¿Podré vencer el hábito de la masturbación?
“Empecé a masturbarme a los ocho años. Más tarde supe qué pensaba Dios y a partir de ese momento, cada vez que recaía, me sentía muy mal. ‘Dios nunca me va a querer’, me decía a mí mismo.” (Luis)
EN LA pubertad, los impulsos sexuales se vuelven tan fuertes que hacen que muchos jóvenes caigan en la masturbación.* Habrá quien te diga que no es tan grave, que nadie sale perjudicado. Sin embargo, existen buenas razones para que evites esta práctica. Fíjate en la recomendación que hizo el apóstol Pablo: “Amortigüen, por lo tanto, los miembros de su cuerpo [...] en cuanto a [...] apetito sexual” (Colosenses 3:5). Lo cierto es que la masturbación ni amortigua ni elimina el apetito sexual, sino que lo aviva. Pero eso no es todo lo que hace:
● Fomenta actitudes totalmente egocéntricas. La persona se centra solo en su propio placer.
● Convierte a las personas del sexo opuesto en objetos, o simples herramientas, para satisfacer los deseos sexuales.
● Provoca una forma de pensar egoísta que dificulta tener relaciones sexuales satisfactorias en el matrimonio.
De modo que es mejor tratar de desarrollar autocontrol que masturbarse para aliviar los deseos sexuales reprimidos (1 Tesalonicenses 4:4, 5). Entonces, ¿cómo puedes controlarte? La Biblia da una clara recomendación: evitar las situaciones que podrían excitarte (Proverbios 5:8, 9). Pero ¿y si ya has caído en el hábito de la masturbación? Tal vez hayas intentado dejarlo y no has tenido éxito. Lo más fácil sería darte por vencido y concluir que nunca serás capaz de vivir como a Dios le agrada. Eso creía un joven llamado Pedro. “Me sentía muy culpable cuando recaía —confiesa—. Creía que no había nada que compensara lo que había hecho. Ni siquiera podía orar.”
Si tú te sientes igual, no te derrumbes. No eres un caso perdido. Tanto jóvenes como adultos han logrado superar ese hábito. Y si ellos lo han conseguido, tú también podrás.
El sentimiento de culpa
Como hemos visto, es muy común que quienes se masturban se sientan culpables o, como dice 2 Corintios 7:11, estén “entristecidos de manera piadosa”. Este sentimiento de culpa no es malo en sí mismo, ya que puede motivarte a dejar el hábito. Pero si es desproporcionado, puede desanimarte hasta el punto de que quieras darte por vencido (Proverbios 24:10).
Así pues, seamos objetivos. Es verdad que la masturbación es algo muy sucio, una forma de inmundicia que te esclaviza a los deseos y fomenta actitudes dañinas (Tito 3:3). Con todo, no es una forma de inmoralidad sexual grave, como lo es la fornicación (Judas 7). Así que no pienses que, al masturbarte, has cometido un pecado imperdonable. Lo importante es que te sigas esforzando por dominar tus deseos y que no te rindas.
Vigila tus pasatiempos. ¿Ves películas y programas de televisión o visitas páginas de Internet que avivan tus deseos sexuales? Fíjate en lo que uno de los escritores de los Salmos le pidió a Dios en oración: “Haz que mis ojos pasen adelante para que no vean lo que es inútil” (Salmo 119:37).*
Oblígate a pensar en otra cosa. Sigue la sugerencia de un cristiano llamado William: “Antes de irte a dormir, lee algo sobre temas bíblicos. Es fundamental que tus últimos pensamientos del día estén relacionados con Dios y la Biblia” (Filipenses 4:8).
Confíale a alguien tu problema. Por mucha vergüenza que te dé, cuéntaselo a alguien. Esto te ayudará a dejar el hábito. Así hizo un chico llamado David: “Decidí hablarlo con mi padre. Nunca olvidaré sus palabras. Dándose cuenta de lo difícil que había sido para mí contárselo, me sonrió y me dijo: ‘Estoy muy orgulloso de ti’. Nada podría haberme animado tanto. Me resolví a cambiar como fuera.
“Empecé a masturbarme a los ocho años. Más tarde supe qué pensaba Dios y a partir de ese momento, cada vez que recaía, me sentía muy mal. ‘Dios nunca me va a querer’, me decía a mí mismo.” (Luis)
EN LA pubertad, los impulsos sexuales se vuelven tan fuertes que hacen que muchos jóvenes caigan en la masturbación.* Habrá quien te diga que no es tan grave, que nadie sale perjudicado. Sin embargo, existen buenas razones para que evites esta práctica. Fíjate en la recomendación que hizo el apóstol Pablo: “Amortigüen, por lo tanto, los miembros de su cuerpo [...] en cuanto a [...] apetito sexual” (Colosenses 3:5). Lo cierto es que la masturbación ni amortigua ni elimina el apetito sexual, sino que lo aviva. Pero eso no es todo lo que hace:
● Fomenta actitudes totalmente egocéntricas. La persona se centra solo en su propio placer.
● Convierte a las personas del sexo opuesto en objetos, o simples herramientas, para satisfacer los deseos sexuales.
● Provoca una forma de pensar egoísta que dificulta tener relaciones sexuales satisfactorias en el matrimonio.
De modo que es mejor tratar de desarrollar autocontrol que masturbarse para aliviar los deseos sexuales reprimidos (1 Tesalonicenses 4:4, 5). Entonces, ¿cómo puedes controlarte? La Biblia da una clara recomendación: evitar las situaciones que podrían excitarte (Proverbios 5:8, 9). Pero ¿y si ya has caído en el hábito de la masturbación? Tal vez hayas intentado dejarlo y no has tenido éxito. Lo más fácil sería darte por vencido y concluir que nunca serás capaz de vivir como a Dios le agrada. Eso creía un joven llamado Pedro. “Me sentía muy culpable cuando recaía —confiesa—. Creía que no había nada que compensara lo que había hecho. Ni siquiera podía orar.”
Si tú te sientes igual, no te derrumbes. No eres un caso perdido. Tanto jóvenes como adultos han logrado superar ese hábito. Y si ellos lo han conseguido, tú también podrás.
El sentimiento de culpa
Como hemos visto, es muy común que quienes se masturban se sientan culpables o, como dice 2 Corintios 7:11, estén “entristecidos de manera piadosa”. Este sentimiento de culpa no es malo en sí mismo, ya que puede motivarte a dejar el hábito. Pero si es desproporcionado, puede desanimarte hasta el punto de que quieras darte por vencido (Proverbios 24:10).
Así pues, seamos objetivos. Es verdad que la masturbación es algo muy sucio, una forma de inmundicia que te esclaviza a los deseos y fomenta actitudes dañinas (Tito 3:3). Con todo, no es una forma de inmoralidad sexual grave, como lo es la fornicación (Judas 7). Así que no pienses que, al masturbarte, has cometido un pecado imperdonable. Lo importante es que te sigas esforzando por dominar tus deseos y que no te rindas.
Vigila tus pasatiempos. ¿Ves películas y programas de televisión o visitas páginas de Internet que avivan tus deseos sexuales? Fíjate en lo que uno de los escritores de los Salmos le pidió a Dios en oración: “Haz que mis ojos pasen adelante para que no vean lo que es inútil” (Salmo 119:37).*
Oblígate a pensar en otra cosa. Sigue la sugerencia de un cristiano llamado William: “Antes de irte a dormir, lee algo sobre temas bíblicos. Es fundamental que tus últimos pensamientos del día estén relacionados con Dios y la Biblia” (Filipenses 4:8).
Confíale a alguien tu problema. Por mucha vergüenza que te dé, cuéntaselo a alguien. Esto te ayudará a dejar el hábito. Así hizo un chico llamado David: “Decidí hablarlo con mi padre. Nunca olvidaré sus palabras. Dándose cuenta de lo difícil que había sido para mí contárselo, me sonrió y me dijo: ‘Estoy muy orgulloso de ti’. Nada podría haberme animado tanto. Me resolví a cambiar como fuera.