Por mientras, comience a hacerse sangrar el labio.
Si es que eso puede tener una versión buena.
Kate está en el sofá, acurrucada, con una copia de Luna nueva en la mano.
—Lo siento, Ana (N. de la R: "Ana" es diminutivo de "Anastasia". No crean que hay otro personaje llamado Ana). ¿Cómo iba a saber que dormir desnuda frente al aire acondicionado sería una mala idea? Tenía mucho calor.
—Anoche estaba lloviendo.
—No me culpes, acababa de ver Crepúsculo por sexagésimaoctava vez. Ya sabes cómo me pone Edward de calentona —dice, riendo maliciosamente.
—No, no lo sé. Soy virgen, ¿recuerdas? —digo, poniendo los ojos en blanco.
—¿Y? ¿Acaso nunca has sentido deseo sexual por un hombre? —pregunta, sonriendo maliciosamente.
—¿Deseo sexual? ¿Qué es eso? —digo, mordiendo mi labio.
—Me estás jodiendo, ¿no?
¿Cómo será Christian Grey? Cada vez que hago una búsqueda de imágenes en Google encuentro fotos desenfocadas o cubiertas por una espesa bruma. Es curioso que yo sea la única chica que jamás ha podido ver la cara del segundo hombre más fotografiado en la Tierra. Me avergüenza lo poco que sé de mi futuro entrevistado, ignoro si tiene 30 o 90, aunque si tiene dinero eso da lo mismo. Vuelvo a la realidad justo a tiempo para escuchar a Kate mientras intenta darme un curso express de periodismo:
—Es simple: tú preguntas, él te responde.
—Ajá —asiento, poniendo los ojos en blanco.
—Esta es una grabadora. Sirve para grabar. Este es el botón para grabar. Lo presionas y ya, no tienes que hacer nada más. Cuando termine la entrevista, lo presionas de nuevo para dejar de grabar.
—Ya —respondo, mordiendo mi labio, abrumada por tanta información nueva a la vez.
—Y, por favor, no te muerdas el labio ni pongas los ojos en blanco.
—¡Te he dicho que no lo haré, por el amor de Dios! —digo, mientras pongo los ojos en blanco y me muerdo el labio por la frustración. (…)
Finalmente alcanzo mi objetivo.
—Hola, soy... soy del periódico de la Universidad de Washington. Por el asunto de la entrevista. Vengo en reemplazo de Katherine Kavanagh —digo, mordiendo mi labio.
—¿Nombre?
—Anastasia Steele.
—Su verdadero nombre.
—Anastasia Steele.
—¡Seguridad!
—¡Espere, por favor! —le suplico mientras saco mi identificación de la cartera.
Al comprobar mi identidad, dice:
—Vaya, no tiene pinta de actriz porno.
Me siento a esperar, mordiendo mi labio. Pongo los ojos en blanco para mis adentros, intentando relajarme. Cálmate, Steele. Tras 30 segundos de larga espera, mis nervios pueden más, así que me levanto para buscar algo de agua del dispensador.
Justo al lado del dispensador se encuentra la sala de reuniones. La puerta está convenientemente abierta. Se puede ver un montón de viejos para nada sexys sentados en hilera en una mesa enorme. Quien preside la junta es nada más y nada menos que Christian Grey. A pesar de ser de día, una sombra cubre sus facciones, así que no puedo ver su rostro. Todos hablan apresuradamente, uno después de otro, en una jerga que no comprendo. Todos, excepto Grey. Muerdo mi labio, pongo los ojos en blanco, e intento oír disimuladamente qué asunto es más importante que yo:
—Bla bla bla negocios bla bla bla activos bla bla bla.
—Bla bla inversiones bla bla bla.
—Bla bla bla fusión bla bla.
—Bla bla bla riesgos bla bla ¿Qué opina, Sr. Grey?
Después de 10 minutos de silencio expectante, Grey dice, con voz imponente, misteriosa y extremadamente varonil:
—Sí.
La sala estalla en aplausos.
—¡Brillante, Sr. Grey! ¡Le ha generado a la empresa una ganancia total de 550.000.000.000.000 billones de dólares y de paso ha resuelto el problema del hambre en África!
—¡Es usted un genio de las finanzas, Sr. Grey!
—¡Sí, sin duda alguna, Sr. Grey!
—¡Cómo quisiera ser usted, Sr. Grey!
Grey no responde. Cuando se incorpora, la sombra sigue ocultando su rostro.(…)
La habitación está inexplicablemente cubierta por una espesa niebla así que apenas distingo su cara, pero se ve muy joven. Y guapo. Sus ojos grises me desnudan completamente... en sentido figurado, claro. Está bien que ya estemos por el capítulo 3, pero todavía falta para el primer polvo.
Christian Grey viste impecablemente un elegante traje gris que combina a la perfección con las paredes de su inmensa oficina, también grises, y que me avergüenza aún más por lo mal vestida que voy. Parezco la abuela de Heidi, mientras que él se ve como el fruto de una orgía entre Ryan Gosling, Brad Pitt y George Clooney. Y Robert Pattinson, obvio. Y Christian Cooke. Y Garett Hedlund. Y Charlie Hunnam... Ah, y Matt Bomer (el guapetón de White Collar) si no fuera gay. Sus músculos perfectamente definidos amenazan con desgarrar su traje con cada movimiento por milimétrico que sea. Aunque no abre la boca, sé que sus dientes son casi tan blancos como su fina camisa de lino.
Pero lo que más me sorprende es lo joven que aparenta ser. ¿Treinta años? Seguramente su padre tiene treinta años.
Muerdo mi labio a la vez que me incorporo, ayudada por el un poco menos misterioso Sr. Grey. Siento una corriente eléctrica cuando nuestros dedos se tocan, así que aparto rápidamente la mano, avergonzada. Sería la estática del lugar.
—Umm... de hecho... yo... la señorita Kavanagh... está... indispuesta y... m-me envió.... espero q-que no le mo-moleste... Sr. Grey —digo, mordiendo mi labio.
—Por favor, llámeme "Amo y Señor". ¿Y usted es...? —dice, sin mover la boca.
—Anal... quiero decir... Anastasia Steele.
—Señorita, no tengo tiempo o sentido del humor para bromas. Dígame su verdadero nombre o tendré que ponerme... duro. —Después de mostrarle mi identificación, prosigue: Ya veo. Lo siento, señorita Steele, me temo que no he visto ninguna película suya, ya que ordené bloquear el acceso a páginas XXX en todas las computadoras del edificio, incluyendo la mía.
—No, yo... —digo, poniendo los ojos en blanco, pero me interrumpe cuando empiezo a babear incontrolablemente:
—¿Empezamos?
—Este... lo lamento. No estoy acostumbrada a entrevistar multimillonarios. O a hablar con hombres. O a hablar... —digo, mordiendo mi labio.
—Tómese todo el tiempo que necesite, señorita Steele. Después de todo, soy sólo uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo. No es como si tuviera que trabajar o algo así.
—Está bien, discúlpeme... Antes de empezar, quería saber si Kate... umm... la señorita Kavanagh, le explicó el rocambolesco motivo de esta entrevista.
—Sí. Es para que aparezca publicado en el periódico de su Universidad, puesto que este año yo seré el que entregue los diplomas a los graduados. Ya que apenas soy el hombre más importante del estado y mi tiempo está a disposición de cualquiera. (…)
—Señorita Steele. Qué sorpresa tan... agradable.
Por favor díganme que lo que chorrea de entre mis piernas es sudor.
—S... s... señ... Gr...
—Sé que debería estar en Seattle trabajando, o esquiando en Aspen, o algo así, pero casualmente pasaba por el área y necesitaba reabastecerme de algunos... artículos.
Insuficiencia cardiaca.
—Y, bueno. En lugar de enviar a uno de mis empleados a comprar en una cadena de ferreterías con mayor variedad de productos o mejor prestigio, decidí entrar personalmente a esta pequeña tienda, justamente en la que que usted trabaja. Vaya coincidencia, ¿no lo cree?
Intento modular algo, lo que sea, pero que mis palabras salgan por mi boca y no por el culo como ahora. ¡Por Dios! Es imposible pensar frente a esa intensa mirada de ojos grises, de asesino en serie que me somete a escrutinio sin parpadear.
—M-mi nom-bre es-es A-Ana... ¿En q-qué puedo se-servirle, Sr. Gr-Grey?
—Tengo una lista de productos que necesito para reabastecer mi stock.
¡Demonios, es tan atractivo!
—¿Tiene cinta adhesiva?
¿Cinta adhesiva? ¿Quién compra cinta adhesiva en una ferretería?
Tomo aire, me muerdo el labio, frunzo el ceño y finjo que sé lo que hago, por primera vez en cuatro años.
—Por aquí, por favor.
—Gracias. Y necesito también organizadores de cables.
¿Organizadores de cables? Esto es sospechoso...
—Y overoles. Llevaré un par de overoles. No me gustaría manchar de rojo alguno de mis costosos trajes.
—¿Está pintando su casa de rojo, Sr. Grey?
—Algo así... Y cuerdas. Necesito cuerdas. Como las que usaría por ejemplo para atar a alguien.
—¿De qué tipo? Tenemos sintética y natural de filamento, trenzada... de cable... pordioshazmetuya...
—Llevaré cuatro metros de pordioshazmetuya, gracias. Y finalmente quisiera unos látigos.(…)
Llegamos a la cafetería. Él me suelta la mano para abrir la puerta, porque de lo contrario yo no hubiese sido capaz. Nunca sé cuando hay que tirar y cuándo empujar. Nos sentamos y realmente ninguno de los presentes parece darse cuenta de que mi acompañante es Christian Grey. ¿Serán hipsters o ciegos?
—¿Qué deseas tomar?
A ti.
—Umm... Un té negro. Por favor.
—¿No café?
—No. No café —le confirmo, frunciendo el ceño.
—Vas a tomar café.
—No, a mí...
—Señorita. Dos cafés, por favor —le dice a la mesera.
Y me observa con esos ojos grises, como un depredador que estudia a su presa. Yo agacho la mirada mordiendo mi labio. Realmente no sé qué decir.
Al rato llega la mesera sirviéndome aquella porquería que no pedí.
—¿Azúcar?
—No, gracias.
—Toma tu azúcar. ¿Uno o dos cubitos? —pregunta, mientras me echa tres.
—Pero...
—¿Algo para comer?
—No... por favor, yo...
—Toma, come —dice, ofreciéndome un pastelillo que ha tomado del mostrador.
—¡Dios! No sabes aceptar un "no" por respuesta.
—Estoy acostumbrado a hacer las cosas a mi manera. Por eso soy lo que soy. Aparte de porque soy blanco. (…)