que Alemania Occidental fuera liberada de
la tiranía. El shock de Erhard, sin embargo, no se
parece en nada a las transformaciones radicales que
hoy se entienden como terapia económica de shock:
los pioneros de este método fueron Friedman y
Pinochet, en un país que acababa de perder su libertad.

Causar una recesión o una depresión es una idea brutal,
pues conlleva crear pobreza generalizada, motivo por el
cual ningún líder político hasta ese momento había estado
dispuesto a poner a prueba la teoría. ¿Quién querría ser
responsable de lo que Business Week denominó «un mundo
a la doctor Strangelove en el que se impulsa
deliberadamente la recesión»
?32

Pinochet quería serlo. En el primer año de la terapia de
shock recetada por Friedman, la economía chilena se
contrajo un 15 % y el desempleo —que sólo sufría un 3 %
con Allende— alcanzó el 20 %, un porcentaje inaudito en el
Chile de la época.33 El país, ciertamente, se convulsionaba
bajo el «tratamiento». Contrariamente a lo que Friedman
predijo con optimismo, la crisis duró años, no meses. Hacia
1986 uno de cada cinco trabajadores industriales había


135
perdido su empleo.34 La Junta, que había adoptado
inmediatamente la metáfora de la enfermedad que utilizó
Friedman, no se arrepentía de nada y explicaba que «se
había escogido ese camino porque es el único que ataca
directamente las causas de la enfermedad».


35 Friedman
estaba de acuerdo. Cuando un periodista le preguntó «si el
coste social de sus políticas no sería excesivo», respondió:
«Esa es una pregunta estúpida».36 A otro periodista le dijo:
«Lo único que me preocupa es que perseveren el tiempo
necesario y con la fuerza necesaria».37

Es interesante saber que la mayor crítica hacia la terapia de
shock procedió de uno de los propios ex alumnos de
Friedman, André Gunder Frank. Durante sus años en la
Universidad de Chicago en la década de 1950, Gunder
Frank —originario de Alemania— oyó hablar tanto sobre
Chile que cuando se doctoró en economía decidió ir él
mismo al país que sus profesores habían descrito como una
distopía desarrollista mal gestionada.


Le gusto lo que vio y
acabó enseñando en la Universidad de Chile y luego siendo
asesor económico de Salvador Allende, hacia el que
desarrolló un gran respeto.


Como hombre de Chicago en
Chile , Frank tenía una perspectiva privilegiada sobre la
aventura económica del país. Un año después de que
Friedman recetara el shock máximo, escribió una airada
«Carta abierta a Arnold Harberger y Milton Friedman» en la
que utilizó su formación en la Escuela de Chicago «para
examinar cómo ha respondido el paciente chileno a su
tratamiento».38

Calculó lo que significaba para una familia chilena tratar de
sobrevivir con lo que Pinpchet afirmaba que era un «sueldo
mínimo». Aproximadamente el 74 % de sus ingresos se
dedicaban simplemente a comprar pan, lo cual obligaba a la
familia a prescindir de «lujos» como la leche y el autobús
para ir a trabajar.


En comparación, bajo Allende el pan, la
leche y el autobús alcanzaban el 17 % del sueldo de un
empleado público.39 Muchos niños tampoco tenían leche en
las escuelas, pues una de las primeras medidas de la Junta


136
había sido eliminar el programa de leche escolar. Como
resultado combinado de ese recorte más la situación
desesperada de las familias, cada vez más estudiantes se
desmayaban en clase, mientras que otros muchos dejaron
de acudir a la escuela.


40 Gunder Frank vio una relación
directa entre las brutales políticas económicas impuestas
por sus antiguos compañeros de estudios y la violencia que
Pinochet había desatado contra el país.

Las recetas de
Friedman eran tan dolorosas, afirmó el desafecto hombre
de Chicago , que no podían «imponerse ni llevarse a cabo
sin los elementos gemelos que subyacen a todas ellas: la
fuerza militar y el terror político»
.41

Impasible, el equipo económico de Pinochet se adentró
todavía más en terreno experimental, adoptando las
políticas más vanguardistas de Friedman:

el sistema educativo público fue sustituido por cheques escolares y
escuelas chárter, la sanidad pasó a ser de pago y se
privatizaron guarderías y cementerios. Lo más radical de
todo fue que privatizaron el sistema de seguridad social de
Chile . José Piñera, que fue el artífice del programa, dijo
haber tenido la idea después de leer Capitalismo y libertad.


42 Suele concedérsele a la administración de George W.
Bush el mérito de haber sido los pioneros de la «sociedad
de propietarios» cuando, de hecho fue el gobierno de
Pinochet, treinta años antes, el que primero introdujo el
concepto de «una nación de propietarios».

Chile avanzaba en territorio desconocido y los partidarios
del libre mercado en todo el mundo, acostumbrados a
debatir los méritos de tales políticas en marcos puramente
académicos, le prestaban mucha atención.

«Los manuales
de economía dicen que ésa es la forma en que debería
funcionar el mundo, pero ¿en qué otro lugar se puede ver
puesta en práctica?», se maravillaba la revista
norteamericana de negocios Barron's.43 En un artículo
titulado « Chile , laboratorio para un teórico», The New York
Times destacó que «pocas veces uno de los principales
economistas convencido de sus ideas recibe la oportunidad

137
de probar recetas concretas en una economía gravemente
enferma. Resulta todavía menos habitual que el cliente del
economista sea un país que no es el suyo».44 Muchos se
acercaron a ver en persona el laboratorio chileno, entre
ellos el propio Friedrich Hayek, que viajó al Chile de
Pinochet en varias ocasiones y que en 1981 escogió Viña
del Mar (la ciudad en la que se tramó el golpe) para
celebrar la convención regional de la Sociedad Mont Pelerin,
la asamblea de cerebros de la contrarrevolución.

EL MITO DEL MILAGRO CHILENO
Incluso tres décadas más tarde Chile sigue siendo
considerado por los entusiastas del libre mercado como una
prueba de que el friedmanismo funciona.

Cuando murió
Pinochet, en diciembre de 2006 (un mes después de
Friedman), The New York Times le elogió por «transformar
una economía en bancarrota en una de las más prósperas
de América Latina» y un editorial del Washington Post dijo
que había «introducido las políticas de libre mercado que
habían producido el milagro económico chileno».45 Los
hechos tras el «milagro chileno» siguen siendo objeto de
intenso debate.

Pinochet se mantuvo en el poder diecisiete años y durante
ese tiempo cambió de rumbo político varias veces.
El período de crecimiento continuado de la nación que se cita
como prueba de su milagroso éxito no empezó hasta
mediados de los años ochenta, una década entera después
de que los de Chicago implementaran su terapia de shock y
bastante después de que Pinochet se viera obligado a
cambiar radicalmente el rumbo.


Y sucedió porque en 1982,
a pesar de su estricta fidelidad a la doctrina de Chicago , la
economía de Chile se derrumbó: explotó la deuda, se
enfrentaba de nuevo la hiperinflación y el desempleo alcanzó
el 30 %, diez veces más que con Allende.46 La causa
principal fue que las pirañas, las empresas financieras al
estilo de Enron a las que los de Chicago habían liberado de
cualquier tipo de regulación, habían comprado los activos
del país con dinero prestado y acumularon una enorme


138
deuda de 14.000 millones de dólares.47
La situación era tan inestable que Pinochet se vio obligado
a hacer exactamente lo mismo que había hecho Allende:
nacionalizó muchas de estas empresas.48 Al borde de la
debacle, casi todos los de Chicago perdieron sus influyentes
puestos en el gobierno, incluyendo a Sergio de Castro.
Muchos otros licenciados de Chicago tenían altos cargos en
las empresas de los pirañas y fueron investigados por
fraude, con lo que se desvaneció la fachada de neutralidad
científica tan fundamental para la identidad que se habían
construido los de Chicago .


La única cosa que protegía a Chile del colapso económico
total a principios de la década de 1980 fue que Pinochet
nunca privatizó Codelco, la empresa de minas de cobre
nacionalizada por Allende.


Esa única empresa generaba el
85 % de los ingresos por exportación de Chile , lo que
significa que cuando la burbuja financiera estalló, el Estado
siguió contando con una fuente constante de fondos
.49

Está claro que Chile nunca fue el laboratorio «puro» del
libre mercado que muchos de sus partidarios creyeron. Al
contrario: fue un país donde una pequeña élite pasó de ser
rica a superrica en un plazo brevísimo basándose en una
fórmula que daba grandes beneficios financiándose con
deuda y subsidios públicos, para luego recurrir también al
dinero publico para pagar aquella deuda.


Si uno consigue
apartar el boato y el clamor de los vendedores, el Chile de
Pinochet y los de Chicago no fue un Estado capitalista con
un mercado libre de trabas, sino un Estado corporativista.

El corporativismo se refería originalmente al modelo de
Estado ideado por Mussolini, un Estado policial gobernado
bajo una alianza de las tres mayores fuentes de poder de
una sociedad —el gobierno, las empresas y los sindicatos—,
todos colaborando para mantener el orden en nombre del
nacionalismo.


Lo que Chile inauguró con Pinochet fue una
evolución del corporativismo: una alianza de apoyo mutuo
en la que un Estado policial y las grandes empresas unieron
fuerzas para lanzar una guerra total contra el tercer centro

139
de poder —los trabajadores—, incrementando con ello de
manera espectacular la porción de riqueza nacional
controlada por la alianza.


Esa guerra —que muchos chilenos comprensiblemente ven
como una guerra de los ricos contra los pobres y la clase
media— es la auténtica realidad tras el «milagro»
económico de Chile . Hacia 1988, cuando la economía se
había estabilizado y crecía con rapidez, el 45 % de la población
había caído por debajo del umbral de la pobreza
.50

El 10 % más rico de los chilenos, sin embargo, había visto
crecer sus ingresos en un 83 %.51 Incluso en 2007 Chile
seguía siendo una de las sociedades menos igualitarias del mundo.


De las 123 naciones en que Naciones Unidas
monitoriza la desigualdad, Chile ocupaba el puesto 116, lo
que le convierte en el octavo país con mayores
desigualdades de la lista.52

Si ese historial hace que Chile sea un milagro para los
economistas de la Escuela de Chicago , quizá sea porque el
tratamiento de choque nunca tuvo como objetivo devolver
la salud a la economía. Quizá se suponía que tenía que
hacer exactamente lo que hizo: enviar la riqueza a los de
arriba y conmocionar a la clase media hasta borrarla del mapa
.

Así lo creía Orlando Letelier, ex ministro de Defensa con
Allende. Después de pasar un año en las prisiones de
Pinochet, Letelier consiguió escapar de Chile gracias a una
intensiva campaña de presión internacional.

Al contemplar
desde el extranjero el rápido empobrecimiento de su país,
Letelier escribió en 1976 que «durante los últimos tres años
varios miles de millones de dólares fueron sacados de los
bolsillos de los asalariados y depositados en los de los
capitalistas y terratenientes [...] la concentración de la
riqueza no fue un accidente, sino la regla; no es el
resultado colateral de una situación difícil —que es lo .que a
la Junta le gustaría que el mundo creyera— sino la base de
un proyecto social; no es una desventaja de la economía,
sino un éxito político temporal


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