Me agrada pintar. Aquello me tranquiliza.
No hay nada más placentero que situarme delante de una silla, tomar mi pincel y mirar con ojos atónitos al lienzo por largas horas, dejando volar a mis alocados pensamientos. Fantaseando, realizando sus más ominosos deseos.
Hay veces que la baba sale de mis comisuras; del corte delantero de mi labio inferior y se desliza con sensualidad por mi cuerpo.
No me importa aquello.
Estoy absorto en mis pensamientos.
Miro hacia mi musa silenciosa y me detengo en seco; son mis ideas quienes tienen que trabajar, no yo. Mi maquinaria debe permanecer en estado de reposo.
Extiend mi brazo izquierdo dirigiendo la mano a la paleta de pintura. Rojo carmesí impregnando el entorno.
Y no es de elaboración sintética.
Comienzo mi labor.
La desgraciada patelea mientras realizo profundos cortes en sus muslos. Debo obtener la pintura para mis pinceles.
Llevo mi mano derecha con el instrumento al sector oculto de su entrepierna.
Le pinto la cachu.
Porque yo soy, Lexo.
