Fraudes y decepciones de la infancia
Todos (casi todos, en realidad) hemos tenido una infancia. Y en ella, en general, hemos vivido cosas que se guardan en la caja de las cosas que hicieron que valiera la pena nacer (caja en la también están los relatos del Negro Fontanarrosa y la boca de Michelle Pfeiffer).
Pero en aquel territorio de los cero a diez o doce años, también hubo fraudes, engaños y decepciones, pequeños pero monumentales, valga el berreta juego de palabras. For example:
Los juguetes de la revista Anteojito.
Imaginate lo que habrá sido el fabuloso juego espacial.
"Esta semana, Anteojito te regala un espectacular robot ¡que mueve los brazos y bucea!", decía la voz del locutor en la publicidad de la tele. Ahí veías el robot: una cosa fabulosa, impresionante, sobrenatural, que ocupaba las 20 pulgadas del televisor en blanco y negro. Paso siguiente, pedirle a tu vieja que te comprara la revista esa semana, y poner cara de enfermo terminal de peste bubónica cuando te decía que no. Resultado: te la compraban.
Tu vieja o tu viejo, entonces, llegaban a la casa desde el laburo con la Anteojito. Era la una de la tarde. Vos desde las 9 de la mañana mirabas a la puerta, esperando que llegara la revista. Al fin los pasos, al fin la llave girando del otro lado, al fin esa mano extendiéndote el objeto más deseado del universo.
Tus ojos pedían, como en aquel relato de Galeano, que alguien los ayudara a mirar. La emoción era tanta que ni podías hacer foco en algo concreto. Hasta que sí, ubicabas sobre la tapa, en un ángulo, una bolsita del tamaño de una escupida. Y adentro, el robot, el robot de mierda, el robotito porong@ que tenía la misma altura que tu dedo pulgar. Movía los brazos, sí, pero eso no salvaba su repugnante ridiculez, tu sensación de estar en el mismísimo acto de graduación de tu carrera de pelotud*.
Luego venía el bonus track: para que "buceara", la revista indicaba preparar una mezcla de agua, alcohol, sal, bicarbonato, gotas de plasticola, aceite de maíz y vino blanco. Después había que calentar todo a 72,4 grados. Tu vieja te ayudaba, puteando por todo el procedimiento científico forzoso. Y al final, claro, el robot maricón ignoraba sus instrucciones y se hundía más rápido que una bola de acero.
Papá Noel y los Reyes:
Sí, sí, ya sé, fue lindo mientras duró, quién te quita la magia que viviste, bla, bla, bla. ¡Pero no se puede ser tan turro de hacerte creer que hay un gordo buenazo que llega arrastrado por chivos gays (los venados) y trae regalos para todos! El momento de descubrirlo es uno de los más horribles de la vida humana. Peor todavía si te lo cuenta el pendejo más forro de tu grado. Y directamente catastrófico si al intentar espiar en la medianoche del 24 viste a tu viejo, cual delincuente, yendo con los paquetes a escondidas mientras tus tíos eructaban la sidra y el pan dulce.
Pero encima, la tragedia arrastraba muchas cosas más. Por ejemplo, empezabas a revisar los ejercicios anuales papanoelescos anteriores, y te dabas cuenta de que las veces que te cagaron el regalo soñado (un auto de plástico soretoso en vez del tren eléctrico) no era que "te habías portado mal", sino que los muy guachos no se habían roto suficientemente el ort* como para comprarte lo que vos pedías en las cartitas ¡¿que para qué carajo te hacían escribir?!
Y hay más: las muertes súbitas de Papa Noel, de Melchor, de Gaspar, del grone Baltasar, llevaban consigo la ilusión de que todo era posible. Y de golpe aprendías que los regalos no salían de la nada, que era todo una cuestión de guita, y que por eso el gordito insoportable de la casa de dos pisos siempre recibía mejores premios navideños que vos, que hasta ayudabas a baldear la vereda. Y ni hablar de lo pelotud* que se puede sentir un ser cuando mira hacia atrás y se encuentra con él mismo ¡cortando pastito para los camellos de los Reyes!
Por si no bastara, hoy no hay desquite posible. A tus pibes les importa un carajo que exista o no exista Papá Noel. Es más, ni siquiera les importa que existas vos. Ellos quieren la Play, y punto. El único que se angustia en esa fecha sos vos.
Los sea monkeys.
Como siempre se dijo, los sea monkeys fueron uno de los fraudes más devastadores de la historia de la humanidad. Los menores de 35 no saben de qué se trató aquello. Ja, los quiero ver superando eso, como lo superamos nosotros, y así y todo estamos acá, llenos de pastillas y úlceras, pero peleándola.
Lo que pasó, jóvenes, fue que unos turros profesionales anunciaron por todos lados que comenzaba a venderse un polvito ensobrado que si lo tirabas adentro de un recipiente grande con agua (una pecera era lo más recomendable, un inodoro lo menos), a partir de allí se comenzaría a desarrollar una comunidad de "monos marinos" (o subacuáticos) en la que, prestando atención y afinando la vista, observarías diminutos seres jugando, bailando, haciendo pogo o armando el cubo mágico. Tengo amigos que todavía están, mugrientos y con barbas de hasta siete metros de largo, mirando fijamente el agua apenas turbia de sus peceras.
Las celebraciones escolares "a la canasta".
Se hacían en el aula, por alguna fecha especial, por ejemplo, la jornada previa al Día del Estudiante. La maestra instruía a llevar "cada uno alguna cosita para comer", y el conjunto luego se socializaba. Todo era para todos. Los padres, un poco asustados por la microexperiencia comunista, callaban sus temores y consentían. Las madres lo veían con alivio. Ese día no nos cocinaban. "Total, vas a comer de lo lindo hoy en la escuela, con tantas cosas ricas que va a haber", decían.
Al llegar al cole, y tras cantar la marcha de turno, entrábamos al aula y ahí cada uno sacaba lo suyo. De 40 pibes, sólo dos llevaban algo que no fuera galletitas y picadillo. Los demás, todos con el paquete de Criollitas y las dos latitas de Swift.
Lo peor era para el nabo que había llevado una pizza especial y la chupamedias que cayó con una docena de empanadas de carne. Era lo primero que morfábamos. Ellos, maldiciendo al socialismo, comían con asco nuestras galletitas. Arriba los de abajo.
Los circos.
No recuerdo uno solo que no haya sido una frustración. A veces lo eran por la prometida presencia de personajes top del momento. Recuerdo, por caso, la llegada de un circo "con la Pantera Rosa", que en realidad ya era gris por la mugre que cargaba el disfraz de mierda, en cuya confección habían puesto menos onda que en la decoración de una comisaría.
Y ni hablar del "extraordinario show de los leones asesinos intentando vencer a "John, el domador temerario", donde a los pobres animales les tenían que poner petardos en el culo para que por lo menos despegaran la busarda del suelo y al menos bostezaran de pie.
Es así nomás, hermanos: fue lindo aquel tiempo, ¡pero cómo nos cagaban, que lo parió!
Saludos!!