El cuervo maldito
El avechucho posaba en un árbol sin hojas, a la espera de dar un golpe fatal.
VIDA
Édgar Allan Poe nació el 19 de enero de 1809, en Boston, Massachusetts.
Al quedar huérfano, vivió con los Allan, una familia acomodada de Richmond. Entre 1815 y 1820 se trasladaron a Inglaterra.
De regreso a EE. UU., estudió en la Universidad de Virginia, de la cual fue expulsado.
Se enlistó en el Ejército a finales de la década de 1820. Consiguió un cargo en la Academia Militar de West Point, de donde también fue destituido.
Ejerció el periodismo en varios medios de comunicación. Murió el 7 de octubre de 1849 en Baltimore, Maryland.
OBRA
Su primer libro fue Tamerline and Other Poems (1827). El segundo poemario lo publicó en 1829, con el nombre Al Aaraf. El tercero fue Poemas (1831).
Uno de sus más célebres poemas es The Raven (El cuervo, 1845). Otros son Alalume (1831), The Bells (Las campanas) y Annabel Lee. Estos dos últimos de 1849.
Escribió alrededor de 60 cuentos, entre ellos Los crímenes de la Calle Morgue (1841), La máscara de la muerte roja (1842), El gato negro (1843) y El escarabajo de oro (1843). Su única novela es The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket (Las aventuras de Arthur Gordon Pym de Nantucket, 1838).
EL CUERVO (1845)
(Extracto)
Una hosca medianoche, cuando en tristes reflexiones
sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones
inclinaba somnoliento la cabeza, de repente a mi puerta oí llamar,
como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta mano tímida a tocar.
“Es —me dije— una visita que llamando está a mi puerta, ¡eso es todo, y nada más!”.
(...) La ventana abrí, con rítmico aleteo y garbo extraño,
entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.
(...)¡Quita el pico de mi pecho! ¡De mi umbral tu forma aleja!
Dijo el cuervo: ¡“Nunca más!”.
(...) Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura
sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura...
y sus ojos son los ojos de un demonio que,
durmiendo, las visiones ve del mal
y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja
trunca su ancha forma funeral
y mi alma de esa sombra que en el suelo
flota... nunca se alzará... ¡nunca jamás!
Por Roberto Villalobos Viato
*El siguiente relato de ficción, escrito por el autor de esta nota, combina la biografía de Édgar Allan Poe y su más célebre poema, The Raven (El cuervo), publicado hace 168 años.
Capítulo I
Espesa era la neblina de aquella noche hosca. Una hórrida sensación rondaba en el ambiente bostoniano. Del interior de una rústica casa, situada en una lúgubre y abandonada calle, se escuchaba el chillido de un recién nacido. Era un 19 de enero de 1809, lo recuerdo muy bien. A aquel niño sibilino —me contaron— lo llamarían Édgar Poe.
Capítulo II
Un cuervo ominoso se posó sobre la rama de un árbol sin hojas. La madre de Édgar lo vio por la ventana. Atrás de ella apareció la sombra de la muerte. Ella, trémula, volvió la vista. La pavura hizo que soltara el fanal que sostenía entre sus manos. Se quebró. El cuervo soltó un terrible graznido. La muerte se acercó a la mujer y le tocó el hombro derecho. Ella cayó al suelo, sin vida.
Capítulo III
La muerte acecha. Nos guiña. Nos espanta. El pequeño Édgar lo supo muy temprano: perdió a su madre a los dos años de edad. Casi no le dio tiempo a conocerla. Ni de despedirse. ¡Cómo hubiera querido trocar su vida por salvar la de ella!
“Ni el melodioso canto de los ángeles suena tan bello como la voz de la propia madre”. ¡Desdichado Édgar! “La vida se acaba con la muerte de la madre”. Édgar murió solo siendo un niño. Para su infortunio, su padre falleció poco tiempo después. ¡Infausto huérfano! Desde entonces, deambuló en este mundo. Era un fantasma torvo.
Capítulo IV
El niño terminó viviendo con una familia acomodada. En 1815 se trasladaron a la lúgubre pero próspera Inglaterra que vivía su Revolución Industrial. Creció. Lo educaron bien. Cinco años después regresó a EE. UU. Parecía como si la muerte no lo acechara. Pero nunca se dio cuenta de que, de alguna forma, aún en el más ignoto sitio, el cuervo lo seguía. Ese mismo que, con un graznido, ordenó la muerte de su madre.
¡Maldito avechucho!
Para escapar de la pesadilla de su niñez, en su adolescencia empezó a escribir. Lo hacía bien. Natural. Pero la mayor parte de sus textos eran oscuros, tristes, siniestros.
Capítulo V
La mente de Allan Poe era embestida por pensamientos macabros. “Tu alma, con sus sombríos pensamientos, / se hallará sola en la siniestra tumba. / Nadie querrá saber lo que en secreto / tu corazón y tu conciencia ocultan”, escribió, acompañado de una tenue vela y una botella de alcohol. Ahí pasaba sentado, a veces gemebundo, con emesis en el piso. Era un loco de mente lúcida. Un borracho que escribía. Un miserable que plasmaba las más envenenadas y afligidas prosas y poesías que el ser humano podía imaginar. Con una pluma en su mano, sus ojos parecían encenderse, mientras se abrasaban su pecho y su alma.
Capítulo VI
El cuervo seguía vigilante, paciente, posado sobre la rama de otro árbol deshojado, igual a aquel desde donde, con un graznido, ordenó privar de vida a aquella angelical mujer, madre de Allan Poe.
El escritor, mientras tanto, se hundía en su guarida. Vivía borracho y fumando opio. La congoja por su madre lo desquiciaba. En su cabeza no dejaba de escuchar ayes, quejidos, lamentaciones, a la vez que le cruzaban violentas y sangrientas imágenes. Poco a poco perdía la razón. Solo quería beber el nepente que le permitiera acallar su vida arcana. La desesperación se apoderó de su ser.
El cuervo, de repente, echó a volar, pero no lejos de ahí.
Capítulo VII
Tocaron a la puerta. “Es, sin duda, un visitante”, pensó. Abrió. No había nadie. “¡Eso es todo, y nada más!”, se consoló. Pero su corazón latía con rapidez. Se estremeció y se embozó detrás de un sillón. Por la ventana escuchó un fuerte soplo que pronunció, como en ritornelo, lo que jamás imaginó: “Eliza”.
“¡Madre mía, regresaste!”. Corrió hacia la ventana y abrió. El garbo cuervo aprovechó para entrar. Allan Poe demandó: “Dime, ¿cuál tu nombre en el reino plutoniano de la noche?”. Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”
Capítulo VIII
El negro pájaro se posó sobre el busto que ornamentaba el cabezal de la puerta. Quedó Allan Poe mirándolo. “¿Dónde está Eliza, mi madre? ¡Devuélvemela!”, exclamó. Repitió el cuervo: “¡Nunca más!”.
El escritor se paralizó. Atrás de él apareció una maligna sombra. El ave graznó. La muerte tocó su hombro derecho, tal como a su madre. La botella de alcohol rodó sobre el escritorio y se quebró en el piso. Era un 7 de octubre de 1849. Allan Poe, tal como predijo el cuervo maldito, nunca, jamás, volvió a ver a Eliza, su madre.