Hola! Y a todos! Empezar confesando que éste es mi primer post me resulta incómodo, de modo que empezaré confesando que éste no será el último. Decidí, en esta ocasión, compartir con ustedes un texto de mi autoría. Soy escritor amateur. O sea que escribo cuando se presenta una idea y, por sobre todo, cuando se presenta también la voluntad de escribir. Por lo general, mis escritos son irónicos y con un gran toque de humor. Espero sea de su agrado. El Incentivo Equivocado. Raúl no lograba conciliar el sueño; lograba dormir, sí, durante ocho horas corridas, pero no soñaba y estaba angustiado. No soñaba, hacía al menos tres semanas que no soñaba, tres y alguna que otra noche más, no lo sabía con certeza; pero no soñaba, pensaba que había perdido el hábito de soñar, pero entendía que eso era imposible: soñar no es un hábito, ni tampoco una costumbre. Es una ilusión que la mente nos presenta, una ilusión que nos muestra y que, de acuerdo a su consistencia, nos ayuda a descansar o nos perjudica el sueño y nos despierta de malhumor. Raúl estaba dispuesto a lo que sea por soñar nuevamente y lo haría, de eso estaba convencido. Como primera instancia necesitaba un incentivo; los sueños se suceden de acuerdo a la actividad que cada uno realiza en el día, de las emociones que se viven, del modo en el que cada uno se desenvuelve en la vida; de eso dependen los sueños que cada uno de nosotros sueña, básicamente de eso: el ritmo de nuestra vida. Y Raúl estaba en dificultades, estaba solo. Su familia vivía en Europa y él la veía una vez cada cuatro años, cuando reunía los fondos para así viajar. Estaba solo, vivía solo en un barrio de clase media, rodeado de gente escandalosa y estrafalariamente vestida, excepto los de al lado, los de su derecha, los Caimanes. Nadie en el barrio entablaba relación con los Caimanes y a la vez nadie sabía por qué eso sucedía. La familia Caimanes estaba conformada por tres integrantes: el señor Caimanes, un distinguido licenciado; su cuñada viuda y la hija, un primor de mujerzuela que Raúl solo había visto en dos ocasiones, cuando apenas se mudaban al bajar ella del coche y en noche buena, detrás de la verja apreciando los fuegos de artificio. Ni siquiera su nombre conocía, pero le adivinaba la edad; sospechaba que rondaba los treinta y cinco, y ahí acababan sus conocimientos. Pero Raúl necesitaba un incentivo y lo conseguiría, sin importar el costo. Necesitaba sentir en su pecho la adrenalina que creía recordar, esa sensación aventurera que toma el control de nuestras emociones. Necesitaba eso y tenía una idea. Revolvió el cajón de la alacena y halló una vieja revista de pesca; la enrolló, formando un tubo y la encintó, para que luego no se desdoblara. Salió al patio de su casa, con el precario tubo en la mano y se subió a la palmera, que se ubicaba junto al tapial que dividía su terreno del de los Caimanes. A nueve metros de altura, cuando logró trabar los pies entre las hojas espesas, se colocó el tubo en el ojo derecho y lo empleó como un catalejo. Bien, estaba allá arriba, en la punta de la palmera con un catalejo de papel y observaba con sumo interés el jardín de los Caimanes, esos vecinos tan agrios como el limón. Y lo hacía todo para obtener un incentivo y así, por la noche, volver a soñar plácidamente. Ya era suficiente, ya había visto suficiente; un bello jardín, piscina de mármol y una pequeña huerta al fondo. Ya había visto suficiente, ¿por qué no se bajaba entonces? Había visto algo que le llamaba realmente la atención y no se trataba de un rosal o algún helecho japonés, no. Era ella, la hija de la viuda Caimanes recostada en una reposera, recostada al sol; sus piernas al descubierto, su vientre también al descubierto, llevando tan solo una malla microscópica azul cielo tormentoso. Oh, sí. Aquello era un incentivo, pero no un incentivo precisamente para sus sueños; aquello lo incentivaba de otra manera, lo incentivaba realmente y lo obligaba a continuar observando, a continuar ultrajando la privacidad de los Caimanes. De pronto se escucha una voz, la voz de un hombre que la llamaba, llamaba a la hija de la viuda que se hallaba recostada con los ojos dulcemente cerrados, bajo el sol. Raúl reaccionó al escuchar con claridad la voz que volvía a llamarla y comprendió que si la mujerzuela abría los ojos, lo primero que vería sería su ojo izquierdo, porque en el derecho estaba el catalejo de papel. Se bajó entonces rápidamente, del otro lado del tapial escuchó una puerta cerrarse y comprendió que se había salvado de ser descubierto, pero por medio pelo. Sentía su pecho palpitar con fuerza, sentía la adrenalina correr por sus venas; esa noche soñaría, de eso estaba seguro, pero de todos modos a los tres cuartos de hora volvió a trepar la palmera, se acomodó y volvió a utilizar el catalejo ahora arrugado. Divisó desde lo alto el jardín, la piscina, la huerta en el fondo y finalmente dirigió la vista hacia donde realmente deseaba, hacia la reposera. Lentamente el catalejo le fue develando unos dedos hinchados, unos vellos negros y gruesos de los que no se había percatado antes. Las piernas que de a poco fue descubriendo tenían esos mismos vellos, esos mismos pelos que a Raúl comenzaban a incomodarle. Era Raúl el que se preguntaba ahora dónde estaba la malla azul cielo tormentoso y por qué en su lugar había un bóxer blanco a lunares amarillo canario, condenada ave que de repente aborrecía. ¿Qué era lo que veía en realidad? Lo supo cuando enfocó el catalejo hacia donde suponía estaba el rostro y se encontró con los ojos del señor Caimanes. Raúl se congeló, pero aún antes de soltar el catalejo interpretó una seña en los ojos del hombre, una seña que lo congelaba más aún. Cayó el catalejo y luego Raúl cayó también de la palmera, como si fuera un coco que se desprende de ésta, ya maduro. Llegó la noche, esa noche que Raúl tanto había aguardado, la noche en la que indudablemente un sueño se presentaría, pero del que Raúl ahora nada quería saber. Ahora no quería ni siquiera dormirse, por miedo a soñar y soñar un sueño feo, porque estaba convencido de que eso sucedería. Llegó la noche, el café perdió su efecto, los crucigramas se mezclaron sobre la mesa y Raúl se durmió profundamente. Los sueños son solo sueños, pero los perseguidores de sueños son los que se juegan la vida por ellos y los vuelven realidad. Raúl es un perseguidor, de eso no hay duda, porque ahora la mano que aferra no es la de un cuerpo que llevaba una malla azul cielo tormentoso, sino la de un hombre que de lunares nada sabe, pero en seducción es un maestro. Adrián. Comenten o no, la satisfacción de que lo hayan leído es incomparable. Regresaré para dibujar pronto una nueva sonrisa en sus rostros. Saludos.
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