Soylent Green, a la rica galleta de soja !

Año 2022: 40 millones de personas malviven hacinadas en una Nueva York inhóspita, bajo un manto de calor y envuelta en un polvillo verde que todo lo impregna. La vida animal y vegetal ha sido fagocitada por los humanos que, ignorantes, se alimentan con los cadáveres de los que van cayendo, convenientemente reconvertidos en unas galletas “de soja ”, verdes, rojas o naranjas, según el día.
Es el argumento de la distopía “ Soylent Green ” (1973), estrenada en España con el obtuso título de “Cuando el destino nos alcance”. El protagonista de “Soylent Green” es Charlton Heston , que hace de… Charlton Heston , en esencia. Esto es, un tipo más duro que el casco de La Casera, con una moral laxa pero sin llegar a la amoralidad de los poderosos, que llevan una vida opulenta en un entorno de infinita degradación social. El poli Heston, junto a su inseparable colega Ernest Borgine, Edward G. Robinson, investigan un asesinato que les llevará a averiguar la terrible verdad que esconde la industria de las galletas verdes.
“Soylent Green” es un producto de su época: una década marcada por el pánico a la superpoblación, a la delincuencia (en pleno auge de las pandillas en EEUU) y al agotamiento de los recursos (está rodada en plena crisis del petróleo). Desde los títulos de crédito, la cinta de Richard Fleischer muestra sus cartas: una sucesión de imágenes muestra multitudes, miseria y ciudades sumidas en la polución, como se le decía entonces.
Como buena distopía, la película se pasa de negativa en varios aspectos (aunque todo puede pasar: aún quedan 12 años para la fecha fatídica…suponiendo que superemos 2012 ). Para empezar, la población de la ciudad para esa fecha será la mitad de la que señalaba el guión: 20 millones de habitantes , que, lejos de estar hacinados, seguramente dispongan de más espacio per cápita que sus iguales de 1973…o de 1920.
Aunque errado, el temor a la hiperpoblación era legítimo en los 70. El mundo se encontraba en plena explosión demográfica, pues los países desarrollados aún no habían alcanzado un patrón de crecimiento “moderno” (próximo o inferior a la tasa de reemplazo generacional) mientras los tercermundistas (como también se decía entonces) disparaban su natalidad, aupados por la Revolución Verde en Asia. Los cálculos de población para este siglo XXI hechos entonces tuvieron que ser revisados a la baja por los cambios demográficos acaecidos en el último tercio del XX.
Salvo cataclismo de última hora, también es dudoso que los habitantes de dentro de tres Juegos Olímpicos vayan a subsistir miserablemente, no al menos los de Nueva York. Sin embargo, y con mucho menos motivo, los sistemas de seguridad serán infinitamente más eficientes, ubicuos e intrusivos que los que aparecen en la película, sorprendentemente naif en ese sentido.
Como ingenuas son las aproximaciones a la tecnología de la época (ésta): en las casas de postín tendrán enormes arcades de matar marcianos, con pantalla en b/n y dosel de poliplástico.
Pero ni el exagerado pesimismo ni la impericia en la previsión tecnológica le quitan mérito alguno a “Soylent Green”, contundente e inolvidable película que, si puede servirnos para algo es para servir de indicador de hasta qué punto nos solemos equivocar las personas a la hora de imaginar el futuro.

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