InicioInfoRevista Nada, N° 1 y 2






La revista NADA tiene como objetivo abordar el estudio del nihilismo desde un punto de vista académico, irónico, cínico, artístico y expansivo.

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¿Qué es el nihilismo?


El Nihilismo Definido

El nihilismo es un punto de vista compuesto de escepticismo junto con reducción. El nihilismo 'político' es activo, no pasivo, y el diccionario lo define como el hecho de que "las condiciones en la organización social son tan malas como para hacer que la destrucción sea deseable por su propio bien, independientemente de cualquier posibilidad o programa constructivo.” En su novela de 1861 Padres E Hijos, el autor Ivan Turgenev definió acertadamente esta cosmovisión, "Un nihilista es una persona que no se somete ante ninguna autoridad, es aquella que no acepta ningún principio basado en la fe, por más que este principio sea venerado."

Una descripción común (pero errónea) del nihilismo es la 'creencia en nada', una frase desinformativa que define al nihilista como uno meramente cambiando una creencia por otra. En lugar de eso, una más útil sería sustituir 'creencia' por 'fe', donde 'fe' es definida como la firme creencia en algo para lo cual no hay ninguna evidencia, y por lo tanto el nihilista es caracterizado en realidad por la ausencia de fe. Una definición universal de nihilismo bien podría ser el rechazo de aquello que requiere de la fe para la salvación, o actualización, e iría desde incluir cualquier cosa desde la teología hasta la ideología secular. Dentro del nihilismo, la fe y los valores similares son desechados porque no tienen absolutamente ninguna sustancia objetiva verificable. Son inválidos porque sólo sirven como otra mentira explotable y, nunca producen ningún resultado estratégicamente beneficioso. La fe es un riesgo imperativo para grupos e individuos porque obliga a la suspensión de la razón, el análisis crítico y el sentido común. Nietzsche alguna vez dijo que fe significa no querer conocer. Fe es "no dejes que las pesquisas de esos hechos molestosos interfieran con nuestro plan político o nuestro camino místicamente ordenado hacia el cielo"; fe es "haz lo que te digo porque yo lo dije." Todas las cosas que no se pueden desmentir necesitan fe, la utopía necesita fe, el idealismo necesita fe, la salvación espiritual necesita fe; ¡Rechaza la fe!

El segundo elemento que el nihilismo rechaza es la creencia en un propósito final, que el Universo está construido sobre eventos no aleatorios y, que todo está estructurado para llevar hacia una eventual revelación concluyente. A esto se le llama teleología, y éste es el error fatal que plaga todo el arcoíris con soluciones falsas, desde el Marxismo al Budismo, y todo lo que hay en medio.

La teleología obliga a la obediencia hacia el cumplimiento del "destino", "progreso" o similares objetivos grandiosos. La teleología es usada tanto entre déspotas como entre soñadores utópicos, como una motivación coercitiva que sólo lleva a otro apocalipsis apócrifo; el camino verdadero para llevar a la humanidad de las narices. ¡Decirles que todo es parte del gran plan, así que síguenos la corriente, o si no verás! Podría parecer razonable pero no hay, y nunca hubo, ninguna evidencia que el Universo funcione acorde a la teleología. -No hay ningún propósito final. ¡El Universo no opera de acuerdo a los valores humanos! Esta es la belleza simple del nihilismo que ningún otro estatuto o idea tiene. Liberándose de los amarres de la teleología uno tiene la facultad de perspectivas y resultados porque, por primera vez es posible encontrar respuestas sin proceder desde percepciones pre-existentes. Finalmente somos libres de descubrir lo que realmente hay afuera, y no sólo la evidencia parcial, para apoyar a los pretextos originales y conocimientos erróneos sólo creando un infierno en la Tierra durante el proceso; ¡Rechaza la teleología!

¿Activo o Pasivo?

El azar de la Naturaleza es un elemento poderoso porque niega la credibilidad de la teleología, esa predestinación intencionada que menoscaba la auto-determinación. De tal forma que tenemos la opción de aceptar pasivamente el brebaje de absolutos falsos establecidos socio-históricamente, 'verdad' y leyes morales que pueden ser nada sino un mito. O podemos aceptar lo real por lo que es, y asumir el saludable rol de ser participantes activos, definiendo constantemente la existencia a través de la percepción e inteligencia. De esta forma definir la existencia está predicada en la vida, y en una apreciación consciente de la percepción cognitiva, combinada con una interpretación crítica de lo que esa percepción significa. Y, entre más desarrollado esté el consciente, mayor inteligencia y más efectiva y funcional se vuelve la existencia.

La pasividad es un mito. Todos estamos involucrados dentro de un sistema dinámico 
que no sólo exige, sino que obliga a la toma de decisiones de forma activa.



Dirección

A menudo lo que parece ser el mensaje “extremo”, sólo es en realidad la historia de mañana hoy. Uno puede ignorarlo y entrar en pánico cuando se presente o aprender de eso y adelantarse a su tiempo, con conocimiento previo, preparado y carente de miedo o pánico. Vivimos en una época dinámica, donde los valores tradicionales han sido deformados por las autoridades para servir fines injustos, contrarios al bienestar público. Es una época de contradicciones que a menudo necesita conductas contra-intuitivas, donde la cordura es el nihilismo, y el patriotismo es la sedición. El recurso para la supervivencia dentro de este contexto de la erosión del significado tradicional es el nihilismo.

El nihilismo es la respuesta razonada, orgánica al caos artificial, el caos intencional manufacturado por el gobierno, la religión y los medios masivos de comunicación.

Un plan es seguido a las ideas debido a que las estructuras artificiales que tenemos alrededor, el resultado, es producto de la visión colectiva y, una vez que los conceptos se ponen en práctica, los detalles se ordenan por sí solos. El nuevo crecerá sobre los montones de cenizas del viejo. Recuerda: hoy tienes el lujo de tomar una decisión que nadie más puede tomar por ti; elige cuidadosamente de qué lado estar.

"El inicio de una revolución es en realidad el fin de una creencia"
Gustave Le Bon


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Revista NADA N° 1



La revista NADA está editada por marginales, cínicos, nihilistas, perdedores, cretinos y maleantes. No pretendemos concienciar sobre ningún asunto, no queremos convencer a nadie, ni siquiera ganar adeptos. Esta es una publicación libre donde cualquier puede participar, aportar o fusilar cualquier tipo de texto que derribe cualquier idea dominante, la que sea.

No tenemos ideología, no creemos en los dogmas ni en los paquetes de valores. No queremos enseñar ni adoctrinar, sólo aprender.




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Revista NADA N° 2



¿Qué es el nihilismo?
¿Qué hacemos con un nihilista en casa?
¿Quién es White Punk?
Julio Camba: el primer distópico
Aleksandr Brenen “El Vándalo”
VOINA: Guerrilla artística
Conspiración de los Núcleos de Fuego
Miroslav Tichý
¿Cuál es la psicología del nihilismo?
Un poema



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Blog de la revista




El blog de la revista NADA - NIHILISMO es una publicación online editada por antiguos colaboradores de la revista NO (editada en Barcelona del 2002 al 2008), del fanzine Vulgavi, personal investigador del departamento III de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, participantes del Foro Nihilismo y una muestra heterodoxa de cínicos y marginales interesados en el nihilismo.




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Algunos articulos del blog:


El nihilismo de Diógenes de Sinope


Diógenes 1860 de Jean-Léon Gérôme



Ser nihilista no es adherirse a ninguna ideología, ni suscribir ningún manifiesto, ni asumir un paquete de ideas preestablecidas: ser nihilista es una actitud refractaria ante los usos y costumbres de una sociedad, de rechazo a lo establecido, de confrontación a lo convencional. Por eso al hablar del nihilismo de Diógenes de Sinope no se le está recuperando para ningún movimiento -como sí hacen las ideologías al uso para legitimar sus argumentos-, sino que simplemente se está definiendo su actitud crítica frente a un sistema de valores concreto, en este caso el griego. Empero esa visión y práctica contraria al establishment sigue aun vigente, es atemporal y universal.


Diógenes de Sinope fue el discípulo más avanzado de Antístenes, que reinterpretó la doctrina socrática y creó de la escuela cínica. Rechazaban las riquezas y despreciaban los bienes materiales al considerar que el hombre se bastaba con su existencia y la naturaleza para ser feliz y realizar el bien. Los cínicos anteponían estas ideas a la de civilización, un artificio antinatural corrupto que encarnaba el mal e impedía la verdadera autonomía de los hombres y mujeres. El método de los cínicos consistía en componer sátiras y burlarse del orden establecido, intentando crear una conciencia crítica a partir del humor y el desprecio por los usos y costumbres de su época, tal como hicieron Voltaire, Shakespeare, Wilde, Twain, Kropotkin, Pisarev, Chernyshevski o Proudhon en sus respectivas épocas.

Su rechazo hacia los bienes materiales le llevó a vivir en la calle dentro una tinaja, acompañado únicamente por sus perros, en la más ferviente indigencia y viviendo en la más absoluta de las autosuficiencias como ejemplo de vida. Solían llamarme despectivamente "perro" por su forma de vida, incluso el propio Platón le calificada de tal modo ante sus costumbres (orinar en la calle o masturbarse en el Ágora). El término "perros" se generalizó para todos los cínicos, y ellos lo asumieron con dignidad y buen humor. Fue, más que un filósofo con una gran obra escrita, un ejemplo vital. De su pensamiento sólo se conservan escritas las referencias de la biografía de los filósofos griegos "Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres" (1), de Diógenes Laercio. En ella se cuenta -sirva de ejemplo- que Alejandro Magno se encontró con él en los Juegos Ístmicos:

 - Yo soy Alejandro, el gran Rey.
    - Y yo Diógenes, el perro.
    - ¿Qué quieres de mí? Puedo ofrecerte lo que quieras.
    - Que te apartes un poco y no me quites el sol. 


Los cortesanos se rieron de él, pero Alejandro Magno les mandó callar: "de no ser Alejandro, habría deseado ser Diógenes". Esta actitud irreverente ofendía a las clases altas griegas, que veían como un sólo hombre era capaz de refutar las ideas sobre las que se asentaban sus vidas y su poder. Cuentan de él que se paseaba por Atenas con una linterna encendida "buscando un hombre". Ese hombre, para Diógenes, era aquel que viviese acorde a su naturaleza de humano más allá de las vanidades, un hombre despojado del fango de las ideas de su época. Una idea directamente relacionada con la del superhombre de Nietzsche.

Cuando Diógenes fue apresado y llevado al mercado de esclavos volvió a demostrar su carácter impertérrito, su actitud valiente y honesta respecto a su pensamiento crítico. Cuando un mercader le preguntó cuales eran sus habilidades, él contesto: "gobernar hombres", y acto seguido ordenó al pregonero del mercado que preguntase a los presentes si algunos precisaba comprarse un amo. Se burlaba constantemente de la hipocresía de las clases acomodadas griegas, “que se jactaban de una libertad y una educación heredadas, y disfrutaban los goces de una civilización material muy elevada, como si la hubiesen creado ellos, porque podían pagarla". Para él eran esclavos de la propia civilización, que les alejaba de la verdadera existencia, de la naturaleza propia del hombre, subyugándoles a la vacuidad, la mediocridad y lo "artificioso de toda su cultura".

El pensamiento de Diógenes exigía señalar constantemente la hipocresia de esa civilización, a la que él oponía no sólo un método filosófico, sino un modo de vida acorde a él. Instaba a todo aquel que quisiese escucharlo a cambiar los valores (transvalorizarlos, como diría Nietzsche) y acabar con todas las convenciones. Él hallaba en la austeridad de la naturaleza la clave de la autonomía, independencia y libertad de todo ser humano. Como hicieran otros nihilistas a lo largo de la historia, todo su esfuerzo se cuantifica en mantenerse en pie en un mundo en ruinas, adoptando una conducta coherente con su pensamiento como mejor ejemplo de su filosofía, abandonando las posiciones sociales de la época y concentrándose en lo realmente imperativo: ser hombre.


(1) La obra completa digitalizada de "Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres" se puede leer en este enlace .



Nihilismo Pasivo




La juventud es gustosamente nihilista hoy. Pero los nihilistas pasivos no pueden embarcarla sino en un malentendido provisorio. Es en vano que querrán transmitirle que la esencia de la discordia es la derrota de las creencias, la crisis de las ideologías, el cataplum del marxismo. Pues el vigoroso nihilismo activo está en busca de una confianza y, si nosotros no se la transmitimos directamente más tiempo podemos esperar con… confianza.

El nihilismo activo sólo se valoriza a sí mismo. Es siempre mejor que venir a tolerar el mundo. El nihilista pasivo ya es realista, prepara su equipaje para los puestos y las plazas de la fatalidad social. El jamás creyó, esa es su fuerza. Sin perjuicio de concentrar las sectas religiosas, por las cuales saltará a los productos más fétidos de la creencia, es un viajero sin equipaje, que no tiene otro porvenir que el coraje, hacia el cual su angustia lo guía a través de la seguridad de lo real.


Alain Badiou, Teoría del sujeto, Prometeo, Buenos Aires, 2009, p.349


Emil Cioran (1911-1995): El existencial moderno, el nihilista, el pesimista





Cuando a uno no le cierran realmente las cosas en la vida, que vive más pendiente de los demás que uno mismo, que el tiempo le pasa sin preguntar, y cuando uno se queda con la duda de todo lo que dejó atrás y no saca conclusión ni aprendizaje alguno, entonces se acerca en demasía a la nada misma, sólo recuerdos cuantificados en nada, porque las arenas del tiempo se fueron de las manos.


Emil Cioran, filósofo rumano del siglo XX, contemporáneo de Camus y de Sartre, a pesar de vivir casi en la misma época, le adicciono pesimismo y nihilismo al existencialismo.

Bibliografia

Hijo de un pope rural, estudió filosofía en Bucarest, tras lo que escribió una tesis sobre Bergson. Viajó a Alemania y fue por breve tiempo profesor de filosofía en Brasov. Logró en 1937 una beca del Instituto Francés de Bucarest y marchó a París, donde, con alguna ausencia, residió hasta su muerte.

Comenzó escribiendo en lengua rumana, en su país y en Francia, en la que produjo libros, anticipatorios algunos de su marcada actitud pesimista y retadora de las ideologías y las convenciones sociales, como En las cimas de la desesperación (1934), El libro de las quimeras (1936), De lágrimas y de santos (1937), El ocaso del pensamiento (1940) y Breviario de los vencidos. El primero tuvo una gran acogida, pero el tercero provocó un fuerte escándalo, que consolidó su decisión de quedarse en París.

En 1946 renunció a su nacionalidad y se declaró apátrida. En 1947, mientras traducía al rumano a S. Mallarmé, decidió adoptar el francés como lengua de expresión.

Su producción ensayística es inmensa, resuelta en numerosos casos por medio del aforismo y la paradoja, que le proporcionaron la libertad de polemizar sin necesitar de un sistema para hacerlo, fustigar y exponer sus opiniones y análisis. Cada uno de los libros es un ataque furibundo a las ideologías, religiones y filosofías creadas por los seres humanos para justificar su comportamiento.

Su vida y su obra, indisociables, se sitúan en la periferia de lo establecido, al margen de cualquier convencionalismo. Así, renunció al termino "filósofo", adoptando el de "pensador orgánico", según el cual, todo acontecimiento vivido, físico o intelectual, es aprovechado para moldear un cuerpo conceptual. Su estilo escapa del usual rigor formal de los filósofos, adquiriendo maneras más libres y literariamente ricas, poéticas incluso.

Su pesimismo, su indiferencia, su desprecio por cualquier circunstancia de la vida motivó la enorme repercusión que tenían sus escritos en la sociedad francesa, tan ligada, en la época, al espíritu existencialista.

Su obra surge de un impulso interior negativo, fruto de una conciencia del sinsentido de la existencia y de una voluntad de oponerse a éste mediante el ejercicio terapéutico de la escritura. En sus textos, Cioran se muestra convencido de la naturaleza intrínsecamente maligna de la humanidad, y se complace en la recreación de la cara oscura de ésta, para extraer conclusiones en absoluto tranquilizadoras.

Conclusiones

Libro a libro, Cioran fue afirmando su personalidad nihilista y marginal que, sin embargo, fue creciendo en popularidad. Así mismo tuvo paradójicamente el reconocimiento de varias seres que el mismo odiaba, incluso a su propia persona. ¡Y pensar que quiso irse sin hacer ruido! Gente semánticamente creativa que cuestiona, y a la vez da manifiesto de su cuestión, es muy difícil que se retire indiferente.

Pienso que el grado de pesimismo que muestran algunas frases que trascribo a continuación, jamás hubiese sido tan profundo, Cioran no tuve ningún miramiento para hacerlo y hacer cargo se paga un precio mul alto, porque son fácilmente desechables e impracticables.


Frases de Emil Cioran.
“Nada seca tanto la inteligencia como la repugnancia a concebir ideas oscuras.”

“Para los obsesos no existe opción alguna: su obsesión ha elegido ya por ellos.”

“Si alguna vez has estado triste sin motivo, es que lo has estado toda tu vida sin saberlo.”

“Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.”

"Soy uno de esos que, por millones, se arrastran sobre la superficie de la tierra. Uno más solamente. Esa banalidad justifica cualquier conclusión, cualquier conducta: libertinaje, castidad, suicidio, trabajo, crimen, pereza, rebeldía. Cada cual tiene razón en hacer lo que hace."

"Primer deber al levantarse: avergonzarse de uno mismo."

“¿Soy demasiado consciente de la realidad, y los demás viven en un sueño de idiotas del que no quieren despertar (cosa que no les reprocho), o soy yo el estúpido que cree ver demasiado, sin ver nada?.”

“El día después siempre es tranquilo, ya se sabe, la resaca y el cansancio hacen que esté tirado como un muerto en el sillón mirando la tele aunque me importe una mierda lo que estén echando en ella.”

“Lo he intentado, claro que lo he intentado, pero la ¿gracia? del asunto es que he fracasado... Así que aquí sigo, sin saber muy bien qué hacer.“

“Una de las cosas que tengo más claras, es que la sociedad tal como es ahora, no me gusta, vivo en ella porque no me queda otro remedio, y porque al mismo tiempo que la aborrezco, la necesito para subsistir. Pero no me gusta, quizás en lugar de ¿avanzar? tanto en el campo de la tecnología, de la ciencia, del consumismo,... Deberíamos pararnos en seco y mirar atrás, mirar lo que vamos dejando a nuestra espalda, recapacitar y meditar en si realmente estamos siguiendo el camino correcto, o por el contrario, estamos destruyéndolo todo a nuestro paso como Atilas de pacotilla.”

“Mi pesimismo, como le llaman los demás, o lucidez, como le llamo yo, es una pesada carga que tampoco pedí llevar. Es difícil vivir así, y casi merezco una medalla por, a pesar de todo esto, seguir levantándome cada día, ir al trabajo y colaborar en algo que no deseo que siga así, sino aniquilarlo.”

“Si tuviese el poder, destruiría al hombre, limpiaría de la tierra su huella y la dejaría libre para que la naturaleza recupere lo que siempre ha sido suyo. Y quizá, en un futuro lejano, la evolución haría que un nuevo ser inteligente poblara este planeta. Porque no considero que el hombre sea un ser superior, ni inteligente, creo que es un ser peligroso por su gran (casi ilimitada) capacidad de contaminación.“

“Hay quién se pone metas, objetivos, cree en algo: en un dios, en el amor,... pero es difícil creer en algo, sino crees siquiera en ti mismo y en que tiene algún sentido el que cada día te levantes, vayas al trabajo, te conviertas en una especie de máquina durante unas ocho horas y luego vuelta a casa, y así día tras día.”

“Salgo de casa, con ojos dormidos, mi mente todavía atontada, los cascos de mi discman en mis oídos (la música es lo único que soporto a esas horas, y casi es lo único que soportaría a cualquier hora). Me dirijo con paso raudo a la estación de tren, que me llevará a mi y al resto de las abejas obreras a esos campos de concentración mal llamados empresas.”

“Tomo un café, el estimulante que necesito para mantenerme despierto y no caer en el sopor del aburrimiento, y en un sueño que trata de apoderarse de mi ser. Un sueño que realmente seria bienvenido, y mejor aprovechado que estas horas muertas de mi vida que paso aquí encerrado entre estas cuatro paredes mugrientas.”

“Si sigo vivo (cosa que continuamente me planteo) y tal como están las cosas, necesito dinero para comer, pagar una vivienda, ... Y no me pienso convertir en un vagabundo, porque ya es bastante dura y asquerosa la vida como para aún encima tener que depender de la caridad humana.”

“Soy egoísta, dicen, y lo reconozco. Sólo pienso en mí, no hago más que quejarme, sin pensar en que los demás también sufren... Pues si también sufren y quieren acabar con esa agonía, ¿qué coño estamos haciendo?, ¿por qué no nos ponemos de acuerdo y lo cambiamos todo? o mejor, ¿por qué no nos ponemos de acuerdo y nos autoexterminamos todos?.”



Subproductos obsesionados por un estilo de vida





"No eres más que un producto. Un producto de un producto de un producto. Los diseñadores de coches son productos. Tus padres son productos. Tus padres eran productos. Tus maestros, productos. El sacerdote de tu iglesia, otro producto. A veces el mejor modo de manejarse con toda esta mierda es no aferrarse a que uno es algo muy valioso. No puedes huir del mundo y no eres responsable de tu aspecto, de si eres bellí¬sima o más fea que un cardo. No eres responsable de lo que sientes ni de lo que dices ni de cómo actúas ni de lo que haces. Nada de eso está en tus manos. Igual que un CD no es responsable de lo que lleva grabado; así es como somos. Eres casi tan libre de actuar como un ordenador programado. Eres casi tan único como un billete de dólar.

Nada tuyo es completamente tuyo. Todo lo que tienes es heredado. Relájate… lo mismo que estás pensando lo piensan un millón de personas. Lo mismo que haces tú lo hacen ellos, y nadie es responsable. Todo tu ser es un esfuerzo cooperativo. Lo mejor es no oponer resistencia, sino dejarse ir. No te pases la vida intentando arreglar las cosas. Cuando huyes de algo solo consigues que permanezca más tiempo contigo. Cuando luchas contra algo, ese algo se vuelve más fuerte. No hagas lo que quieres. Haz lo que no quieres. Haz lo que te han enseñado a no querer. Es lo contrario de perseguir la felicidad. Haz las cosas que te dan más miedo."

Brandy Alexander en "Monstruos Invisibles", de Chuck Palahniuk

'El caballo de Turín' de Béla Tarr es una hermosa e impecable lección nietzscheana






El 3 de enero de 1889, por la mañana, Friedrich Nietzsche abandona su casa de la calle de Carlo Alberto, en Turín, para dirigirse al centro de la ciudad. En el transcurso de su paseo es testigo de una escena que le hace detenerse: un cochero está maltratando a su caballo que, exhausto, no quiere continuar la marcha. Nietzsche interviene. Rodea el cuello del caballo con sus brazos y rompe a llorar. Sus últimas palabras son: “Madre, soy tonto” (“Mutter ich bin dumm”). Luego viene el derrumbe, una pérdida del habla y de la conciencia que durará diez años, hasta su muerte justo en el cambio de siglo, en 1900. Simultáneamente se inicia uno de los destinos más prodigiosos y contradictorios que haya podido tener el pensamiento de un hombre. En esta década de exilio mental Nietzsche sigue siendo un completo desconocido en los circuitos académicos europeos; sin embargo, lentamente, sus escritos se van filtrando, como agua profunda, en determinados ambientes literarios y artísticos. Strindberg lo presenta como el visionario del inmediato futuro; Munch le pinta un extraordinario retrato a partir de la fotografía del filósofo que le regala un amigo.

Con el nuevo siglo, muerto ya el protagonista, la fortuna de la obra nietzscheana se apodera de Europa. Lo curioso, y elocuente, es que los admiradores proceden de bandos contrapuestos. Las lecciones de Zaratrusta son seguidas con entusiasmo por anarquistas y expresionistas pero también, y al mismo tiempo, por el futurismo de Marinetti o el decadentismo de D’Annunzio. Enseguida se acercan a Nietzsche sus amigos más peligrosos: los fascistas italianos y, del modo más catastrófico, los nacionalsocialistas alemanes. Los devotos del filósofo tienen en común su voluntad de incendiar el mundo para provocar el nacimiento de una humanidad nueva. Más allá de esto las discrepancias son totales: unos abogan por el triunfo de la libertad absoluta; otros ponen el acento en la hegemonía de la raza y del Estado; y no faltan, desde luego, los que apuntan a una salvación a través del arte. La sombra de Nietzsche se proyecta en todos los frentes. Por la misma razón, a partir de 1945, tras la hecatombe, el filósofo se convierte en un proscrito. Durante años su nombre es sospechoso, pero finalmente su obra resurge y, probablemente, no haya otro pensamiento filosófico tan influyente como el suyo cuando termina el turbulento siglo XX. A juzgar por lo que ocurriría con posterioridad, no hay duda de que Nietzsche acertó cuando se proclamó a sí mismo un destino.

Pero ¿qué ocurrió aquella mañana de enero, probablemente gélida, dado el habitual clima de Turín? El abrazo al caballo maltratado, el desplome mental, el retorno al regazo materno. “Madre, soy bobo”: el niño travieso, quien como adulto ha sido el profeta que ha proclamado la inminente hoguera, cierra el círculo tras la fenomenal travesura. Le esperan diez años de silencio radical, pocos si los comparamos con las casi cuatro décadas de locura atravesadas por su admirado Friedrich Hölderlin, al que tantas cosas le unen, incluidos el destierro y la caída. Evidentemente nunca sabremos lo que ocurrió en la cabeza de Nietzsche esta mañana turinesa. Lo más desconcertante del caso es que esa cabeza había logrado trabajar a la máxima presión en los meses anteriores. El año 1888 es uno de los más productivos, si no el que más, en la trayectoria intelectual de Nietzsche. Escribe y publica varios libros, incluida esa obra maestra de la ironía que es Ecce Homo, un texto, cierto, desquiciado y hasta paranoico, pero de una sutileza y un dominio del lenguaje inigualables. ¿Fue el desplome de Turín la consecuencia natural de ese último año, como si la cuerda del arco se hubiera roto tras ser sometida a la máxima tensión? Nunca tendremos una respuesta para esta pregunta.

Hay un monólogo a cargo de un extraño visitante destinado a permanecer como una perla ardiente en la historia del cine

En consecuencia, cabe no buscar una respuesta sino realizar una nueva interrogación. Y esto es lo que ha hecho el director húngaro Béla Tarr en El caballo de Turín (2011), una de las películas más duras, portentosas, arriesgadas y convenientes de lo que llevamos del siglo XXI. Béla Tarr, a diferencia de lo que han —hemos— hecho muchos respecto al tremendo episodio turinés, no se ha preguntado por lo que le pasó a Nietzsche sino por lo que le sucedió al caballo. ¿Qué le sucedió al caballo al que el filósofo abrazó, una vez vuelto a casa, dirigido, como siempre, por su cochero?

La respuesta a esta cuestión aparentemente absurda es una hermosa e impecable lección nietzscheana. No sé si Béla Tarr tenía intención de impartir esta lección, e incluso me parece que ha confesado que no la tenía, pero, a mi entender, en esta película, un director de cine llega más lejos que la mayoría de los pensadores y literatos que lo han intentado: más lejos en el hallazgo de mostrar el finisterre de la vida y de la civilización, el territorio terminal en el que todo se desvanece, el hábitat de aquel hombre-ocaso al que Nietzsche juzgó necesario llegar antes de que la humanidad pudiera plantearse la posibilidad de una aurora.

No obstante, la lección nietzscheana es aun más implacable que el propio Nietzsche: en la película de Béla Tarr no hay ninguna insinuación de aurora. El pozo se seca, la brasa se apaga, la llama del candil no prende e incluso el triste e imponente caballo renuncia a comer. Por todos lados hay una atmósfera de extinción, si exceptuamos el viento, la tormenta de viento que se ha apoderado de la vida y de los corazones. El desconcierto parece absoluto pero, en medio de la extrema austeridad de la historia, hay una explicación para lo que sucede. En el centro de la película hay un monólogo potente y apocalíptico a cargo de un extraño visitante que aparece y desaparece sin dejar rastro, un monólogo destinado a permanecer como una perla ardiente en la historia del cine. Quien encadena cinco minutos de palabras terribles habla como Zaratrusta, y lo que dice también es propio de Zaratrusta: la nobleza ha muerto porque los depredadores se han apoderado de todo, incluidos nuestros sueños.

Obsesionados por lo acontecido a Nietzsche habíamos olvidado la suerte que le había correspondido al caballo. Pero en el abrazo de Turín ambos protagonistas son importantes si queremos saber lo que nos espera.



La verdadera blasfemia

Las conchitas reboltosas





¿Las integrantes de Pussy Riot acusadas de blasfemia y odio religioso? La respuesta es sencilla: la verdadera blasfemia es la acusación estatal misma, exponiendo como un crimen de odio religioso algo que fue claramente un acto de protesta contra la camarilla gobernante. Recuerden la vieja ocurrencia de Brecht en su Opera de los tres centavos: “¿Qué es robar un banco comparado con fundar uno nuevo?”. En 2008, Wall Street nos dio la nueva versión: ¿Qué es el robo de un par de miles de dólares, por el cual uno va preso, comparado con las especulaciones financieras que despojan a decenas de millones de sus casas y sus ahorros, y luego son recompensadas por una ayuda estatal de sublime esplendor? Ahora tenemos otra versión, de Rusia, del poder del Estado: ¿Qué es una modesta provocación obscena de Pussy Riot en una iglesia comparada con la acusación contra Pussy Riot, esta gigantesca provocación obscena del aparato estatal que se burla de toda noción decente de ley y orden?

¿Fue el de Pussy Riot un acto cínico? Hay dos clases de cinismo: el amargo cinismo de los oprimidos, que desenmascara la hipocresía de los que están en el poder, y el cinismo de los opresores mismos, que violan abiertamente sus propios principios proclamados. El de Pussy Riot es un cinismo del primer tipo, mientras que el cinismo de los que están en el poder –¿por qué no llamar Prick Riot, “revuelta de idiotas”, a su autoritaria brutalidad?– pertenece al mucho más ominoso segundo tipo.

En 1905, León Trotsky caracterizó a la Rusia zarista como “una viciosa combinación del látigo asiático y el mercado de valores europeo”. ¿Acaso esta designación no se aplica más y más aún a la Rusia de hoy? ¿No anuncia el ascenso de la nueva fase del capitalismo, capitalismo con valores asiáticos (los cuales, por supuesto, no tienen nada que ver con Asia y tienen todo que ver con las tendencias antidemocráticas del actual capitalismo global)? Si entendemos el cinismo como un implacable pragmatismo del poder que se ríe secretamente de sus propios principios, entonces Pussy Riot son el anticinismo encarnado. Su mensaje es: Las ideas importan. Ellas son artistas conceptuales en el más noble sentido de la palabra: artistas que encarnan una Idea. Esta es la razón por la que usan balaclavas: máscaras de des-individualización, de liberador anonimato. El mensaje de sus balaclavas es que no importa cuál de ellas fue arrestada –no son individuos, son una Idea–. Y ésta es la razón por la que son una amenaza tan grande: es fácil encarcelar a los individuos, ¡pero intenten encarcelar una Idea!

El pánico de los que están en el poder –puesto en evidencia en su reacción brutal y ridículamente excesiva– está entonces totalmente justificado. Cuanto más brutalmente actúen, más importante se volverá el símbolo de Pussy Riot. Ya mismo, el resultado de las opresivas medidas adoptadas contra Pussy Riot es que se ha convertido en una marca conocida literalmente en todo el mundo.

Es el sagrado deber de todos nosotros prevenir que las valientes integrantes de Pussy Riot no sufran en carne propia el precio de haberse convertido en un símbolo global.



Miroslav Tichy: un curioso que dejó de ser raro






El curioso caso del vagabundo fotógrafo. Vagabundo nada errante porque Miroslav Tichý vive la mayor parte de su vida sin salir de un pueblo de Moravia, Kyjov. En los primeros años de posguerra estudia en la Escuela de Bellas Artes de Praga, durante el breve periodo de gobierno democrático, hasta que el nuevo régimen suprime sus queridas y carnales modelos y él decide sustituir la pintura por la fotografía. Como se verá en sus fotos rasgadas adrede, con leal nostalgia. Fiel a su querencia por tomar dibujos y apuntes del natural, se va a buscar esas modelos a los parques y calles de una ciudad de provincias, sin sorpresas. Su vida de ermitaño, armado con cámaras inverosímiles fabricadas por él mismo con retales, su aspecto de mendigo cubierto de harapos, hacen que sus vecinos no puedan creer que toma fotos de verdad. Esa impunidad y su obsesión por el cuerpo de la mujer le hacen el mirón perfecto. Pasa más de treinta años alternando una vida miserable en el cuchitril atiborrado de desperdicios que le servía como laboratorio fotográfico, con temporadas en cárceles y manicomios cuando las autoridades locales necesitan embellecer el paisaje de su ciudad. A fuerza de aislamiento y desprecio olímpico por los caminos trillados del arte, terminará labrándose un destino de fama y artista consagrado a pesar de su voluntad.


Durante años se dedica a “dejar pasar el tiempo”, tirando y revelando miles de fotos, imágenes distorsionadas deliberadamente o borrosas y manchadas por la pobreza de los materiales utilizados. "Las imperfecciones forman parte de cada foto. Son su poesía y lo que le otorga cualidades pictóricas. Para eso necesitas una mala cámara", dice. Una imperfección que busca con perfecta constancia. Los fabricantes de arte terminan por descubrirlo en su guarida y le montan exposiciones en el Pompidou (2008) y, ahora, en el Centro Internacional de Fotografía de Nueva York. Llegan las hagiografías. Esa avalancha sepulta su idealismo: "¿Qué es arte? El arte es sólo una idea", sigue diciendo. Hoy lo han convertido en producto de un arte tan necesitado como siempre de homologar excentricidad, aunque lo califiquen de “arte en su forma más esencial”, queriendo decir precario. Como si la pobreza fuera condición de pureza.



Pero no hay tanto misterio como parece: nunca se entregó al azar; al fin y al cabo no era un mendigo anónimo sin destino. Cuando dice "soy sólo un observador de personas, pero uno muy bueno", reconoce un objetivo perseguido de forma implacable. Sus materiales son las cámaras y carretes de deshecho, junto con sus fantasías volcadas sobre desnudos robados, vecinas en biquini tomando el sol y paisajes pacientes. Su estrategia es automática: "Cuando hago fotos no pienso en nada". Y su dedicación, estoica: "Placer es una palabra que rechazo absolutamente. ¿Cómo podría un escéptico como yo sentir placer? Descarto sentimientos tan efímeros como el placer".



La fama le llega en forma de reconocimiento artístico y con ella su perplejidad, tan llena de desprecio como de atracción: "Si quieres ser famoso tienes que hacer algo y hacerlo peor que cualquier persona del mundo entero", afirma. Él mismo se ríe de la fama, dice no interesarle pero se asombra de haberse convertido en una estrella, dice con una risa mellada. Pero su cara guarda la principal arma para asombrarse, para admirar: un mínimo de inocencia. Tichý es un hombre que saltó de un extremo al opuesto sin cambiar de naturaleza, aunque sí de ropa, en el que lo que menos importa es el producto artístico que termina en éxito. Y sus promotores son una tropa ansiosa por confundir la mirada de Tichý con un mundo borroso y roto, expuesto por tanto a la reparación y venta de esos publicistas.




IDEA DEL NIHILISMO

Nietzsche



¿Es el nihilismo una “idea”? ¿Es una condición cultural? ¿Un estado de ánimo? ¿Un conjunto de fenómenos que emergen y que antes, muy poco antes eran inexistentes? Los jóvenes se drogan, los niños llevan armas a los colegios, los políticos roban -y no sólo los políticos, pero el lugar de la política es significativo puesto que hasta hace no mucho se autoconcebía como el lugar del “sentido, el lugar en el que los hombres encuentran un sentido, individual y común”-. Todos estos fenómenos y otros -en principio completamente heterogéneos entre sí- como destruir el planeta por ganancias, suicidios religiosos masivos, avidez de consumo, materialismo, desinterés por lo que no tiene valor de mercado (por el “espíritu”), adolescentes que se pintan el pelo y se emborrachan en vez de dedicar el tiempo a la lectura y la instrucción, todos estos elementos son, por así decirlo, homogeneizados, puestos en relación, y se pretende que ellos describen la esencia de nuestra condición cultural. Esta trama de fenómenos es lo que pareciera invocar el nombre de “nihilismo”. Concepto que concierne también a una especie de descreimiento y una falta de horizontes. Las creencias no son algo que se tiene sino algo que somos, algo que nos constituye casi biológicamente, que nos son transmitidas como se transmite una información genética y nos inserta en un conjunto de costumbres -en un mundo, en sentido fenomenológico- muy anteriores a nosotros mismos. Ese descreimiento, entonces, lo es de lo que podríamos llamar “valores” que valían en el pasado; la falta de horizonte o de perspectivas, en cambio, remite a una desaparición del futuro: quedaría entonces un presente desarraigado y sin porvenir, que inhibe cualquier iniciativa constructiva y deja el campo libre para la rapiña y la destrucción, propia y de los otros.

Nihilismo es una palabra que, en la representación corriente, oscila entre la apatía y la violencia, entre la indiferencia y el egoísmo, entre el derrotismo y el desenfreno. Apatía por la marcha de las cosas, indiferencia por la suerte de los otros o derrotismo que sume en la pasividad. Nihilismo sería una curiosa mezcla de relativismo e intolerancia.

Pero salgamos por un momento de esta noción -más adelante volveremos de nuevo a ella- e interroguemos la palabra de otro modo. El vocablo “nihilismo” no es tan viejo, más exactamente tiene una pequeña historia de doscientos años. Fue empleado por primera vez en 1799 en una carta de Jacobi a Fichte en la que se califica al idealismo de nihilismo (el idealismo, decía Jacobi, nihiliza, vuelve “nada” todo lo que está más allá de las ideas, esto es, el mundo mismo). En el siglo XIX, la palabra nihilismo tiene una elaboración muy particular en la literatura y en los movimientos sociales de Rusia. El término se aplicó a los jóvenes radicales que repudiaban el cristianismo y consideraban a Rusia como una sociedad atrasada y opresiva a la que había que transformar mediante la revolución (p.ej. Chernishevski). El nihilista de ficción paradigmático es Bazarov, protagonista de Padres e hijos (1862), la novela más importante de Iván Turguéniev. Los conservadores rusos, de orientación eslavófila, consideraban que el nihilismo destruiría cualquier posibilidad de existencia social ordenada y determinada. También los narodniks (populistas), que en la década de 1870 promovieron una importante revuelta campesina, fueron considerados nihilistas. En un ensayo sobre Pushkin, Dostoievski define también al nihilismo como la actitud que reniega del suelo natal, que abjura de la vieja Rusia.

Pero será la acepción que Nietzsche imprime al concepto la que resulta decisiva para la comprensión del proceso que denota. A partir de entonces, el vocablo “nihilismo” no tendrá un estatuto de mero anti-valor, sino que más bien remitirá al derrumbe objetivo, histórico, de todos los conceptos fuertes que en la tradición tenían poder normativo sobre la vida humana y sobre el mundo. La palabra registra en este caso la pérdida de soberanía de lo suprasensible y de todo aquello capaz de establecer un orden, indicar un fin, proporcionar un sentido. Este proceso histórico resulta de un evento que sólo muy lentamente se deja aprehender y al que Nietzsche aludió con la frase “Dios ha muerto”. Esta frase es algo extraña, en un cierto sentido autocontradictoria. ¿Cómo Dios puede morir? Si Nietzsche hubiera dicho “Dios no existe” no habría mayores dificultades puesto que estaría expresando de ese modo, con esa proposición, lo que nosotros llamamos “ateísmo”. Pero la proposición que funciona aquí como esencia del nihilismo no es “Dios no existe” sino “Dios ha muerto” (Nietzsche utiliza también, en otra parte, una metáfora muy pregnante: “el desierto crece”). Hubo un tiempo, parece decirnos aquí el filósofo, hace mucho o poco, no importa, en que Dios existía. Pero ahora ya no existe más, “ha muerto”. Con lo cual más que una tesis teológica de principio (como sería por ejemplo “no hay Dios”), lo que aquí se hace es describir un proceso, un acontecimiento histórico, algo que acaece, algo que nos sucede a nosotros y que por tanto es nuestro problema (también la otra proposición, “el desierto crece”, expresa la idea de un proceso, de un desarrollo, o más bien de una devastación, que se expande). El “Dios” al que alude Nietzsche es sin duda el dios cristiano, pero no únicamente. Es también lo suprasensible, el Fundamento, los ideales, las normas, los principios, los fines, los valores, todo aquello capaz de proporcionar finalidad, orden y sentido. Es el dios de los filósofos, el socialismo, la felicidad del mayor número, la paz perpetua.

El hecho de que la palabra nihilismo sea relativamente nueva y de que indique un proceso nos permite comprender algo respecto de su significado. Proviene, naturalmente de nihil, “nada”. El nihilismo podría ser considerado como una “teoría de la nada”. Pero la nada es un concepto filosófico tan antiguo como la filosofía; se recordará el Poema de Parménides, cuya proposición esencial sienta las bases para el pensamiento posterior: “el ser es y la nada no es”. Sin embargo, los mayores pensadores del nihilismo en nuestro siglo -me refiero a Nietzsche y a Heidegger- hacen un uso anacrónico del término, refiriendo con él la lógica escondida que ha tenido la historia entera de eso que llamamos Occidente. No obstante ser reciente como término, el nihilismo es lo que secretamente habría presidido el despliegue de Occidente desde Platón en adelante. Según esta reflexión, el nihilismo se plantea entonces no sólo como un concepto de crítica de la cultura sino también como una clave hermenéutica de primer orden. Nada tendría que ver con una posición adoptada por alguien libremente, ni con una opinión privada como ser “socialista” o “idealista”, “utilitarista” o “escéptico”. Nihilismo no designa ni para Nietzsche ni para Heidegger una opinión entre otras opiniones, por ejemplo la de alguien que cree que la nada es la esencia de todas las cosas y de la vida. Nihilismo es una “ley”, es la “ley fundamental” de Occidente o también, es la esencia de la metafísica que aparece como tal -que puede ser pensada- en el momento en que ésta llega a su consumación, es decir, cuando ha agotado sus posibilidades esenciales y el ser se desoculta como técnica y como nihilismo. Hay en el pensamiento de Heidegger una conexión estrechísima entre nihilismo y técnica pero esto no quiere decir que la gente se ha vuelto nihilista porque sólo se interesa por los bienes materiales que produce la técnica ni nada por el estilo. La técnica no es principalmente un instrumento con el que nosotros tenemos dominio sobre la naturaleza -es evidente que también es esto, pero no es lo que importa aquí-; pensada en su esencia, la técnica es una manera en que las cosas aparecen, un modo de desocultamiento que lleva al extremo lo que Heidegger llama el “olvido del ser”, y, paradójicamente, la omnipotencia, la vigencia hasta el paroxismo, del Principio de Fundamento, del Principio de Razón Suficiente. En este desocultamiento técnico sólo cuentan los entes y “del ser como tal ya no queda nada”.

Pero en este planteo se advierte claramente una paradoja. Si la técnica es la vigencia extrema del Fundamento y de la Razón Suficiente -si la técnica puede dar cuenta de todo lo que es y de cómo es en virtud de su causa-, ¿por qué entonces Heidegger la asocia con el nihilismo, que en principio es la experiencia de la falta de Fundamento de todas las cosas, de la sinrazón y del sin sentido? En el mundo de la desocultación técnica no hay lugar para la nada, es el mundo del dominio sobre las cosas existentes y de la infinita producción de las no existentes. ¿En qué sentido entonces se opera esta equivalencia entre nihilismo y técnica?

El punto más delicado y más importante del pensamiento heideggeriano se juega aquí y es lo que él llama la “diferencia ontológica”, es decir la diferencia entre el ser y el ente. El olvido de esta diferencia es lo que define a la metafísica -para la cual, podrá decirse, la palabra esencial es la palabra “ser” y Heidegger sin embargo quiere hacernos creer que en cambio lo decisivo en ella es el “olvido del ser”. ¿Cómo puede Heidegger decir semejante cosa siendo que la palabra ser es la principal de la lengua-metafísica, la más recordada e invocada?

Heidegger está diciendo algo relativamente simple. La metafísica (es decir la filosofía occidental en su conjunto, incluidas las posiciones que han querido abjurar de ella como el positivismo, el marxismo, la filosofía analítica, etc., que no son sino variedades suyas; incluso el pensamiento nietzscheano es para Heidegger metafísico y nihilista él mismo, y Nietzsche es considerado por Heidegger -esta es la tesis fuerte de su interpretación- como el “último metafísico”), la metafísica, entonces, aunque ha usado todo el tiempo la palabra ser nunca ha pensado al ser sino que se ha referido a un ente: dicho más brevemente, ha tratado al ser como si fuera una cosa (de igual manera que la teología ha tratado siempre a Dios como si fuera un ente -aunque sea como ente supremo, esto es aquí irrelevante- y como un valor); la metafísica ha olvidado la “diferencia que hay entre el ser y los entes”. Y ahora nos acercamos al punto central de la paradoja.

Si el ser no es una cosa, si no es “algo”, ¿qué es? Heidegger va a decir algo sorprendente: la pregunta “¿qué es?” -la vieja pregunta por la esencia, por la quidditas, puede ser sólo remitida a las cosas, podemos sólo de una cosa preguntar ¿qué es?, pero es del todo inapropiada para preguntar por el ser. En el preciso momento en que preguntamos qué es el ser lo estamos tratando ya como un ente. No podemos preguntar qué es el ser sencillamente porque el ser no es -sólo las cosas son-. Pero si sólo las cosas son y el ser no es una cosa, la única alternativa que nos queda, en buena lógica, es que el ser sea nada. Y en efecto es así, pero cuidado. Yo puedo por ejemplo mirar debajo de la mesa para ver si encuentro un lápiz que se me perdió y “no encontrar nada” (en español esa doble negación es desconcertante, en todo caso no tiene el estatuto de una doble negación matemática y decir “no encuentro nada” equivale a decir “encuentro nada” -en vez del lápiz). Pero lo importante aquí es que la nada a la que refiere Heidegger nada tiene que ver con ésta: no es la negación ni lo nulo. Podríamos decir: el ser “es” nada (ya la frase es equívoca porque habíamos dicho que el ser no es), pero no una mera nada, no algo nulo. Que el ser es lo mismo que la nada equivale aquí a decir que es diferente de lo que es algo, o bien, como él dice, que es “la nada del ente”.

Ahora bien, si el ser “es” nada, el olvido del ser es el olvido de la nada (vale decir: el olvido de que esto no es todo, de que la dimensión óntica o éntica, la dimensión de las cosas, no es la única). Si acompañamos a Heidegger aún otro paso más, llegamos al punto decisivo: la técnica y el nihilismo tienen su raíz más honda en el olvido del ser, esto es, en el olvido de la nada. El nihilismo es el olvido de la nada. Pero nihilismo, como su nombre lo indica, pareciera ser lo contrario, justamente una absolutización de la nada: contra los valores, contra el sentido, contra el Fundamento y, sobre todo, contra Dios. Esta idea es precisamente la que Heidegger deconstruye afirmando que nihilismo es el olvido de la pregunta por la nada. El nihilismo se aloja en los valores, el fundamento, el sentido y en Dios -en el sumo ente. La técnica es la consumación, es decir la forma extrema, de este olvido, la técnica es onto-teo-lógica: es la forma desplegada de la ontología y de la teología. Y el hombre, considerado como sujeto, se concibe a sí mismo como amo y señor del ente y, asimismo, como una cosa, como “recurso humano”.

La filosofía de Heidegger no significa ni más ni menos que un paso hacia la pregunta por la nada; la deconstrucción de la metafísica para hacer nuevamente posible la pregunta. El último Heidegger va a referirse al hombre no entonces como un sujeto, ni como el más importante de todos los entes -después de Dios-, sino como Der Platzhalter des Nichts, el que conserva el lugar de la nada, el que cuida el lugar de la nada, el que no se olvida de ella. El que pregunta porqué hay cosas y no más bien nada, el que es capaz de mantener una sensibilidad para esta pregunta fundamental, que, a mi modo de ver, tiene también una dimensión “práctico-política”. La experiencia de la nada es lo que abre la responsabilidad del hombre respecto del mundo -responsabilidad de la que se ve despojado en toda “filosofía de la necesidad” (entendemos por “filosofía de la necesidad” aquella que se articula según el principio de razón suficiente y, básicamente, piensa al ser en orden a un Fundamento que hace que lo que es sea y que sea como es y no de otra forma). La experiencia de la nada significa la salvaguardia, la custodia y la memoria de lo que el mundo inmediatamente no es; una radical ruptura con todo positivismo. La responsabilidad del hombre es no tanto salvaguardar al ente, a lo positivo de lo que se ocupa la ciencia, sino la custodia de lo-otro-del-ente, que a su vez significa la custodia de la posibilidad de que el ente pueda darse de otro modo, de que las cosas sean distintas de como son. Una filosofía de la libertad que enseñe el carácter eventual de las cosas que son, desreifica asimismo los eventos sociales y políticos mostrando que no son ni naturales, ni universales, ni necesarios. Para que esto sea posible el hombre debe “mantenerse en la nada”; sólo así tienen sentido los conceptos de “libertad” y “responsabilidad”. En cuanto conserva el lugar de la nada, en cuanto Platzhalter des Nichts el hombre es custodio de la libertad.

En esto radica la crítica heideggeriana del humanismo, que nada tiene que ver con una filosofía deshumanizante en el sentido que se le da vulgarmente al término. El humanismo, también él, sobre todo él, es un nihilismo.

De manera que toda actitud que reaccione frente al nihilismo en nombre de valores, ideales, principios o purezas perdidas de cualquier género que sea, no sólo está destinada a ser una variedad del nihilismo frente al que reacciona, sino que además no ha comprendido el problema en su radicalidad, esto es, que el nihilismo no es sino la forma última y necesaria de esos valores principios e ideales. Nada más alejado de la filosofía de Heidegger que un conservadurismo de este tipo.

Existe un conjunto de términos similares o muy próximos al nihilismo con lo que sin embargo no debemos confundirlo: pesimismo, escepticismo, decadencia, desencanto, etc. El pesimismo ha sido -y es- una actitud filosófica, que tiene su mayor expresión en el pensamiento de Schopenhauer. Cuando emerge la convicción de que todo se ha desbarrancado hacia el mal y lo vano y de que este mundo, por lo tanto, es el peor de los mundos, un pessimum, entonces aparece la actitud que llamamos “pesimista”, la creencia de que la vida no vale la pena de ser vivida ni afirmada y de que toda voluntad es absurda. Es esta la posición de Schopenhauer respecto del mundo. Se habla también, por ejemplo, de un “pesimismo antropológico” en Hobbes, para quien el hombre es un animal sórdido, por no decir siniestro, que busca satisfacer sus apetitos tomando a los otros como medios, que se relaciona con ellos en la medida en que puede obtener algún provecho, en suma, es un “lobo” para sus semejantes -esta antropología en realidad no dejó nunca de acompañar a la modernidad como su línea de sombra, pensemos antes en Maquiavelo, y después en Sade, Nietzsche o Freud. No debemos confundir el nihilismo filosófico con esta perspectiva. Tampoco con el concepto de “decadencia”. El nihilismo puede muy bien ser manifestado por fenómenos de fuerza, por convicciones profundas y por “claridades” ideológicas de todo tipo. Por consiguiente, no debemos necesariamente considerarlo como algo que tiene la forma de un crepúsculo ni como una especie de senilidad cultural, sino que puede presentarse como algo que avanza con un gran poder de afirmación y capacidad productiva. Quiero decir que puede constituirse más como un desencadenamiento de fuerzas que como un retroceso de ellas.

A su vez, la fuerza desencadenada no implica ni anarquía ni caos ni destrucción; puede antes bien tener la forma de un orden absoluto y darse como un proceso productivo a gran escala. Nihilismo tampoco significa preponderancia de las pasiones, sino que el mundo de la racionalidad instrumental puede ser su “forma al fin hallada” -lo que no implica que el nacionalista, el fanático religioso o el revolucionario estén a salvo de él por el simple hecho de reivindicar una convicción, no obstante el vacío que se expande en todas direcciones y como reacción frente a ese vacío.

Ni una “apología del nihilismo” -tal como interpreta Vattimo, ni un rechazo reaccionario de nuestra época, según diversas lecturas conservadoras de la obra heideggeriana, es lo que corresponde a la experiencia de Heidegger, que es ante todo una experiencia de pensamiento y una aguda atención -en el doble sentido del término- por el mundo; una experiencia que nos ha legado menos una interpretación de las cosas que una enseñanza respecto a cómo preguntar. Un gusto por la interrogación que desestabiliza cualquier “pensamiento único” y eventualiza lo que la ideología muestra como universal y necesario; un ejercicio de la pregunta concebida casi como máquina de guerra, como herramienta de desinstalación de lo dado, como resistencia a la reificación de los conceptos, de las cosas, de las acciones.

Es por esto que, en sentido estricto, no es posible ser heideggeriano; es por esto que sigue siendo razonable y necesario “trabajar en Heidegger”.


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