Un asesino en serie, también conocido como asesino múltiple, es una persona que asesina a tres o más personas en un lapso de treinta días o más, dejando un periodo de «enfriamiento» entre cada asesinato, y cuya motivación se basa en la gratificación psicológica que le proporciona dicho acto. Los asesinos en serie están específicamente motivados por una multiplicidad de impulsos psicológicos, sobre todo por ansias de poder y compulsión sexual. Los crímenes suelen ser llevados a cabo de una forma similar y las víctimas a menudo comparten alguna característica (p. ej. ocupación, raza, apariencia, sexo o edad).
El vampiro argentino
Florencio Roque Fernández (1935, Monteros, provincia de Tucumán, Argentina) fue un asesino en serie argentino que en la década de 1950 asesinó a alrededor de 15 mujeres, en su ciudad natal Monteros (era un asesino sedentario). Popularmente fue conocido como "El Vampiro argentino" o "el Vampiro de la ventana",-haciendo alusión a su modus operandi.
Florencio Fernández era un enfermo mental, sufría de delirios y alucinaciones que lo hacían creer firmemente que era un vampiro (posiblemente esquizofrenia), además poseía una atracción sexual hacia la sangre (véase: vampirismo). Desde muy joven comenzó a vivir en las calles, víctima del abandono de su familia. Al momento de su arresto, se encontraba viviendo en una cueva aledaña a la comunidad; sufría de fotofobia.
Acechaba a su víctimas durante varios días, se aseguraba de que estuviera sola en casa, y aprovechando las noches calurosas de primavera o verano, tiempo en que los residentes dejaban las ventanas de sus casas abiertas durante la noche, se introducía a la casa por medio de las mismas.
Mientras su víctima dormía, él comenzaba a golpearlas, la mujer rápidamente se despertaba, pero Fernández la amagaba a golpes. Luego, le mordía el cuerpo, llegando en algunas ocasiones a diseccionarle la traquea y la carótida, y así al mero estilo estereotipado de los vampiros bebía la sangre de su víctima. Luego de experimentar un orgasmo al beber la sangre, dejaba a su víctima desangrándose hasta morir, de no ser que hubieran muerto ya antes.
Florencio fue detenido el 14 de febrero de 1960 a la edad de 25 años; en un operativo policíaco, que la prensa calificó como "pintoresco", ya que se llevó a cabo en la cueva donde el asesino vivía. Fernández no opuso resistencia al arresto, al menos no hasta que la policía lo hizo salir a la luz del sol.
Fue declarado inimputable y recluido en una institución psiquiátrica, donde moriría de causas naturales unos años después.
El Asesino Puntual
Francisco Antonio Laureana fue un violador y asesino en serie argentino que en 1975 durante un lapso de 6 meses violó y asesinó entre unas 10 a 15 mujeres. Solía matar a casi todas sus víctimas los miércoles y jueves cerca de las 18 horas, por lo que la policía y algunos medios lo apodaron el "asesino puntual". Fue abatido por la policía cuando Laureana se resistió al arresto y sacó un arma de fuego que llevaba escondida en su bolsa, iniciando así un tiroteo con la policía que duró unas cuadras, hasta que el asesino se escondió en un gallinero donde la policía lo encontró iniciando así un nuevo tiroteo con el resultado de la muerte del sospechoso.
Su caso no fue muy recordado por la historia argentina y poco se sabe de é debido a que los asesinatos ocurrieron en los tiempos del regreso de Juan Domingo Perón, además de que el asesino nunca pudo dar declaración sobre los motivos que tuvo.
La policía reconstruyó los hechos de lo que creen que pudo ser la serie de asesinatos y el perfil psicológico del asesino. Francisco Laureana de 35 años había sido seminarista en Corrientes, se cree que allí cometió su primer crimen en un colegio religioso donde habría violado y ahorcado a una religiosa en la escaleras del establecimiento, luego se mudó a San Isidro, Buenos Aires donde trabajó como artesano vendiendo aros, pulseras y collares, se casó con una mujer y tuvo tres hijos.
Casi todos los días miércoles y jueves cerca de las 6 de la tarde desaparecían una mujer o una niña en la ciudad y sus cuerpos eran encontrados poco tiempo después en baldíos con signos de haber sido violadas y asesinadas salvajemente, en algunos casos estranguladas y en otros asesinadas con un revolver calibre .32. Elegía a sus víctimas a mujeres que tomaban sol en los chalés o que esperaban en estaciones de bus. Laureana siempre robaba algo a su víctima como un anillo, pulseras, cadenitas etc. (los cuales nunca vendía) y se los guardaba en una bota de su casa para tenerlos como souvenir. En ocasiones regresaba semanas después al mismo lugar para revivir el momento del crimen. La policía y el investigador Osvaldo Raffo no tardaron en deducir que esto era obra de un solo individuo por el modus operandi y que lo más probable es que esto no se detendría hasta que el asesino estuviera encarcelado o muerto. Algunos diarios y medios provinciales lo apodaron el "asesino puntual".
Después de cometer uno de los homicidios, Laureana le disparo a un hombre que lo vio huyendo por los techos de una casa. El testigo fue clave para confeccionar un identikit del asesino.
En noviembre de 1975, Laureana no pudo concretar su último crimen, una niña lo vio y reconoció al asesino por el identikit que estaba colgado en una heladera y le contó a su madre, la mujer disimuló llamar a su marido para dar aviso a las autoridades, el asesino la vio y sonrió para luego retirarse. La policía lo encontró a pocas cuadras, se sorprendieron por lo idéntico que era al identikit que ya tenían, se acercaron al sospecho para pedirle que los acompañe para un interrogatorio, Laureana sacó una bolsa que llevaba en el hombro un arma de fuego y empezó a disparar a los oficiales. No estaba dispuesto a pagar por sus crímenes, iniciando así un tiroteo en el que Laureana recibe un disparo en el hombro y luego escapa malherido. Se esconde de la policía en un gallinero, un perro que cuidaba el lugar lo mordió en el brazo y mientras el asesino gritaba de dolor atrae la atención de los policías, no dispuesto a rendirse vuelve a disparar contra ellos, sin otro remedio es abatido por la policía.
Como el asesino era un fetichista muchos crímenes pudieron resolverse al encontrar en las botas de su casa objetos que pertenecían a las victimas, entre otras armas de fuego.
La Envenenadora de Monserrat
María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano (20 de mayo de 1930) más conocida como Yiya Murano (la envenenadora de Monserrat) es una asesina y estafadora Argentina. Condenada por tres homicidios, estuvo presa durante dieciséis años. Su caso policial es uno de los más famosos en la historia argentina, tomando mucha repercusión y manteniéndose a lo largo de los años.
Se mostraba como una persona culta y pudiente, aunque carecía de educación y tenía muchos problemas económicos ya que gastaba dinero que no tenía para comprar joyas y prendas importadas.
El 24 de marzo de 1979, Carmen Zulema del Giorgio de Venturini, prima de Murano, sufre una caída y muere en la escalera del edificio de la calle Hipólito Yrigoyen donde vivía. Los médicos diagnosticaron paro cardíaco. La hija de Zulema, Diana María Venturini, se percató de que entre las pertenencias de su madre, faltaba un pagaré por un valor de 20 millones de los entonces pesos ley. El portero del edificio dijo que mientras la Sra. de Venturini agonizaba en el interior del edificio, la Sra. Murano había llegado a visitarla con un misterioso paquete en mano (que luego se descubriría que eran masas -petits fours-, una especie de galletas dulces muy comunes en Argentina), y de la manera más natural le había pedido una copia de las llaves del departamento de su prima, justificando su intromisión con un «necesito su libretita para avisar a los parientes». había entrado en la vivienda de la mujer y luego había salido rápidamente con unos papeles y un frasquito en la mano. Se lamentaba en voz alta «Dios mío, es la tercera amiga que se me muere en poco tiempo».
Se realizó una nueva autopsia. Los peritos descubrieron cianuro en el cadáver, los investigadores relacionaron el veneno con el supuesto frasco mencionado por el encargado. Entonces se supo que Nilda Gamba, vecina de Yiya, había muerto el 10 de febrero de 1979. Pocos días después, un infarto mató a Lelia Formisano de Ayala, otra amiga de Yiya. Murano les debía dinero a ambas mujeres y ambos cuerpos presentaban signos de haber sido envenenados con cianuro. El veneno era camuflado dentro de las masas.
El 27 de abril de 1979 la policía detuvo a la señora Murano en su hogar, en la calle México. En 1980, fue encontrada desmayada en el penal donde estaba presa (Ezeiza); luego de eso, se le extirpó un tumor. En el mes de junio de 1982 el juez de sentencia Angel Mercardo la absolvió de todos los cargos y la dejó en libertad.
A mediados de 1985, en pleno juicio a los generales de la Junta Militar que había gobernado Argentina entre 1976 y 1982, Yiya había sido casi olvidada. Hasta que fue condenada. Ella insistía en que era inocente: «Nunca invité a nadie a comer», fueron sus palabras.
Por reducción de la condena y la famosa ley del «dos por uno», salió de prisión después de 16 años. Se supo que a los jueces que intervinieron en su puesta en libertad les había enviado, como señal de agradecimiento, una caja de bombones.2 No se sabe si alguien los probó. Su marido había muerto; su hijo, Martín, escribió un libro difamándola.
En el año 1998 se sacó una espina, la de declararse inocente delante de una buena parte de la población en uno de los almuerzos del programa televisivo de Mirtha Legrand, en donde tuvo records de audiencia.
A Yiya se la recuerda con una especie de cariño y es motivo de bromas en determinadas conversaciones. Su imagen de abuela bromista y sencilla continúa confundiendo a la población, que frecuentemente fantasea con su inocencia.
Tuvo una muy breve relación amorosa con el ex presidente Arturo Frondizi. «Demasiado breve», según sus propias palabras.
La autora argentina Marisa Grinstein la incluyó en su libro Mujeres asesinas con su caso, titulado «Yiya Murano, amiga» y en el año 2006, el programa de televisión de Canal 13 Mujeres asesinas, rindió una especie de homenaje al episodio, recreándolo en la serie, siendo Yiya interpretada por la actriz Nacha Guevara. Al final del episodio, se ve a la verdadera Yiya Murano añadiendo un comentario al respecto y defendiendo su supuesta inocencia, brindando pruebas a su favor.
En la segunda temporada de la adaptación mexicana de la serie, hay un capítulo recreando el caso titulado «Tita Garza, estafadora», interpretado por Patricia Reyes Spíndola.
En 2008 nuevamente volvió una denuncia contra Yiya, esta vez denunciada por su sobrina, quien dice que su tia la quiso envenenar con un plato de fideos con manteca , a los que les habría puesto veneno según denuncia su sobrina. Esto no se pudo comprobar.
En ese mismo año, fue invitada al programa de Mirtha Legrand a almorzar teniendo mucha repercusión, ya que como obsequió Yiya le dio una bandeja de masitas de confitería a Mirtha frente a las cámaras. Luego de dudarlo durante todo el programa, finalmente Mirtha Legrand probó una de ellas y no le sucedió nada. La situación se llevó a cabo en un marco de humor, aunque ella de nuevo insistió con su inocencia.
Durante los últimos años residió en el barrio porteño de La Boca, y actualmente vive en una residencia geriátrica para ancianos y a veces da entrevistas para la televisión cuando se hacen especiales recordando su caso.
El Petiso Orejudo
Cayetano Santos Godino, más conocido por su apodo Petiso Orejudo (Buenos Aires, 31 de octubre de 1896 – Ushuaia, 15 de noviembre de 1944), fue un joven asesino en serie, uno de los mayores sociópatas en la historia de la Argentina. A principios del siglo XX fue responsable de la muerte de cuatro niños, siete intentos de asesinato y el incendio de siete edificios.
La ciudad porteña de Buenos Aires vio nacer, el 31 de octubre de 1896, al hijo de los inmigrantes calabreses Fiore Godino y Lucía Ruffo.
Fiore fue responsable de la formación de quien se convertiría en el primer asesino en serie de la historia policial argentina. Alcohólico y golpeador, había contraído sífilis tiempo antes del nacimiento de Cayetano. El niño vino al mundo con graves problemas de salud. De hecho, durante sus primeros años de vida estuvo varias veces al borde de la muerte a causa de una enteritis. Durante toda su niñez Cayetano fue víctima de fuertes golpes y maltratos realizados por su padre.
La niñez de Cayetano Godino transcurrió en la calle, vagando. A partir de los cinco años concurrió a varias escuelas, de donde siempre fue expulsado por su falta de interés en los estudios y su comportamiento rebelde. El escenario de sus correrías y carrera criminal serían los terrenos baldíos y conventillos de los barrios de Almagro y Parque Patricios, por entonces todavía al borde de la pampa. Es una zona de quintas de descanso. Pero también era un arrabal poblado por paisanos y extranjeros.
Víctimas
Arturo Laurora: El 25 de enero de 1912 se denunció la desaparición de un menor de 13 años. Al día siguiente se descubrió el cadáver en una casa puesta en alquiler en la calle Pavón. El cuerpo fue descubierto golpeado y semidesnudo, con un trozo de cordel atado alrededor del cuello. Las investigaciones no conducen a ningún lado. En diciembre de 1912 Godino confesará la autoría de este crimen.
Reyna Bonita Vaínicoff: El 7 de marzo de 1912 Godino prendió fuego a las ropas de una niña de cinco años. La pequeña falleció tras 16 días de agonía en el Hospital de Niños. En los meses siguientes de 1912, Godino causa dos incendios más que son controlados fácilmente por los bomberos sin que se produzcan víctimas.
El 24 de septiembre de 1912, mientras trabaja en una bodega propiedad de Paulino Gómez, Godino mata de tres puñaladas a una yegua. No fue detenido por falta de pruebas. Apenas unos días después prende fuego a la Estación Vail, ubicada en las actuales calles Carlos Calvo y Oruro, propiedad de la compañía de tranvías Anglo-Argentina. El incendio fue controlado por los bomberos.
Roberto Russo: El 8 de noviembre de 1912, Godino convence con engaños a Roberto Russo, de dos años, para que lo acompañe a un almacén en donde presuntamente le compraría unos caramelos. Lo lleva hasta un alfalfar a pocas cuadras en donde le ata los pies y procede a ahorcarlo con un trozo de la cuerda que usa para atarse los pantalones. Son descubiertos por un peón del alfalfar, quien los entrega a las autoridades. Cayetano Godino declaró que había encontrado atado al niño y lo estaba rescatando cuando fueron descubiertos. Es liberado por falta de mérito.
Carmen Ghittone: El 16 de noviembre de 1912, en un baldío situado en las calles Deán Funes y Chiclana, intenta golpear a Carmen Ghittone, de tres años. Un vigilante hace acto de presencia y Godino consigue escapar.
Catalina Naulener: Días después, el 20 de noviembre, se lleva de la esquina de Muñiz y San Juan a la niña Catalina Naulener, de cinco años. Busca un baldío por la calle Directorio, pero antes de encontrarlo la menor se resiste a seguir. Godino se descontrola y la golpea. El dueño de la casa ubicada en San Juan 78 interviene y Godino logra huir de nuevo.
Gesualdo Giordano: El último crimen del Orejudo es probablemente el mejor documentado de su carrera. El 3 de diciembre de 1912, su víctima ―de apenas tres años― salió como todas las mañanas después de desayunar con sus padres, de su casa ubicada en la calle Progreso 2185 para reunirse con sus amiguitos a jugar. Esa misma mañana ―a pesar de los acostumbrados gritos de su padre―, Cayetano Godino sale de su casa ubicada en General Urquiza 1970. Después de vagabundear un rato por las calles, Santos Godino encuentra en la calle Progreso al grupo de chicos jugando. Se les suma sin despertar ninguna sospecha porque su aspecto de idiota siempre le ha permitido ganar la confianza de sus víctimas. Poco después consigue convencer a Gesualdo para que lo acompañe a comprar unos caramelos. Un rato antes y sin éxito, invitó a Marta Pelossi, de 2 años de edad, pero la menor, asustada, se refugió en su domicilio. Así pues, víctima y homicida se encaminan sin apuro hacia el almacén ubicado en Progreso 2599 en donde compran dos centavos de caramelos de chocolate. Enseguida el más chico los reclama, pero Godino, imperturbable, resuelve dosificarlos: le permite algunos, y le promete los demás si acepta acompañarlo hasta cierto lugar alejado, la Quinta Moreno (donde actualmente se levanta el Instituto Bernasconi). Una vez en la entrada, el chico llora y se resiste a entrar. Pero el asesino lleva hecho demasiado, ni siquiera vacila: lo agarra con violencia de los brazos, lo introduce en la quinta y lo arrincona cerca de un horno de ladrillos. Lo derriba con fuerza y lo aquieta poniéndole la rodilla derecha sobre el pecho. Godino conoce el mecanismo: con apuro, pero sereno, se quita el piolín que lleva por cinturón (se trata de esos lazos de algodón que se utilizan en albañilería para sostener las plomadas), y empieza a enrollarlo en el cuello de Gesualdo, le da 13 vueltas y procede a estrangularlo. Pero Gesualdo intenta levantarse, así que Godino procede a atarle de pies y manos, cortando la cuerda con un cerillo encendido. De nuevo procede a asfixiarlo con el cordel pero el chiquillo se resiste a morir. Busca otra manera de matarlo. Godino se da a la tarea de encontrar alguna herramienta adecuada. Su búsqueda lo lleva al exterior del local en donde se topa con el padre de Gesualdo, quien le pregunta por el paradero del niño. Imperturbable, Godino le responde no haberlo visto y le sugiere dirigirse a la comisaría más próxima a levantar una denuncia. Mientras tanto el Orejudo encuentra un viejo clavo de 4 pulgadas (10 cm), regresa con él junto a su víctima, y usando una piedra como martillo lo hunde en la sien del niño moribundo. Después de cubrirlo con una vieja lámina de zinc, huye de la escena del crimen. Esa noche, durante el velatorio de su víctima, Godino hace acto de presencia. Después de observar durante algún tiempo el cadáver de Gesualdo, huye llorando del lugar. Según declaró posteriormente, deseaba ver si el cadáver aún tenía el clavo en la cabeza. Para su desgracia dos policías, el subcomisario Peire y el principal Ricardo Bassetti ya habían ligado cabos con casos anteriores. Esa misma madrugada del 4 de diciembre de 1912 allanaron el hogar de los Godino y arrestaron a Cayetano. En sus bolsillos encontraron un artículo de periódico aún fresco que relataba los pormenores del asesinato y en sus pantalones restos del piolín con que había ahorcado a Gesualdo.
Tras ser detenido confesó cuatro homicidios y numerosas tentativas de asesinatos. En noviembre de 1914 el juez en lo penal de sentencia Dr. Ramos Mejía absolvió a Godino considerándolo penalmente irresponsable y ordenó remitir las actuaciones al Juzgado en lo civil para formalizar su internación por tiempo indefinido y se lo recluyó en el Hospicio de las Mercedes, en el pabellón de alienados delincuentes. Allí atacó a dos pacientes: uno inválido en una cama y el otro en silla de ruedas. Después intentó huir. A raíz de la apelación de la sentencia la Cámara de Apelaciones en lo Criminal resolvió por unanimidad que Santos Godino fuera confinado (mientras no hubiera asilos adecuados) en una penitenciaría por tiempo indeterminado, por lo que le trasladaron a la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras.
El Ángel Negro
Carlos Eduardo Robledo Puch (Buenos Aires, 22 de enero de 1952) es un asesino serial y sociópata argentino. Es considerado uno de los mayores sociópatas y criminales en su país. Apodado El Ángel Negro o El Ángel de la Muerte por los diarios nacionales, se lo ha condenado por diez homicidios calificados, un homicidio simple, una tentativa de homicidio, diecisiete robos, una violación, una tentativa de violación, un abuso deshonesto, dos raptos y dos hurtos. Se trata de la persona con más delitos graves imputados en el país. Está detenido desde 1972.
El día 15 de marzo de 1971, Puch y su cómplice Jorge Ibáñez ingresaron al boliche Enamor (Espora 3285, Olivos), llevándose 350.000 pesos de la época. Antes de huir, Robledo Puch asesinó al dueño y al sereno del establecimiento con una pistola Ruby calibre 32 mientras dormían.
El 9 de mayo de 1971, a las cuatro de la mañana, Robledo Puch e Ibáñez ingresaron a un negocio de repuestos de automóviles Mercedes-Benz en Vicente López. Al entrar en una de las habitaciones, encontraron a una pareja y a su hijo recién nacido. Robledo Puch asesinó al hombre de un disparo e hirió a la mujer de la misma forma. Ibáñez intentó violar a la mujer herida -quien sobrevivió y posteriormente testificó en el juicio-. Antes de huir con 400.000 pesos, Robledo Puch disparó a la cuna donde lloraba un bebé de pocos meses, quien logró quedar con vida.
El siguiente 24 de mayo asesinaron al sereno de un supermercado en Olivos.
Por lo menos en dos ocasiones, a mediados de junio de ese mismo año, Robledo Puch ejecutó en la ruta a dos jóvenes mujeres que habían sido abusadas sexualmente (una de ellas pudo evitar ser violada) por Ibáñez en el asiento trasero del automóvil de turno.
El día 5 de agosto, en circunstancias bastante dudosas, Ibáñez falleció luego de un accidente automovilístico. Robledo Puch, quien conducía el vehículo, huyó ileso de la escena luego del accidente. Hay quienes sospechan que en realidad se trató de un ajuste de cuentas.
Con la muerte de Ibáñez hubo un receso en la actividad delictiva de Robledo Puch, la cual retomó en noviembre de 1971 junto con su nuevo cómplice, Héctor Somoza. El 15 de ese mismo mes asaltaron un supermercado en Boulogne, acribillando al sereno con una pistola Astra Cádiz calibre 32 que obtuvieron pocos días antes en el robo a una armería. Dos días después de este hecho, el 17 de noviembre, irrumpieron en una concesionaria de autos y asesinaron al cuidador. Pasada una semana, fue el turno de otra concesionaria en Martínez, redujeron al sereno, le quitaron las llaves y robaron un millón de pesos. Robledo Puch lo remató de un disparo en la zona occipital del cráneo.
El 1 de febrero, Robledo Puch y Somoza ingresaron en una ferretería de Carupá. Asesinaron al vigilante e intentaron abrir con las llaves la caja de caudales. En una situación confusa donde aparentemente Robledo Puch se sobresaltó, asesinó de un disparo a Somoza. Intentando dificultar la tarea de reconocimiento por parte de los investigadores policiales, tomó un soplete y quemó la cara del cadáver de Somoza. Luego de abrir el cofre de caudales con el mismo soplete, recogió el botín y huyó de la escena.
Luego de una ola delictiva impresionante, fue detenido el 4 de febrero de 1972 al encontrar la cédula de identidad en el bolsillo del pantalón de Somoza. Recién había cumplido 20 años.
Fue juzgado y condenado en 1980 a cadena perpetua por tiempo indeterminado, la pena máxima en Argentina. Sus últimas palabras ante el tribunal de la Sala 1ra de la Cámara de Apelaciones de San Isidro fueron "Esto fue un circo romano. Algún día voy a salir y los voy a matar a todos".
Llama la atención lo expuesto en la pericia psiquiátrica adjunta en el expediente del juicio a Robledo Puch.
"Procede de un hogar legítimo y completo, ausente de circunstancias higiénicas y morales desfavorables".
"Tampoco hubo apremios económicos de importancia, reveses de fortuna, abandono del hogar, falta de trabajo, desgracias personales, enfermedades, conflictos afectivos, hacinamiento o promiscuidad".
En la actualidad, Robledo Puch continúa privado de su libertad en un pabellón para homosexuales del penal de Sierra Chica. Desde julio de 2000 puede solicitar su libertad condicional, pero no lo hace. El 27 de mayo del 2008, luego de concedida la prisión domiciliaria al odontólogo Ricardo Barreda, Robledo Puch solicita su libertad condicional. El juez que atiende su solicitud se la deniega por considerar que no se ha reformado de manera positiva en ninguno de los aspectos sociológicos necesarios para vivir en libertad, además de no poseer familiares directos que puedan contenerlo. El 31 de agosto de 2011, se le volvió a negar la libertad solicitada. El 4 de febrero de 2012 se cumplieron 40 años de su detención.