Les entrego aquí otro monólogo por mi creado.
Mi intención, como siempre, es que vivan un instante agradable. Esos instantes que uno necesita, para reorganizar fuerzas y enfrentar el resto del día con una sonrisa en los labios.
Sonreir es sano. Y mucho.
Espero, sea de su agrado.
Ultra Retardado
Noche intensa. Veía una luz. Pronto, esa luz se duplicó. Veía entonces dos luces. Dos luces en la ruta. Aproximándose y rápidamente. Pensé y, empleando mi propia lógica, decidí cómo proceder. Me arrojé al centro. Y convencido de que, en breve, las dos motocicletas me surcarían a ambos lados, aguardé.
¡Qué pelotudo!
No. Si para ese título no se practica. Ante el menor asomo de incompetencia uno es merecedor del mismo. Yo, y puedo dar fe de ello, soy becado, catedrático y diplomado en la materia. Es como pisar la misma mierda de perro cada día sabiendo uno que, esa misma mierda, estuvo allí el día anterior. Mierda de perro, perro de mierda. Vida de mierda. Postrado, en esta cama incómoda, en esta habitación deplorable y sin aire acondicionado. ¡Por Dios! Es la última vez que me detengo a mitad de una ruta a saltar la soga, como un venerable idiota.
No. Si yo tendría que volver a nacer. Mujer tendría que ser en la próxima vida. ¡Mujer! Y no renegaría tanto, ¡qué joder! Ni siquiera una revista de crucigramas. Nada. Ni una mísera lapicera para, aunque sea, escribirme uno de los tantos yesos que traigo puestos. Nada. Cero. Cero recreación. Hace dos días que la única cara que veo es la de la enfermera y no es tan bonita como me habían dicho. Cuando me asocié a la obra social me prometieron una enfermera limpia y atlética. En cambio, ésta, es sucia y panzona. Le cuelgan los mocos como dos racimos de uvas por demás maduras. Ah… Pobre de mí. Inocente criatura. ¿Inocente? ¿Qué estoy diciendo? Imbécil. Ultra retardado y eficazmente comprobado. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer con mi vida de aquí en más? Bueno. Convengamos que, hasta el momento, mucho no hice. Fueron pocas las avellanas que recolectó la ardillita, eh. Fueron pocas. Y se acerca el invierno. Me pregunto, ¿qué va a hacer la indefensa ardillita con tan pocas avellanas? Se caga. Por tonta. Por tonto ahora me cago. Me jodo. Perdí todo. No tengo nada. Nada de nada, ni en cien nadas a la redonda. Nada. Es así. Me tocó así. ¿Qué puedo decir? ¿Qué puedo hacer? Elevar los ojos al cielo y encomendarme a Dios. Dios, ¿estás ahí? Seguí nomás vos, eh. Seguí ensañándote con tu ciervo. Dale, dale que va. Otra vuelta, que yo invito. Pero pensá que, alguna vez, vas a tener que aflojar la cuerda, esconder el látigo y darme entonces un respiro. Porque yo así no puedo más.
No. Si a mí me orinó un elefante macho, con la vejiga del tamaño de un Fiat 600. Es increíble. De no creer esto. De no creer. Y me duele todo, cada milímetro de mi cuerpo. Todo el cuerpo me duele. Y me duele gracias a ese camión que yo supuse eran dos motocicletas. Gracias a ese camión, a ese camionero, a ese hombre que conducía a velocidades supersónicas en plena noche… A ese cuervo de la tempestad… ¡Ignorante! ¡Hay que ser ignorante! Que yo lo agarre nomás… Dejá que lo agarre. Dejá que me componga y lo agarre. Dejá que en un mes me componga y lo agarre… En dos meses… A lo sumo tres. Cuatro, quizás… No lo voy a agarrar ni mierda. La que los parió.
No. Si es así. Cuando te toca, te toca y te toca. Una vez que te tocó ya está. Pasó. Pero a mí me toca, me vuelve a tocar y me toca una vez más. Y sigo invicto. Por goleada. Yo, no sé sinceramente cómo irá a sonar esto pero, a la próxima persona que venga a visitarme, y que no se trate de la enfermera por supuesto, le voy a pedir a esa persona que me saque una foto. Una foto. Yo digo “Whisky” y ahí está la foto. Digo “Whisky” y foto, foto, foto. Yo me quiero ver. Quiero verme, quiero observarme, contemplarme y vislumbrarme. Quiero mirar esa fotografía para recordarme, para recordar de aquí a veinte años, cómo estaba yo ahora. Quiero recordar. De aquí a veinte años voy a encontrar una mañana esa fotografía y diré: “Ah… Cómo desperdicié tiempo yo en mi vida.” Mis hijos, de aquí a veinte años, van a encontrar esa fotografía e ingenuos dirán: “Nuestro padre se ha sacrificado por nosotros. Debemos honrarlo.” Y finalmente mis nietos descubrirán esa misma fotografía de aquí a veinte años y dirán: “Pero qué pelotudo el abuelo.” Crecen lentamente, pero razonan a doscientos kilómetros por hora. Ay, ay, ay. Necesito esa foto. Necesito mi foto y por esa razón me dispondré a esperar. Alguien tiene que aparecer, y que no se trate de la enfermera por supuesto. Alguien. Quien sea. Algún amigo. Y… Son pocos. Algún familiar. No. Ellos ahora desaparecen. Ni siquiera me conocen. Soy una vergüenza para ellos. No. Ellos no. Alguien, por favor. Un vagabundo, el lechero, el carnicero… No. A todos esos les debo. Y si aparecen, lo que menos van a querer hacer es sacarme una foto. No, no, no. Necesito esa foto y como sea. Creo que tendré que resignarme.
¡Enfermera!
Un desafío se aproxima...
Preparen sus ideas.
Saludos.
Posts De Mi Autoría:
Compilado Único De Soundtracks
Simple Reflexión
Leélo Y Sonreí, Una Vez Más
Leélo Y Sonreí