Antítesis
Como a las 11 AM decidí no esperar a que volviera la luz para seguir trabajando. Media hora después estaba dentro de uno de los pocos locutorios que sobrevivieron a la catástrofe cybercafeística, producto de la globalización y del abaratamiento tecnológico.
Apenas entré, me impactó el aroma que había en el lugar. El olor era parecido al de un prostíbulo o casino, pero más juvenil. Haciendo un esfuerzo por desmenuzarlo, podía detectar en el aire fragancias a cigarrillos apagados, humedad, desodorantes de ambientes superpuestos de perfumes antagónicos y un tufo irresoluble.
La iluminación era tenue —al parecer— debido a los tubos de luz fluorescentes deteriorados por el paso del tiempo. Intuí que quizá no los cambiaban porque la oscuridad sirve para disimular acciones que nos avergüenzan realizar de forma diurna. El local estaba repleto de computadoras, pero casi vacío de humanos, exceptuando al encargado del lugar y a un hombre sentado en una de las computadoras del fondo.
Pedí una máquina y me asignó la número ocho, casualmente ubicada en el fondo del salón, al lado del hombre. Me sorprendió que el sujeto no se percató de mi presencia. O al menos eso demostró con su rostro estoico observando el monitor ininterrumpidamente. Mientras que la computadora se prendía, lo espié de reojo.
Era un hombre de unos treinta y largos años, calvo, con una nariz imponente y unas cejas que ocupaban la mitad de su frente. Tenía puesto un jean y una remera de algodón roja con una inscripción que no llegué a leer de lo gastada que estaba. Un auricular con micrófono incorporado se aferraba a su pelada con raudo vigor. Se llamaba Marcelo Ruiz, según pude observar en su pantalla mostrando su perfil de facebook.
Finalmente mi computadora arrancó y me dispuse a hacer mis tareas. Completamente ahogado en una curiosidad infantil, no podía evitar seguir husmeando en lo que hacía Marcelo. Pasaba de Facebook a Twitter. De Twitter a Badoo. De Badoo a un portal porno. Volvía a Facebook. Cliqueaba sobre una foto de una señora. Ponía me gusta en cosas. Abría YouTube y elegía otra canción. Y volvía a repetir este circuito en alterados órdenes.
Cuando decidí irme, vi algo que cambió mis planes. Como si fuera obra de la redundancia denominativa, Marcelo Ruiz estaba escribiéndole una mención por Twitter a Marcelo Tinelli. Utilizando tosca y alternadamente sus dedos índices, escribió en la pantalla “Cabezón!! Este año convocala a Jime Baron al bailando!! La rompe!!”. Revisó y releyó quirúrgicamente cada uno de los sesenta y seis caracteres que componían su mensaje y que en minutos iba a ser enviado a través del ciberespacio al teléfono del conductor más famoso de Argentina.
— ¿Vos pensás que lo va a leer? —lo interrumpí
— ¿Cómo? —se sacó los auriculares
— Eso, ¿vos pensás que Tinelli va a leer lo que le ponés?
— Sí obvio, si le mandás un twitter a un famoso lo puede leer
— Un tuit
— Como sea
— Sí, ya sé cómo funciona, lo que te pregunto es si pensás que va a tomar en cuenta tu opinión
— Capaz tengo suerte
— ¿Lo atribuís a una cuestión de estadística?
— Marce quiere tener más raiting así que le tiene que dar bola a quienes vemos su programa
— ¿Por qué le decís Marce?
— No entiendo por qué me hacés estas preguntas, no te conozco
— A Tinelli tampoco lo conocés y le hablás
— ¿Me dejás en paz?
— Obvio que te voy a dejar, me estaba yendo de hecho. Siempre me intrigó la gente que canoniza a un sujeto solo por salir en televisión
— A mí me gusta lo que hace Tinelli, no es solo porque sale en la televisión —me regocijé en que no le dijera más “Marce”
— En el fondo es lo mismo
— ¿A qué te referís?
— A que tu intención es generar un vínculo de pertenencia con desconocidos que en el noventa y nueve por ciento de los casos resulta inexistente. Tu actitud encierra un vacío existencial que entristece
No respondió. Volvió a mirar su monitor y se colocó nuevamente su auricular.
Me fui.
Caminé un rato con desazón pensando en que quizá había estado un poco hostil con el planteo de un razonamiento que venía masticando hace algunos años. Me consolé diciéndome que “todo es por algo” y otros argumentos comodín que usamos los humanos para acomodarnos en el transcurrir de las circunstancias.
A pocas cuadras de mi casa, me llamó la atención un árbol sobre una pendiente. Tomé mi celular, saqué una foto, la subí a Instagram y me senté en el cordón de la vereda a esperar con paciencia la llegada de los likes.
Como a las 11 AM decidí no esperar a que volviera la luz para seguir trabajando. Media hora después estaba dentro de uno de los pocos locutorios que sobrevivieron a la catástrofe cybercafeística, producto de la globalización y del abaratamiento tecnológico.
Apenas entré, me impactó el aroma que había en el lugar. El olor era parecido al de un prostíbulo o casino, pero más juvenil. Haciendo un esfuerzo por desmenuzarlo, podía detectar en el aire fragancias a cigarrillos apagados, humedad, desodorantes de ambientes superpuestos de perfumes antagónicos y un tufo irresoluble.
La iluminación era tenue —al parecer— debido a los tubos de luz fluorescentes deteriorados por el paso del tiempo. Intuí que quizá no los cambiaban porque la oscuridad sirve para disimular acciones que nos avergüenzan realizar de forma diurna. El local estaba repleto de computadoras, pero casi vacío de humanos, exceptuando al encargado del lugar y a un hombre sentado en una de las computadoras del fondo.
Pedí una máquina y me asignó la número ocho, casualmente ubicada en el fondo del salón, al lado del hombre. Me sorprendió que el sujeto no se percató de mi presencia. O al menos eso demostró con su rostro estoico observando el monitor ininterrumpidamente. Mientras que la computadora se prendía, lo espié de reojo.
Era un hombre de unos treinta y largos años, calvo, con una nariz imponente y unas cejas que ocupaban la mitad de su frente. Tenía puesto un jean y una remera de algodón roja con una inscripción que no llegué a leer de lo gastada que estaba. Un auricular con micrófono incorporado se aferraba a su pelada con raudo vigor. Se llamaba Marcelo Ruiz, según pude observar en su pantalla mostrando su perfil de facebook.
Finalmente mi computadora arrancó y me dispuse a hacer mis tareas. Completamente ahogado en una curiosidad infantil, no podía evitar seguir husmeando en lo que hacía Marcelo. Pasaba de Facebook a Twitter. De Twitter a Badoo. De Badoo a un portal porno. Volvía a Facebook. Cliqueaba sobre una foto de una señora. Ponía me gusta en cosas. Abría YouTube y elegía otra canción. Y volvía a repetir este circuito en alterados órdenes.
Cuando decidí irme, vi algo que cambió mis planes. Como si fuera obra de la redundancia denominativa, Marcelo Ruiz estaba escribiéndole una mención por Twitter a Marcelo Tinelli. Utilizando tosca y alternadamente sus dedos índices, escribió en la pantalla “Cabezón!! Este año convocala a Jime Baron al bailando!! La rompe!!”. Revisó y releyó quirúrgicamente cada uno de los sesenta y seis caracteres que componían su mensaje y que en minutos iba a ser enviado a través del ciberespacio al teléfono del conductor más famoso de Argentina.
— ¿Vos pensás que lo va a leer? —lo interrumpí
— ¿Cómo? —se sacó los auriculares
— Eso, ¿vos pensás que Tinelli va a leer lo que le ponés?
— Sí obvio, si le mandás un twitter a un famoso lo puede leer
— Un tuit
— Como sea
— Sí, ya sé cómo funciona, lo que te pregunto es si pensás que va a tomar en cuenta tu opinión
— Capaz tengo suerte
— ¿Lo atribuís a una cuestión de estadística?
— Marce quiere tener más raiting así que le tiene que dar bola a quienes vemos su programa
— ¿Por qué le decís Marce?
— No entiendo por qué me hacés estas preguntas, no te conozco
— A Tinelli tampoco lo conocés y le hablás
— ¿Me dejás en paz?
— Obvio que te voy a dejar, me estaba yendo de hecho. Siempre me intrigó la gente que canoniza a un sujeto solo por salir en televisión
— A mí me gusta lo que hace Tinelli, no es solo porque sale en la televisión —me regocijé en que no le dijera más “Marce”
— En el fondo es lo mismo
— ¿A qué te referís?
— A que tu intención es generar un vínculo de pertenencia con desconocidos que en el noventa y nueve por ciento de los casos resulta inexistente. Tu actitud encierra un vacío existencial que entristece
No respondió. Volvió a mirar su monitor y se colocó nuevamente su auricular.
Me fui.
Caminé un rato con desazón pensando en que quizá había estado un poco hostil con el planteo de un razonamiento que venía masticando hace algunos años. Me consolé diciéndome que “todo es por algo” y otros argumentos comodín que usamos los humanos para acomodarnos en el transcurrir de las circunstancias.
A pocas cuadras de mi casa, me llamó la atención un árbol sobre una pendiente. Tomé mi celular, saqué una foto, la subí a Instagram y me senté en el cordón de la vereda a esperar con paciencia la llegada de los likes.