"La posta es ir a las peñas folclóricas; las minas son cero enrosque y, si no la ponés ahí, dedicate a postear boludeces en Taringa" fue la frase de un amigo, que me llevó una noche a una de estas famosas peñas folclóricas sita en un barrio de Capital cuya ubicación no daré para proteger a los involucrados en el caso.
Para aumentar las posibilidades de apareo, me caractericé un poco, no demasiado, de persona telúrica; bombacha de campo, una camisa abierta hasta la mitad del pecho, alpargatas y hasta una boina campestre.
Cuando llegamos sonaba esta música a la que llaman "folclore" a un volumen que, aunque respetuoso para la hora (las cuatro de la tarde ya que la gente de campo se va a dormir temprano), era intenso y, confieso, estusiasmante. Nos sentamos en una mesa y yo arranque tranqui poniéndome en onda con la música. Movía un poco la cabeza, chasqueaba los dedos con las manos alzadas y hasta en un momento revoleé un pañuelo que tenía. Estaba limpio.
Comimos unas empanadas de carne, medianamente ricas, tomamos siete u ocho vasos de vino tinto cada uno, como para que fluya bien la energía y encaramos hacia la zona de la pista con el objetivo de sacar a bailar a alguna "china". Cabe aclarar que en las peñas folclóricas una "china" es una mujer de campo; no es una persona nacida en la China comunista.
Mi amigo inmediamente encontró compañera de baile pero yo rebotaba permanentemente porque bueno, básicamente, soy un ser horrible y he llegado a provocar vómitos espontáneos y partos prematuros en mis épocas de mayor fealdad. Por eso es que, vencido, volví a sentarme a la mesa que ocupábamos.
Cuando estaba por pedir otro vaso de vino con Rivotril se me acerca un perro mestizo de tamaño mediano. En las peñas folclóricas es común, asi como en el campo, encontrar todo tipo de animales sueltos. Por eso es que no me sorprendió tal encuentro.
- ¿Qué querés, empanadas? No tengo más; nos las comimos todas... - le dije al perro que no dejaba de mirarme fijo sin pestañear. Pregunta a la cual el canino me respondió con un breve pero firme gruñido.
- ¿Querés vino? Jaja... - le pregunté ya medio aburrido de mi mismo, a lo que el perro, nuevamente, me respondió gruñendo, y acto seguido mirando hacia la pista.
- ¿Querés bailar? - le pregunté con incredulidad y medio en chiste. Y ahí el perro me respondió moviendo la cola muy contento.
En ese momento entendí que en el lenguaje universal canino, el gruñido significa "No" y el movimiento de cola significa "Sí". Esto es universal y aplica a todas las razas de perro y a todos los ejemplares del mundo. Es universal.
Como yo había ido a bailar y me atraen las nuevas experiencias, me paré, miré al perro como esperando que haga algo y él solito se dirigió corriendo a la pista de baile, dándose vuelta cada tanto como Lassie cuando trata de decirnos que el pequeño Timmy se está muriendo carbonizado en el viejo molino.
Llegué a la pista preguntándome cómo iba a ser posible mecánicamente el baile con un can, respuesta que me fue inmediatamente respondida cuando mi pequeño amigo cuadrúpedo se paró sobre sus patas traseras y extendió sus patas delanteras, las cuales instintivamente tomé con mis manos.
Bailamos sin parar hasta tardísimo (las siete de la tarde). El perro se movía como un auténtico campeón del folclore y yo podía notar la envidia de las parejas que nos rodeaban, incluso la de mi amigo. Cuando llegó el momento de irnos le dí un fuerte abrazo al perro y le dije al oído "Gracias, pequeño. Gracias por una noche maravillosa...", a lo que me respondió con un lengüetazo en la mejilla derecha.
No me avergüenzo de haber bailado con un animal. Tampoco de que haya sido macho y que haya sido él quien me sacó a bailar. No me arrepiento de nada y fue la experiencia de baile más satisfactoria de mi vida. Me considero un experto en el arte del baile y cuando desencadeno mi pelvis al son de la música moderna las mujeres suspiran. Pero nunca bailé con tanto entusiasmo, con tanta fluidez, como aquella noche con el perro.
Al día siguiente me desperté dándome cuenta de que nunca supe su nombre. Típico de estos tiempos. Donde quiera que estés, nunca te olvidaré, pequeño. Nunca te olvidaré.
Para aumentar las posibilidades de apareo, me caractericé un poco, no demasiado, de persona telúrica; bombacha de campo, una camisa abierta hasta la mitad del pecho, alpargatas y hasta una boina campestre.
Cuando llegamos sonaba esta música a la que llaman "folclore" a un volumen que, aunque respetuoso para la hora (las cuatro de la tarde ya que la gente de campo se va a dormir temprano), era intenso y, confieso, estusiasmante. Nos sentamos en una mesa y yo arranque tranqui poniéndome en onda con la música. Movía un poco la cabeza, chasqueaba los dedos con las manos alzadas y hasta en un momento revoleé un pañuelo que tenía. Estaba limpio.
Comimos unas empanadas de carne, medianamente ricas, tomamos siete u ocho vasos de vino tinto cada uno, como para que fluya bien la energía y encaramos hacia la zona de la pista con el objetivo de sacar a bailar a alguna "china". Cabe aclarar que en las peñas folclóricas una "china" es una mujer de campo; no es una persona nacida en la China comunista.
Mi amigo inmediamente encontró compañera de baile pero yo rebotaba permanentemente porque bueno, básicamente, soy un ser horrible y he llegado a provocar vómitos espontáneos y partos prematuros en mis épocas de mayor fealdad. Por eso es que, vencido, volví a sentarme a la mesa que ocupábamos.
Cuando estaba por pedir otro vaso de vino con Rivotril se me acerca un perro mestizo de tamaño mediano. En las peñas folclóricas es común, asi como en el campo, encontrar todo tipo de animales sueltos. Por eso es que no me sorprendió tal encuentro.
- ¿Qué querés, empanadas? No tengo más; nos las comimos todas... - le dije al perro que no dejaba de mirarme fijo sin pestañear. Pregunta a la cual el canino me respondió con un breve pero firme gruñido.
- ¿Querés vino? Jaja... - le pregunté ya medio aburrido de mi mismo, a lo que el perro, nuevamente, me respondió gruñendo, y acto seguido mirando hacia la pista.
- ¿Querés bailar? - le pregunté con incredulidad y medio en chiste. Y ahí el perro me respondió moviendo la cola muy contento.
En ese momento entendí que en el lenguaje universal canino, el gruñido significa "No" y el movimiento de cola significa "Sí". Esto es universal y aplica a todas las razas de perro y a todos los ejemplares del mundo. Es universal.
Como yo había ido a bailar y me atraen las nuevas experiencias, me paré, miré al perro como esperando que haga algo y él solito se dirigió corriendo a la pista de baile, dándose vuelta cada tanto como Lassie cuando trata de decirnos que el pequeño Timmy se está muriendo carbonizado en el viejo molino.
Llegué a la pista preguntándome cómo iba a ser posible mecánicamente el baile con un can, respuesta que me fue inmediatamente respondida cuando mi pequeño amigo cuadrúpedo se paró sobre sus patas traseras y extendió sus patas delanteras, las cuales instintivamente tomé con mis manos.
Bailamos sin parar hasta tardísimo (las siete de la tarde). El perro se movía como un auténtico campeón del folclore y yo podía notar la envidia de las parejas que nos rodeaban, incluso la de mi amigo. Cuando llegó el momento de irnos le dí un fuerte abrazo al perro y le dije al oído "Gracias, pequeño. Gracias por una noche maravillosa...", a lo que me respondió con un lengüetazo en la mejilla derecha.
No me avergüenzo de haber bailado con un animal. Tampoco de que haya sido macho y que haya sido él quien me sacó a bailar. No me arrepiento de nada y fue la experiencia de baile más satisfactoria de mi vida. Me considero un experto en el arte del baile y cuando desencadeno mi pelvis al son de la música moderna las mujeres suspiran. Pero nunca bailé con tanto entusiasmo, con tanta fluidez, como aquella noche con el perro.
Al día siguiente me desperté dándome cuenta de que nunca supe su nombre. Típico de estos tiempos. Donde quiera que estés, nunca te olvidaré, pequeño. Nunca te olvidaré.