Oración a Nuestra Señora del poquito de miedo
Por Jorge F. Legarda
Ya sabemos que, entre los muchos prodigios con que la providencia y nuestros constantes méritos nos han bendecido, los argentinos contamos, junto a la birome, el dulce de leche, todos los climas y varios récords de creatividad en materia de teorías políticas y económicas, con el privilegio de ser compatriotas de Dios.
No sé por qué habría de sorprendernos, entonces, el tener una lideresa a la altura de semejante orgullo nacional. Ya había sido un Napoleón del siglo XXI al largarse a codificarnos las leyes y la vida, un gran arquitecto egipcio reencarnado al diseñar obras destinadas a perdurar hasta el fin de los tiempos —siempre que las licitaciones se aceiten lo necesario—, nuestra nutricionista-sexóloga de cabecera con sus sabios consejos sobre las virtudes de la carne de chancho y, esta misma semana que termina, una genia (o GenIA) asumida, que ni siquiera necesita frotar la lámpara para que cualquier enemigo terrenal se esfume como si jamás hubiera existido.
[size=24]El jueves, de todas formas, vinimos a confirmar que todos esos roles eran pasos progresivos para que pudiéramos asumir con naturalidad y sin traumas su condición supranatural. Ya lo intuíamos, ahora lo sabemos: con cualquiera podemos hacernos los corajudos, menos con Dios y con Ella. A Ella hay que tenerle un poquito de miedo. Un poquito.[/i] En el sentido de que a los retobados los corregimos retándolos un poquito, nos ponemos un poquito de maquillaje al levantarnos cada mañana y el patrimonio familiar forjado entre El Calafate, Río Gallegos y Puerto Madero ha crecido, en los últimos nueve años, un poquito.
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El catecismo.- La asociación entre nuestros máximos conductores y guías espirituales y de comportamiento es como una linterna que nos permitirá transitar por estos tiempos inciertos sin dar pasos en falso. Como Dios, la Presidenta no quiere para nosotros más que nuestra felicidad, y nada la hace sufrir más que nuestro sufrimiento. Y el primer requisito para que seamos felices y no nos debatamos en la condenación eterna es, lógicamente, no hacerlos enojar a ninguno de los dos. Los 22 gobernadores que declinaron la invitación de José Manuel para ver jugar a Messi tienen en caro que un momento de goce se puede pagar muy claro si se alcanza a través de la comisión de un pecado capital.
Esto sí.- Como no siempre vamos a contar con los llamados de advertencia del ángel exterminador Abal Medina para explicarnos qué se puede y qué no se puede hacer para que Nuestra Señora del Atril no se enoje ni un poquito, sería bueno explicitar las reglas de esta religión poco apta para espíritus atormentados por profundas grietas morales como los vestigios de autoestima, las rodillas débiles y el sentido del ridículo. Podemos empezar por las virtudes teologales, que no son otras que la Fe (en Nuestra Señora, en el modelo de desarrollo económico con inclusión social, en el índice de precios al consumidor del Indec, en la cotización del dólar a $4,60), la Esperanza (de que Galuccio va a encontrar petróleo, la soja se va a ir a dos mil dólares la tonelada, siempre habrá plata para los jubilados aunque los fondos de la Anses se usen para cualquier otra cosa y Nuestra Señora tendrá vida eterna en el reino de este mundo, por los siglos de los siglos o por lo menos hasta 2019), y la Caridad (que, bien entendida, empieza por casa, aunque el fiel que se porta bien y aplaude hasta tener rojas las palmas siempre algo puede ligar).
Esto no.- Y a nuestra versión de las virtudes debe seguir nuestra versión de los pecados capitales, que condenarán a quienes incurran en ellos al infierno que el modelo tiene reservado para los réprobos: un ardiente antro repleto de inspecciones de la Afip, retenciones a la coparticipación, escraches espontáneos de la juventud militante, expropiaciones, ninguneos e invectivas por cadena nacional. En especial, y con la autoridad moral que le conceden su trayectoria y su investidura, Nuestra Señora condena enérgicamente la ira, particularmente cuando va cargada de este tan poco cristiano y tan poco cristino resentimiento, y la soberbia de esos que se creen mejores que el resto, qué porquería que son. No menos implacable será en la persecución de la gula, porque si hay algo que la pierde son esos insaciables que pretenden devorárselo todo, de la codicia, por los mismos motivos y porque si hay algo que le molesta es la ambición desmedida, y de la envidia, sobre todo la de quienes insatisfechos con el lugar en la vida que Nuestra Señora en su infinita sabiduría les ha reservado, quieren crear su propio culto y meter su propio poquito de miedo. El combate de la pereza es para Nuestra Señora uno de los más entrañables, porque lo libra En el Nombre del Hijo, el más comprometido con el tema.
Amén.- Y la lujuria... bueno, digamos que seis pecados capitales de siete ya está bien. Con la lujuria démosle para adelante, nomás, para que vean que también tenemos nuestra vena compasiva y tolerante, no como esas religiones represivas que les quitan las libertades a los acólitos. Nosotros apostamos a la alegría, al desprejuicio, a la libertad de usar esposas y grilletes, corsés de cuero con tachas, látigos de siete puntas y todo lo que haga falta para alcanzar el máximo placer. Porque, como queda claro a partir de esta pieza clave dentro de la Liturgia de Nuestra Señora, todo se disfruta más cuando lo que tenemos que hacer lo hacemos con un poquito de miedo.
Por Jorge F. Legarda
Ya sabemos que, entre los muchos prodigios con que la providencia y nuestros constantes méritos nos han bendecido, los argentinos contamos, junto a la birome, el dulce de leche, todos los climas y varios récords de creatividad en materia de teorías políticas y económicas, con el privilegio de ser compatriotas de Dios.
No sé por qué habría de sorprendernos, entonces, el tener una lideresa a la altura de semejante orgullo nacional. Ya había sido un Napoleón del siglo XXI al largarse a codificarnos las leyes y la vida, un gran arquitecto egipcio reencarnado al diseñar obras destinadas a perdurar hasta el fin de los tiempos —siempre que las licitaciones se aceiten lo necesario—, nuestra nutricionista-sexóloga de cabecera con sus sabios consejos sobre las virtudes de la carne de chancho y, esta misma semana que termina, una genia (o GenIA) asumida, que ni siquiera necesita frotar la lámpara para que cualquier enemigo terrenal se esfume como si jamás hubiera existido.
[size=24]El jueves, de todas formas, vinimos a confirmar que todos esos roles eran pasos progresivos para que pudiéramos asumir con naturalidad y sin traumas su condición supranatural. Ya lo intuíamos, ahora lo sabemos: con cualquiera podemos hacernos los corajudos, menos con Dios y con Ella. A Ella hay que tenerle un poquito de miedo. Un poquito.[/i] En el sentido de que a los retobados los corregimos retándolos un poquito, nos ponemos un poquito de maquillaje al levantarnos cada mañana y el patrimonio familiar forjado entre El Calafate, Río Gallegos y Puerto Madero ha crecido, en los últimos nueve años, un poquito.
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El catecismo.- La asociación entre nuestros máximos conductores y guías espirituales y de comportamiento es como una linterna que nos permitirá transitar por estos tiempos inciertos sin dar pasos en falso. Como Dios, la Presidenta no quiere para nosotros más que nuestra felicidad, y nada la hace sufrir más que nuestro sufrimiento. Y el primer requisito para que seamos felices y no nos debatamos en la condenación eterna es, lógicamente, no hacerlos enojar a ninguno de los dos. Los 22 gobernadores que declinaron la invitación de José Manuel para ver jugar a Messi tienen en caro que un momento de goce se puede pagar muy claro si se alcanza a través de la comisión de un pecado capital.
Esto sí.- Como no siempre vamos a contar con los llamados de advertencia del ángel exterminador Abal Medina para explicarnos qué se puede y qué no se puede hacer para que Nuestra Señora del Atril no se enoje ni un poquito, sería bueno explicitar las reglas de esta religión poco apta para espíritus atormentados por profundas grietas morales como los vestigios de autoestima, las rodillas débiles y el sentido del ridículo. Podemos empezar por las virtudes teologales, que no son otras que la Fe (en Nuestra Señora, en el modelo de desarrollo económico con inclusión social, en el índice de precios al consumidor del Indec, en la cotización del dólar a $4,60), la Esperanza (de que Galuccio va a encontrar petróleo, la soja se va a ir a dos mil dólares la tonelada, siempre habrá plata para los jubilados aunque los fondos de la Anses se usen para cualquier otra cosa y Nuestra Señora tendrá vida eterna en el reino de este mundo, por los siglos de los siglos o por lo menos hasta 2019), y la Caridad (que, bien entendida, empieza por casa, aunque el fiel que se porta bien y aplaude hasta tener rojas las palmas siempre algo puede ligar).
Esto no.- Y a nuestra versión de las virtudes debe seguir nuestra versión de los pecados capitales, que condenarán a quienes incurran en ellos al infierno que el modelo tiene reservado para los réprobos: un ardiente antro repleto de inspecciones de la Afip, retenciones a la coparticipación, escraches espontáneos de la juventud militante, expropiaciones, ninguneos e invectivas por cadena nacional. En especial, y con la autoridad moral que le conceden su trayectoria y su investidura, Nuestra Señora condena enérgicamente la ira, particularmente cuando va cargada de este tan poco cristiano y tan poco cristino resentimiento, y la soberbia de esos que se creen mejores que el resto, qué porquería que son. No menos implacable será en la persecución de la gula, porque si hay algo que la pierde son esos insaciables que pretenden devorárselo todo, de la codicia, por los mismos motivos y porque si hay algo que le molesta es la ambición desmedida, y de la envidia, sobre todo la de quienes insatisfechos con el lugar en la vida que Nuestra Señora en su infinita sabiduría les ha reservado, quieren crear su propio culto y meter su propio poquito de miedo. El combate de la pereza es para Nuestra Señora uno de los más entrañables, porque lo libra En el Nombre del Hijo, el más comprometido con el tema.
Amén.- Y la lujuria... bueno, digamos que seis pecados capitales de siete ya está bien. Con la lujuria démosle para adelante, nomás, para que vean que también tenemos nuestra vena compasiva y tolerante, no como esas religiones represivas que les quitan las libertades a los acólitos. Nosotros apostamos a la alegría, al desprejuicio, a la libertad de usar esposas y grilletes, corsés de cuero con tachas, látigos de siete puntas y todo lo que haga falta para alcanzar el máximo placer. Porque, como queda claro a partir de esta pieza clave dentro de la Liturgia de Nuestra Señora, todo se disfruta más cuando lo que tenemos que hacer lo hacemos con un poquito de miedo.