InicioHumorDiez años yendo al colegio, ¡Qué perdida de valioso tiempo!

Diez años yendo al colegio, ¡Qué perdida de valioso tiempo!

Humor3/11/2015
Por Enrique Araujo-Álvarez B. Periodista (Artículo, Lima 2001)
“En lugar de tratar de meternos tantos cursos inútiles en la cabeza, debieron enseñarnos, más bien, a cómo ser felices.” (EAAB)
Cuando era chico, estudiaba en un colegio religioso de mucho prestigio, La Inmaculada (jesuitas). Más que una inclinación de mis padres por la religión, me pusieron en ese colegio porque casi toda la familia masculina había estudiado allí. Era una tradición. Mis padres se suponen, eran católicos, mi madre nos llevaba a misa todos los domingos y mi padre nos decía que él iba a las seis de la mañana y le creíamos. Cuando empezamos a crecer ya a los once o doce años, mi hermano mayor y yo teníamos la costumbre de estar presentes todos los viernes en la noche, cuando por más de veinte años, el tío Enrique que era médico pero que más parecía psiquiatra y nuestro padre que era abogado, se enfrascaban en largas conversaciones desmenuzando la historia de Francia y todas sus implicancias en la historia europea y el resto del mundo. También escuchábamos con mucha frecuencia, comentarios sobre la música de los grandes maestros en especial Bach, Mozart, Haydn, Beethoven, R. Strauss (preferido del tío) y Wagner. Además, también habían tardes de horas de música clásica los domingos. Recuerdo haber escuchado música en discos de 78 rpm de carbón en una máquina RCA con tocadiscos a cuerda a la que le tenía que cambiar la aguja cada 4 tocadas. Poco tiempo después llegaron de Alemania ya en la década de los 50, radiolas eléctricas con radio AM y parlantes, marcas Telefunken, Grundig, Normende y de Holanda, Philips. Hacia los 60 llegó la Alta Fidelidad con la FM y hacia los 70 el sonido estéreo.
Los grandes directores y orquestas que escuchamos de chicos eran la Concertgebouw de Amsterdam con el director Willem Mengelberg, la Orquesta Filarmónica de Berlín conducida por Wilhelm Furtwängler y después de 1954, a su muerte, con un joven Herbert von Karajan. También llegaban muchos discos con la Orquesta de la Suisse Romande dirigida por Ernst Ansermet. Esta afición venía de mi padre que con su hermano Ernesto, éste, había fundado la Orquesta Sinfónica Nacional del Perú en 1938, aprovechando la persecución de los judíos en Alemania, creando una orquesta para matar dos pájaros de un tiro, contratar a los mejores músicos posible y llegar que Lima tuviera al fin una orquesta de carácter sinfónico como todo país que se respetara culturalmente. Mi padre nos contaba que la OSN de los primeros años nada tenía que envidiarle a ninguna orquesta europea, pero nosotros los chicos nunca la llegamos a escuchar con ese elenco. Pensar que pasaron por Lima, verdaderos monstruos de la música clásica como José Iturbi, gran pianista español, Alexander Brailowsky, Paul Badura Skoda, Misha Elman, Yehude Menuhin,ente muchos otros tan famosos, ¡hasta el mismísimo Igor Stravinsky dirigió sus obras al frente de la OSN el año 1960 que yo logré ver gracias a mis padres que me llevaron al teatro Segura donde se presentó con su Consagración de la Primavera!
Entre los otros temas interesantes, también estaba la literatura, los Dumas eran las preferidas, El Quijote, que podría tomas varias semanas de cotorreo. Mi hermano y yo, casi no participábamos en aquellas conferencias, porque de esas veladas quedábamos embelesados con lo que oíamos y tomábamos notas en nuestros cuadernos. Hacia los catorce años, empezamos a oír con más atención el tema de las dos guerras mundiales del siglo XX. Ya a los once y mi hermano de doce, sabíamos perfectamente quién era Gabrilo Princip, el serbiobosnio de la Mano Negra que al asesinar al heredero del trono austríaco Francisco Fernando y a su esposa, en Sarajevo, prendería la mecha para iniciar la Primera Guerra Mundial. Oímos lo que dijo el primer ministro francés Georges Clemenceau, que “la guerra es una asunto muy serio para dejarla en manos de los militares”, pero a los 20 leí que Talleyrand era el autor de esa frase. También notamos la simpatía que les profesaba Adolfo Hitler a su profesor Benito Mussolini en materia de azuzar a las masas, y curiosidades que son difíciles de encontrar en libros baratos, como que el papá de Mussolini no lo bautizó Benedetto como debía ser, sino Benito, por su admiración por el líder mexicano Benito Juárez.
No obstante estas maravillosas noches, en el colegio tenía un performance terriblemente mala, siempre estaba en los últimos lugares, porque la mayoría de los cursos que no me gustaban eran la matemática, física, química, álgebra, ¡cálculo infinitesimal!, botánica, urbanidad y buenas costumbres de tres siglos de antigüedad, en fin, solo me atraía la historia, pero no la del Perú. Además los libros escolares eran feos, de muy baja calidad, con fotos horriblemente impresas y redactadas como somnífero. Casi nada de lo que ya sabía de historia universal estaba en el currículo del Ministerio de Educación y aunque yo sabía mucho más del tema, nunca estudiaba esos sosos textos y dejaba que me desaprobaran como una forma de decirle al colegio que no me interesaba un pepino su programa educativo. En cambio toda la clase me identificaba como el dibujante, porque había nacido con este don.
También me gustaba la música y era parte del coro y también de los cruzados, quizás porque tenía que ir a ensayar y así no estaba en clases, también comulgaba todos los días porque en esa época se tenía que estar en ayunas para recibir el cuerpo de Cristo, como si a uno le tuvieran que hacer un examen de orina. Lo hacía por tomar el desayuno que consistía en una botella de coca cola chica llenada con leche con cocoa y un chancay de los que inexplicablemente ya no hay ahora en Lima. Tampoco el coro ni los cruzados me interesaban porque ninguno de mis compañeros habían escuchado La Pasión según San Mateo de Bach y yo estaba cantando cancioncitas para retardados mentales.
En los recreos, había conseguido escabullirme hacia el techo del colegio donde el padre Porfirio cuidaba de sus palomas y recorría esos lugares tan interesantes que son los techos que me permitían 10 minutos de libertad observando el tráfico y los tranvías que pasaban por la calle de La Colmena. También me fascinaba haber hecho amistad con el sacristán de la iglesia al que conquisté llevándole pedazos de torta de chocolate que hacía mi mamá tan llena de chocolate derretido.
Él me contaba historias tétricas de aparecidos que hacían juego con las fúnebres estatuas de los santos, los grandes paños negros, candelabros de plaqué y esas velas gruesas de color de muerto. Me pedía que le llevara una latita de leche condensada Nestlé y me regalaba hostias de las grandes del santísimo, que aseguraba que las bendecidas eran más ricas con la leche condensada. Una vez me llevó hasta la parte más alta del altar donde estaba la estatua de la Virgen Inmaculada con su cara de siria y mirada perdida, pero no era esa estatua el atractivo, sino la vista espectacular de la nave del templo desde esa altura. Mi abuela que era chilena como mi mamá, me decía que yo era un “mátalas callando”, que por mucho tiempo no supe qué quería decir hasta que me enteré que era del tipo con cara de inocente pero muy travieso. Creo que hacer una travesura era para mí los más divertido y emocionante de la niñez y ahora a la vejez las sigo haciendo y las disfruto mucho más porque he aprendido a afinar la puntería para hacer “maldades” sin que la gente se dé cuenta. Los detalles me los llevaré a la tumba porque si no, se acabaría la diversión, pero sí puedo asegurar que no he matado a nadie hasta ahora y menos he causado daños mayores.
Algunos daños si he causado, porque resulta que uno de los sentimientos que es el más placentero después del amor, es la venganza y este es un plato que hay que comerlo frío. Hay que hacerlo tomándose mucho tiempo después, heladamente calculado para que el maldito ofensor no tenga idea de dónde le llegó el golpe ni por qué, además, debe llegarle con intereses de usura para que aprenda.
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