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Eterna Juventud: vivir 120 años...

Info10/30/2008
Vilcabamba, el increíble valle de la longevidad ecuatoriano

La región, que es centro de curiosidad permanente de científicos, ha recibido calificativos como "el país de los viejos más viejos del mundo" y "centro mundial de curiosidad médica y periodística"

Eterna Juventud: vivir 120 años...

Los habitantes de Vilcabamba, en Ecuador, viven más de ciento veinte años. Ya pasados los cien, todavía leen sin anteojos, conservan la dentadura completa, la potencia sexual, su cabello no encanece y se jactan de sus aventuras amorosas.
Fuman, beben, consumen sustancias más nocivas que la cocaína y participan activamente de las fiestas. No se hacen chequeos ni toman medidas de prevención porque no se enferman; tampoco piensan en jubilarse. Cuando llega el momento de partir, se despiden sin preparativos: salen a trabajar y no vuelven, se acuestan a dormir y ya no se levantan. Llevan una vida muy humilde pero la terminan como aristócratas.
Sin duda, Vilcabamba es un golpe bajo para los que miden las calorías, eligen lo natural como única opción y se obsesionan con el cuidado del cuerpo.
Ricardo Coler viajó para conocer cuál es el misterio de este lugar privilegiado por la salud y la vitalidad sin esfuerzo. A medida que avanza la crónica, su relato se enriquece con el contrapunto conmovedor de la relación del autor con su padre, un hombre mayor sostenido por los avances de la ciencia. Coler también es médico, y sostiene en este libro cautivante y revelador que la vejez puede ser una enfermedad como cualquier otra, con mecanismos biológicos sobre los que es posible actuar. Quizá Vilcabamba sea una clave. Mientras tanto, políticos, científicos, militares, millonarios y artistas internacionales compran tierras en el pueblo. Nadie quiere quedarse afuera de la increíble posibilidad de la eterna juventud.

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LIBRO: ETERNA JUVENTUD, VIVIR 120 AÑOS - Ricardo Coler
“La medicina de hoy tiene un carácter policial”

Es médico y vivió en Vilcabamba, un pueblo ecuatoriano de ancianos felices. Desconfía de la idea de la muerte inevitable y cree que decir que todo el mundo envejece es sólo una forma de pensar.


Desde hace al menos diez años, el padre de Ricardo Coler está siempre a punto de morir. Por épocas, su cuerpo se sujeta al mundo con cánulas y catéteres, y es esa forma tan especial de estar vivo la que llevó a Coler, el hijo, a buscar respuestas sin saber muy bien cuál era la pregunta. Así, buscando, llegó a internet. Y así supo de la existencia de Vilcabamba: una aldea de Ecuador donde la gente vive ciento veinte años sin ningún empujoncito de la ciencia, y el lugar al que fue Coler –médico y escritor– para empezar la investigación sobre su tercer libro, Eterna juventud, que acaba de ser editado por Planeta. En él, Coler plantea una hipótesis polémica: que la vejez es una enfermedad y que es posible curarla. “Decir que todo el mundo envejece y que eso es normal, aunque no parezca, es una forma de pensar –dice–, una posición filosófica”.

–¿Les planteó esto a otros médicos?

–Ni loco, me matan. Pero yo sé que estoy bien rumbeado. Ya hay gusanos, moscas y ratones a los que están haciendo vivir el triple de tiempo. ¿Por qué? Porque el envejecimiento es un mecanismo como cualquier otro. Lo que pasa es que tenemos una idea muy fuerte de que la muerte es insalvable, inexorable, y todos te dicen “tenés que aceptar que todo termina”. ¿Por qué? ¡Aceptar, las pelotas!

–Usted está decidido a no morirse.

–En ambientes científicos ya se le está discutiendo la supremacía a la muerte. No es idea mía.

–¿Y usted cree que en Vilcabamba hay algún tipo de secreto que los lugareños no están revelando?

–No creo que lo oculten. Pero sí creo que en ese lugar hay algo. Vengo de la medicina tradicional, no creo en curas milagrosas. Pero fui y vi que los viejos comen, chupan, toman café y todos los días fuman chamico, que es una droga con efectos más fuertes que los de la marihuana y la cocaína juntas. Y sin embargo llegan a los ciento veinte años en pleno uso de sus facultades. Trabajan el campo, suben montañas que no podía subir ni yo, tienen todos los dientes, leen sin anteojos y tienen una salud sexual envidiable. O sea que Vilcabamba refuta décadas de supremacía de un discurso médico que te dice que tenés que “cuidarte”.

–El libro plantea algo interesante: que el orden médico ejerce un rol de controlador moral.

–Exacto. La medicina hoy tiene un carácter policial y te advierte que si te excedés vas a pagar las consecuencias. O sea que ocupa el lugar que en algún momento ocupó la iglesia. La medicina te promete un Paraíso vinculado con la vida sana.

–Usted es médico, ¿no recomienda a sus pacientes que se cuiden con la comida?

–Por supuesto que la previsión mejora el estado de salud. Pero eso no te asegura vivir más o mejor. En Vilcabamba se drogan todos los días y eso descoloca a la comunidad científica. Los informes sobre Vilcabamba, que son muchos, ocultan que estos tipos fuman, toman alcohol y se dan con chamico. Prefieren decir que están así porque comen sano y sin pesticidas. Vos vas a ver a los viejos y están repodridos de que la gente les pregunte qué comen.

–¿En qué momento de la investigación se le ocurrió hacer el contrapunto con la mala salud de su padre?

–La verdad es que cuando estaba haciendo el trabajo tenía un quilombo tan grande que era inevitable ponerlo en el libro. El tema de mi viejo viene de hace mucho tiempo, pero en ese período hubo mucha agudización.

–¿Está bien ahora? ¿Vive?

–Es inmortal mi papá... Está lúcido, aunque sigue postrado en la cama. Creo que ése es un punto clave por el que está pasando la ciencia: ahora te prolongan la vida, pero es de mala calidad. Los últimos años que te regala la medicina están llenos de achaques. Y lo que se está buscando, justamente, es que tengas todos los achaques juntos y al final. En Vilcabamba es increíble: los viejos trabajan hasta el último de sus días, se acuestan y mueren. No se enferman: se apagan. Son gente muy humilde pero cuando les llega el momento, se despiden como aristócratas. Cuando la ciencia permita extender esta dinámica a toda una sociedad, va a cambiar el mundo.

–Seguramente haya grupos que se opongan, argumentando que se trata de un procedimiento artificial, contra natura...

–A ver: si una araña hace telaraña, nadie le va a discutir por qué hace telaraña. Si una hormiga hace hormigueros, lo mismo. Bueno: el hombre piensa. El pensamiento del hombre es algo natural. Y el hombre tiene una cabeza capaz de alterar el orden de cosas de un modo científico. Por ende, hasta el plástico es un producto de la naturaleza, dado que proviene del pensamiento del hombre.

–Se está cargando a todos los ecologistas.

–Es que si el problema fueran los desechos tóxicos, la gente que vivió antes de la Revolución Industrial habría vivido más, y no: se morían a los treinta y cinco. Yo creo que detrás de esto hay toda una cuestión de demonizar el pensamiento del hombre. Hay mucha imaginación y boludez en torno al pensamiento humano.

–¿Por ejemplo?

–Por ejemplo: se encuentra una estatuilla hecha hace cien mil años y todos dicen “era la corporización de los dioses”. ¿Qué sabés lo que pensaba el tipo hace cien mil años? ¡Capaz que no era una diosa, era la suegra! Capaz que la suegra le hacía rico de comer y quiso homenajearla. En Vilcabamba pasa algo parecido: los tipos viven 120 años y la ciencia dice “claro, porque toman mucha agua mineral y comen sin sal”. ¡No! En ese lugar hay cuarenta años más de vida que no tienen relación con la sal o el ginseng.

–En el libro cuenta que ya hay multimillonarios desembarcando ahí.

–Sí, están yendo silenciosamente. Van por esos cuarenta años como antes iban por el oro del Lejano Oeste o por el petróleo en Medio Oriente.

–Entretanto, ¿usted qué edad tiene?

–Ochenta y seis.



Qué hace que un cuerpo sea libre y digno o cómo llegar a los 100 años con sexo, droga y alcohol


La eterna juventud es el tercer libro de Ricardo Coler –autor de El reino de las mujeres y Ser una diosa– y es principalmente la historia de dos cuerpos: uno roto y atravesado por la ciencia y otro entero y librado al azar. El primero pertenece al padre de Coler (es decir, a Coler padre), un hombre de 86 años que pasó su última década en estado de dependencia médica absoluta. El segundo, en cambio, pertenece a todo un pueblo: en Vilcabamba, una aldea de Ecuador, la ciencia tiene la categoría de un mito y la gente vive mucho y bien con la misma simpleza y naturalidad con la que muere.

El libro de Coler habla de esa paradoja. A través de un único viaje, el autor arma la crónica de dos lugares distintos: por un lado se interna en Vilcabamba y su enigma irresuelto (allí hay diez veces más centenarios que en cualquier otro lugar del mundo). Y por otro se traslada hasta los límites de su propia paciencia, cuando se enfrenta a la vejez de un padre al que ama y padece; un cuerpo eternizado que no puede ni siquiera levar anclas y terminar de irse.

Con un humor fino y un tono deliciosamente resentido, Eterna juventud se plantea quizá una única pregunta: ¿Qué hace que un cuerpo sea libre, digno, persona? Para responderla, Coler se instaló en un pueblo de 4.200 habitantes cuya calle principal (la avenida de la Eterna Juventud) abunda en hombres centenarios que cruzaron el siglo sin prestar la menor atención a los consejos clínicos. En Vilcabamba fuman como escuerzos, beben como cosacos y se drogan desde que tienen memoria. Pero llegan a los 120 años sin pedir ayuda, trabajando duramente en el campo y atendiéndose solos en sus casas. ¿Cuál es la explicación? Según el autor, que cuenta con la ventaja legitimadora de ser, además, médico, en Vilcabamba podría existir algún mecanismo biológico capaz de lograr que la reproducción celular que sucede con los cánceres esta vez suceda entre células sanas.

Pero ésa es sólo una hipótesis puesta para explicar un fenómeno que –hasta el momento– no entrega claves definitivas. En Vilcabamba, la gente muere tarde y vive a lo grande. Y en el medio, encima, tiene mucho sexo. En ese sentido, Eterna juventud ofrece una anécdota imperdible: años atrás, llegó a Vilcabamba una antropóloga polaca que estaba escribiendo un libro. ¿El título? Cómo hacer el amor con un centenario. Para llevarlo a cabo, la mujer les pagaba a los viejitos para que tuvieran sexo con ella. Contra cualquier pronóstico, tuvo que irse rápido porque el dinero se le acabó antes de tiempo.

Así escribe:

Vivo en un departamento. A diario uso el gas, la electricidad y el teléfono. Mi comida proviene del supermercado. Nunca hice una investigación exhaustiva de cómo se produjo, ni qué camino recorrió lo que habitualmente me alimenta. Uso el freezer. También el horno de microondas. Si me duele la cabeza me automedico y tomo un analgésico. En mi caso la automedicación no es tan grave porque sigue siendo un médico el que hace la receta. Si la distancia lo justifica, me traslado utilizando algún tipo de vehículo contaminante que funcione con combustible fósil. Un taxi, por ejemplo. Mi relación con la Naturaleza es siempre intensa. En todos los sentidos del término. Para bien y para mal. En este caso, si estoy desempacando en una habitación aislada, de noche, en la ladera de una montaña y en una zona tropical, es porque hay algo que me interesa mucho y sobre lo que quiero escribir. No es por el verde, el aire, los animales o el resto de la biosfera que parece preparada para atraparme en mi cuarto. El contacto con la naturaleza no es lo que vengo a disfrutar sino el precio que estoy dispuesto a pagar.


Critica de Argentina



Vilcabamba, el valle de la longevidad




Vivir 100 años es posible, especialmente para los habitantes de Vilcabamba. Este pueblito, ubicado a 41 km al sudeste de Loja y a 1500 m.s.n.m., ostenta varios mitos que le dan una mística especial: entre ellos, que sus habitantes son los más longevos del mundo y que algunos han superado los 120 años de vida. A pesar de que muchos niegan lo que los folletos turísticos afirman, es imposible no sentir curiosidad por la gente que envejece (o se rejuvenece) en este valle escondido.

Durante la hora y media de viaje entre Loja y Vilcabamba no paré de mirar -discretamente- a la gente que se subía al colectivo en cada parada. Quería conocer a algún habitante de este lugar para corroborar la veracidad (o no) de estas historias. A mitad de viaje se me sentó al lado una señora bastante mayor que me espiaba con ganas de charlar. Me sonrió y me preguntó si iba a Vilcabamba, le dije que sí y le pregunté, ilusionada, si ella era de ahí. Me dijo que no, murmuró el nombre de su pueblo, sonrió otra vez y al ratito se bajó. Después no tuve suerte: todas las personas que se me sentaron al lado no tenían más de 10 años.

Apenas llegué a la terminal me reí maravillada al leer el nombre de la calle principal: Avenida Eterna Juventud. Caminando hacia el hostal me crucé con un "Mini Market Longevo" y con otro puestito "Vida eterna". A cada paso el mito se iba alimentando y mi curiosidad crecía. Recorrí el pueblo en pocas horas. Vilcabamba está formado por un pequeño centro de seis cuadras de largo y seis de ancho: ahí hay un parque central y una iglesia, y varios restaurantes y posadas. El resto son largos caminos de tierra que suben por las montañas y llevan a las distintas casitas dispersadas por las laderas.



No hay demasiado para hacer, y en eso radica la magia de este lugar. Todos los hostales, tanto los de 5 como los de 15 dólares, ofrecen también servicios de spa, masajes, limpieza facial. La comida es de muy buena calidad, casera, sana, y hay muchas opciones para vegetarianos. Se puede andar a caballo, recorrer el lugar en bicicleta, nadar en las piletas o ríos, o simplemente caminar y descansar. La temperatura durante el día es cálida (la media anual es de 20 grados), el sol sale temprano y hay luz hasta las 7. Es el lugar ideal para relajarse, y eso fue lo que hice.

Caminando por el pueblo, sobre todo de mañana, me crucé con muchísimas personas mayores, más que nada hombres. Algunos estaban sentados en la puerta de sus casas, con un sombrero de paja, mirando hacia la nada; otros iban a caballo o cargaban bolsas con alimentos; otros caminaban dando pasos cortitos, ayudados por su bastón; las mujeres andaban por el centro, vendiendo frutas frescas y verduras. Todos, absolutamente todos, dejaban de hacer lo que estuvieran haciendo y saludaban a quien pasara con un sonriente ¡Buenos días! para luego seguir con sus tareas. Intenté adivinar sus edades: físicamente se los veía saludables, fuertes, llenos de energía, pero se notaba que eran mayores de 80 o incluso 90 años.



Desde los años ´60, muchos científicos se han dedicado a estudiar las razones de la supuesta inmortalidad de los habitantes de Vilcabamba. Los más escépticos se aferraron a la teoría de que la mayoría de los ancianos mentía acerca de su edad; otros, en cambio, buscaron explicaciones más lógicas para la eterna juventud de estos hombres. El clima templado, la inexistencia de cambios bruscos de temperatura, la pureza del agua de los ríos y del aire, la comida sana y libre de grasas, el estilo tranquilo de vida y el ejercicio físico que implica el trabajo diario son algunos de los factores que hacen que la esperanza de vida en este pueblo sea mucho mayor. Además, tras realizar varios estudios descubrieron un elemento importante: el agua del río contiene un mineral que previene la osteoporosis y el colesterol.

Muchos ecuatorianos y extranjeros eligen irse a vivir a este pueblo que parece estar congelado en el tiempo. Lee, por ejemplo, es un estadounidense que, después de viajar varios años por Latinoamérica decidió instalarse en Vilcabamba. En este pueblito tiene todo lo que quiere: su mujer ecuatoriana, sus hijos y una paz que no se consigue en cualquier lado. Puso una biblioteca para comprar, vender e intercambiar libros usados con viajeros de todo el mundo. Al igual que Lee, muchos extranjeros se han asentado en este valle y han montado pequeños negocios: alquiler de caballos, de bicicletas, restaurantes, hostales. Sin embargo, todo parece armonizar con el paisaje, se siente que hay un respeto profundo por este lugar.



En Vilcabamba el tiempo pasa despacio, mucho más despacio que en las grandes ciudades, donde el caos acelera la vida y envejece más rápido. En este valle las preocupaciones son otras, el contacto con la naturaleza es distinto, más armonioso, más puro. Tal vez esta gente no viva 120 años, pero no hay duda de que eligen un estilo de vida saludable que los ayuda a mantenerse mental y físicamente jóvenes. Para algunos es la vida ideal, para otros quizá sea aburrido. Lo cierto es que el mito de la longevidad siempre está presente. Una tarde, mientras estaba leyendo, se me acercó una nena de unos 8 años y me contó que al día siguiente era su cumpleaños; sonriendo le hice le pregunta obligada: ¿cuántos cumplís? Se quedó en silencio y mirándome con una cara misteriosa, seria y pícara a la vez, me respondió, sin decir más: MIL.

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