Bañado la Estrella
[Formosa]
[Formosa]
Un viaje por la singular naturaleza de una provincia todavía ajena al turismo masivo.
Formosa es una de las provincias menos visitadas por los turistas en Argentina y eso de por sí ya la hace interesante. Atractivos en verdad no le faltan, y a la cabeza está el espectacular Bañado de la Estrella. Además es una provincia bastante singular porque allí viven tres etnias aborígenes –wichí, tobas y pilagás– que suman unas 44.000 personas. Por eso es tan común oír hablar en idiomas autóctonos por las calles de los pueblos del interior y las zonas rurales, una escena que sólo se puede repetir en algunos puntos apartados de Misiones y el Chaco.
Como el verano es muy caluroso en Formosa –en el Bañado de la Estrella la temperatura puede alcanzar los 50 grados–, la temporada ideal para visitar esa provincia es el invierno.
Bañado de La Estrella
En el noroeste de la provincia está el Bañado de La Estrella, un humedal de 400 mil hectáreas donde se pueden observan millares de aves en una sola tarde. La base para visitarlo es la localidad de Las Lomitas, desde donde se parte en un vehículo 4x4 para internarse en el bañado por una ruta de ripio. Y en apenas diez minutos –con el humedal a cada costado de la ruta–, ya se observan centenares de aves. La más llamativa es el jabirú, una cigüeña característica del Chaco Americano que alcanza el metro con cuarenta de altura y tiene la cabeza negra con un collar rojo y el cuerpo blanco. En el bañado se la observa por centenares, muchas veces paradas sobre un champal.
El extraño “bosque” de champales del Bañado de la Estrella
Los champales son el rasgo sobresaliente del llano paisaje de este humedal originado por los desbordes del río Pilcomayo, que avanza sobre los bosques del Chaco seco. Ahogados por el agua, los árboles mantienen en pie sus troncos de dura madera dentro del humedal con sus enramadas sin hojas recortándose en el cielo. Pero lo curioso es que muchos de esos esqueletos de árboles están invadidos por plantas trepadoras que los envuelven como cubriéndolos con una fantasmal manta verde. A esto se lo denomina champal, vocablo de la lengua pilagá que nombra a los fantasmas.
Lejos de ser tétricos, los paisajes de champales son alegres, bullangueros y llenos de vida. Gracias a los millares de pájaros de las 300 especies que habitan los bañados, cada amanecer y atardecer resuena un ensordecedor concierto de caóticos graznidos: el chillido histérico del tero, el grito vigilante del chajá –siempre en pareja–, el silbido agudo y estridente del pájaro caracolero y el “gruñido” del biguá, similar al de un chancho, entre otros “gorjeos”. También se oye el golpeteo del pico de los jabirúes.
Luego de caminar un poco al borde de la ruta y por las lenguas de tierra que ingresan en el bañado, llega el momento de navegar. Se puede elegir entre remar en piraguas –siempre que el grupo sea pequeño y tenga experiencia– o en canoas con motor fuera de borda. Al avanzar, la embarcación va rasgando una alfombra verde de repollitos de agua; más allá flotan unos extensos camalotales. Para no espantar a las aves, se apaga el motor y con el impulso de los remos la embarcación se acerca a algún champal con un nido de jabirú en lo alto, donde se puede ver a una madre alimentar a sus crías metiéndoles en el pico el pescado triturado que trae en el buche.
La presencia más intrigante en el humedal es la de los yacarés, que suelen asolearse aletargados en la costa uno al lado del otro, con sus fauces abiertas, como a la expectativa de un festín. Algunos llegan a medir hasta dos metros con cincuenta y a veces lanzan un soplido terrorífico que hiela la sangre. Otros permanecen sumergidos como asesinos al acecho y se los descubre a un metro de la lancha con sus ojos traicioneros sobresaliendo en la superficie del agua.
Al seguir viaje aparecen los carpinchos, los roedores más grandes del mundo (pesan hasta 80 kilos) que se pasan el día royendo y royendo los pastos con sus incisivos. Bajo las transparentes aguas también se ven sábalos y pirañas, y en la costa es común observar a las cigüeñas jabirú pescando a picotazos con las patas en el agua.