La Revolución del 90
En la Argentina de los Bancos oficiales al borde de la quiebra, la moneda depreciada, huelgas crecientes, sus trabajadores con salarios miserables y en la perspectiva de suspender los pagos de la deuda externa, Mitre es reincorporado al generalato que perdiera en su alzamiento de 1874, por el presidente Juárez Celman. Don Bartolomé agradece la medida y se marcha a Europa. El ministro Quirno Costa apunta: "Ahora creo en la revolución".
Miguel Ángel Juárez Celman
Esta se produce en la madrugada del 26 de julio, con la sublevación de 6 regimientos, el Colegio Militar, la Escuela de Cabos y Sargentos, y la casi totalidad de la Escuadra.
Alem es su jefe político. El general Manuel Campos su comandante militar. En esos nombres estará el fracaso del movimiento.
Leandro Nicéforo Alem
Ni el idealismo de don Leandro ni la condición mitrista del general Campos, entrevistado días antes al estallido por Roca en conferencia privada, permitirán el éxito de una revolución que sólo se da en los hechos por inevitable.
Los principales combates se sudecen en torno al Parque de Artillería rodeado por tropas del nuevo ministro de Guerra, general Nicolás Levalle, mientras refuerzos gubernamentales vienen desde el interior organizados por Juárez Celman que está en Rosario. El general Roca se instala en la Casa de gobierno manteniendo contacto telegráfico con unidades leales.
Hay cantones sueltos de cívicos con boinas blancas tiroteándose en algunos puntos de la ciudad. La escuadra bombardea tibiamente hacia el Retiro y la Plaza de Mayo, en el amanecer del 27.
Se establece una tregua para enterrar muertos y atender heridos. Será el comienzo de la derrota revolucionaria.
El general Campos anuncia estar falto de municiones para seguir operando, pese a que el coronel Espina y el mayor Day sostengan que sobran proyectiles en los 120 cañones Krupp y 40 ametralladoras Nordenfeld y Gatling con que cuentan. Hipólito Yrigoyen propone continuar la lucha retirándose hacia el interior de la provincia, en espera de la actitud que asuma el país y actuar en consecuencia, municionándose en Montevideo de ser necesario.
Miles de muertos y heridos quedan jugados en un armisticio que se firma al cabo en la mañana del 29. Difícil desmontar la maquinaria de un régimen que cuenta con tantos favorecidos, ubicados en distintas posiciones, algunas circunstancialmente antagónicas por razones estratégicas y ambición, de no contar con objetivos claros y dirigentes plenamente identificados con ellos.
Parque de Artillería
En la revolución del 90 -"Un huracán para purificar la atmósfera que nos asfixiaba", al decir de Alem - todos vinieron enancados. De ahí su fracaso.
Sin embargo el régimen está tocado. La fallida revolución de los cívicos abre el camino para otros hombres y del proceso que en veinte años más permitirá por primera vez el acceso popular al gobierno.
Abandonado por todos, Juárez Celman renuncia en agosto. El 7 lo reemplaza Pellegrini, entre fervorosas manifestaciones que hasta invaden la Casa Rosada.
"Ya se fue, ya se fue, el burrito cordobés", canta en la calle el estribillo ensañado con la víctima ocasional.
Carta de Alem al producirse el fracaso de la revolución:
Comunicación al Comité de Mendoza
Buenos Aires, agosto 12 de 1890
Al señor presidente del Club Unión Cívica de Mendoza, doctor Agustín Álvarez
Estimado compatriota:
(…) Nuestro país pasa en estos momentos por una prueba difícil, de la cual puede salir triunfante aplastando para siempre la opresión brutal y practicando desde luego el gobierno propio y descentralizado, que nuestra carta fundamental establece, o si los desfallecimientos anteriores continuasen, seguir vegetando bajo el yugo afrentoso del poder personal que imponía el gobierno caído, ejercitado por cualquier otra personalidad.
El momento de expectativa y esperanza ha llegado, después de una sacudida terrible de nuestra capital, organizada por la Unión Cívica, que cansada de sufrir mentiras, claudicaciones y rapacidades, estalló airada el 26 de julio, en consorcio con gran parte del Ejército y la Armada, poniendo a un dedo del abismo el gobierno impopular que existía. La fuerza de la revolución fue tan poderosa, que después de una capitulación, cuyas causas son conocidas y que sólo debía ser una breve tregua, el ensordecido jefe del unicato cayó estrepitosamente del mando en medio del regocijo general.
Aún cuando se haya derribado un presidente, la máquina opresiva y corruptora del oficialismo ha quedado armada en las provincias, y es la energía del pueblo la que debe desmontarla ahora pieza por pieza.
El pueblo de las provincias debe apresurarse a reconquistar sus derechos políticos y su libertad civil también desconocida, convencido que no tiene más salvaguardia que sus propios esfuerzos.
No tengo la menor duda de que el comité que presido prestará eficaz ayuda a todos en esta obra de redención, que exige la destrucción del inmoral mecanismo, que nos ha hecho retroceder moral y políticamente un cuarto de siglo.
La renuncia del doctor Juárez ha traído al poder al vicepresidente, que ha prometido honradez administrativa, libertad de sufragio e imperio de la Constitución, compartiendo las tareas del gobierno entre sostenedores del régimen caído y representantes de la opinión pública.
Recién se ha inaugurado la nueva presidencia y hasta ahora sólo tenemos promesas de reparación, que necesitan ser confirmadas por los hechos. Pero cualquiera que sea la marcha del nuevo gobierno, el pueblo debe entender que su destino depende de sus propios esfuerzos, y que su salvación sólo podrá alcanzarla organizándose rápida y vigorosamente para aconsejar y alentar a los buenos gobernantes, o para obligar a los malos a que respeten la ley y se sometan a los fallos de la opinión pública.
El pueblo tiene hoy la conciencia de su poder y de su dignidad, y se apresta con viril energía a impedir que se repitan las vergüenzas del pasado. Ocupa el foro y de allí no será desalojado, ni por la fuerza, porque es dueño de sus derechos, ni por la corrupción bizantina, porque la bandera de la Unión Cívica es la ley y la virtud, la justicia y la moralidad.
Esto que ha conseguido el pueblo de la capital en pocos meses de trabajos políticos, deben también realizarlo las provincias, y ya varios estados comienzan a organizar comités de la Unión Cívica en todos los centros poblados.
La república sabe que el nuevo partido ha inscripto en su bandera de principios la honradez administrativa, la libertad de sufragio, el régimen municipal, la autonomía de las provincias y el castigo del fraude electoral y de las malversaciones del tesoro público. Este programa amplísimo, progresista e impregnado de un espíritu esencialmente nacional, lejos de lesionar los derechos e intereses de ninguna provincia, hará la felicidad de todas, puesto que se propone realizar las más adelantadas conquistas del derecho político.
En breve la Junta Ejecutiva de la Unión Cívica sancionará su estatuto imitando el que rige los grandes partidos de Norteamérica. Allí se reglamentará la mejor forma de reorganización cívica, para garantizar la genuina y honrada representación del pueblo en las funciones gubernativas.
Mientras tanto urge que los ciudadanos independientes de todas las provincias, organicen centros políticos que secunden la acción de este comité con la bandera impersonal y regeneradora del nuevo partido que se propone extirpar todos los vicios y los escándalos, haciendo imperar en su lugar la Constitución, la probidad y la justicia.
Es necesario que todos se convenzan de esta verdad: que el pueblo es el único artífice de su destino.
La libertad necesita ser conquistada y conservada por la conducta digna y perseverante del mismo pueblo, y si éste en vez de merecer o exigir con entereza gobiernos libres y honrados, se presta dócilmente a la explotación de círculos menguados o de sus gestiones personales, siempre peligrosas, tendrán el gobierno creado por su inepcia y por su cobardía; es decir, tendrán el gobierno que merezca su propia indignidad.
La aurora de un nuevo día nos alumbra, se ha dicho con entusiasmo en presencia de la nueva situación creada por los últimos acontecimientos; pero también es cierto que la aurora no es más que un momento: el despertar del día, correspondiendo al pueblo argentino más que a sus gobernantes, velar porque esa luz de esperanzas continúe iluminando con nítidas claridades el cielo de nuestra patria, e impidiendo enérgicamente que nuevos nubarrones la obscurezcan.
La Unión Cívica entra decidida y activamente a la organización del pueblo bajo su bandera regeneradora en toda la república y espera que sus esfuerzos no serán estériles porque ha llegado la hora de la reacción suprema, y se trata del bien de todas las provincias, de la nación entera. (…)
Leandro N. Alem
Carlos Pellegrini: economía de emergencia
Carlos Pellegrini tiene 43 años, es abogado, fue combatiente del Paraguay, fundador del Jockey Club; alto, elegante, grandes fortunas, buen predicante entre las damas, fina inteligencia. Es hijo del ingeniero Carlos Enrique, traído al país por Rivadavia en 1827, donde pintó paisajes y hombres argentinos en más de 800 obras.
Carlos Pellegrini
Surge un gabinete de coalición nacional: Roca (Interior), Eduardo Costa (Cancillería), Jose María Gutiérrez (Justicia), Vicente López (Hacienda) y General Levalle (Guerra y Marina).
Para enfrentar la crisis económica de la República, el nuevo Presidente elabora un plan junto a su ministro de Hacienda y ex revolucionario del Parque, Vicente López:
- Reducción al 60% de las emisiones dispuestas por Juárez Celman, con cuyos fondos se para la quiebra de los Bancos Hipotecario y Nacional.
- Créase la Caja de Conversión, a fin de liquidar la deuda pública.
- La importación suntuaria es gravada en un 60%, rebajándose o suspendiendo aforos sobre materiales críticos para el país.
- Se obliga a los Bancos garantidos a convertir sus emisiones, que desde 1885 son de curso forzoso o inconvertible.
- Quedan anuladas todas las concesiones de obras públicas cuyos adjudicadores estén en falta, según contrato.
Medidas de emergencia, sin tiempo para otras de fondo que la nación reclama.
Con objeto de cumplir obligaciones exteriores, la panacea ritual: un nuevo empréstito. Para gestionarlo es enviado a Londres el doctor Victorino de la Plaza. Veinte millones oro. Cuando el emisario llega a la capital del imperio se encuentra con la quiera de la Banca Baring, arrastrada por el crac argentino. Un acuerdo entre la Corona, el Banco de Inglaterra y el gobierno nacional salva a los accionistas de Baring, en otro fiado que suscribe la República por ley del 23 de enero de 1891.
Banco de Inglaterra, Londres
En concepto de deudas exteriores, fondos públicos, inversiones extranjeras, etc., la Argentina debe pagar casi 20 millones de pesos al año. Entre 1870 y 1890, el déficit de la Balanza de Pagos suma 68.951.000 libras que ha venido cubriendo el trabajo nacional con amortizaciones de reiterados préstamos extranjeros.
Viejos errores
La situación se agrava en marzo ante la escasez de oro, enviado a Londres por el reciente acuerdo, que se cotiza en Buenos Aires a 344 pesos, empobreciendo cada vez más nuestra moneda. La falta de circulante, el derrumbe de la Bolsa, los bajos salarios y las huelgas, la desocupación y las quiebras, entenebrecen el panorama. La deuda pública que era de 62 pesos por habitante en 1870, está ahora en 250, con una población duplicada.
Pellegrini convoca a las fuerzas vivas del país para hallar salida. Se resuelve lanzar un empréstito interno. Aristóbulo del Valle pone nombre a las cosas: "Esta no es una mera cuestión monetaria, señor Presidente; es una cuestión política, social y económica. Es necesario cambiar el sistema, todo lo que se relaciona con este gobierno que anda por distintos lugares que el pueblo... Hay desconfianza porque hay pueblos oprimidos y robados!".
Aristóbulo del Valle
Pellegrini está de acuerdo, pero aclara que "lo que hoy sucede es el producto de los errores cometidos hace treinta años", atribuyendo responsabilidades a todos los hombres que desde entonces manejaron al país.
-Jorge Perrone, "Historia Argentina", Tomo II
- José M. Mendía- Luis O. Naón, "Revolución del 90"
- Manuel Gálvez, "Vida de don Hipólito Yrigoyen", segunda edición
En la Argentina de los Bancos oficiales al borde de la quiebra, la moneda depreciada, huelgas crecientes, sus trabajadores con salarios miserables y en la perspectiva de suspender los pagos de la deuda externa, Mitre es reincorporado al generalato que perdiera en su alzamiento de 1874, por el presidente Juárez Celman. Don Bartolomé agradece la medida y se marcha a Europa. El ministro Quirno Costa apunta: "Ahora creo en la revolución".
Miguel Ángel Juárez Celman
Esta se produce en la madrugada del 26 de julio, con la sublevación de 6 regimientos, el Colegio Militar, la Escuela de Cabos y Sargentos, y la casi totalidad de la Escuadra.
Alem es su jefe político. El general Manuel Campos su comandante militar. En esos nombres estará el fracaso del movimiento.
Leandro Nicéforo Alem
Ni el idealismo de don Leandro ni la condición mitrista del general Campos, entrevistado días antes al estallido por Roca en conferencia privada, permitirán el éxito de una revolución que sólo se da en los hechos por inevitable.
Los principales combates se sudecen en torno al Parque de Artillería rodeado por tropas del nuevo ministro de Guerra, general Nicolás Levalle, mientras refuerzos gubernamentales vienen desde el interior organizados por Juárez Celman que está en Rosario. El general Roca se instala en la Casa de gobierno manteniendo contacto telegráfico con unidades leales.
Hay cantones sueltos de cívicos con boinas blancas tiroteándose en algunos puntos de la ciudad. La escuadra bombardea tibiamente hacia el Retiro y la Plaza de Mayo, en el amanecer del 27.
Se establece una tregua para enterrar muertos y atender heridos. Será el comienzo de la derrota revolucionaria.
El general Campos anuncia estar falto de municiones para seguir operando, pese a que el coronel Espina y el mayor Day sostengan que sobran proyectiles en los 120 cañones Krupp y 40 ametralladoras Nordenfeld y Gatling con que cuentan. Hipólito Yrigoyen propone continuar la lucha retirándose hacia el interior de la provincia, en espera de la actitud que asuma el país y actuar en consecuencia, municionándose en Montevideo de ser necesario.
Miles de muertos y heridos quedan jugados en un armisticio que se firma al cabo en la mañana del 29. Difícil desmontar la maquinaria de un régimen que cuenta con tantos favorecidos, ubicados en distintas posiciones, algunas circunstancialmente antagónicas por razones estratégicas y ambición, de no contar con objetivos claros y dirigentes plenamente identificados con ellos.
Parque de Artillería
En la revolución del 90 -"Un huracán para purificar la atmósfera que nos asfixiaba", al decir de Alem - todos vinieron enancados. De ahí su fracaso.
Sin embargo el régimen está tocado. La fallida revolución de los cívicos abre el camino para otros hombres y del proceso que en veinte años más permitirá por primera vez el acceso popular al gobierno.
Abandonado por todos, Juárez Celman renuncia en agosto. El 7 lo reemplaza Pellegrini, entre fervorosas manifestaciones que hasta invaden la Casa Rosada.
"Ya se fue, ya se fue, el burrito cordobés", canta en la calle el estribillo ensañado con la víctima ocasional.
Carta de Alem al producirse el fracaso de la revolución:
Comunicación al Comité de Mendoza
Buenos Aires, agosto 12 de 1890
Al señor presidente del Club Unión Cívica de Mendoza, doctor Agustín Álvarez
Estimado compatriota:
(…) Nuestro país pasa en estos momentos por una prueba difícil, de la cual puede salir triunfante aplastando para siempre la opresión brutal y practicando desde luego el gobierno propio y descentralizado, que nuestra carta fundamental establece, o si los desfallecimientos anteriores continuasen, seguir vegetando bajo el yugo afrentoso del poder personal que imponía el gobierno caído, ejercitado por cualquier otra personalidad.
El momento de expectativa y esperanza ha llegado, después de una sacudida terrible de nuestra capital, organizada por la Unión Cívica, que cansada de sufrir mentiras, claudicaciones y rapacidades, estalló airada el 26 de julio, en consorcio con gran parte del Ejército y la Armada, poniendo a un dedo del abismo el gobierno impopular que existía. La fuerza de la revolución fue tan poderosa, que después de una capitulación, cuyas causas son conocidas y que sólo debía ser una breve tregua, el ensordecido jefe del unicato cayó estrepitosamente del mando en medio del regocijo general.
Aún cuando se haya derribado un presidente, la máquina opresiva y corruptora del oficialismo ha quedado armada en las provincias, y es la energía del pueblo la que debe desmontarla ahora pieza por pieza.
El pueblo de las provincias debe apresurarse a reconquistar sus derechos políticos y su libertad civil también desconocida, convencido que no tiene más salvaguardia que sus propios esfuerzos.
No tengo la menor duda de que el comité que presido prestará eficaz ayuda a todos en esta obra de redención, que exige la destrucción del inmoral mecanismo, que nos ha hecho retroceder moral y políticamente un cuarto de siglo.
La renuncia del doctor Juárez ha traído al poder al vicepresidente, que ha prometido honradez administrativa, libertad de sufragio e imperio de la Constitución, compartiendo las tareas del gobierno entre sostenedores del régimen caído y representantes de la opinión pública.
Recién se ha inaugurado la nueva presidencia y hasta ahora sólo tenemos promesas de reparación, que necesitan ser confirmadas por los hechos. Pero cualquiera que sea la marcha del nuevo gobierno, el pueblo debe entender que su destino depende de sus propios esfuerzos, y que su salvación sólo podrá alcanzarla organizándose rápida y vigorosamente para aconsejar y alentar a los buenos gobernantes, o para obligar a los malos a que respeten la ley y se sometan a los fallos de la opinión pública.
El pueblo tiene hoy la conciencia de su poder y de su dignidad, y se apresta con viril energía a impedir que se repitan las vergüenzas del pasado. Ocupa el foro y de allí no será desalojado, ni por la fuerza, porque es dueño de sus derechos, ni por la corrupción bizantina, porque la bandera de la Unión Cívica es la ley y la virtud, la justicia y la moralidad.
Esto que ha conseguido el pueblo de la capital en pocos meses de trabajos políticos, deben también realizarlo las provincias, y ya varios estados comienzan a organizar comités de la Unión Cívica en todos los centros poblados.
La república sabe que el nuevo partido ha inscripto en su bandera de principios la honradez administrativa, la libertad de sufragio, el régimen municipal, la autonomía de las provincias y el castigo del fraude electoral y de las malversaciones del tesoro público. Este programa amplísimo, progresista e impregnado de un espíritu esencialmente nacional, lejos de lesionar los derechos e intereses de ninguna provincia, hará la felicidad de todas, puesto que se propone realizar las más adelantadas conquistas del derecho político.
En breve la Junta Ejecutiva de la Unión Cívica sancionará su estatuto imitando el que rige los grandes partidos de Norteamérica. Allí se reglamentará la mejor forma de reorganización cívica, para garantizar la genuina y honrada representación del pueblo en las funciones gubernativas.
Mientras tanto urge que los ciudadanos independientes de todas las provincias, organicen centros políticos que secunden la acción de este comité con la bandera impersonal y regeneradora del nuevo partido que se propone extirpar todos los vicios y los escándalos, haciendo imperar en su lugar la Constitución, la probidad y la justicia.
Es necesario que todos se convenzan de esta verdad: que el pueblo es el único artífice de su destino.
La libertad necesita ser conquistada y conservada por la conducta digna y perseverante del mismo pueblo, y si éste en vez de merecer o exigir con entereza gobiernos libres y honrados, se presta dócilmente a la explotación de círculos menguados o de sus gestiones personales, siempre peligrosas, tendrán el gobierno creado por su inepcia y por su cobardía; es decir, tendrán el gobierno que merezca su propia indignidad.
La aurora de un nuevo día nos alumbra, se ha dicho con entusiasmo en presencia de la nueva situación creada por los últimos acontecimientos; pero también es cierto que la aurora no es más que un momento: el despertar del día, correspondiendo al pueblo argentino más que a sus gobernantes, velar porque esa luz de esperanzas continúe iluminando con nítidas claridades el cielo de nuestra patria, e impidiendo enérgicamente que nuevos nubarrones la obscurezcan.
La Unión Cívica entra decidida y activamente a la organización del pueblo bajo su bandera regeneradora en toda la república y espera que sus esfuerzos no serán estériles porque ha llegado la hora de la reacción suprema, y se trata del bien de todas las provincias, de la nación entera. (…)
Leandro N. Alem
Carlos Pellegrini: economía de emergencia
Carlos Pellegrini tiene 43 años, es abogado, fue combatiente del Paraguay, fundador del Jockey Club; alto, elegante, grandes fortunas, buen predicante entre las damas, fina inteligencia. Es hijo del ingeniero Carlos Enrique, traído al país por Rivadavia en 1827, donde pintó paisajes y hombres argentinos en más de 800 obras.
Carlos Pellegrini
Surge un gabinete de coalición nacional: Roca (Interior), Eduardo Costa (Cancillería), Jose María Gutiérrez (Justicia), Vicente López (Hacienda) y General Levalle (Guerra y Marina).
Para enfrentar la crisis económica de la República, el nuevo Presidente elabora un plan junto a su ministro de Hacienda y ex revolucionario del Parque, Vicente López:
- Reducción al 60% de las emisiones dispuestas por Juárez Celman, con cuyos fondos se para la quiebra de los Bancos Hipotecario y Nacional.
- Créase la Caja de Conversión, a fin de liquidar la deuda pública.
- La importación suntuaria es gravada en un 60%, rebajándose o suspendiendo aforos sobre materiales críticos para el país.
- Se obliga a los Bancos garantidos a convertir sus emisiones, que desde 1885 son de curso forzoso o inconvertible.
- Quedan anuladas todas las concesiones de obras públicas cuyos adjudicadores estén en falta, según contrato.
Medidas de emergencia, sin tiempo para otras de fondo que la nación reclama.
Con objeto de cumplir obligaciones exteriores, la panacea ritual: un nuevo empréstito. Para gestionarlo es enviado a Londres el doctor Victorino de la Plaza. Veinte millones oro. Cuando el emisario llega a la capital del imperio se encuentra con la quiera de la Banca Baring, arrastrada por el crac argentino. Un acuerdo entre la Corona, el Banco de Inglaterra y el gobierno nacional salva a los accionistas de Baring, en otro fiado que suscribe la República por ley del 23 de enero de 1891.
Banco de Inglaterra, Londres
En concepto de deudas exteriores, fondos públicos, inversiones extranjeras, etc., la Argentina debe pagar casi 20 millones de pesos al año. Entre 1870 y 1890, el déficit de la Balanza de Pagos suma 68.951.000 libras que ha venido cubriendo el trabajo nacional con amortizaciones de reiterados préstamos extranjeros.
Viejos errores
La situación se agrava en marzo ante la escasez de oro, enviado a Londres por el reciente acuerdo, que se cotiza en Buenos Aires a 344 pesos, empobreciendo cada vez más nuestra moneda. La falta de circulante, el derrumbe de la Bolsa, los bajos salarios y las huelgas, la desocupación y las quiebras, entenebrecen el panorama. La deuda pública que era de 62 pesos por habitante en 1870, está ahora en 250, con una población duplicada.
Pellegrini convoca a las fuerzas vivas del país para hallar salida. Se resuelve lanzar un empréstito interno. Aristóbulo del Valle pone nombre a las cosas: "Esta no es una mera cuestión monetaria, señor Presidente; es una cuestión política, social y económica. Es necesario cambiar el sistema, todo lo que se relaciona con este gobierno que anda por distintos lugares que el pueblo... Hay desconfianza porque hay pueblos oprimidos y robados!".
Aristóbulo del Valle
Pellegrini está de acuerdo, pero aclara que "lo que hoy sucede es el producto de los errores cometidos hace treinta años", atribuyendo responsabilidades a todos los hombres que desde entonces manejaron al país.
-Jorge Perrone, "Historia Argentina", Tomo II
- José M. Mendía- Luis O. Naón, "Revolución del 90"
- Manuel Gálvez, "Vida de don Hipólito Yrigoyen", segunda edición