Es muy probable que los padres hayan invertido horas, días y tal vez hasta meses para tomar una decisión sobre el nombre que le pondrían a sus hijos, aunque al final opten por ponerle su mismo nombre, el de los abuelos aunque se haya llamado Espinaldo Rubén o para evitar que el pleito se haga grande, o el nombre que este en el calendario el día que nacio.
Dejando de lado que las esposas no dejan que sus maridos pongan nombres como Goku Jose, Seiya Benjamin o como algunos que se salen con la suya (los menos) y le ponen el nombre de algún futbolista.
Pero todo lo anterior no tiene precio cuando llega alguien y, sin piedad alguna, te monta el apodo más incómodo y gracioso del mundo. Desde ese momento, te dejas de llamar como te llames y te conviertes en “El Cucharas”, por ejemplo. Y eso, obviamente, será para toda tu vida.
Por más crueles que puedan ser, la verdad es que los apodos nacen para exaltar los defectos físicos o morales de las personas y, seamos sinceros, la mayoría de las veces provocan mucha risa. Y para esto los mexicanos nos pintamos solos. Poner apodos forma parte de nuestra cultura popular desde hace muchos años y vaya que lo sabemos hacer bien.
Pero no todo es malo, algunos psicólogos recomiendan aceptar estos motes con indiferencia o tranquilidad y así no sufrirlos, sino disfrutarlos. Y también están los casos donde el apodo puede ilustrar una virtud.
Estos son los que consideramos más populares dentro de la cultura mexicana:
La corcholata, el pulques o el Caguamo: para las personas que beben en exceso
La Coqueta: una chica con un tic nervioso en un solo ojo, aunque en algunas ocasiones también se lo ponen a los hombres.
El Tamal: si no estaba crudo, estaba en el bote.
El Pollo: a los que están güeritos y chaparritos.
El Güero: a cualquier persona con la piel blanca o los que usan el cabello oxigenado.
El Patas: a tipos que tienen los pies muy grandes.

El Príncipe Charro: a los que son bajos de estatura y es por no decirles “pinche chaparro”.
El Remix: a los que son tartamudos.
Elvis: aplica para los que están bizcos. “El Bizco”.
CJ: a las personas que son de cejas pobladas.
El Chapo y el tapón: a las personas de baja estatura.
El Tuercas y el mofles: se usa con los que trabajan la mecánica automotriz.

El Cochiloco: aplica en persona con sobrepeso y aspecto de “narco”.
El Pelos: por lo regular se lo ponen a persona que tienen el cabello abundante.
El bocinas: son las personas que tienen la boca muy grande.
El muñeco: puede ser empleado en tono sarcástico para alguien que es “feo”.
El orejas: para las personas con las orejas muy grandes o chismosas.
El oso: para sujetos corpulentos y con aspecto tierno.
La alcancía: para las personas con una herida en la cabeza por algún accidente.
El pelón: es un clásico que aplica para todo aquel que no tenga cabello o se esté quedando calvo.
El Huevo: este apodo es para los que tienen la cabeza muy ovalada.
El Bucareli: porque está entre Cuauhtémoc y Juárez, este es chilango.
El Teletubbie: a las personas “gorditas” y de baja estatura.
Pinocho: para los que son muy mentirosos o tienen una nariz prominente.
El cachetes o Kiko: a todas las personas con mucho cachete
El Noruego: a las personas de baja estatura y morenas
El Abuelos: a los que aunque están jóvenes se ven viejos
Y sin olvidar el clásico Cuñado: a los que tiene hermanas muy bellas, o a cualquiera que tenga hermanas.