continua desde
periódicos un anunció de felicitación en el que abiertamente
se alineaba con el régimen: «1976: Argentina encuentra de
nuevo el camino. 1977: año nuevo de fe y esperanza para
todos los argentinos de buena voluntad. Ford Motor de
Argentina y su gente se comprometen en la lucha para
conseguir el gran destino de la patria».
Las empresas
extranjeras hicieron más que dar las gracias a las juntas
por un trabajo bien hecho: algunas participaron
activamente en las campañas de terror.
En Brasil, varias
multinacionales se unieron y financiaron escuadrones de
tortura privados. A mediados de 1969, justo cuando la
Junta entraba en su fase más brutal, se lanzó una fuerza
policial extralegal llamada Operación Bandeirantes,
conocida por sus siglas, OBAN.
Formada por oficiales del
ejército, OBAN fue fundada, según Brasil: Nunca Mais,
«gracias a contribuciones de varias corporaciones
multinacionales, entre ellas Ford y General Motors».
Al estar fuera de las estructuras militares y policiales oficiales,
OBAN disfrutaba de «flexibilidad e impunidad respecto a los
métodos de interrogatorio», afirma el informe, y pronto su
sadismo sin igual se hizo tristemente célebre.39
Fue en Argentina , no obstante, donde la implicación de la
filial local de Ford con el aparato del terror se hizo más
obvia. La empresa suministraba vehículos a los militares,
de modo que el Ford Falcon fue el automóvil utilizado en
miles de secuestros y desapariciones. El psicólogo y
dramaturgo argentino Eduardo Pavlovsky describió el coche
como «lo terrorífico como expresión simbólica. El coche de
la muerte».
Mientras Ford suministraba coches a la Junta, la Junta le
correspondió con un favor: eliminar las cadenas de
producción de problemáticos sindicalistas. Antes del golpe,
Ford se había visto obligada a realizar importantes
concesiones a sus trabajadores: una hora libre para comer
en lugar de veinte minutos y un 1 % de lo obtenido por la
venta de cada coche para dedicarlo a programas de
servicios sociales. Todo eso cambió abruptamente cuando
181
empezó la contrarrevolución, el día del golpe. La fábrica de
Ford en las afueras de Buenos Aires se convirtió en una
fortaleza armada; en las semanas siguientes se llenó de
vehículos militares, tanques incluidos, y sobre ella se oían
constantemente los rotores de los helicópteros. Los obreros
han testificado que hubo un batallón de cien soldados
destinado permanentemente a la fábrica.41 «En Ford parecía
como si estuviéramos en guerra. Y todo estaba dirigido
contra nosotros, los trabajadores», recordó Pedro Troiani,
uno de los delegados sindicales.
Los soldados rondaban por las instalaciones, agarrando y
encapuchando a los sindicalistas más activos, a los que el
capataz de la fábrica tenía la amabilidad de señalar. Troiani
se contó entre los que fueron sacados de la cadena de
montaje. Recuerda que «antes de detenerme me pasearon
por la fábrica, lo hicieron al descubierto para que la gente
pudiera verlo: Ford lo utilizó para acabar con los sindicatos
en la fábrica».43
Más sorprendente fue lo que pasó a
continuación: en lugar de llevarlos rápidamente a alguna
cárcel cercana, Troiani y los demás dicen que los soldados
les llevaron a unas instalaciones de detención que habían
sido construidas dentro del perímetro de la fábrica. En su
lugar de trabajo, en el mismo lugar en el que tan sólo unos
días atrás habían estado negociando contratos, esos
trabajadores fueron golpeados, pateados y, en dos casos,
sometidos a electroshocks.44 Fueron conducidos luego a
prisiones fuera de la fábrica donde las torturas continuaron
durante semanas y, en algunos casos, durante meses.45
Según los abogados de los trabajadores, al menos
veinticinco representantes sindicales en Ford fueron secuestrados
en este período, la mitad de ellos detenidos en
la misma empresa en unas instalaciones que los grupos de
defensa de los derechos humanos en Argentina están
presionando para que se incluya en una lista oficial de
antiguos centros clandestinos de detención.46
En 2002, fiscales federales presentaron una acusación
penal contra Ford Argentina en nombre de Troiani y otros
182
catorce trabajadores, alegando que la empresa era
legalmente responsable por la represión que tuvo lugar en
su propiedad. « Ford y sus ejecutivos colaboraron
en el secuestro de sus propios trabajadores y creo
que deben ser considerados responsables de él», diceTroiani.47
Mercedes-Benz (una filial de DaimlerChrysler) se
enfrenta a una investigación similar a causa de alegaciones
de que la empresa colaboró con el ejército en la década de
1970 para purgar una de sus fábricas de sindicalistas,
supuestamente dando nombres y direcciones de dieciséis
trabajadores que luego desparecieron, catorce de ellos para
siempre.48
Según la historiadora Karen Robert, experta en
Latinoamérica, hacia el final de la dictadura «prácticamente
habían desaparecido todos los delegados de a pie de las
fábricas de las principales empresas del país como
Mercedes-Benz, Chrysler y Fiat Concord».49 Tanto Ford
como Mercedes-Benz niegan que sus ejecutivos tomaran
parte en la represión. Los juicios siguen abiertos.
No fueron sólo los sindicalistas los que sufrieron un ataque
preventivo: lo sufrió cualquiera que representase una visión
de la sociedad construida sobre cualquier valor que no
fuera el puro beneficio.
Particularmente brutales a lo largo y ancho de la región
fueron los ataques a los granjeros que se habían implicado
en la lucha por la reforma agraria. Los líderes de las Ligas
Agrarias Argentinas —que habían difundido ideas
incendiarias sobre el derecho de los campesinos a poseer
tierras— fueron perseguidos y torturados, a menudo en los
mismos campos que trabajaban, a la vista de toda la comunidad.
Los soldados utilizaban las baterías de los
camiones para dar electricidad a sus picanas, volviendo
aquel ubicuo utensilio campesino contra los propios
granjeros.
Mientras tanto, las políticas económicas de la Junta
fueron un auténtico regalo para los terratenientes y
183
ganaderos. En Argentina , Martínez de Hoz eliminó los
controles sobre el precio de la carne, con lo que ésta
subió más de un 700 %, provocando un récord de beneficios.

En los barrios pobres, el objetivo de los ataques
preventivos fueron los trabajadores comunitarios, muchos
de ellos asociados a la Iglesia, que organizaban a los
sectores más desfavorecidos de la sociedad para que
exigieran sanidad, vivienda y educación públicas o, en otras
palabras, para que pidieran el «Estado del bienestar», que
era precisamente lo que los de Chicago estaban
desmantelando. «¡Los pobres no van a tener más
santurrones que cuiden de ellos!», le dijeron a Norberto
Liwsky, un doctor argentino, mientras «aplicaban descargas
eléctricas en mis encías, pezones, genitales, abdomen y orejas».51
Un sacerdote argentino que colaboró con la Junta explicó
cuál era la filosofía que les guiaba: «El enemigo era el
marxismo. El marxismo en la Iglesia, digamos, y en la
patria. El peligro de una nación nueva».52 Ese «peligro de
una nación nueva» ayuda a explicar por qué tantas de las
víctimas de las juntas fueron jóvenes.
En Argentina , el 81% de los treinta mil desaparecidos tenían entre dieciséis y
treinta años.53 «Estamos trabajando ahora para los
siguientes veinte años», le dijo un conocido torturador
argentino a una de sus víctimas.54
Entre los más jóvenes estaban un grupo de estudiantes de
instituto que, en septiembre de 1976, se agruparon para
pedir una bajada del billete de autobús. Para la Junta,
aquella acción colectiva demostraba que los adolescentes
estaban contagiados del virus del marxismo, y respondió
con furia genocida, torturando y matando a seis de los
estudiantes que se habían atrevido a plantear aquella
subversiva demanda.55 Miguel Osvaldo Etchecolatz, el
comisario de policía finalmente sentenciado en 2006, fue
uno de los personajes clave de aquella operación.
184
La pauta de las desapariciones estaba clara: mientras los
terapeutas del shock eliminaban todos los resquicios de
colectivismo de la economía, las tropas de shock debían
eliminar a los representantes de ese ethos de las calles, las
universidades y las fábricas.
En algunos momentos distendidos, algunos de los que
estuvieron en la línea del frente de la transformación
económica han reconocido que para lograr sus objetivos era
necesario el uso generalizado de la represión.
Víctor Emmanuel, el ejecutivo de relaciones públicas de Burson-
Marsteller encargado de vender al resto del mundo el nuevo
régimen favorable a las empresas instaurado por las juntas,
explicó a un investigador que la violencia era necesaria
para abrir la economía «proteccionista y estatalista» de Argentina .
«Nadie, pero nadie, invierte en un país que está
en guerra civil», dijo, pero admitió que no sólo se mataba a
las guerrillas. «Probablemente se mató también a mucha
gente inocente», le dijo a la escritora Marguerite Feitlowitz,
pero, «dada la situación era necesario aplicar una fuerza
inmensa».56
Sergio de Castro, el ministro de Economía de Pinochet de la
Escuela de Chicago que supervisó la aplicación del
tratamiento de choque, dijo que nunca podría haberlo
hecho sin el apoyo del puño de hierro de Pinochet.
«Teníamos a la opinión pública muy en contra, así que necesitábamos
una personalidad fuerte para mantener la política.
Tuvimos suerte de que el presidente Pinochet lo
entendiera y tuviera el valor de resistir a las críticas.» De
Castro también ha dicho que un «gobierno autoritario» es
el más capacitado para salvaguardar la libertad económica
gracias a su uso «impersonal» del poder.57
Como sucede casi siempre con el terrorismo de Estado, los
objetivos seleccionados servían a un doble propósito.
En primer lugar, eliminarlos quitaba de en medio obstáculos
reales al proyecto, pues desaparecían aquellos
185
que era más probable que contraatacasen.
En segundo
lugar, el hecho de que todo el mundo viera que
los «problemáticos» desaparecían servía de aviso
a aquellos que podrían considerar resistir,
eliminando también, por tanto, obstáculos futuros.
Y funcionó. «Estábamos confundidos y angustiados,
aguardábamos dóciles a seguir las órdenes la gente
sufrió una regresión; se volvió más dependiente y
temerosa», recordó el psiquiatra chileno Marco Antonio de la Parra.58
Estaban, en otras palabras, en estado de shock.
Así que cuando los shocks económicos hicieron que los
precios se dispararan y los salarios se hundiesen, las calles
de Chile , Argentina y Uruguay siguieron despejadas y en
calma. No hubo disturbios por la falta de comida ni huelgas
generales. Las familias sobrellevaron la penuria saltándose
en silencio algunas comidas, alimentando a sus bebés con
mate, un té tradicional que quita el apetito, y
despertándose antes del amanecer para caminar durante
horas hasta su puesto de trabajo y así ahorrarse el billete
de autobús.
Los que morían de malnutrición o de fiebre
tifoidea eran enterrados discretamente.
Sólo una década antes, los países del Cono Sur —con sus
sectores industriales en alza, sus clases medias creciendo
rápidamente y sus sólidos sistemas de sanidad y educación
— habían sido la esperanza del mundo en vías de
desarrollo. Ahora los ricos y los pobres se movían en
mundos económicos totalmente distintos, con los ricos
accediendo a la ciudadanía honorífica en el estado de
Florida y el resto empujados hacia el subdesarrollo en un
proceso que se agudizaría durante las «reestructuraciones»
neoliberales de la era posterior a las dictaduras.
Si no ya ejemplos a seguir, estos países se convirtieron en ejemplos
aterradores de lo que les sucede a las naciones pobres que
creen que pueden prosperar por sus propios medios hasta
salir del Tercer Mundo. Fue una conversión paralela a la
186
que sufrieron los prisioneros en los centros de tortura de la
Junta: no bastaba con hablar, se les exigía además que
abjuraran de sus creencias más queridas, que traicionaran
a sus amantes e hijos. A los que se rendían se les llamaba
«quebrados». Eso fue lo que le sucedió al Cono Sur. La
región no sólo fue derrotada: fue quebrada.
la TORTURA COMO «CURA»
Mientras se trataba de extirpar el colectivismo de la cultura
mediante medidas políticas, dentro de las prisiones la
tortura intentaba extirparlo de la mente y el espíritu. Como
un editorial de la Junta argentina subrayó en 1976,
«también las mentes deben limpiarse, pues es allí donde
nació el error».59
Muchos torturadores adoptaban el papel de un doctor o un
cirujano. Igual que los economistas de Chicago con sus
shocks dolorosos pero necesarios, estos interrogadores
imaginaban que sus electroshocks y demás tormentos eran
terapéuticos, que administraban una especie de medicina a
sus presos, a los que muchas veces se referían dentro de
los campos como «apestosos», es decir, como los sucios o
enfermos. Les iban a curar de la enfermedad del
socialismo, del impulso hacia la acción colectiva.
* Sus «tratamientos» eran atroces, cierto, puede que incluso letales,
pero eran por el bien de los pacientes. «Si tienes
gangrena en un brazo, tienes que cortártelo, ¿verdad?»,
dijo Pinochet, impaciente ante las críticas a su historial de
ataques a los derechos humanos.60
Con ello, la
electroterapia regresaba a su anterior encarnación
como técnica de exorcismo. El primer uso registrado
de la electrocución médica fue por un médico suizo
que ejerció en el siglo XVIII. Ese médico creía que las
enfermedades mentales las causaba el diablo, así que
hacía que el paciente sujetara un cable al que daba
potencia con una máquina de electricidad estática.
Administraba una descarga de electricidad por cada
187
demonio que habitaba en el cuerpo del paciente y
luego lo declaraba curado.
En testimonios que aparecen en los informes de las
comisiones de la verdad por toda la región, los prisioneros
describen un sistema diseñado para obligarles a traicionar
el principio más fundamental de su sentido del yo. Para la
mayor parte de los latinoamericanos de izquierdas,
ese principio fundamental era lo que el historiador
radical argentino Osvaldo Bayer llamó «la única
ideología trascendental: la solidaridad».61
Los torturadores entendían perfectamente la importancia
de la solidaridad y se aplicaron a destruir ese impulso
de interconexión social entre sus prisioneros. Se da
por supuesto que todo interrogatorio consiste en obtener
información valiosa y, por lo tanto, forzar una traición, pero
muchos prisioneros informan que sus torturadores estaban
bastante poco interesados en la información, que ya solían
tener de antemano, y mucho más interesados en conseguir
el acto de traición en sí.
Lo importante del ejercicio era
lograr que los prisioneros sufrieran una lesión irreparable
en aquella parte de ellos que creía que ayudar a los demás
era el valor supremo, la parte que les hacía activistas, y
reemplazarla por una sensación de vergüenza y
humillación.
A veces el preso no podía controlar estas traiciones. El
prisionero argentino Mario Villani, por ejemplo, llevaba su
agenda encima cuando fue secuestrado. En ella estaban las
señas de una reunión que había acordado con un amigo.
Los soldados se presentaron en su lugar y otro activista
desapareció en la maquinaría del terror. En la mesa de
interrogación, los interrogadores de Villani le torturaron con
el dato de que «habían capturado a Jorge porque se había
presentado a la cita conmigo. Sabían que para mí eso era
un tormento peor que 220 voltios. El remordimiento era
casi insoportable».62
Los actos de rebelión más extremos en este contexto
consistían en pequeños gestos de bondad entre prisioneros,
188
como tratar de curar las heridas de los demás o compartir
la escasa comida. Cuando se descubría alguno de esos
gestos, el castigo era durísimo. Se machacaba a los
prisioneros para que fueran lo más individualistas posible y
se les ofrecían constantemente tratos fáusticos, como
escoger entre más torturas insoportables para ellos mismos
o más torturas para otro de sus compañeros de celda.
En algunos casos los prisioneros fueron quebrados hasta tal
punto que aceptaron aplicar la picana a sus compañeros
presidiarios o abjurar por televisión de sus creencias
anteriores. Estos prisioneros representaban el triunfo final
de sus torturadores: no sólo los prisioneros habían
abandonado cualquier idea de solidaridad sino que, para
sobrevivir, habían sucumbido al ethos despiadado que era
el núcleo del capitalismo de laissez-faire, «estar pendiente
del número 1», en palabras de un directivo de ITT.*63
La manifestación
contemporánea de este proceso de destrucción de la
personalidad se halla en la forma en que se utiliza el
islam como arma contra los prisioneros musulmanes
en las prisiones dirigidas por Estados Unidos. De entre
el alud de pruebas que se han filtrado de Abu Ghraib y
de la bahía de Guantánamo, dos formas concretas de
maltrato a los prisioneros aparecen una y otra vez:
el desnudo y la interferencia deliberada con las prácticas
islámicas, sea obligando a los prisioneros a afeitarse la
barba, dando patadas a un Corán, envolviendo a los
prisioneros en banderas israelíes, forzándoles a
adoptar posturas homosexuales o incluso tocando a
los hombres con sangre de menstruación simulada.
Moazzam Begg, que estuvo recluido en Guantánamo,
dice que le obligaron a afeitarse con frecuencia y que
un guardián le decía: «Esto es lo que de verdad os
molesta a los musulmanes, ¿verdad?». Se profana el
islam no porque los guardianes lo odien (aunque bien
puede ser así) sino porque los prisioneros lo aman.
Puesto que el objetivo de la tortura es destruir la
personalidad, todo lo que comprende la personalidad
189
de un prisionero debe ser sistemáticamente robado:
desde su ropa hasta sus creencias más queridas. En la
década de 1970 eso llevaba a atacar la solidaridad
social; hoy conduce a agredir al islam.
Los dos grupos de «doctores» del shock que trabajaban en
el Cono Sur —los generales y los economistas— recurrieron
a metáforas prácticamente idénticas en su trabajo.
Friedman comparó su trabajo en Chile al de un médico que
ofrecía «consejos médicos técnicos al gobierno chileno para
ayudar a curar una epidemia médica», la «epidemia de la
inflación».64 Arnold Harberger, director del programa sobre
Latinoamérica en la Universidad de Chicago , fue incluso
más allá. En una conferencia que pronunció en Argentina
frente a un público formado por jóvenes economistas,
mucho después de que la dictadura hubiera terminado, dijo
que los buenos economistas son en sí mismos el
tratamiento, pues funcionan «como anticuerpos que
combaten las ideas y políticas antieconómicas».65
El ministro de Exteriores de la Junta argentina , César Augusto
Guzzetti, dijo que «cuando el cuerpo social del país ha sido
contaminado por una enfermedad que corroe sus entrañas,
forma anticuerpos. Estos anticuerpos no pueden
considerarse del mismo modo que los microbios. Conforme
el gobierno controle y destruya a la guerrilla, la acción de
los anticuerpos desaparecerá, como ya está sucediendo. Se
trata tan sólo de una reacción natural de un cuerpo enfermo».66
Este lenguaje tiene, por supuesto, el mismo andamiaje
intelectual que permitía a los nazis afirmar que al asesinar
a los miembros «enfermos» de la sociedad estaban curando
«el cuerpo de la nación». Como dijo el doctor nazi Fritz
Klein: «Quiero preservar la vida. Y por respeto a la vida
humana, amputaré un apéndice gangrenado de un cuerpo
enfermo. El judío es el apéndice gangrenado del cuerpo de
la humanidad». Los jemeres rojos utilizaron el mismo
lenguaje para justificar su masacre en Camboya: «Hay que
amputar lo que está infectado».67
190
NlÑOS «NORMALES»
Los paralelismos más escalofriantes se encuentran en la
forma en que la Junta argentina trató a los niños dentro de
su red de centros de tortura. La Convención de las Naciones
Unidas sobre el Genocidio declara que entre las prácticas
genocidas más habituales está «imponer medidas
tendentes a evitar nacimientos dentro del grupo» y
«transferir a la fuerza a niños de un grupo a otro grupo».68
Se estima que nacieron unos quinientos niños en los
centros de tortura argentinos. Esos bebés fueron alistados
inmediatamente en el plan para rediseñar la sociedad y
crear una nueva raza de ciudadanos modelo. Tras un breve
período de guardería, cientos de bebés fueron vendidos o
entregados a parejas, la mayor parte de ellas con vínculos
directos con la dictadura. Según el grupo de defensa de los
derechos humanos Abuelas de la Plaza de Mayo, que con
gran esfuerzo ha localizado a docenas de aquellos bebés,
los niños fueron criados según los valores del capitalismo y
el cristianismo que la Junta consideraba «normales» y saludables.69
Los padres de los bebés, considerados
demasiado enfermos como para poder ser salvados, fueron
casi siempre asesinados en los campos. El robo de bebés no
fue producto de excesos de personas individuales, sino
parte de una operación estatal organizada. En un caso
llevado a los tribunales se presentó como prueba un
documento oficial del Departamento del Interior titulado
«Instrucciones sobre procedimientos a seguir con los niños
menores de edad de líderes políticos o sindicales cuando
sus padres son detenidos o desaparecen».70
Este capítulo de la historia de Argentina guarda un
sorprendente paralelismo con el robo masivo de niños
indígenas en Estados Unidos, Canadá y Australia, donde se
les enviaba a internados, se les prohibía hablar sus lenguas
nativas y se les coaccionaba para que fueran más
«blancos». En la Argentina de la década de 1970 operaba
una lógica supremacista similar, pero no basada en la raza
sino en las creencias políticas, la cultura y la clase social.
191
Uno de los vínculos más gráficos entre los asesinatos
políticos y la revolución del libre mercado no se descubrió
hasta cuatro años después del final de la dictadura argentina .
En 1987 un equipo de rodaje estaba filmando en
el sótano de Galerías Pacífico, uno de los centros comerciales
más lujosos del centro de Buenos Aires, cuando
descubrieron horrorizados un centro de tortura
abandonado. Resultó ser que durante la dictadura, el
Primer Cuerpo del Ejército escondió a algunos de sus
desaparecidos en las tripas del centro comercial. En las
paredes de las mazmorras todavía se podían ver las marcas
desesperadas que habían hecho los prisioneros muertos
hacía tiempo: nombres, fechas, súplicas de ayuda.71
Hoy, Galerías Pacífico es la joya de la corona de la zona
comercial de Buenos Aires, la prueba de su consolidación
como una capital consumista globalizada. Techos
abovedados y suntuosos frescos sirven de marco a una
larga serie de tiendas de marca, desde Christian Dior a
Ralph Lauren pasando por Nike, con precios inalcanzables
para la gran mayoría de los habitantes del país pero que
parecen una ganga a los extranjeros que acuden a la
ciudad atraídos por las ventajas de su devaluada divisa.
Para los argentinos que conocen su historia, el centro
comercial constituye un escalofriante recordatorio de que
igual que una forma más antigua de conquista capitalista se
edificó sobre las tumbas de los pueblos indígenas, el
proyecto de la Escuela de Chicago en América Latina se
construyó literalmente sobre los centros de tortura secretos
en los que desaparecieron miles de personas que creían en
un país diferente.
** paginas 192 a197 eran notas y referencias de libros, como era muy largo y fallaba el post no las puse
sepueden ver en
198
Capítulo 5
«NINGUNA RELACIÓN»
Cómo una ideología fue absuelta de sus crímenes
Milton es la encarnación del aforismo
que reza que «las ideas tienen consecuencias».
DONALD RUMSFELD, secretario de Defensa
de Estados Unidos, mayo de 2002
Se metía a la gente en la cárcel para que los
precios pudieran ser libres.
EDUARDO GALEANO, 1990
Durante un breve período pareció que el movimiento
neoliberal no podría desentenderse de los crímenes que
había cometido en el Cono Sur y que éstos le
desacreditarían por completo antes que pudiera expandir su
primer laboratorio. Después del trascendental viaje de Milton
Friedman a Chile en 1975, el columnista del New York
Times Anthony Lewis formuló una pregunta tan sencilla
como incendiaria: «Si la teoría económica pura de Chicago
sólo se puede poner en práctica en Chile mediante el
recurso a la represión, ¿tienen sus autores algún tipo de
responsabilidad por ello?».3
Después del asesinato de Orlando Letelier, los activistas de
base respondieron a su llamamiento para exigir
responsabilidades por el coste humano de sus políticas al
«arquitecto intelectual» de la revolución económica chilena.
Durante aquellos años Milton Friedman no podía dar una
conferencia sin que alguien le interrumpiera citando a
Letelier y se vio obligado a entrar por la puerta de la cocina
en varios eventos celebrados en su honor.
Los estudiantes de la Universidad de Chicago se
preocuparon tanto al saber de la colaboración de sus
profesores con la Junta que exigieron una investigación
199
académica. Algunos profesores les apoyaron, entre ellos el
economista austríaco Gerhard Tintner, que había huido del
fascismo en Europa y llegado a Estados Unidos en la
década de 1930.
Tintner comparó Chile bajo Pinochet con Alemania bajo los
nazis y dibujó un paralelismo entre el apoyo de Friedman a
Pinochet y el de los tecnócratas que colaboraron con el
Tercer Reich. (Friedman, a su vez, acusó a su críticos de
«nazismo».)4
Tanto Friedman como Arnold Harberger se atribuyeron con
placer el mérito de los milagros económicos conseguidos
por sus Chicago Boys latinoamericanos. Como un padre
orgulloso, Friedman alardeó en Newsweek en 1982 de que
«los Chicago Boys combinaban una extraordinaria
habilidad intelectual y ejecutiva con el valor para sostener
sus convicciones y la dedicación necesaria para ponerlas en
práctica». Harberger dijo: «Me siento más orgulloso de mis
estudiantes que de cualquier cosa que haya escrito; de
hecho, el grupo latino es mucho más mío que mis
contribuciones a la literatura».5
Ninguno de los dos, sin
embargo, alcanzaba a ver relación alguna entre los
«milagros» que sus estudiantes habían realizado y el coste
humano que habían tenido.
«A pesar de que estoy profundamente en desacuerdo con el
sistema político autoritario de Chile », escribió Friedman en
su columna de Newsweek, «no creo que sea algo malo que
un economista ofrezca asesoría técnica al gobierno chileno»
En sus memorias, Friedman afirmó que Pinochet trató,
durante los primeros dos años, de llevar la economía él solo
y que no fue hasta «1975, cuando la inflación seguía
disparada y una recesión mundial provocó una depresión en
Chile , cuando el general Pinochet acudió a los Chicago
Boys».7 Se trata de un caso descarado de revisionismo: los
Chicago Boys trabajaron con los militares incluso desde
antes de que tuviera lugar el golpe y la transformación
200
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periódicos un anunció de felicitación en el que abiertamente
se alineaba con el régimen: «1976: Argentina encuentra de
nuevo el camino. 1977: año nuevo de fe y esperanza para
todos los argentinos de buena voluntad. Ford Motor de
Argentina y su gente se comprometen en la lucha para
conseguir el gran destino de la patria».
Las empresas
extranjeras hicieron más que dar las gracias a las juntas
por un trabajo bien hecho: algunas participaron
activamente en las campañas de terror.
En Brasil, varias
multinacionales se unieron y financiaron escuadrones de
tortura privados. A mediados de 1969, justo cuando la
Junta entraba en su fase más brutal, se lanzó una fuerza
policial extralegal llamada Operación Bandeirantes,
conocida por sus siglas, OBAN.
Formada por oficiales del
ejército, OBAN fue fundada, según Brasil: Nunca Mais,
«gracias a contribuciones de varias corporaciones
multinacionales, entre ellas Ford y General Motors».
Al estar fuera de las estructuras militares y policiales oficiales,
OBAN disfrutaba de «flexibilidad e impunidad respecto a los
métodos de interrogatorio», afirma el informe, y pronto su
sadismo sin igual se hizo tristemente célebre.39
Fue en Argentina , no obstante, donde la implicación de la
filial local de Ford con el aparato del terror se hizo más
obvia. La empresa suministraba vehículos a los militares,
de modo que el Ford Falcon fue el automóvil utilizado en
miles de secuestros y desapariciones. El psicólogo y
dramaturgo argentino Eduardo Pavlovsky describió el coche
como «lo terrorífico como expresión simbólica. El coche de
la muerte».
Mientras Ford suministraba coches a la Junta, la Junta le
correspondió con un favor: eliminar las cadenas de
producción de problemáticos sindicalistas. Antes del golpe,
Ford se había visto obligada a realizar importantes
concesiones a sus trabajadores: una hora libre para comer
en lugar de veinte minutos y un 1 % de lo obtenido por la
venta de cada coche para dedicarlo a programas de
servicios sociales. Todo eso cambió abruptamente cuando
181
empezó la contrarrevolución, el día del golpe. La fábrica de
Ford en las afueras de Buenos Aires se convirtió en una
fortaleza armada; en las semanas siguientes se llenó de
vehículos militares, tanques incluidos, y sobre ella se oían
constantemente los rotores de los helicópteros. Los obreros
han testificado que hubo un batallón de cien soldados
destinado permanentemente a la fábrica.41 «En Ford parecía
como si estuviéramos en guerra. Y todo estaba dirigido
contra nosotros, los trabajadores», recordó Pedro Troiani,
uno de los delegados sindicales.
Los soldados rondaban por las instalaciones, agarrando y
encapuchando a los sindicalistas más activos, a los que el
capataz de la fábrica tenía la amabilidad de señalar. Troiani
se contó entre los que fueron sacados de la cadena de
montaje. Recuerda que «antes de detenerme me pasearon
por la fábrica, lo hicieron al descubierto para que la gente
pudiera verlo: Ford lo utilizó para acabar con los sindicatos
en la fábrica».43
Más sorprendente fue lo que pasó a
continuación: en lugar de llevarlos rápidamente a alguna
cárcel cercana, Troiani y los demás dicen que los soldados
les llevaron a unas instalaciones de detención que habían
sido construidas dentro del perímetro de la fábrica. En su
lugar de trabajo, en el mismo lugar en el que tan sólo unos
días atrás habían estado negociando contratos, esos
trabajadores fueron golpeados, pateados y, en dos casos,
sometidos a electroshocks.44 Fueron conducidos luego a
prisiones fuera de la fábrica donde las torturas continuaron
durante semanas y, en algunos casos, durante meses.45
Según los abogados de los trabajadores, al menos
veinticinco representantes sindicales en Ford fueron secuestrados
en este período, la mitad de ellos detenidos en
la misma empresa en unas instalaciones que los grupos de
defensa de los derechos humanos en Argentina están
presionando para que se incluya en una lista oficial de
antiguos centros clandestinos de detención.46
En 2002, fiscales federales presentaron una acusación
penal contra Ford Argentina en nombre de Troiani y otros
182
catorce trabajadores, alegando que la empresa era
legalmente responsable por la represión que tuvo lugar en
su propiedad. « Ford y sus ejecutivos colaboraron
en el secuestro de sus propios trabajadores y creo
que deben ser considerados responsables de él», diceTroiani.47
Mercedes-Benz (una filial de DaimlerChrysler) se
enfrenta a una investigación similar a causa de alegaciones
de que la empresa colaboró con el ejército en la década de
1970 para purgar una de sus fábricas de sindicalistas,
supuestamente dando nombres y direcciones de dieciséis
trabajadores que luego desparecieron, catorce de ellos para
siempre.48
Según la historiadora Karen Robert, experta en
Latinoamérica, hacia el final de la dictadura «prácticamente
habían desaparecido todos los delegados de a pie de las
fábricas de las principales empresas del país como
Mercedes-Benz, Chrysler y Fiat Concord».49 Tanto Ford
como Mercedes-Benz niegan que sus ejecutivos tomaran
parte en la represión. Los juicios siguen abiertos.
No fueron sólo los sindicalistas los que sufrieron un ataque
preventivo: lo sufrió cualquiera que representase una visión
de la sociedad construida sobre cualquier valor que no
fuera el puro beneficio.
Particularmente brutales a lo largo y ancho de la región
fueron los ataques a los granjeros que se habían implicado
en la lucha por la reforma agraria. Los líderes de las Ligas
Agrarias Argentinas —que habían difundido ideas
incendiarias sobre el derecho de los campesinos a poseer
tierras— fueron perseguidos y torturados, a menudo en los
mismos campos que trabajaban, a la vista de toda la comunidad.
Los soldados utilizaban las baterías de los
camiones para dar electricidad a sus picanas, volviendo
aquel ubicuo utensilio campesino contra los propios
granjeros.
Mientras tanto, las políticas económicas de la Junta
fueron un auténtico regalo para los terratenientes y
183
ganaderos. En Argentina , Martínez de Hoz eliminó los
controles sobre el precio de la carne, con lo que ésta
subió más de un 700 %, provocando un récord de beneficios.

En los barrios pobres, el objetivo de los ataques
preventivos fueron los trabajadores comunitarios, muchos
de ellos asociados a la Iglesia, que organizaban a los
sectores más desfavorecidos de la sociedad para que
exigieran sanidad, vivienda y educación públicas o, en otras
palabras, para que pidieran el «Estado del bienestar», que
era precisamente lo que los de Chicago estaban
desmantelando. «¡Los pobres no van a tener más
santurrones que cuiden de ellos!», le dijeron a Norberto
Liwsky, un doctor argentino, mientras «aplicaban descargas
eléctricas en mis encías, pezones, genitales, abdomen y orejas».51
Un sacerdote argentino que colaboró con la Junta explicó
cuál era la filosofía que les guiaba: «El enemigo era el
marxismo. El marxismo en la Iglesia, digamos, y en la
patria. El peligro de una nación nueva».52 Ese «peligro de
una nación nueva» ayuda a explicar por qué tantas de las
víctimas de las juntas fueron jóvenes.
En Argentina , el 81% de los treinta mil desaparecidos tenían entre dieciséis y
treinta años.53 «Estamos trabajando ahora para los
siguientes veinte años», le dijo un conocido torturador
argentino a una de sus víctimas.54
Entre los más jóvenes estaban un grupo de estudiantes de
instituto que, en septiembre de 1976, se agruparon para
pedir una bajada del billete de autobús. Para la Junta,
aquella acción colectiva demostraba que los adolescentes
estaban contagiados del virus del marxismo, y respondió
con furia genocida, torturando y matando a seis de los
estudiantes que se habían atrevido a plantear aquella
subversiva demanda.55 Miguel Osvaldo Etchecolatz, el
comisario de policía finalmente sentenciado en 2006, fue
uno de los personajes clave de aquella operación.
184
La pauta de las desapariciones estaba clara: mientras los
terapeutas del shock eliminaban todos los resquicios de
colectivismo de la economía, las tropas de shock debían
eliminar a los representantes de ese ethos de las calles, las
universidades y las fábricas.
En algunos momentos distendidos, algunos de los que
estuvieron en la línea del frente de la transformación
económica han reconocido que para lograr sus objetivos era
necesario el uso generalizado de la represión.
Víctor Emmanuel, el ejecutivo de relaciones públicas de Burson-
Marsteller encargado de vender al resto del mundo el nuevo
régimen favorable a las empresas instaurado por las juntas,
explicó a un investigador que la violencia era necesaria
para abrir la economía «proteccionista y estatalista» de Argentina .
«Nadie, pero nadie, invierte en un país que está
en guerra civil», dijo, pero admitió que no sólo se mataba a
las guerrillas. «Probablemente se mató también a mucha
gente inocente», le dijo a la escritora Marguerite Feitlowitz,
pero, «dada la situación era necesario aplicar una fuerza
inmensa».56
Sergio de Castro, el ministro de Economía de Pinochet de la
Escuela de Chicago que supervisó la aplicación del
tratamiento de choque, dijo que nunca podría haberlo
hecho sin el apoyo del puño de hierro de Pinochet.
«Teníamos a la opinión pública muy en contra, así que necesitábamos
una personalidad fuerte para mantener la política.
Tuvimos suerte de que el presidente Pinochet lo
entendiera y tuviera el valor de resistir a las críticas.» De
Castro también ha dicho que un «gobierno autoritario» es
el más capacitado para salvaguardar la libertad económica
gracias a su uso «impersonal» del poder.57
Como sucede casi siempre con el terrorismo de Estado, los
objetivos seleccionados servían a un doble propósito.
En primer lugar, eliminarlos quitaba de en medio obstáculos
reales al proyecto, pues desaparecían aquellos
185
que era más probable que contraatacasen.
En segundo
lugar, el hecho de que todo el mundo viera que
los «problemáticos» desaparecían servía de aviso
a aquellos que podrían considerar resistir,
eliminando también, por tanto, obstáculos futuros.
Y funcionó. «Estábamos confundidos y angustiados,
aguardábamos dóciles a seguir las órdenes la gente
sufrió una regresión; se volvió más dependiente y
temerosa», recordó el psiquiatra chileno Marco Antonio de la Parra.58
Estaban, en otras palabras, en estado de shock.
Así que cuando los shocks económicos hicieron que los
precios se dispararan y los salarios se hundiesen, las calles
de Chile , Argentina y Uruguay siguieron despejadas y en
calma. No hubo disturbios por la falta de comida ni huelgas
generales. Las familias sobrellevaron la penuria saltándose
en silencio algunas comidas, alimentando a sus bebés con
mate, un té tradicional que quita el apetito, y
despertándose antes del amanecer para caminar durante
horas hasta su puesto de trabajo y así ahorrarse el billete
de autobús.
Los que morían de malnutrición o de fiebre
tifoidea eran enterrados discretamente.
Sólo una década antes, los países del Cono Sur —con sus
sectores industriales en alza, sus clases medias creciendo
rápidamente y sus sólidos sistemas de sanidad y educación
— habían sido la esperanza del mundo en vías de
desarrollo. Ahora los ricos y los pobres se movían en
mundos económicos totalmente distintos, con los ricos
accediendo a la ciudadanía honorífica en el estado de
Florida y el resto empujados hacia el subdesarrollo en un
proceso que se agudizaría durante las «reestructuraciones»
neoliberales de la era posterior a las dictaduras.
Si no ya ejemplos a seguir, estos países se convirtieron en ejemplos
aterradores de lo que les sucede a las naciones pobres que
creen que pueden prosperar por sus propios medios hasta
salir del Tercer Mundo. Fue una conversión paralela a la
186
que sufrieron los prisioneros en los centros de tortura de la
Junta: no bastaba con hablar, se les exigía además que
abjuraran de sus creencias más queridas, que traicionaran
a sus amantes e hijos. A los que se rendían se les llamaba
«quebrados». Eso fue lo que le sucedió al Cono Sur. La
región no sólo fue derrotada: fue quebrada.
la TORTURA COMO «CURA»
Mientras se trataba de extirpar el colectivismo de la cultura
mediante medidas políticas, dentro de las prisiones la
tortura intentaba extirparlo de la mente y el espíritu. Como
un editorial de la Junta argentina subrayó en 1976,
«también las mentes deben limpiarse, pues es allí donde
nació el error».59
Muchos torturadores adoptaban el papel de un doctor o un
cirujano. Igual que los economistas de Chicago con sus
shocks dolorosos pero necesarios, estos interrogadores
imaginaban que sus electroshocks y demás tormentos eran
terapéuticos, que administraban una especie de medicina a
sus presos, a los que muchas veces se referían dentro de
los campos como «apestosos», es decir, como los sucios o
enfermos. Les iban a curar de la enfermedad del
socialismo, del impulso hacia la acción colectiva.
* Sus «tratamientos» eran atroces, cierto, puede que incluso letales,
pero eran por el bien de los pacientes. «Si tienes
gangrena en un brazo, tienes que cortártelo, ¿verdad?»,
dijo Pinochet, impaciente ante las críticas a su historial de
ataques a los derechos humanos.60
Con ello, la
electroterapia regresaba a su anterior encarnación
como técnica de exorcismo. El primer uso registrado
de la electrocución médica fue por un médico suizo
que ejerció en el siglo XVIII. Ese médico creía que las
enfermedades mentales las causaba el diablo, así que
hacía que el paciente sujetara un cable al que daba
potencia con una máquina de electricidad estática.
Administraba una descarga de electricidad por cada
187
demonio que habitaba en el cuerpo del paciente y
luego lo declaraba curado.
En testimonios que aparecen en los informes de las
comisiones de la verdad por toda la región, los prisioneros
describen un sistema diseñado para obligarles a traicionar
el principio más fundamental de su sentido del yo. Para la
mayor parte de los latinoamericanos de izquierdas,
ese principio fundamental era lo que el historiador
radical argentino Osvaldo Bayer llamó «la única
ideología trascendental: la solidaridad».61
Los torturadores entendían perfectamente la importancia
de la solidaridad y se aplicaron a destruir ese impulso
de interconexión social entre sus prisioneros. Se da
por supuesto que todo interrogatorio consiste en obtener
información valiosa y, por lo tanto, forzar una traición, pero
muchos prisioneros informan que sus torturadores estaban
bastante poco interesados en la información, que ya solían
tener de antemano, y mucho más interesados en conseguir
el acto de traición en sí.
Lo importante del ejercicio era
lograr que los prisioneros sufrieran una lesión irreparable
en aquella parte de ellos que creía que ayudar a los demás
era el valor supremo, la parte que les hacía activistas, y
reemplazarla por una sensación de vergüenza y
humillación.
A veces el preso no podía controlar estas traiciones. El
prisionero argentino Mario Villani, por ejemplo, llevaba su
agenda encima cuando fue secuestrado. En ella estaban las
señas de una reunión que había acordado con un amigo.
Los soldados se presentaron en su lugar y otro activista
desapareció en la maquinaría del terror. En la mesa de
interrogación, los interrogadores de Villani le torturaron con
el dato de que «habían capturado a Jorge porque se había
presentado a la cita conmigo. Sabían que para mí eso era
un tormento peor que 220 voltios. El remordimiento era
casi insoportable».62
Los actos de rebelión más extremos en este contexto
consistían en pequeños gestos de bondad entre prisioneros,
188
como tratar de curar las heridas de los demás o compartir
la escasa comida. Cuando se descubría alguno de esos
gestos, el castigo era durísimo. Se machacaba a los
prisioneros para que fueran lo más individualistas posible y
se les ofrecían constantemente tratos fáusticos, como
escoger entre más torturas insoportables para ellos mismos
o más torturas para otro de sus compañeros de celda.
En algunos casos los prisioneros fueron quebrados hasta tal
punto que aceptaron aplicar la picana a sus compañeros
presidiarios o abjurar por televisión de sus creencias
anteriores. Estos prisioneros representaban el triunfo final
de sus torturadores: no sólo los prisioneros habían
abandonado cualquier idea de solidaridad sino que, para
sobrevivir, habían sucumbido al ethos despiadado que era
el núcleo del capitalismo de laissez-faire, «estar pendiente
del número 1», en palabras de un directivo de ITT.*63
La manifestación
contemporánea de este proceso de destrucción de la
personalidad se halla en la forma en que se utiliza el
islam como arma contra los prisioneros musulmanes
en las prisiones dirigidas por Estados Unidos. De entre
el alud de pruebas que se han filtrado de Abu Ghraib y
de la bahía de Guantánamo, dos formas concretas de
maltrato a los prisioneros aparecen una y otra vez:
el desnudo y la interferencia deliberada con las prácticas
islámicas, sea obligando a los prisioneros a afeitarse la
barba, dando patadas a un Corán, envolviendo a los
prisioneros en banderas israelíes, forzándoles a
adoptar posturas homosexuales o incluso tocando a
los hombres con sangre de menstruación simulada.
Moazzam Begg, que estuvo recluido en Guantánamo,
dice que le obligaron a afeitarse con frecuencia y que
un guardián le decía: «Esto es lo que de verdad os
molesta a los musulmanes, ¿verdad?». Se profana el
islam no porque los guardianes lo odien (aunque bien
puede ser así) sino porque los prisioneros lo aman.
Puesto que el objetivo de la tortura es destruir la
personalidad, todo lo que comprende la personalidad
189
de un prisionero debe ser sistemáticamente robado:
desde su ropa hasta sus creencias más queridas. En la
década de 1970 eso llevaba a atacar la solidaridad
social; hoy conduce a agredir al islam.
Los dos grupos de «doctores» del shock que trabajaban en
el Cono Sur —los generales y los economistas— recurrieron
a metáforas prácticamente idénticas en su trabajo.
Friedman comparó su trabajo en Chile al de un médico que
ofrecía «consejos médicos técnicos al gobierno chileno para
ayudar a curar una epidemia médica», la «epidemia de la
inflación».64 Arnold Harberger, director del programa sobre
Latinoamérica en la Universidad de Chicago , fue incluso
más allá. En una conferencia que pronunció en Argentina
frente a un público formado por jóvenes economistas,
mucho después de que la dictadura hubiera terminado, dijo
que los buenos economistas son en sí mismos el
tratamiento, pues funcionan «como anticuerpos que
combaten las ideas y políticas antieconómicas».65
El ministro de Exteriores de la Junta argentina , César Augusto
Guzzetti, dijo que «cuando el cuerpo social del país ha sido
contaminado por una enfermedad que corroe sus entrañas,
forma anticuerpos. Estos anticuerpos no pueden
considerarse del mismo modo que los microbios. Conforme
el gobierno controle y destruya a la guerrilla, la acción de
los anticuerpos desaparecerá, como ya está sucediendo. Se
trata tan sólo de una reacción natural de un cuerpo enfermo».66
Este lenguaje tiene, por supuesto, el mismo andamiaje
intelectual que permitía a los nazis afirmar que al asesinar
a los miembros «enfermos» de la sociedad estaban curando
«el cuerpo de la nación». Como dijo el doctor nazi Fritz
Klein: «Quiero preservar la vida. Y por respeto a la vida
humana, amputaré un apéndice gangrenado de un cuerpo
enfermo. El judío es el apéndice gangrenado del cuerpo de
la humanidad». Los jemeres rojos utilizaron el mismo
lenguaje para justificar su masacre en Camboya: «Hay que
amputar lo que está infectado».67
190
NlÑOS «NORMALES»
Los paralelismos más escalofriantes se encuentran en la
forma en que la Junta argentina trató a los niños dentro de
su red de centros de tortura. La Convención de las Naciones
Unidas sobre el Genocidio declara que entre las prácticas
genocidas más habituales está «imponer medidas
tendentes a evitar nacimientos dentro del grupo» y
«transferir a la fuerza a niños de un grupo a otro grupo».68
Se estima que nacieron unos quinientos niños en los
centros de tortura argentinos. Esos bebés fueron alistados
inmediatamente en el plan para rediseñar la sociedad y
crear una nueva raza de ciudadanos modelo. Tras un breve
período de guardería, cientos de bebés fueron vendidos o
entregados a parejas, la mayor parte de ellas con vínculos
directos con la dictadura. Según el grupo de defensa de los
derechos humanos Abuelas de la Plaza de Mayo, que con
gran esfuerzo ha localizado a docenas de aquellos bebés,
los niños fueron criados según los valores del capitalismo y
el cristianismo que la Junta consideraba «normales» y saludables.69
Los padres de los bebés, considerados
demasiado enfermos como para poder ser salvados, fueron
casi siempre asesinados en los campos. El robo de bebés no
fue producto de excesos de personas individuales, sino
parte de una operación estatal organizada. En un caso
llevado a los tribunales se presentó como prueba un
documento oficial del Departamento del Interior titulado
«Instrucciones sobre procedimientos a seguir con los niños
menores de edad de líderes políticos o sindicales cuando
sus padres son detenidos o desaparecen».70
Este capítulo de la historia de Argentina guarda un
sorprendente paralelismo con el robo masivo de niños
indígenas en Estados Unidos, Canadá y Australia, donde se
les enviaba a internados, se les prohibía hablar sus lenguas
nativas y se les coaccionaba para que fueran más
«blancos». En la Argentina de la década de 1970 operaba
una lógica supremacista similar, pero no basada en la raza
sino en las creencias políticas, la cultura y la clase social.
191
Uno de los vínculos más gráficos entre los asesinatos
políticos y la revolución del libre mercado no se descubrió
hasta cuatro años después del final de la dictadura argentina .
En 1987 un equipo de rodaje estaba filmando en
el sótano de Galerías Pacífico, uno de los centros comerciales
más lujosos del centro de Buenos Aires, cuando
descubrieron horrorizados un centro de tortura
abandonado. Resultó ser que durante la dictadura, el
Primer Cuerpo del Ejército escondió a algunos de sus
desaparecidos en las tripas del centro comercial. En las
paredes de las mazmorras todavía se podían ver las marcas
desesperadas que habían hecho los prisioneros muertos
hacía tiempo: nombres, fechas, súplicas de ayuda.71
Hoy, Galerías Pacífico es la joya de la corona de la zona
comercial de Buenos Aires, la prueba de su consolidación
como una capital consumista globalizada. Techos
abovedados y suntuosos frescos sirven de marco a una
larga serie de tiendas de marca, desde Christian Dior a
Ralph Lauren pasando por Nike, con precios inalcanzables
para la gran mayoría de los habitantes del país pero que
parecen una ganga a los extranjeros que acuden a la
ciudad atraídos por las ventajas de su devaluada divisa.
Para los argentinos que conocen su historia, el centro
comercial constituye un escalofriante recordatorio de que
igual que una forma más antigua de conquista capitalista se
edificó sobre las tumbas de los pueblos indígenas, el
proyecto de la Escuela de Chicago en América Latina se
construyó literalmente sobre los centros de tortura secretos
en los que desaparecieron miles de personas que creían en
un país diferente.
** paginas 192 a197 eran notas y referencias de libros, como era muy largo y fallaba el post no las puse
sepueden ver en
198
Capítulo 5
«NINGUNA RELACIÓN»
Cómo una ideología fue absuelta de sus crímenes
Milton es la encarnación del aforismo
que reza que «las ideas tienen consecuencias».
DONALD RUMSFELD, secretario de Defensa
de Estados Unidos, mayo de 2002
Se metía a la gente en la cárcel para que los
precios pudieran ser libres.
EDUARDO GALEANO, 1990
Durante un breve período pareció que el movimiento
neoliberal no podría desentenderse de los crímenes que
había cometido en el Cono Sur y que éstos le
desacreditarían por completo antes que pudiera expandir su
primer laboratorio. Después del trascendental viaje de Milton
Friedman a Chile en 1975, el columnista del New York
Times Anthony Lewis formuló una pregunta tan sencilla
como incendiaria: «Si la teoría económica pura de Chicago
sólo se puede poner en práctica en Chile mediante el
recurso a la represión, ¿tienen sus autores algún tipo de
responsabilidad por ello?».3
Después del asesinato de Orlando Letelier, los activistas de
base respondieron a su llamamiento para exigir
responsabilidades por el coste humano de sus políticas al
«arquitecto intelectual» de la revolución económica chilena.
Durante aquellos años Milton Friedman no podía dar una
conferencia sin que alguien le interrumpiera citando a
Letelier y se vio obligado a entrar por la puerta de la cocina
en varios eventos celebrados en su honor.
Los estudiantes de la Universidad de Chicago se
preocuparon tanto al saber de la colaboración de sus
profesores con la Junta que exigieron una investigación
199
académica. Algunos profesores les apoyaron, entre ellos el
economista austríaco Gerhard Tintner, que había huido del
fascismo en Europa y llegado a Estados Unidos en la
década de 1930.
Tintner comparó Chile bajo Pinochet con Alemania bajo los
nazis y dibujó un paralelismo entre el apoyo de Friedman a
Pinochet y el de los tecnócratas que colaboraron con el
Tercer Reich. (Friedman, a su vez, acusó a su críticos de
«nazismo».)4
Tanto Friedman como Arnold Harberger se atribuyeron con
placer el mérito de los milagros económicos conseguidos
por sus Chicago Boys latinoamericanos. Como un padre
orgulloso, Friedman alardeó en Newsweek en 1982 de que
«los Chicago Boys combinaban una extraordinaria
habilidad intelectual y ejecutiva con el valor para sostener
sus convicciones y la dedicación necesaria para ponerlas en
práctica». Harberger dijo: «Me siento más orgulloso de mis
estudiantes que de cualquier cosa que haya escrito; de
hecho, el grupo latino es mucho más mío que mis
contribuciones a la literatura».5
Ninguno de los dos, sin
embargo, alcanzaba a ver relación alguna entre los
«milagros» que sus estudiantes habían realizado y el coste
humano que habían tenido.
«A pesar de que estoy profundamente en desacuerdo con el
sistema político autoritario de Chile », escribió Friedman en
su columna de Newsweek, «no creo que sea algo malo que
un economista ofrezca asesoría técnica al gobierno chileno»
En sus memorias, Friedman afirmó que Pinochet trató,
durante los primeros dos años, de llevar la economía él solo
y que no fue hasta «1975, cuando la inflación seguía
disparada y una recesión mundial provocó una depresión en
Chile , cuando el general Pinochet acudió a los Chicago
Boys».7 Se trata de un caso descarado de revisionismo: los
Chicago Boys trabajaron con los militares incluso desde
antes de que tuviera lugar el golpe y la transformación
200
... continua en